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«Kaosa hona iritsi baino lehen/ kaosean murgilduta nengoen./ Etengabeko mugimenduan/ aurkitzen dut nik lasaitasuna./ Negua beti luzeegia da./ Etengabean kaosean bilatuz/ zeruko ateak zarratzen ditut./ Eta okertzen naiz./ Eta apurtzen naiz./ Lotsagabe, zerua dut iraintzen/ irri ero bat berriz jantzi dut/ Kaosantzako egina nago. »1  Kuraia, Birakari.

Alguien dijo alguna vez que la verdad es revolucionaria. No obstante, y como ocurre con la mercancía, aunque «parezca ser a primera vista una cosa evidente y trivial, de su análisis resulta que es una cosa de lo más endiablada». Todo movimiento revolucionario que se precie trata de desenmascarar el carácter verdadero de los fenómenos que nos rodean, aunque en general toda voluntad que camina en esa dirección choca con el frio y duro tacto del muro de la ficción y el mito. Son tantas las experiencias y anécdotas que nos hacen dudar del potencial revolucionario de la verdad. La derrota histórica del movimiento revolucionario ha rodeado al movimiento comunista con un halo de incredulidad y escepticismo, a pesar de que los golpes que la práctica revolucionaria recibe a diario digan más del carácter conservador de aquello que las propina, que de la relatividad del presupuesto antes formulado. La firmeza del sentido común, producto desarticulado y caótico de la realidad que nos rodea, sigue siendo una muralla infranqueable, y ya hay quien se encarga de colocar nuevos bloques día a día. En cualquier caso, y a pesar de estar constantemente condenado a remar contra corriente, el comunista sigue en la articulación y socialización de la verdad.

El modo capitalista de producción, con la disolución de las estructuras feudales, disolvió toda clase de supersticiones y mitos en el ácido de la racionalidad, derramando una ola de luz a la oscuridad que suele adherirse a la estructura social feudal. Sin embargo, de las entrañas del proceso de disolución del mundo feudal no solo nació la estructura social focalizada por el modo capitalista de producción, sino también el relato sobre el nacimiento de este modo de producción, nacido de la misma forma que su padre, que se escribirá en las coordenadas del pensamiento burgués. Así el reino de la razón dará al mundo un mito propio, aún más sólido, más misterioso que los que existían anteriormente, encadenando masas infieles a su regazo.

Lukács arranca su conferencia de inauguración del Instituto de Investigaciones acerca del Materialismo Histórico de Budapest explicando que el materialismo histórico es un método científico para desentrañar la esencia verdadera de los acontecimientos del pasado, así como para analizar el presente a través de un enfoque histórico. De esa manera, plantea que la concepción materialista de la historia es una herramienta, con la cual el proletariado puede aspirar a entender la historia en su complejidad (identificar las verdaderas conexiones que la vertebran, captar las fuerzas que la empujan), además de tratar de situar los fenómenos históricos en su historicidad, en su desarrollo histórico, en su especificidad. Tratar de articular un conocimiento adecuado, que se corresponda con la realidad, tratar de rasgar el velo mitificador que recubre las relaciones sociales en la formación social capitalista. Pueden ser criterios adecuados para quien se proponga abordar el tema, ya que el oficio de historiador no puede limitarse a las ciencias concretas, al cuentacuentos, al deber del fotógrafo. En contraposición, yo le encuentro más semejanza con un buceador. Su trabajo consiste en sumergirse en el mar del paso de la historia y tratar de buscar lo desconocido, sin poder perder tiempo en perderse en las imágenes distorsionadas de las sombras que se encuentran en el estrecho. Pero es difícil encontrar nada en esta oscuridad, son tantas las dificultades y los inconvenientes que se encuentran en la búsqueda de la verdad. Es difícil encontrar de nuevo un camino limpio y sistematizado y peligroso confiar en la historiografía burguesa.

Como ya adelanté en el texto publicado en esta gaceta titulado «Un prólogo», tengo intención de observar en los textos siguientes la génesis histórica del capitalismo. Sin embargo, antes de empezar con las precisiones, preferiría intentar contextualizar el tema, aunque sea para tener la oportunidad de abordar adecuadamente la cuestión.

Se ha escrito una larga literatura sobre el surgimiento del capitalismo, y aunque esté a mano, a menudo en ese caos de páginas es difícil encontrar aclaraciones. Tan importante (o más) como tener claro qué contar es saber cómo contarlo y en ese aspecto pecan muchos. Hay quienes representan la historia del capital como un proceso de evolución, desarrollo y prevalencia de factores y elementos concretos, que fragmentan el relato general y escriben la historia de esas partes para luego venderlas en fascículos. El nacimiento del capitalismo se convierte así en un accidente histórico tan casual como fruto de una confluencia aleatoria entre diferentes ejes diacrónicos. Condiciones demográficas, estructuras político administrativas, comercio internacional, creación y desarrollo de ciudades, creencias, inteligencia o algún tipo de sentido especial… a gusto del consumidor para que elija cualquier tipo de relato.

Pero hay un error general que se sienta en el trono de los errores de los relatos sobre la génesis del capitalismo. Es el mito de la eternidad del capitalismo, mencionado anteriormente. A base de diferentes formas de expresión, vivimos convencidos de que el modo capitalista de producción ha existido desde siempre, cautivos en el marco de pensamiento nacido de la mano de la creación del modo capitalista de producción. La existencia de las mercancías, la existencia del intercambio, la existencia del dinero… son todos elementos que existían con anterioridad al desarrollo e implantación del modo capitalista de producción, aunque en la época hayan tenido alguna que otra posición de época, función, importancia. Ignorando esta distinción, la sociedad capitalista se encuentra en cualquier parte, en el contorno de las formas sociales pasadas, en las sombras de las estructuras sociales pasadas. Para explicar así la creación del capital se da por buena de antemano la creación del capital, transformando la cuestión en lugar de enfrentarse a ella. Esto tiene un doble efecto en cuanto a los intentos de abordar la cuestión. Al relacionar el modo de producción capitalista con una lista de costumbres tradicionalmente existentes a lo largo de la historia y adscritas naturalmente al ser humano, ya que el proceso se limita a los parámetros de desarrollo y crecimiento de estos elementos (intercambios de mercancías proceso de subordinación de nuevos territorios y campos) por un lado. Por otra parte, en la medida en que el modo capitalista de producción es el desarrollo lógico y natural de estos elementos, la historia se realiza sobre la base del principio de continuidad, que se establece al mismo tiempo como horizonte del desarrollo histórico. Una historia sin comienzo claro y sobre todo sin final.

En la publicación anterior dejé escrito que Marx había dedicado gran parte de su vida a analizar las condiciones concretas de vida en la sociedad capitalista. En esta dirección se fijó en el desarrollo y evolución de las relaciones sociales, partiendo de los elementos que hacen singular el modo capitalista de producción analizado, de la diferencia específica. Así las cosas, me vienen a la cabeza las siguientes dudas. Si el análisis del modo de producción capitalista se basa en esta búsqueda de particularidades específicas, ¿puede ser explicada por una simple evolución de continuidad con respecto a los tiempos anteriores al nacimiento del capitalismo? ¿Bastará con presentar tirando de estos elementos existentes en las formas sociales anteriores como simples desarrollos, generalizaciones de estos modos capitalistas de producción? Si las respuestas a estas preguntas son negativas, ¿cómo y cuándo se distingue entre capitalismo y feudalismo? ¿Cómo se forma históricamente esta diferencia específica?

Dejaré esas dudas para las próximas, para que poco a poco las vayamos solventando. Mientras tanto, a seguir peinando la historia a contrapelo, desatando la consistencia de la falta de historicidad de los relatos, ya que las nuevas respuestas necesitan de nuevas preguntas.


1  Antes de que el caos llegara/ yo ya estaba sumergido en él./ En el movimiento continuo/ encuentro yo la tranquilidad./ El invierno siempre es demasiado largo./  Continuamente buscando en el caos/ cierro las puertas del cielo./ Y me equivoco./ Y me  rompo./ Sin miedo, insulto el cielo/ me visto con una sonrisa loca/ Estoy hecho para el  caos.
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