ACTUALIDAD EDITORIAL IKUSPUNTUA CIENCIA OBRERA COLABORACIONES AGENDA GEDAR TB ARTEKA

(Traducción)


El próximo 24 de abril tendremos la segunda vuelta de las elecciones en el estado francés. Siendo Macron y Le Pen los candidatos más votados en el encuentro, hemos tenido que escuchar el mismo lema que se ha repetido en muchos otros casos europeos: que el único camino para frenar al fascismo es la unidad electoral de todos los demás partidos.


Esta idea, basada en el simbolismo histórico de los frentes populares, ha tenido un largo recorrido en los últimos tiempos, por ejemplo llamando a frenar a las extremas derechas como Vox en España o AfD en Alemania. Tanto los socialdemócratas como los liberales se han vendido como «votos útiles para frenar el fascismo» en los lugares en los que la derecha radicalizada se ha manifestado en las instituciones -pues no son preocupación cuando están fuera de ellas. Sin embargo, este planteamiento no es más que un sofisma barato, ya que tales gobiernos han existido: en Italia entre 2006 y 2008 la coalición L 'Unione o en la propia Francia entre 1997 y 2002 la unión entre PSF y PCF. El caso más cercano lo tenemos actualmente en España con la coalición PSOE-UP. En todos estos casos la extrema derecha -desde una derecha no centrista hasta el fascismo- se ha estabilizado como la elección de buena parte de la clase media para hacer frente a la crisis, a pesar de que gobierne la izquierda. Inducir al gobierno a una multitud de partidos de izquierda que estarán a disposición de la oligarquía para evitar la llegada de la extrema derecha al gobierno es completamente absurdo. Esto se está demostrando una y otra vez: en Austria, en los países nórdicos, en Dinamarca…

 

Más de uno proclamará la urgencia de la situación del momento contra el supuesto espejismo de los comunistas: «¡Si la extrema derecha llega al gobierno cometerá atrocidades contra las libertades! Los demás partidos no serán cambios reales, pero si estamos esperando la revolución el fascismo llegará al gobierno». Incluso para anular esta opinión es muy propicio el caso francés. En septiembre, cuando los primeros estudios de opinión de estas elecciones preveían una reducción de la distancia entre estos dos candidatos, Macron, definido como un centro político único, no tuvo ningún problema en aplicar las propuestas de la extrema derecha en materia de seguridad: aumentar la presencia policial y crecimiento presupuestario espectacular, principalmente. Ahondar en la tendencia fascista de la gestión del Estado es, por tanto, más complejo que la existencia de un gobierno u otro; el programa autoritario puede aplicarse si esa es la tendencia de los poderes económicos, aun sin la llegada del gobierno de los fascistas.


Las opciones políticas más comunes de las últimas décadas están completamente extinguidas en Francia. Los socialistas que han gobernado Francia en cuatro ocasiones (PSF, Hidalgo) solo han logrado un irrisorio 1,7 % de los votos, mientras que el partido republicano de Sarkozy (LR, Pécresse) ha caminado similar, con un 4,8 %. En la farsa del bipartidismo del centro se ha demostrado que los programas de ambos partidos son los mismos. Por eso se presentan como las únicas posibilidades rupturistas para frenar la sofocante proletarización de los «obreros de origen francés» como el gaullo-bonapartismo de Zemmour. Mélenchon, el principal intento de reorientar las huellas del centro hacia una nueva izquierda que se haya lavado la cara, debía tener en boca de todos un rayo de esperanza. Ha llegado a ser la tercera fuerza, pero ¿con qué contenido político? El partido que se supone que se enfrenta al auge del fascismo utiliza un programa que la propia Le Pen está dispuesto a aceptar como socio de gobierno: «Le meilleur de la droite et le meilleur de la gauche», dice el candidato del frente nacional. Es más, anda atrayendo a los votantes de Melenchon de cara a la segunda vuelta, a pesar de programas que se supone que son antagónicos.

Un signo de una creciente población que rechaza de una manera u otra esta realidad es la abstención que superó el récord histórico en las pasadas elecciones municipales (60 %). La abstención es consecuencia de la falta de alternativas políticas para hacer frente tanto al fascismo como a la tecnocracia centrista de siempre. Las protestas estudiantiles de Sorbona, Nantes, Rennes o Toulouse son una muestra de ese enfado. Sin embargo, en Francia han sido habituales las revueltas que de un día para otro han causado revuelo y se han deshecho en poco tiempo. Por lo tanto, más allá de «ni Macron ni Le Pen» tenemos el reto de unificar las luchas y situarlas dentro del mismo programa. El único camino para alcanzar estos objetivos es la opción comunista. Más que expulsarlo del gobierno, la opción que asfixia el fascismo destruyendo su base (el proceso mismo de proletarización) es la única manera real de matar realmente al monstruo.