(Traducción)
La lucha de clases ha creado identidades oprimidas a lo largo de la historia, y una característica u otra han sido convertidas en objeto de opresión en la sociedad de clases de cada época. El capitalismo moderno, sin embargo, ha dado a luz un nuevo fenómeno: la forma de hacer política en base a identidades. Asimismo, las identidades oprimidas reclaman un cambio de la sociedad que les niega la posibilidad de libertad y las condena a la violencia.
En las últimas décadas, la liquidación del marxismo y, con ella, de las opciones políticas del movimiento proletario ha supuesto la proliferación de políticas basadas en identidades. Y así, como no existe en la práctica ningún sujeto que lleve a cabo la lucha revolucionaria por la transformación de toda la realidad, los individuos oprimidos se articulan en la forma espontánea que se les presenta en la realidad. Tanto que, los sujetos basados en identidades y las mismas reivindicaciones de estas se les han sido socializadas a las identidades oprimidas como únicos espacios donde poder llevar adelante sus vidas (si se quiere, como ámbitos de transgresión de lo establecido y de protección): mujer, negra, trabajadora, bollera, marica, trans...
Pero la política revolucionaria exige comprender la realidad social en su conjunto. Y en la medida en que la realidad abarca la totalidad de la vida humana, su alternativa debe ser también completa. Aquí está precisamente la clave más importante del debate actual: ¿cómo articular el sujeto político que afronte la totalidad? ¿Cómo formular un concepto de unidad capaz de hacer frente a las diferentes opresiones?
Con una comprensión similar de la clase, y aunque parezca contradictorio, también hay quienes articulan su política según identidades y al mismo tiempo se rebelan contra esas propuestas identitarias. El rostro más reaccionario de estas políticas se pone de manifiesto desde el momento en que, considerando las particularidades en sí mismas divisorias, ensalzan una identidad por encima de otras y niegan la existencia misma de las demás. Para decirlo más claramente, caen en el error de ensalzar la clase en la forma objetiva en la que aparece en lugar de definir una propuesta política que supere a la clase misma (que es la fuente de los males) y organizar el sujeto político para ello. El problema de la unidad, por tanto, o su posibilidad, no se convierte entonces más que en un clamor de una universalidad que se define entorno a principios excluyentes. Y además todo esto en nombre del "marxismo", aunque sabemos perfectamente que la propuesta del marxismo no es en absoluto hacer una jerarquización entre opresiones, sino situar el debate en la definición de la propuesta política general para superar todas ellas.
La universalidad no puede partir de la negación de las diferencias, como tampoco puede privilegiar una identidad sobre otras. Y ese es, en mi opinión, el gran problema de las políticas identitarias: que ponen una identidad por encima de las demás, formulando así la imposibilidad de constituir el sujeto político universal. Caen en el error de igualar al sujeto oprimido con el sujeto revolucionario, impulsando al final, queriendo o sin querer, una reproducción de las propias identidades.
La cuestión, en cambio, está en la integración de todas esas particularidades que efectivamente aparecen en la realidad en un programa general. Y en poner sobre la mesa que las diferentes opresiones que han dado lugar a las diferentes identidades políticas tienen causas comunes: la forma capitalista de producción y la sociedad dividida en consecuencia en clases. Así, se trata de configurar un sujeto que se organiza en todos los ámbitos de la realidad para superarla, entendiendo que la superación de una opresión supone necesariamente la superación de los demás, porque la premisa para ello es superar el modelo de sociedad que garantiza las opresiones.
Para ello, alejándonos tanto de visiones idealistas como excluyentes, toca identificar bien que es lo que divide a la clase obrera, que es la propia organización social que tiene por objeto la acumulación de capital. Y eso es precisamente lo que corresponde a la política revolucionaria, percibir lo que existe de lo universal en las diferentes identidades que forman las diferentes situaciones sociales y articular un sujeto con potencial para crear una nueva totalidad.
El debate sobre las identidades trans es uno de los temas que ha centrado el debate público a nivel internacional en los últimos tiempos. En el Estado español hemos podido ver una intensa pugna de posiciones enfrentadas tras la "ley trans" propuesta por Podemos, la que aquí también ha avivado otros debates. Pero en estos debates, lamentablemente, no podemos encontrar una propuesta política que pueda superar definitivamente la problemática de las personas trans, porque propuestas que se encuentran en sendos extremos del debate, aunque representen posiciones enfrentadas, responden a una misma base: a profundizar en la lógica de las identidades dentro del estrecho marco de la democracia burguesa.
Quienes abrazan el transactibismo, sea a través de políticas identitarias blanqueadoras planteadas desde aparatos burocráticos, sea articulando fuera de ellos sujetos políticos en función de identidades de disidencias sexuales y de género, forman parte de los movimientos que integran en el Estado capitalista de las identidades oprimidas, es decir, las luchas por los derechos y que buscan la superación de la discriminación a través de la visibilidad. Y si bien estas luchas son legítimas y necesarias para garantizar la supervivencia de muchas personas, no son en modo alguno capaces de derribar los sólidos muros del marco estructural que sustenta esta discriminación, y por tanto, capaces de acabar definitiva y universalmente con la opresión.
Por otro lado, pocas palabras merece el feminismo radical que se ha exaltado en contra de la propuesta de ley, en nombre del determinismo biológico y haciendo una encendida defensa del sujeto jurídico de la mujer, ya que su posicionamiento se basa en negar que las personas trans sean formalmente aceptadas. Hay que decir que sus planteamientos adquieren un aspecto anacrónico, ya que se trata del planteamiento de la "segunda ola" del feminismo que cobró fuerza en la década de los 70 y que se traslada directamente a la realidad actual. Y aunque el lugar que ocupa en el contexto político sea de un segundo plano, esta vez se ha lanzado con fuerza y ha conseguido dar de que hablar, por lo que trataré de criticar también brevemente algunas ideas que sustentan su posición en este debate. Para empezar, partiendo de la dicotomía de que el sexo es natural y el género una construcción social, la principal literatura feminista de la época cae en la dicotomía sexo=material/género=cultural. Y, de ahí, terminan deduciendo que el género puede abolirse culturalmente. Pero, explíquese, el género no es algo aparte respecto del sexo, sino la forma social que cada sexo adopta en una sociedad determinada y por tanto, sigue siendo una realidad "material" producto de la organización social. Por otro lado, y sobre todo para acabar de mentar la falacia de este feminismo imperante en las instituciones, hay que señalar que priman la identidad femenina como sujeto político en la lucha contra un patriarcado que sería la causa de la opresión de las mujeres, defendiendo la hermandad universal y anulando toda posibilidad de libertad de las mujeres trabajadoras. Poco más, pues, en cuanto a la corriente que se ha lanzado contra la ley trans en defensa de las "mujeres".
Estas posiciones, con discursos más progres o reaccionarias, no plantean hipótesis políticas para una nueva realidad que ponga fin a las opresiones. Y no pretendo afirmar que la ley trans no vaya a beneficiar momentáneamente al colectivo, pero mi objetivo de hoy no es debatir la propia ley, porque me parece más adecuado tratar el debate que está en la raíz. Porque no podemos entender fuera del contexto general la base de nuestra política, y en ella, el papel de las reformas; por lo tanto, debemos situar las medidas políticas sobre una cuestión concreta en el contexto general y preguntar si aportan o no a ello. Partiendo de que no es posible una medida de aceptación de todas las personas trans en el seno del sistema capitalista y porque podemos preguntar una y otra vez: ¿es posible que los individuos y los colectivos desarrollen su existencia libremente dentro del marco capitalista? ¿Acaso la opresión no responde, una vez más, a la acumulación de capital que constituye el fin último de esta organización social? ¿Son suficientes las políticas antidiscriminatorias para acabar con la discriminación?
Para empezar, para superar toda opresión hay que definir la base de esa opresión. Por ejemplo, la identidad mencionada es objeto de opresión como consecuencia de la imposición del sistema sexo-género. La imposición del sistema sexo-género ha estado adaptada en cada momento histórico a los intereses de las clases dominantes y, en la actualidad, las necesidades del capital determinan la existencia y posición social cada sexo, siendo esta una imposición que se realiza sobre la determinación biológica. El no identificarse con lo establecido puede llevar al individuo a sufrir altos grados de exclusión y de violencia. Pero como el sistema sexo-género es una construcción social, no puede superarse de una forma superficial, pues sólo podrá superarse en la abolición de las relaciones sociales que lo sustentan y, por tanto, en la erradicación de las relaciones sociales capitalistas. Es entonces cuando cada uno podrá tener la libertad de expresar su individualidad en diferentes formas, en el seno de la libertad de todos. La diversidad real y la libertad universal sólo serán posible mediante la definición política de la negación de las opresiones, es decir, mediante lo que históricamente se ha denominado como comunismo.
En ese sentido, las medidas para calmar el sufrimiento actual deberían ir encaminadas a superar el marco estructural de la opresión. Tenemos que poner las condiciones sociales para que la transexualidad y las disidencias de género sexuales no sean un problema para la persona, estableciendo una nueva ética política que no tolere opresión y exclusión a corto plazo y haciendo un trabajo político para fortalecer la organización comunista como única opción para garantizarlo a largo plazo.
El debate sobre la cuestión trans, en términos similares al del resto de identidades oprimidas, es un debate sobre las posibilidades de superar el marco social capitalista. En efecto, la cuestión general consiste en mejorar la correlación de fuerzas con la burguesía, en tanto que la correlación de fuerzas determina nuestra capacidad política para acabar con la opresión contra las personas trans. Por tanto, la cuestión trans, junto con todas las otras problemáticas, es para los comunistas una cuestión de mejorar las posibilidades de lucha de clases por ser un asunto de gran urgencia. Y sólo así se puede formular el lema "la lucha trans es lucha de clases", no para reivindicar la condición de trabajadores de las personas trans, sino porque se explica como una problemática dentro de la lucha de clases que define a la sociedad, y por tanto, porque para superarla hay que profundizar en la lucha de clases.