2025/10/01

A ojos del reformismo y del revisionismo, siempre quedará una tarea pendiente de realizar, que ha de ser resuelta antes de abordar la cuestión del socialismo. En la Rusia de 1917, los revisionistas reivindicaban la necesidad de una larga fase de transformación económica capitalista, realizada bajo dominio burgués. Sin embargo, la burguesía, totalmente supeditada al Estado zarista y a sus pactos con las burguesías inglesa y francesa, era incapaz de llevar a cabo tal transformación, de ejercer su dominación por la vía democrática. El apoyo al Gobierno burgués nacido de la Revolución de Febrero y el desarrollo económico de Rusia, adornados con terminología marxista –revolución democrática, desarrollo de las fuerzas productivas…–, eran la excusa perfecta para enfrentar a los partidarios de la revolución socialista; lo que correspondía en aquella fase histórica era apoyar al Gobierno democrático de la burguesía, aunque esta se hubiera mostrado incapaz de gobernar.

Seguro que a más de uno se le hace conocida esa fórmula: apoyemos una fase de transición con la burguesía, aunque la burguesía no esté dispuesta a ello, no porque no quiera, sino porque no puede. Así, por ejemplo, en Euskal Herria, los nacionalistas hablan de una fase previa al socialismo, la fase de la independencia, que se correspondería con una fase democrática donde el objetivo principal es romper con un régimen especial, llamado ”Régimen del 78”.

Seguro que a más de uno se le hace conocida esa fórmula: apoyemos una fase de transición con la burguesía, aunque la burguesía no esté dispuesta a ello, no porque no quiera, sino porque no puede

Aquí, el Régimen del 78 cumple la misma función simbólica que cumplía en Rusia el (escaso) desarrollo económico de la nación o el apoyo al Gobierno democrático (conquistado en oposición al zarismo): el régimen simboliza una especie de estado excepcional con el que es imperioso acabar y que justifica una fase de transición democrática que atañe no solo al proletariado, sino al conjunto de la nación, mientras que la falta de desarrollo de las fuerzas productivas era la excusa para enfrentarse a una revolución bajo dominio proletario que, al fin y al cabo, acabó sucediendo, en contra de todo vaticinio revisionista, dejando una lección fundamental del marxismo y del movimiento comunista a la posteridad: el análisis no pone al sujeto, es el sujeto quien pone el análisis.

Del mismo modo que los análisis revisionistas en Rusia se daban contra la realidad, pues reivindicaban un dominio de una clase que era incapaz de dominar, en Euskal Herria la reivindicación de la independencia como fase previa del socialismo no es sino una quimera que busca incapacitar al proletariado como sujeto independiente, pues lo condena a buscar desesperadamente una alianza con una clase que, en la cuestión del proceso independentista, no está, ni se le espera, pues su función histórica en ese sentido ha sido totalmente agotada.

En Euskal Herria la reivindicación de la independencia como fase previa del socialismo no es sino una quimera que busca incapacitar al proletariado como sujeto independiente, pues lo condena a buscar desesperadamente una alianza con una clase que, en la cuestión del proceso independentista, no está, ni se le espera, pues su función histórica en ese sentido ha sido totalmente agotada

A ello se debe, también, la necesidad de renovar nuestras posiciones en torno al derecho de autodeterminación. Si la burguesía es un sujeto incapaz de liderar y participar en un proceso independentista, y si además ha agotado toda opción de ejercer una función histórica progresista, ¿qué sentido tiene reconocerle ningún tipo de derecho?

Lo que separa a los tiempos de Lenin de los nuestros es que, a inicios del siglo XX, los sujetos-nación estaban en pleno auge, mayormente auspiciados por la necesidad de las burguesías vernaculares de constituirse como sujeto político en oposición a la dominación colonialista de las potencias imperialistas. Lenin supo identificar en las naciones oprimidas una suerte de aliados temporales a los que había que atraer mediante una táctica adecuada: el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. Y si bien a día de hoy sigue siendo una consigna justa, en gran medida es una consigna ya superada por los tiempos y mayormente banal –con posibles excepciones, como en el caso de Palestina– pues no hay un sujeto receptor de la misma, que se pueda identificar con ella. A ello se debe la necesidad de identificar un nuevo sujeto de autodeterminación en el proletariado, que permita romper con la concepción democrático-burguesa de la política revisionista que pretende anclar al proletariado a procesos democráticos –independencia y ruptura con un régimen especial, supuestamente predemocrático– en alianza con una burguesía que no existe en esas coordenadas políticas, y no va a existir.

Lo que en la táctica de Lenin era una fórmula para desligar al proletariado de los movimientos nacionalistas burgueses, en la actualidad se ha convertido en su opuesto: la reivindicación de una fase democrática previa al socialismo, ya sea en la fórmula del proceso independentista o en la del derecho de autodeterminación que corresponde a toda la nación; o sea en la fórmula de la superación del Régimen del 78, liga al proletariado a procesos inexistentes, con aliados inexistentes.

Al contrario, el derecho de autodeterminación, en la táctica leninista, buscaba destruir la unidad interclasista construida en torno al nacionalismo. Otorgar igualdad de derechos a todas las naciones era el medio por el que se pretendía desarticular el nacionalismo y educar y organizar al proletariado en el internacionalismo.

Asimismo, la revolución democrática era una fase que, por oposición a los revisionistas que la reivindicaban como fase interclasista dominada por la burguesía, tan solo podía realizarse bajo la dirección del proletariado en alianza con el campesinado. Su programa concreto era el desarrollo de las fuerzas productivas, que debían servir al desarrollo de las fuerzas revolucionarias del proletariado en el camino al comunismo.

Hoy, tanto el derecho de autodeterminación como el proceso democrático, la ruptura democrática, la revolución democrática, etc., son papel mojado en manos de la socialdemocracia y los revisionistas. No significan nada ni aluden a fuerzas reales; se han convertido en simples artimañas de autolegitimación de una burocracia que vive a costa de sus bases. El Régimen del 78 no es más que un estado de excepción construido analíticamente –aunque con escaso desarrollo– por el sujeto socialdemócrata que busca desarticular la vía directa al socialismo, reivindicando una fase que, directamente, lo hace imposible.

NO HAY COMENTARIOS