El gran industrial, como si de un señor feudal se tratara, dispone sobre el territorio y las gentes. El concepto de libertad tiene para el gran empresario industrial una significación completamente distinta. No tiene nada que temer de las autoridades del Estado. (...) Para él, libertad significa que agitadores foráneos puedan tener la irrestricta posibilidad de incitar a sus súbditos, los trabajadores, a una rebelión. Por eso el gran capitalista moderno se ha vuelto más y más escéptico respecto del valor de la libertad y de los derechos constitucionales. Lo que exige ahora es un Estado fuerte, que ejerza sobre las masas una autoridad efectiva.
‒ Arthur Rosenberg
La cuestión es esta (...): se trata de escoger entre la dictadura de la insurrección y la dictadura del Gobierno; (...) entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable; yo escojo la dictadura del sable, porque es más noble.
‒ Donoso Cortés
El destino ha querido traernos a esta parada en el 50 aniversario de la muerte de Franco. ¡Qué bonita oportunidad para hablar de lo que hay que hablar! Aprovechar este capricho para tratar de arrojar algo de luz histórica al fenómeno franquista, que sirva, aunque sea de manera colateral, para alumbrar algo nuestro presente.
El primer paso para tratar de desenmarañar el franquismo, pasa por entender que todo fenómeno histórico responde a una conjunción de factores diversos, que actúan en conjunto y se enredan. Su lectura, por lo tanto, pasa en primer lugar por entender esta totalidad concreta, que especifica el contenido o significado de cada uno de esos factores. En lo que respecta al análisis histórico, el orden de los factores sí que altera el producto. Esos factores deben a su vez ser analizados desde dos perspectivas. A un lado el eje más local o autóctono, conformado a partir de experiencias y eventos particulares, que a su vez conforman un panorama específico, que favorece el desarrollo de ciertos fenómenos históricos en los que se imbrican determinados agentes. Este eje constituye el relato. Al otro, el eje más general, perfilado a partir de procesos de carácter internacional y de época, que atraviesa todo relato particular y le da un sentido más trascendental, un tono. Nuestra trama se desarrolla a esos dos niveles, y en eso, es condicionada al tiempo que condiciona.
El franquismo, como experiencia histórica, se da en términos efectivos por primera vez en el transcurso de la Guerra Civil. El 17 de julio de 1936, se puso en marcha la operación militar a escala estatal que ciertos altos cargos militares hostiles al desarrollo de la República llevaban meses preparando. Aunque su éxito en primera instancia fuese relativo, ya que este plan proyectaba una victoria militar y un control del territorio medianamente rápido, diversas zonas del territorio estatal cayeron bajo el control de los sublevados de manera relativamente aplastante. En ellas comenzó su andadura el experimento franquista, todavía muy centrado en llevar a cabo y vencer en la contienda bélica. La guerra como eje de la vida social, en todos los sentidos. Guerra contra el enemigo en el frente, y guerra aniquiladora contra el enemigo en los territorios ocupados. Todos los ámbitos de la sociedad subordinados o determinados por tal fin. Economía de guerra, justicia militar, mando político militarizado.
La guerra como eje de la vida social, en todos los sentidos. Guerra contra el enemigo en el frente, y guerra aniquiladora contra el enemigo en los territorios ocupados.
Estas primeras líneas, delimitan el perfil formal del gobierno franquista, prefigurando las bases de la forma de hacer franquista. También nos sirve, dicho sea de paso, para hacernos una idea del carácter del régimen y su posicionamiento en el escenario histórico, tanto a nivel estatal como internacional. Ya que la Guerra Civil y el posterior régimen franquista representan un posicionamiento claro en la arena de la historia; y como toda posición, representan a su vez una toma de posición a favor, y una toma de posición en contra. Pero para hablar de manera clara sobre ello debemos tirar unas décadas hacia atrás y hacia arriba.
España entra en el siglo XX con una estructura social y económica muy arcaica. El siglo XIX y sus novedades apenas habían conseguido dejar rastro en España, a pesar de los diversos intentos y eventos históricos que respondieron a las líneas y proyecciones generales del viejo continente. El desarrollo histórico es, en cualquier caso, caprichosamente sensible a las particularidades, las acepta pero empuja, mientras sigue su curso general. El hecho de esconder los quehaceres en el desván no los elimina, solo los posterga y acumula, hasta el momento en el que por falta de espacio es necesario atajarlos. La crisis del Estado era múltiple y se manifestó de manera crítica. La derrota en la guerra contra Estados Unidos, que supuso la pérdida de las últimas colonias de ultramar evidenció y profundizó los graves problemas a los que se enfrentaba el Estado español. Se trataba a la vez de una crisis económica (debido a las avejentadas estructuras económicas del país, basadas en un régimen de propiedad antiguo y que apenas había llevado a término las tareas de la industrialización en ciertas zonas del Estado, agravada por la pérdida de los mercados coloniales) y fiscal (pérdida de ingresos y la necesidad de hacer frente a los gastos de la guerra), una crisis política (en tanto que los partidos que detentaban el poder en la fórmula turnista habían perdido toda autoridad representativa, aunque como veremos más tarde esto responde a ciertos patrones más generales) y una crisis social (en la que el atraso económico y cultural de la sociedad se encuentra con la emergencia y establecimiento de nuevos actores políticos antagonistas, o por lo menos díscolos). Las primeras décadas de siglo constituyen un recopilatorio de intentonas para hacer frente a semejante desbarajuste. El comienzo de siglo estuvo plagado de estos intentos, pero la persistencia de la voluntad regeneradora o modernizadora a lo largo de los años nos alerta acerca de la dificultad de llevar a cabo dicha tarea, así como del exiguo éxito de estas campañas, que se toparon frente a frente con la resistencia tricéfala (aunque algunos más que otros) que constituye asimismo un eje transversal del relato que nos ocupa, conformada a partir de la naciente oligarquía española (que tampoco cien por cien), la Iglesia y el Ejército. Mientras tanto, la crisis española se seguía profundizando. Las estructuras económicas y políticas favorecían el establecimiento y fortalecimiento del poder de la burguesía autóctona y el capital extranjero.
En el siglo XX, la crisis del Estado era múltiple y se manifestó de manera crítica. La derrota en la guerra contra Estados Unidos, que supuso la pérdida de las últimas colonias de ultramar evidenció y profundizó los graves problemas a los que se enfrentaba el Estado español.
En cualquier caso, el cambio de paradigma que precipitó los consiguientes procesos provino de un cambio de paradigma general a nivel internacional. La sociedad y sus fundamentos habían cambiado, así como los actores que la protagonizaban, y era cuestión de tiempo que esto saliese a la luz. El establecimiento de la sociedad capitalista tuvo grandes implicaciones en el ámbito social y político. Esta nueva sociedad, nacida en correlación con las dinámicas de producción capitalista, hablaba un nuevo idioma. Un idioma que acabó por dejar obsoletas las viejas formas políticas aristocráticas para traducirse en una nueva gramática política en la que las masas pujaban por hacer su lugar. Este cambio de paradigma, empero, dio sus primeros coletazos a nivel internacional. Podemos atisbar sus primeras expresiones (ya maduras) en la Revolución de Octubre y en la toma de poder por parte de los fascistas en Italia. Ambas servirán de referencia política para diversas experiencias, tal y como revisaremos más tarde.
La nueva sociedad capitalista, nacida en correlación con las dinámicas de producción capitalista, hablaba un nuevo idioma. Un idioma que acabó por dejar obsoletas las viejas formas políticas aristocráticas.
Este cambio de paradigma también se hará notar en España. Esta influencia se dio en primera instancia en un distanciamiento o pérdida de autoridad representativa de las élites políticas, proceso que vino acompañado de la emergencia de organizaciones obreras de diverso cuño, así como de organizaciones nacionalistas en diversos puntos del estado. Fuerzas políticas pujantes que se expresarán en diversas manifestaciones, aportando su granito de arena a la desestabilización de un orden político que día a día se tornaba más agresivo y criminal, cual animal acorralado. La situación saltó por los aires con la huelga del 13 de agosto de 1917, que dio inicio a una etapa de honda y prolongada inestabilidad política en el Estado español, cuyo primer intento de estabilización contundente encontramos en la dictadura de Primo de Rivera. Aunque el análisis de este episodio no carezca de interés, aunque solo sea para aportar contexto y ciertos elementos al tema que nos ocupa, el reducido espacio del que dispongo, acompañado de la extensión del tema a tratar y sus recovecos, me impide pararme demasiado en ello. Me limitaré a señalar que la dictadura de Primo de Rivera representa un primer asalto a la estabilización de España a través de la mano de hierro. Una estabilización que se proyecta de esa manera en dos principales direcciones. La primera, la modernización o superación de los lastres históricos que España arrastraba, que daban pie a una inestabilidad social constante y creciente. La segunda, el empleo de la represión y la eliminación del enemigo para garantizar dicha estabilidad. También podemos atisbar ciertos otros elementos que posteriormente se hicieron su lugar y se desarrollaron en el régimen franquista. Huelga decir que este experimento fracasó en ambos objetivos. Las distintas propuestas llevadas a cabo no llegaron a abordar el núcleo de los problemas mencionados. La modificación de las viejas estructuras ni siquiera entraba en la agenda política, el proceso de industrialización seguía sin generalizarse y estaba controlado por una oligarquía minoritaria y una gran influencia del capital extranjero, el régimen de propiedad no había cambiado en lo esencial. Esta suerte de inmovilismo propició el crecimiento de la oposición en los últimos años del régimen, que de hecho acabó consumiéndose por puro abandono. Y en eso llegó la II. República (tras el breve impasse de la dictablanda).
Esta se encuentra por lo tanto con un trabajo sin terminar en el ámbito estatal y un complicado contexto internacional (plena crisis económica). La tesitura seguía siendo la misma: la decadencia de un modelo socio-económico caduco, cuyas bases era necesario cambiar. La síntesis fatal de las rémoras antes mencionadas determinó de modo fatal a la República y su desarrollo. Se trata de un círculo vicioso. La sociedad española debía modernizarse, tanto para dejar atrás su estructura socioeconómica y política, como para poder afianzarse como alternativa eficaz y estable (condición sine qua non para garantizar el desarrollo de su concepto). Pero, por otro lado, la necesidad de acometer las tareas de modernización de España debía ir acompañada de bases sociales y fuerzas políticas que las avalasen. Todo ello en una sociedad altamente fragmentada en lo que a intereses de clase se refiere. España se encontraba de lleno en una etapa de transición. Transición tardía en comparación a otras partes del Viejo Continente, pero transición igualmente. Este tipo de transiciones han venido aparejadas de grandes complicaciones políticas históricamente. La existencia de tan dispares voluntades y proclamas vuelve la prosecución de un programa de clase depurado prácticamente imposible. ¡Pregúntenselo a la Unión Soviética! La transición entre modelos de civilización se ha dado históricamente en términos de tensión, violencia e imposición.
Se trata de un círculo vicioso. La sociedad española debía modernizarse, para poder afianzarse como alternativa eficaz y estable. Pero la necesidad de acometer las tareas de modernización de España debía ir acompañada de fuerzas que las avalasen.
Aunque en este caso tampoco vayamos a detenernos demasiado en las políticas llevadas a cabo por la República por las razones antes mencionadas, sí que me gustaría resaltar algunos puntos al respecto, en tanto que se encuentran en relación directa con la voluntad que da pie a la sublevación y se encarna posteriormente en el franquismo. Todas ellas adquieren una mayor significación a la luz del panorama histórico general, sobre el que versaremos más tarde.
En primer lugar, volvamos al punto de la transición entre modelos de sociedad. Todo modelo de sociedad a lo largo de la historia se ha fundamentado en la existencia de grupos sociales con posiciones sociales radicalmente opuestas y por ende con intereses objetivos antagónicos. La tarea de satisfacer los intereses de todos los grupos sociales es, por lo tanto, objetivamente imposible de partida. Este es el fundamento de la lucha de clases. Esto, si cabe, se complica todavía más en las épocas de transición, ya que la composición social es más heterogénea y fragmentaria. Esta fue la primera Espada de Damocles sobre la cabeza de la República. Lo expondré en palabras de Araquistáin: “Ese fue el error de Azaña, su bella utopía Republicana: pensar que era posible construir y regir un Estado que no fuera un Estado de clases, y (...) superase en todos los pechos la lucha de clases y el instinto de guerra social”. Fruto del desarrollo de esta línea política la República se granjeó la hostilidad de prácticamente todos los sectores de la sociedad, algo que se tradujo en una gran conflictividad e inestabilidad política.
En palabras de Araquistáin: “Ese fue el error de Azaña, su bella utopía Republicana: pensar que era posible construir y regir un Estado que no fuera un Estado de clases"
En segundo lugar, tendríamos la composición del Gobierno. Aunque la República se encarnó en Gobiernos de distintos colores, dependiendo de la época que nos propongamos analizar, todas ellas son reflejo del cambio de paradigma general advertido anteriormente. La gramática política había cambiado, y eso no afectaba solamente a la pertenencia de clase de los políticos de turno, sino a la orientación de sus políticas. Sin duda no me refiero a que la orientación política de los diversos partidos u organizaciones adquiriesen una voluntad revolucionaria, no me malinterpreten. Más bien hago referencia al hecho de que el factor masa adquiere una importancia central a la hora de pensar y ejecutar la política. Con quién haces política, he ahí la cuestión.
En tercer y último lugar, su programa. No voy a entrar a analizar el carácter de clase del programa que la Segunda República puso en marcha.
En primer lugar porque su trazabilidad a través de sus distintos momentos y etapas es difusa y requeriría de un profundo y extenso análisis y exposición. Y en segundo lugar porque no se ciñe a la tarea que este texto se propone realizar. En su lugar nos limitaremos a observar que la República abrió la posibilidad de una profunda transformación en materia económica y social. Una posibilidad de eliminar las viejas estructuras económicas y políticas de España, para implementar en su lugar una obra de nueva planta. La forma republicana, la reforma agraria, la reforma educativa, la reforma militar, el proceso de laicización del Estado. Todas ellas son reformas que afectaban potencialmente al núcleo estructural de la formación social española.
Como ya he indicado antes, en cualquier caso, la luz del contexto histórico general concreta cada uno de estos elementos en una dirección concreta, los significa históricamente. ¿Cuál era el contexto internacional de la época? Yo diría que el punto de inflexión que tuerce la historia contemporánea, por lo menos hasta la época que nos ocupa, es la Revolución de Octubre. Sin entrar en detalle, la revolución socialista iniciada con la Revolución de Octubre, resignifica y define el conflicto político que atraviesa a la sociedad moderna, llevándola a un nuevo estadio. Hablo de una dimensión trascendental de esta, ya que su influencia no solo se hace notar en su resonancia en el proletariado mundial, ni siquiera en el influjo revolucionario que la siguió. Hablo de su impacto a la hora de definir los campos en los que se desarrollaría el conflicto político y, fijar de ese modo el tono epocal. La definición, ya madura, de lo que Carl Schmitt llamaba distinción política específica, la distinción amigo-enemigo. Dicho con otras palabras, eleva a su estadio último el conflicto entre dos voluntades políticas antitéticas, de tal manera que torna el desarrollo histórico en un asunto existencial y sitúa cada evento o proceso histórico dentro de ese conflicto.
La Revolución de Octubre resignifica y define el conflicto político que atraviesa a la sociedad moderna, llevándola a un nuevo estadio
La Revolución de Octubre, en cualquier caso, no es más que uno de los vertidos de la Primera Guerra Mundial. Además de hablar acerca del sentido general de la época, es necesario hablar del contexto político particular del periodo de entreguerras. Y es que la guerra mundial dejó una fuerte impronta en los países que no llegaron a disfrutar del bálsamo de la victoria. El imperio austro-húngaro saltó en pedazos y el Gobierno alemán del káiser se precipitó en la República de Weimar, ambas consecuencias de haber perdido la guerra. El caso italiano es especial, ya que pese a encontrarse nominalmente en el bando ganador la organización de la paz dejó a la sociedad italiana con un gran resabio a derrota. En el caso de España la costosa transición de la neutralidad a una economía para tiempos de paz generó una serie de dificultades. Todas ellas componen el bando de los que perdieron en la guerra.
Todos estos elementos nos ayudan a situar un poco mejor el régimen franquista, y me refiero a su concepto. Y es que, más allá de sus protagonistas, manifestaciones particulares y sus mutaciones, el franquismo es, en última instancia, la realización de un concepto, de un proyecto. La respuesta particular de la estructura del poder española a una encrucijada histórica. Un plan de reconfiguración para dar salida a una crisis que llevaba décadas prolongándose y ahondando. Me dispongo ahora a volver a un enfoque más cronológico.
Y es que, más allá de sus protagonistas, manifestaciones particulares y sus mutaciones, el franquismo es, en última instancia, la realización de un concepto, de un proyecto. La respuesta particular de la estructura del poder española a una encrucijada histórica.
Las elecciones de 1936 representan el cruce de todos estos caminos en España. La República venía del llamado Bienio Conservador o Radical-Cedista. Las grandes fortunas del país vuelven a tomar el timón del Gobierno (proceso que se agudizó a medida que se avanzaba en el Bienio) para dar un viraje en sus políticas y desandar los caminos iniciados por el Gobierno que los precedió. Por su parte, se trata de otra etapa de gran conflictividad social y grandes cargas de violencia política, debida principalmente al empuje del movimiento obrero y al desarrollo de su nuevo y genuino antagonista, la Falange Española (partido de inspiración fascista, también en lo que al escuadrismo se refiere), así como a la represión gubernamental, como fenómeno cronificado. La huelga general de campesinos en mayo del 34, y sobre todo el movimiento de octubre de ese mismo año, que desemboca en la Revolución de Asturias, representan la cúspide del nivel de conflictividad e inestabilidad política de esta época, cuyo telón de fondo representan los casi 2.000 muertos por choques de índole política (huelga decir que la gran mayoría pertenecen al movimiento obrero). Las amenazas insurreccionales tanto revolucionarias como contrarrevolucionarias y los planes (ya iniciados) para el golpe militar completaban el marco general de la política española. En el ámbito internacional nos encontramos de lleno en los preámbulos de la Segunda Guerra Mundial. Cabe señalar a este nivel que diferentes sectores de la derecha española llevaban tiempo efectuando acercamientos (también de índole gubernamental) con el régimen de Salazar, la Italia fascista y la Alemania nazi, cuya implicación en la Guerra Civil fue decisiva meses más tarde. Los resultados de la contienda electoral no muestran otro panorama que el señalado. Una participación superior al 70%. Una diferencia porcentual ínfima entre los dos grandes bloques enfrentados, aplastante por lo contrario en comparación a las candidaturas del “centro”. Se formó el gobierno del Frente Popular. En cualquier caso, el muro de contención de la democracia en abstracto, no fue suficiente para aplacar el ansia revolucionaria de las masas. El proletariado rural se lanzó a la consecución de la Reforma Agraria por sus propias manos, a través de la ocupación de tierras, las huelgas se sucedían unas a otras en respuesta a la fuga de capitales y las medidas restrictivas impuestas por los empresarios. Todo seguía su curso. El 17 de julio de 1936 se oficia el levantamiento militar.
El franquismo representa un proceso de transformación. Y para ello, era necesario llevar a cabo un proceso de depuración y modelación política, crear un nuevo concepto de ciudadanía en la que la sociedad encajase, a la fuerza.
La Guerra Civil supuso el inicio del franquismo. Pero no solo por la razón señalada líneas atrás. Los territorios ocupados desde el inicio de la contienda, así como los territorios ocupados a lo largo de la misma empezaron a funcionar basándose en los parámetros políticos de los sublevados desde un inicio. Aunque de manera supeditada a la guerra, se forma el Gobierno franquista y se establecen ciertas líneas de trabajo que prefiguran al régimen en un estadio más maduro. Más allá de esto, es necesario señalar que la Guerra Civil desempeña una función central en lo que respecta al concepto del franquismo, y se muestra así como momento necesario del mismo. El franquismo, además de ser un régimen político con unas características y una evolución determinada, representa un proceso de transformación. Un proceso que se desarrolla a dos principales niveles. Se trata de una propuesta de reestructuración para dar una respuesta a la crisis. Se trató por lo tanto, en primer lugar, de proyectar y realizar un diseño que favoreciera el desarrollo de la estructura económica española en parámetros capitalistas. Y para ello, era necesario llevar a cabo un proceso de depuración y modelación política, crear un nuevo concepto de ciudadanía en la que la sociedad encajase, a la fuerza. La Guerra Civil se nos muestra en ese sentido, tanto en el frente de batalla como en la retaguardia, como trauma (uno de los barros sobre los que se realizaron estos trabajos de modelación), pero sobre todo como dispositivo efectivo para la eliminación total del enemigo. El franquismo se conforma por lo tanto a partir de una dimensión positiva, y fundamental; pero también de una dimensión negativa, igualmente fundamental. Ambos son polos de una unidad. Esta segunda dimensión, asimismo, no se agota en la represión aplastante de los primeros años del régimen (hablamos de unos 200.000 asesinados durante la primera etapa del franquismo como cúspide o resultado más explícito de la misma, que se dio acompañada de la tortura sistemática, detenciones y demás herramientas, sin contar los cientos de miles de exiliados), aunque, por supuesto, desempeñan un papel esencial. Se trata de un proceso largo y complejo que se desarrolla a lo largo del tiempo, incluso hasta la actualidad, en tanto que responde a un objetivo que trasciende al franquismo como etapa histórica.
En los primeros años del franquismo, el bando de los sublevados cierra filas en torno al programa franquista, un elenco de organizaciones y tendencias diversas unidas por el odio a un enemigo común
Asimismo, esta etapa estableció de manera radical y explicitó la definición específica de la distinción amigo-enemigo. El bando de los sublevados cierra filas en torno al programa franquista, un elenco de organizaciones y tendencias diversas unidas por el odio a un enemigo común. Falangistas, tradicionalistas, monárquicos y católicos, marchando bajo una misma bandera, en la cruzada por la religión, la patria y la civilización, la cruzada contra el comunismo, como dijera Enrique Pla y Deniel, arzobispo de Salamanca. A sus lados el poder terrenal, el Ejército; y el poder celestial, la Iglesia Católica. Ambas pilares fundamentales en lo que al régimen de Franco se refiere. El análisis de esta misma dimensión en la arena internacional resulta el testimonio más clarificador en lo que a la tesis central de este texto se refiere. Aunque las simpatías de los primeros años del franquismo proviniesen de gobiernos fascistas o demás sucedáneos contrarrevolucionarios de la época, la desaparición de intereses imperialistas particulares a través de su eliminación en la Segunda Guerra Mundial clarificó las enemistades fundamentales, el conflicto político fundamental. La democracia se mostraba una vez más como ese primer complemento o prenda, que se quita uno cuando empieza a tener calor. De manera latente, esto puede verse desde el inicio mismo de la Guerra Civil, en la negativa de las potencias aliadas a interceder en el conflicto, en las relaciones comerciales y diplomáticas que mantienen todos estos actores con el régimen y en declaraciones particulares de algunos de ellos.
En la cruzada contra el comunismo, los falangistas, tradicionalistas, monárquicos y católicos tenían a sus lados el poder terrenal, el Ejército; y el poder celestial, la Iglesia Católica
El Ejército representa el núcleo duro del proceso franquista. Hablamos de una estructura militar heredada de la España pre-republicana, insuflada a partes iguales por un espíritu imperial y aventurero y un fuerte odio a una estructura política que los había “abandonado” y relegado a un papel más secundario. La reforma militar propuesta por Azaña no logró depurar el cuerpo del Ejército de manera adecuada de intereses particulares y ensoñaciones de militares y altos cargos del Ejército (aunque evidentemente no hablamos de todo el Ejército, que era en aquel entonces un cuerpo con dos almas). Son el cuerpo que canaliza la voluntad de salvar España antes mencionada y fueron el cuerpo que cataliza el proceso para realizarla. A partir de ese momento el ejército cumplió un papel determinante a la hora de dar forma y sostén al régimen a cambio de recuperar un lugar central en la estructura política y estatal en España.
La Iglesia católica (que tampoco toda) se alineó de manera inmediata con el bando franquista, en coherencia con ciertos elementos de carácter circunstancial (léase la dirección laicizante de la República o la quema de lugares de culto o propiedades eclesiásticas fruto del odio popular), pero sobre todo de tipo estructural y político. La Iglesia tomó partido en la cruzada antes mencionada, con una función doble, la de aportar un velo de legitimidad y protección, para convertirse, ya en el régimen, en una institución fundamental, tanto a la hora de aportar base social, como a la hora de dotar al régimen de un marco político-religioso, de retomar una teología política con ecos de la época pre-contemporánea. El franquismo se erige como un Estado católico, una forma política que encontraba su fundamento en la trascendencia religiosa.
El Partido Único, la Falange, el movimiento, representa el cascarón del régimen, tanto a nivel social como político, y completaba, de ese modo, la estructura básica de este. Su función era la de canalizar el orden, ordenar el caos social. Para ello se parte de una redefinición del ciudadano, que como todo concepto de ciudadano, sirve para diferenciar a uno mismo a través de la alteridad. El objetivo: condensar, de esa manera, la doctrina política y aterrizarla en un código ideológico y conductual concreto, para después encuadrarla en una organización de masas. Podemos advertir en ella una suerte de genuina manera de, si se me permite la expresión, restaurar la restauración en España, dar una vuelta de tuerca al canovismo, actualizarla en parámetros de la época de la política de masas. Dota al nuevo régimen político de la posibilidad no solo de eliminar los restos o los elementos externos a su concepto de ciudadano, sino algo más importante si cabe: la posibilidad de integrar a las masas en un programa o proyecto político, que por contenido y forma, le es ajeno y contrario.
Podemos advertir en la Falange una suerte de genuina manera de, si se me permite la expresión, restaurar la restauración en España, dar una vuelta de tuerca al Canovismo, actualizarla en parámetros de la época de la política de masas
El franquismo es la fórmula española para dar respuesta a la crisis de entreguerras. Es una crisis de carácter sistémico, que se despliega a todos los niveles de la sociedad y se expresa de una manera muy explícita y agresiva, amén a las coordenadas históricas generales de la época (choque frontal entre dos voluntades antagónicas que intentan aprovechar este impasse crítico para imponer su programa). En el caso del Estado español se le suman a esto una serie de elementos añadidos, que derivan del profundo anacronismo de sus estructuras económicas, políticas y sociales. El contenido del franquismo es un programa que conecta esta España con la España actual, que la moderniza en unos parámetros capitalistas. Su forma responde a su vez tanto a las particularidades de la sociedad española, como a las coordenadas políticas generales de su época, generando un marco político excluyente (incluso de exterminio), de masas, que permita el desarrollo y la estabilización de esa nueva estructura económica y social y que esta reúna las condiciones para perdurar en el tiempo.
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