FOTOGRAFÍA / Saioa Contreras
Eneko Carrión
@enekocarri
2025/02/05

Las últimas implosiones de los gobiernos francés y alemán evidencian la complejización de la gobernanza capitalista. La incapacidad de generar un bienestar para amplias capas sociales está profundizando aún más en la desconfianza y descrédito de instituciones y partidos, lo que dificulta la constitución de gobiernos estables y duraderos. La constatada inoperancia de gobernantes y respectivos entramados institucionales al hacer frente a los tres grandes retos actuales, es decir, el estancamiento económico, el tensionamiento geopolítico y la crisis ecológica, ha generado un contexto político sumamente complejo y volátil. La lógica del beneficio inmediato intrínseco al sistema y la perspectiva cortoplacista del interés electoral nos pueden arrastrar al abismo. Analizar Alemania, por su importancia tanto histórica como actual, nos puede ayudar a comprender mejor el contexto actual y sus posibles consecuencias. 

La ruptura de la “coalición semáforo” (SPD, Verdes y FDP) y el rechazo a la moción de confianza de Scholz ha llevado a un adelanto electoral para el 23 de febrero. Las encuestas pronostican una victoria de la CDU, mientras la ultraderecha de AfD y el partido de Sahra Wagenknecht continúan creciendo, gracias a la capitalización del descontento en forma de señalamiento de los sectores más vulnerables. Pero más allá de la efervescencia mediática, debemos reparar en las causas y posibles consecuencias de toda esa fragmentación.

La lógica del beneficio inmediato intrínseco al sistema y la perspectiva cortoplacista del interés electoral nos pueden arrastrar al abismo

Las nefastas previsiones económicas (crecimiento económico del 0,1% según el Bundesbank y la constante quiebra de empresas) unidas al despilfarro de recursos que trae la guerra de Ucrania están acelerando los cambios en los bloques de clase que funcionan como apoyo de los partidos en las últimas décadas. Estos cambios ilustran una tendencia más amplia donde los partidos denominados de izquierda son incapaces de desarrollar una política atractiva para sectores de la clase trabajadora, empujándolos a manos de sectores reaccionarios. Ejemplo de ello es que en veinte años, el SPD ha pasado de representar al 41% de la población alemana a apenas el 15% en las últimas elecciones europeas. Pero para entender la situación actual y los posibles escenarios que se abrirán en los próximos años, debemos levantar la vista y entender el papel de Europa y concretamente de Alemania en el nuevo tablero geopolítico. 

ATAR EN CORTO A LOS EUROPEOS

Almirante Rob Bauer, jefe del Comité Militar de la OTAN: “Europa debe prepararse para un escenario de guerra”. 

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Pocas frases e imágenes resumen mejor el contexto actual. La guerra de Ucrania está funcionando como una herramienta de subordinación del bloque europeo a las directrices de la OTAN, y por lo tanto de EEUU. Esto pone en entredicho toda esa retórica de la autonomía europea y de su constitución como una fuerza de paz. Cada vez está más claro que Ucrania no puede ganar la guerra (por lo menos como recuperación de todo el territorio), y no lo digo yo, sino Mark Milley (jefe del Estado Mayor de la defensa de EEUU) y Valery Salushnyi (comandate supremo de las fuerzas armadas ucranianas). Y a pesar de ello, Occidente boicotea sistemáticamente cualquier tipo acuerdo de paz; EEUU se ha negado sistemáticamente a negociar el tema de la seguridad con Rusia. Una vez iniciada la guerra (entre finales de febrero y abril de 2022), hubo negociaciones entre Rusia y Ucrania en Estambul, en las que parece ser que se llegó a cierto acuerdo de paz provisional, con garantías de seguridad para Ucrania y concesiones territoriales para Rusia. Pero todo se fue al traste con la visita de Boris Johnson, cuando le aseguró a Zelensky que contaba con todo el apoyo de Occidente y que así ganaría la guerra antes de fin de año. 

La guerra de Ucrania está funcionando como una herramienta de subordinación del bloque europeo a las directrices de la OTAN, y por lo tanto de EEUU

Por lo tanto, el interés de mantener esta guerra a cualquier precio no es el defender la supuesta soberanía y democracia ucraniana, sino que esta es parte de una puzzle más grande, en el que Ucrania juega un papel importante . Para entenderlo, debemos realizar un muy breve resumen de lo que ha pasado estas últimas décadas. Una vez desaparecida la URSS, EEUU empezó a establecer las líneas estratégicas que debía tener el nuevo orden internacional, y por lo tanto, el papel que debía desempeñar el bloque europeo. Y entre estas líneas destaca la expansión de la OTAN hacia el este, estableciendo un cerco militar contra Rusia desde los 90. Uno de los grandes temas de discusión a los que EEUU y la OTAN se han negado a tratar es de la necesidad de negociar un replanteamiento general de la seguridad europea. La ausencia de medidas concretas y la imposición de normas de forma unilateral es lo que algunos denominan como cierre en falso de la guerra fría. La UE ha sido una herramienta muy adecuada para la integración de Europa central y oriental en Occidente. Ejemplo de ello es la admisión en 2004 de Chequia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia y Eslovenia. El ingreso de Ucrania en la OTAN era un objetivo estratégico estadounidense, pero Alemania y Francia, aunque estuvieron de acuerdo, establecieron ciertas condiciones de admisión. En 2007 comenzaron las negociaciones para cerrar el acuerdo de adhesión. Aunque EEUU quiso integrar instantáneamente a Ucrania en la alianza atlántica, Sarkozy y Merkel vetaron la propuesta. Sabían que el caso de Ucrania era más complicado, por lo que las negociaciones y acuerdos tuvieron momentos de avance y retroceso. Pero en 2012 se cerró el acuerdo de asociación de Ucrania con la UE, en la que entraba la cooperación política, libre comercio, armonización jurídica, ayuda financiera etc. Proceso en el que Alemania y concretamente Angela Merkel jugó un papel clave. EEUU tenía clara su apuesta en la política interna ucraniana, como demuestra la involucración de Biden bajo el gobierno de Obama. Así, colocó a numerosos asesores en instituciones políticas, económicas y militares. 

El interés de mantener la guerra de Ucrania cualquier precio no es el defender la supuesta soberanía y democracia ucraniana, sino que esta es parte de una puzzle más grande, en el que Ucrania juega un papel importante

Pero Rusia no se iba a quedar quieta. En 2013 Yanukovich (presidente ucraniano afín a Rusia) se negó a firmar el acuerdo de adhesión a la UE, lo que culminó en la revolución de colores, llamada Maidan. El bloque Euroatlántico logró su objetivo, quitarse de en medio un presidente pro-ruso y colocar a uno pro-OTAN (la quinta persona más rica de Ucrania, Petró Poroshenko). La tensión iba en aumento con la adhesión de Crimea a Rusia y el levantamiento de las zonas del Donbass y Donetsk. En 2014, el presidente ucraniano firmó el acuerdo de asociación entre Ucrania y la UE. A su vez, se firmaron los acuerdos de paz de Minsk I y Minsk II, los cuales, según admitieron posteriormente, no fueron más que teatros para ganar tiempo para armarse para la guerra. En 2019, Zelensky ganó las elecciones con un programa que incluía planes de descentralización del poder hacia instituciones locales y regionales, una resolución pacífica del conflicto del Donbass y una nueva negociación con Rusia. Detrás de tantas palabras bonitas y promesas, EEUU seguía armando al ejército ucraniano, articulándolos para que pudieran operar bajo la estructura de mando de la OTAN. Ante la estrategia de tensionamiento fomentada por el gobierno norteamericano Rusia respondió atacando al territorio ucraniano.

La guerra  ha servido para generar el contexto perfecto de rearme de los gobiernos europeos, tanto materialmente con un gran aumento de la inversión en defensa tanto ideológicamente con un aumento de la propaganda belicista hacia la ciudadanía. Esto todo a su vez ha servido para cohesionar el antidemocrático mando europeo y establecer claramente las líneas principales del bloque supranacional. Y prácticamente todos los gobiernos han acatado la orden sin rechistar, lo que ha generado tensionamientos internos en varios países, entre ellos Alemania. 

La guerra de Ucrania ha servido para generar el contexto perfecto de rearme de los gobiernos europeos, tanto materialmente con un gran aumento de la inversión en defensa tanto ideológicamente con un aumento de la propaganda belicista hacia la ciudadanía

Parece que EEUU ha conseguido su objetivo. Ha conseguido construir un compacto bloque de aliados en la frontera occidental con Rusia, pero no solo en el plano militar, sino también en el político y económico. Ha fomentado el modelo friend-shoring, es decir, ha priorizado un modelo de relaciones económicas entre países afines políticamente. Se están regionalizado las cadenas de suministro, se ha fortalecido la autarquía para depender lo menos posible del bloque rival. El ataque contra el Nord Stream es el ejemplo más claro de todo este proceso. Y parece que Europa se ha tomado en serio su papel: ha aceptado que le deleguen el conflicto de Ucrania y así EEUU se puede centrar en su enemigo principal, China. Las posiciones están cada vez más claras, y esto ha acarreado grandes efectos para la política alemana, como veremos a continuación.

LO QUE PARECÍA IMPOSIBLE ES AHORA REAL

Espero que lo explicado haya ayudado a comprender mejor el terreno al que se han tenido que subordinar los partidos, ya que solo así comprenderemos los cambios actuales en la política alemana. Esta subordinación ha erosionado las bases electorales y ha desatado cambios en las líneas de los partidos, lo que demuestra que los principios en el juego electoral no son más que monedas de cambio. El estancamiento económico ha traído un creciente empobrecimiento de los habitantes, lo cual ha generado el escenario perfecto para buscar y volcar todas estas miserias en los sectores más vulnerables, la población migrante. A su vez, el creciente rol belicista del gobierno alemán, en una sociedad donde el pacifismo ha jugado un papel clave, ha hecho que los partidos deban hacer malabarismos para convencer a su electorado. Las elecciones de junio al Parlamento Europeo nos ayudan a ver algunos de los cambios de los que hablo. Parece que la alianza conservadora CDU/CSU se mantiene y es más que probable que gane las elecciones de febrero. El desastre viene con los partidos en el gobierno; el SPD, Los Verdes y los liberales de FDP. Este desastre ha favorecido a la ultraderecha de AfD y a la escisión de Die Linke, Sahra Wagenknecht. Analicemos las causas de estos cambios. 

Los partidos de izquierda han asimilado el giro autoritario y han planteado que necesitan dar respuesta a estos “problemas” desde la izquierda. Sin una alternativa revolucionaria, la única respuesta que da la izquierda es el refuerzo autoritario y la subordinación a la agenda belicista. Esto lo han pagado claramente Los Verdes y el SPD. Su posición “pro-europea”, es decir, a favor de una institución antidemocrática y su agenda de guerra, les ha costado caro. El caso de Los Verdes es paradigmático. Una fuerza que en 2021 decía “Nada de armas y de armamento para países en guerra” y que hoy en día es el partido en el gobierno que más apoya el envío de armas a Ucrania. Estos han sido percibidos como partidos de tecnócratas al servicio de la oligarquía, ajenos a esa clase social a la que supuestamente representan. La “clase-medianización” es uno de los elementos clave del declive de los partidos de izquierdas y del auge de la ultraderecha por todo el mundo. EEUU es un claro ejemplo de este cambio, ya que el Partido Demócrata se ha convertido en un partido de clases medias modernas, progresistas y con estudios, mientras el Republicano representa a los sectores obreros con menos estudios. En el caso alemán, tenemos el claro ejemplo de Die Linke, una izquierda post-comunista, cuya base se ha limitado a esa clase media, lo que le ha acarreado estar cerca de la desaparición (menos del 5% en las elecciones de 2021). En 2009, cerca de un 20% de los trabajadores manufactureros seguían votándoles, mientras que en 2021 apenas un 4%. La izquierda, al aceptar el marco establecido, deja de ser vista como una alternativa a los partidos del establishment, y eso, unido a todas las falsas promesas de bienestar y cambio, genera un gran rechazo entre sus bases. 

A su vez, la izquierda ha asimilado el discurso y las prácticas contra la inmigración y fortalecimiento de los mecanismos autoritarios. El gran aumento de la preocupación entre la población por temas como la seguridad y la inmigración ha hecho que los partidos tengan que tomar medidas para no perder electorado. El canciller Olaf Scholz apareció en la portada de la revista Der Spiegel con el titular “Debemos deportar a gran escala” en octubre de 2023, dejando más que claro el giro hacia la derecha. Muchas veces, los medios y los partidos nos nublan el juicio con el eterno mensaje de que viene la ultra-derecha, mientras son ellos el verdadero peligro, pues asumen sus principios y propuestas. Hace ocho años, solo la AfD pedía cerrar las fronteras, rechazar a los refugiados y deportar a los extranjeros “criminales”. Ahora, el “progresista” gobierno de Scholz está poniendo en práctica estas propuestas. Podemos afirmar que en la política alemana se ha polarizado, por un lado, un establishment que ha virado claramente a la derecha, y, mientras tanto, se constituye otro bloque “radical” contra-establishment

La falta de una posición proletaria e internacionalista, lo único que ha acarreado es un refuerzo de las propuestas ultra-derechistas y autoritarias. Una vez más, ha quedado claro que la asimilación del marco sobre la inmigración no hace más que reforzar a aquellos con la respuesta más dura. Esta posición ha fortalecido a dos partidos; AfD y Sahra Wagenknecht. Empecemos con este último. Una escisión de Die Linke, dada por la misma Wagenknecht, un perfil atractivo con gran capacidad de comunicación que logra empatizar con sectores empobrecidos y desempleados (debido a la desindustrialización en gran medida) de la clase trabajadora. “Conservadora de izquierdas”, “Partido de cuadros leninista, pero sin la idea de socialismo” o “Populismo sin pueblo”, estos han sido algunos de los intentos de caracterizar la formación BSW; algo complejo, ya que bebe de casi todos los partidos del espectro electoral. La mayoría de sus votos proceden del SPD y de Die Linke, pero también recibe votos de la CDU, de los liberales de FDP, de Los Verdes y de incluso de AfD. Esto supone un cambio en los patrones tradiciones de los votantes. 

Pero veamos qué es lo que plantea y cuáles son los ejes de su programa. Por un lado, tenemos la clara posición contra la guerra de Ucrania y su financiación por parte de Alemania. Para este partido, este despilfarro de recursos limita la capacidad de regenerar la maltrecha economía y las instituciones del Estado. Para ello, propone volver a establecer relaciones con Rusia, como fuente de recursos baratos para la industria. En el ámbito económico, BSW propone recetas de corte keynesiano de izquierdas. Subsidiar empresas para hacerlas más competitivas, centrado en las empresas denominadas como Mittelstand. Estas pequeñas y medianas empresas son el objetivo y un gran nicho de mercado de votantes, ya que aglutina a una parte de la clase obrera en decadencia y un sector de pequeños propietarios en grandes dificultades. Queda clara la apuesta interclasista de BSW, apelando a votantes económicamente progresistas pero socialmente conservadores. Su política busca reforzar y volver a un Estado del Bienestar fuerte, y, para ello, promueve el no despilfarro de recursos en la guerra o la limitación del número de nuevos migrantes hasta que las infraestructuras nacionales (escuelas, guarderías, sanidad, vivienda, etc.) hayan sido mejoradas y ampliadas.

Además, aboga por la restricción de la inmigración y entienden que el origen de estos flujos son la lógica del liberalismo económico y las políticas de la globalización, un claro ejemplo de esa apuesta por el repliegue nacionalista. Este pragmatismo le ha servido para conectar con ese sentido común que busca una cabeza de turco para su maltrecha situación económica. Es curioso, ya que según un estudio fue la fuerza más votada entre los musulmanes en las elecciones europeas. Parece ser que la izquierda ya no conecta de la misma manera con las minorías étnicas, algo que podemos observar en muchos países. 

Por otro lado, tenemos a la ultraderecha de AfD, una fuerza que se ha consolidado en los últimos años, algo que parecía improbable por la “vacuna” anti-extrema derecha de la sociedad alemana. Con 77 diputados es la quinta fuerza del Bundestag, está presente en todos los estados federados menos en uno, en las elecciones de 2021 fue la segunda fuerza más votada por detrás de la CDU y por delante del SPD y ha sido primera fuerza en las elecciones regionales de Turingia y segunda en Brandenburgo y Sajonia. Pero hay que tener cuidado al analizarlo, porque estamos hablando de una fuerza que ha conseguido renovarse. Ha conseguido abrirse a capas sociales que hasta ahora estaban cerradas, ejemplo de ello es que su copresidenta sea una mujer, lesbiana y su pareja una inmigrante de Nepal. Los causas de este crecimiento los podemos encontrar principalmente en el tema migratorio. Las razones para votar a este partido son un 46% por la inmigración seguida de la paz en las relaciones internacionales, con un 17%, la seguridad social, con un 15%, y el crecimiento económico, con un 12%. La gestión de la crisis migratoria de 2015, debido al conflicto en Siria generaron un peligroso caldo de cultivo, debido a la llegada de refugiados a municipios y barrios obreros con pocos recursos. Hoy en día el conflicto en oriente medio y el sentimiento de culpa histórica por el holocausto han permitido que la islamofobia se expanda bajo la careta de antisemitismo. 

Otra de las grandes causas es el declive económico, con una perdida de competitividad respecto a China, la cual ha acarreado cierres de plantas y despidos masivos por todo el país. La ineficacia de los partidos tradicionales de gestionar esta crisis ha hecho que la gente busque soluciones en otras propuestas, como la AfD. Pero más allá del ámbito material, esa idea de potencia europea en decandencia ha provocado un aumento del nacionalismo, debido al orgullo nacional herido. 

Además, debemos tener en cuenta la clara división del país en dos mitades, occidental y oriental. La parte oriental ha sufrido más la erosión la confianza hacia las instituciones y los partidos tradicionales, lo que ha ayudado en el crecimiento de la ultraderecha. Las convulsiones que sufrieron con la caída del muro y las similitudes actuales que hacen recordar a aquella época aumentan la desconfianza hacia aquellos discursos modernos, proeuropeos y a favor de la globalización.

No nos podemos olvidar que los partidos que componen el centro (FDP, SDP, Verdes y CDU) establecieron una batalla cultural contra la reciente creada ultraderecha en 2013. Este cordón sanitario no se limitó al ámbito parlamentario o gubernamental, sino que se expandió a todas las capas de la sociedad (medios de comunicación, iglesia, escuelas, asociaciones deportivas…). Esta política conocida como “Kampf gegen Rechts” (lucha contra la derecha) convirtió al “antifascismo” en doctrina del Estado. Pero esto ha producido resultados contrarios a lo esperado. Ese antifascismo asimilado ha generado un gran rechazo, sobre todo en partes de la antigua RDA y entre los sectores juveniles. Lo que deja claro que el “antifascismo” institucional no es una alternativa real al auge del fascismo. 

CONCLUSIONES

Zeitenwende significa cambio de época, y aunque los cambios electorales puedan indicar algo en esa dirección, este contexto nos recuerda demasiado a una época pasada. Una época de guerras, de creciente autoritarismo y señalamiento de minorías. Aun así, debemos actualizar y mejorar nuestras herramientas de análisis ya que el fascismo y autoritarismo están apareciendo con otros ropajes, y hay nuevos patrones en sus bloques de apoyo. Solo así conseguiremos hacerle frente de manera efectiva. 

Aun así, hay una pequeña diferencia con la década de los 30. Hoy en día no existe la URSS y el comunismo está muy lejos de ser una opción política entre las masas. Eso sí, el camino más rápido para el cambio no son las reformas inmediatas que nos venden esos partidos de “izquierdas” (cada vez más a la derecha) en nombre del pragmatismo y en contra las soluciones utópicas y maximalistas. El camino más rápido es dar un paso al frente, sin titubear y aportar toda nuestra fuerza en la construcción de esa alternativa realmente revolucionaria. Si no lo hacemos nosotros lo hará la reacción, y lo pagaremos muy caro. 

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