2025/11/01

En este 50 aniversario de la muerte de Franco ha habido un gran esfuerzo por convertir esta efeméride en una apología de la Transición y la democracia parlamentaria en la que se transformó la dictadura de la clase burguesa tras la muerte del dictador. Casi 45 años después de la tentativa del golpe de Tejero, el ala izquierda del partido del orden, con el decrépito PSOE a la cabeza, sigue azuzando la sombra del franquismo para tratar de convencernos de que lo que vivimos hoy, por muy malo que sea, debe ser admirado y apreciado, por ser mejor que aquellos oscuros 36 años de dictadura franquista. 

Esa resignación y conformismo forzado han sido la clave para ahogar las posibilidades revolucionarias que han existido en el Estado español, especialmente en Euskal Herria, a lo largo de varias generaciones. De hecho, gracias al terror infundido en las masas a través de los 150.000 ejecutados en la guerra y la posguerra, y otros 25.000 después, el verdugo de aquella carnicería de proletarios murió plácidamente en la cama, con la conciencia tranquila de quien ha cumplido su papel. El franquismo, al igual que el resto del fascismo contemporáneo al mismo, fue un golpe de timón de la burguesía que veía en peligro su privilegio de explotador. 

Así, aterrados por el viento rojo que llegaba del Este, los capitalistas no dudaron en suspender el Estado liberal para purgar la militancia revolucionaria, llevándola casi a la extinción por muerte, tortura o exilio.

Es por eso que la Guerra Civil, la dictadura franquista y el orden social posterior a la Transición siguen un mismo hilo en la causa de aplastar la opción revolucionaria y mantener la dictadura de la burguesía. Así, bajo la nueva forma que adoptó este dominio de clase con la carta magna de 1978, se encontraron los mismos políticos, los mismos jueces, los mismos empresarios, los mismos militares, los mismos medios, los mismos policías… 

El representante del ala izquierda del partido del orden por excelencia, el PSOE, sin embargo, insiste en festejar y reforzar la idea de una hiato completo a la muerte del dictador, de un abismo en el funcionamiento de la sociedad, de ensalzar las figuras que lideraron el cambio. Al fin y al cabo, de relegar el franquismo a ser un capítulo oscuro y aislado en la historia del Estado, una desviación momentánea. En definitiva, una enajenación transitoria del Estado que remendó Felipe González al tomar las riendas del mismo, y corramos un tupido velo sobre la ZEN, los GAL, la heroína, los Pactos de la Moncloa, el desempleo, el estado de las autonomías, la OTAN, etc.

El ala derecha del partido de la burguesía, por su parte, ni siquiera puede hacer campaña electoral con ese oscuro pasado, así que opta por el negacionismo. Acusa de abrir heridas cerradas a quien quiera siquiera abrir cunetas y condena de guerracivilismo cualquier lectura de la política actual basada en el análisis materialista histórico del pasado. Al menos a esto se limitaban en gran medida hasta ahora, pues este disimulo mal actuado va perdiendo las vergüenzas conforme comprueba la impunidad del fascismo, y va convirtiéndose en apología descarada de águilas de San Juan y brazos en alto.

Lo que tienen en común, salvando las obvias distancias, es que ambos bloques políticos actúan como garantes del mismo orden social heredado del franquismo: uno, maquillándolo con retórica democrática y memorialista vacía; el otro, reivindicándolo sin complejos a medida que la política de conciliación de clase de los primeros lo permite. Ambos coinciden en señalar cualquier cuestionamiento de fondo como un peligro para la democracia, en desactivar toda lectura de clase del pasado y del presente, y en reducir la memoria histórica a un campo de disputa simbólica inocua. Frente a esta pinza, analizar el franquismo no puede ser un ejercicio de nostalgia antifascista domesticada ni de arqueología moral. En cambio, nuestra divisa es que el Régimen se transformó y modernizó porque así lo exigía el orden internacional victorioso, y que la tarea pendiente no es perfeccionar el disfraz demócrata que parió, sino superar de una vez el sistema de dominación de clase que la sostiene.

Analizar el franquismo no puede ser un ejercicio de nostalgia antifascista domesticada ni de arqueología moral. En cambio, nuestra divisa es que el Régimen se transformó y modernizó porque así lo exigía el orden internacional victorioso, y que la tarea pendiente no es perfeccionar el disfraz demócrata que parió, sino superar de una vez el sistema de dominación de clase que la sostiene.
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