En mayo de 1944, Winston Churchill ensalzaba la neutralidad de la España franquista en un discurso declamado ante la Cámara de los Comunes. Así, el primer ministro británico se reafirmaba en la política de no intervención, llegando a declarar que “insultar a Franco de manera gratuita era un error”. A medida que se acercaba 1945, cada vez era más evidente quién saldría victorioso al terminar la Segunda Guerra Mundial, y Franco, manteniéndose en su postura ambivalente, afianzaba la neutralidad del Estado español, dejando de lado la posición no beligerante adoptada los tres años anteriores. En la senda hacia la salida de la Guerra Mundial, quedaba bien claro que el objetivo principal del régimen franquista no era la victoria, ya que técnicamente no había participado en la contienda, sino que la meta era su supervivencia. Desde la perspectiva que nos da la historia, podemos afirmar que cumplió dicho objetivo político.
En la senda hacia la salida de la Guerra Mundial, quedaba bien claro que el objetivo principal del régimen franquista no era la victoria, ya que técnicamente no había participado en la contienda, sino que la meta era su supervivencia
Sin ánimo de caer en discursos de excepción, debemos reconocer que el franquismo tuvo una particularidad que el resto de regímenes fascistas contemporáneos no compartieron: fue excepcionalmente duradero. Por cuatro largas décadas, el franquismo mantuvo al Estado español bajo su sombra, y aunque la represión sufrida durante largos años por su población fue uno de los pilares de su supervivencia, no explica por si sola toda la imagen. Son diversos los motivos que explican ese fenómeno, y han sido estudiados concienzudamente por la producción historiográfica de las últimas décadas: los “soportes sociales” del Régimen o las “políticas de consenso” impulsados por el Estado franquista son dos ejemplos de este suceso poliédrico. Si queremos entender la longevidad del franquismo, es fundamental explicar el paradigma internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, puesto que ahí yace la clave de la consolidación y normalización del franquismo, en tanto que fue lo que permitió la transición desde el aislamiento de los primeros años de la posguerra a la integración en el escenario de la Guerra Fría.
EL FRANQUISMO EN EL CONFLICTO INTERNACIONAL: LA NEUTRALIDAD EN ENTREDICHO
Durante los años que duró la Segunda Guerra Mundial, el Estado español no entró en guerra Por lo menos, no de manera oficial. Ante el conflicto, la postura del Estado franquista se movió entre la neutralidad internacional oficial y una situación no beligerante. Esto, sin embargo, no quiere de ninguna manera decir que el Régimen mantuviera una posición neutral durante toda la guerra: en el periodo entre 1939 y 1945, la política internacional de Franco se caracterizó por su pragmatismo y oportunismo, acercándose al Eje por motivos ideológicos y los posibles beneficios que pudiera ofrecer al Régimen y, una vez se vio que la victoria de los Aliados era inevitable, intentando unirse a ellos.
Entre las razones que explican la no participación del Estado franquista, el motivo que tal vez más condicionó esa postura fue la dura situación económica del propio Estado. En los años de la autarquía, que se extendieron entre el fin de la Guerra Civil y los Planes de Estabilización de 1959, el franquismo implementó ciertas medidas para controlar la economía de ese nuevo Estado que quería construir, destinadas sobre todo a la gestión de la producción agrícola e industrial. A través de instituciones tales como el Servicio Nacional del Trigo, se establecía un control férreo sobre la producción. Las instituciones franquistas recogían la producción y decidían sobre su distribución a través de un racionamiento insuficiente. Además, parte de la producción se enviaba a Alemania antes de que tuviera la oportunidad de llegar a los mercados, a fin de saldar las deudas del franquismo con el régimen nazi por su ayuda durante la Guerra Civil.
El denominador común de la década de los cuarenta fue la miseria
La autarquía golpeo duramente la economía estatal, pero fue la población quien más crudamente sintió ese golpe en su día a día, tanto aquellas personas que trabajaban en las ciudades como las que estaban siendo expoliadas en los campos. El denominador común de la década de los cuarenta fue la miseria: al hambre debe sumársele el desempleo, así como la represión, que fue especialmente cruenta en aquellos años. A fin de compensar lo que no se podía conseguir con las cartillas de racionamiento, muchas personas se vieron obligadas a acudir al mercado negro, donde se necesitaba la mitad de un sueldo mensual para pagar el desayuno de una familia de cuatro personas. El pan, el aceite o el azúcar se convertían en productos de lujo en aquel mercado irregular.
El pan, el aceite o el azúcar se convertían en productos de lujo en el mercado negro
Muchas de las personas que no podían hacer frente a los inflados precios del mercado negro, no tenían otra opción que participar en los llamados “hurtos famélicos” o acudir a las organizaciones caritativas del propio Régimen, tales como el Auxilio Social o la Sección Femenina de la Falange, cuya ayuda, por supuesto, estaba condicionada por la adhesión a los ideales del Régimen, especialmente en lo que concierne a la ayuda ofrecida por la Sección Femenina.
Y mientras algunas personas sufrían la hambruna, otras hacían negocio a cuenta de la miseria: en los años de la autarquía, el estraperlo permitió enriquecerse a una pequeña minoría. Algunos grandes empresarios que se movían en las cúpulas franquistas consiguieron grandes beneficios económicos en la década de los cuarenta jugando con el hambre de la mayoría. Conscientes de que las autoridades franquistas harían la vista gorda, se afanaban en la compraventa de productos de importación, así como de la producción que escapaba del racionamiento.
A pesar de la grave situación económica, la hambruna generalizada y los conflictos entre las “familias” del Régimen, en un momento en el que la estabilidad del Nuevo Estado todavía se encontraba a medias, España no descartó inmediatamente la opción de tomar parte en la Guerra Mundial. El encuentro entre Hitler y Franco en 1940 en Hendaya es testigo de las negociaciones con el Eje fascista. En junio de ese mismo año, el Estado franquista dejó de lado su neutralidad oficial para declararse no beligerante, animado por los avances de los alemanes en Francia. El estatus de no beligerante no era más que el paso previo a la beligerancia oficial, y a través de esa postura el Estado español rompía con su supuesta neutralidad, para, de alguna manera, participar en la guerra, al igual que hizo Mussolini en 1939 con su declaración de prebeligerancia.
Esa decisión fue impulsada tanto por los avances de la Alemania nazi como por los deseos imperialistas de Franco, así como por la influencia de Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, germanófilo y cuñado del dictador. Fue el mismo Serrano Suñer quien, en el punto más duro de la hambruna, con las cotas más altas de mortalidad provocada por el hambre directa e indirectamente, rechazó el intento de la Cruz Roja estadounidense de enviar cajas de leche en polvo. El ministro de Asuntos Exteriores Serrano Suñer era un declarado pronazi, quería que el Estado español entrara en la guerra y consideró que recibir ayuda de la Cruz Roja de Estados Unidos podía obstaculizar dicha entrada. Sin embargo, en 1942, Serrano Suñer fue reemplazado por Francisco Gómez-Jordana como ministro, declarado anglófilo y partidario de la no participación en la guerra.
Al final, las demandas militares y, especialmente, económicas del Estado franquista fueron demasiado altas como para participar oficialmente en la guerra, aún contando con la ayuda de las potencias del Eje. Dentro de las “familias” del franquismo también había quien se oponía a la intervención, por ejemplo la Iglesia católica, quien miraba con desconfianza que la Falange se hiciera con el control del ámbito político, socializador e ideológico. También era contrario a la intervención Juan March, empresario famoso y uno de los financiadores del golpe de Estado del 18 de julio de 1936; March participó en un soborno respaldado por el Reino Unido para convencer a los altos cargos militares franquistas de que debían evitar involucrarse oficialmente en la guerra.
Sin embargo, y aunque la participación del Estado franquista en la Segunda Guerra Mundial nunca fue oficial, la neutralidad del franquismo queda refutada si se presta atención a la relación que tuvo con las potencias del Eje, tanto en el ámbito político como en el comercial, ya que el Estado español fue uno de los principales proveedores de wolframio (o tungsteno) de Alemania, vendiendo ese mineral estratégico para la industria armamentística al régimen nazi. Otro ejemplo de la evidente parcialidad del Régimen es que envió a voluntarios (y “voluntarios” forzosos) a luchar con la División Azul en el frente soviético, lo que de facto convierte al Estado español en beligerante en la contienda.
El viraje hacia la neutralidad del final de la guerra no supuso un cambio en la ideología de Franco, sino que fue una estrategia de supervivencia bien calculada ante el inevitable fracaso del Eje. El principal factor que desencadenó ese viraje fue la presión económica de los Aliados, especialmente en lo que respecta al comercio del wolframio. Los Aliados amenazaron a España con un embargo petrolífero por parte de Estados Unidos, así como con un posible bloqueo en el envío de productos básicos que tan desesperadamente necesitaba la población, tales como el trigo.
En 1944, mientras Churchill pronunciaba su discurso, Franco firmaba un acuerdo con los Aliados en el que se comprometía, entre otras cosas, a reducir notablemente las exportaciones de wolframio a Alemania, retirar lo que quedaba de la División Azul del frente soviético, expulsar a los agentes alemanes, aplicar el Acuerdo de Bretton Woods y entregar a los Aliados los buques italianos refugiados en los puertos españoles. Por otro lado, el Régimen explotó el anticomunismo como forma de “limpiar su imagen”, lo cual ganó especial relevancia con el inicio de la Guerra Fría. España se convirtió en un baluarte anticomunista, gracias a lo cual Franco se presentó como un potencial aliado para frenar el comunismo en Europa, a pesar de que al mismo tiempo siguiera dando cobijo a criminales nazis, ayudándolos a escapar a España y América Latina. Ese acercamiento hacia los Aliados fue una maniobra pragmática y cínica que permitió a Franco evitar una intervención por parte de los Aliados tras la guerra, salvar su régimen aislacionista y autárquico y establecer las bases de su futura relación con Estados Unidos (bases que se asentarían aún más en los pactos de 1953).
La derrota del Eje y los nuevos planes para acercarse a aquellos que habían estado en el lado contrario del tablero no trajeron, de ninguna manera, un alejamiento de las ideas nacional-católicas, a pesar de que los rasgos más fascistas del Régimen fueron perdiendo fuelle paulatinamente, dando lugar a un nuevo carácter que se amoldaba mejor al mundo surgido después del conflicto internacional
La derrota del Eje y los nuevos planes para acercarse a aquellos que habían estado en el lado contrario del tablero no trajeron, de ninguna manera, un alejamiento de las ideas nacional-católicas, a pesar de que los rasgos más fascistas del Régimen fueron perdiendo fuelle paulatinamente, dando lugar a un nuevo carácter que se amoldaba mejor al mundo surgido después del conflicto internacional. No obstante, y a pesar de que la supervivencia del régimen franquista saliera reforzada a largo plazo (sobre todo gracias a la relación con Estados Unidos), los primeros años de la posguerra estuvieron marcados por un aislamiento internacional.
LA LARGA POSGUERRA TRAS LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL, AISLAMIENTO Y NORMALIZACIÓN
El verano de 1936, mientras estallaba la Guerra Civil y las tropas franquistas ponían en marcha su maquinaria represora, los representantes del Reino Unido, Francia, Italia y Alemania se reunían en Londres para rubricar el Pacto de No Intervención. El objetivo principal de dicho pacto era frenar la internacionalización de la Guerra Civil, en un momento de intensificación de las tensiones entre las democracias liberales y las dictaduras fascistas en Europa. Sin embargo, en los tres años que siguieron, Italia y Alemania rompieron lo pactado y se posicionaron a favor del partido fascista. El resto de países firmantes del pacto respetaron su compromiso de no intervención, pero su inmovilidad también contribuyó a la victoria de los sublevados.
El Reino Unido y Francia respetaron su compromiso de no intervenir en la Guerra Civil española, pero su inmovilidad también contribuyó a la victoria de los sublevados
Esa no fue la única ocasión en la que la falta de intervención de aquellas potencias, que supuestamente habían liderado la lucha europea contra el fascismo, ofreció al régimen franquista la ayuda que necesitaba para reforzar su poder.
Desde la arena internacional, la mayoría de los gestos contra el franquismo fueron diplomáticos en el mejor de los casos, y meramente simbólicos en el peor de los casos. Lo que quedaba de la resistencia antifranquista, en forma de guerrilla o militancia clandestina, esperaba la intervención militar de los Aliados, o por lo menos una transición hacia un Gobierno democrático; mientras tanto, las potencias aliadas dejaron a España fuera de la Organización de las Naciones Unidas, mediante el acuerdo adoptado en la primavera de 1945, en una reunión celebrada en San Francisco.
Desde la arena internacional, la mayoría de los gestos contra el franquismo fueron diplomáticos en el mejor de los casos, y meramente simbólicos en el peor de los casos
En la Conferencia de Potsdam, Stalin propuso romper relaciones con España y respaldar a las fuerzas democráticas contrarias a Franco, ante lo que Churchill y Truman se limitaron a firmar declaraciones contra el Gobierno de Franco, manteniendo la postura británica y estadounidense de no intervención. Entre la imparcialidad y la indiferencia, también Francia se unió a la no intervención. La Unión Soviética, tras su intento de hacer frente al franquismo, se conformó con hacer oídos sordos a lo que las potencias Aliadas estaban haciendo en Europa Occidental, siempre que pudiera actuar de igual manera en Europa Oriental.
Además del aislamiento diplomático internacional, también se impusieron ciertas sanciones, especialmente entre 1945 y 1953, y aunque muchas de las medidas adoptadas fueran más simbólicas que reales, las consecuencias no se notaron solamente en la política interna y externa del régimen franquista, sino que también tuvieron impacto en una economía que ya de por sí había tocado fondo y, por lo tanto, afectaron a una población golpeada por la guerra, la represión y la miseria. A pesar de ser un lastre para la economía, la autarquía fue posible, en cierta manera, por el bloqueo económico impuesto al Estado español. A causa del aislamiento diplomático y económico de los primeros años, el Estado franquista quedó fuera del Plan Marshall en 1947, así como fuera de la Organización Europea de Cooperación Económica un año más tarde; es decir, se vio excluido de dos de las organizaciones que hicieron posible la institucionalización de la ayuda otorgada por EE. UU. a Europa. En 1949, España también se vio excluida de la OTAN, así como del Consejo de Europa, y en 1951 no accedió a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. De ese modo, a causa de este bloqueo, España no pudo participar en la creación del nuevo orden económico internacional que comenzó a diseñarse en torno a las Naciones Unidas (FMI) y GATT (el acuerdo de colaboración de comercio internacional) tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Aunque el Estado español quedó fuera de las organizaciones creadas a mitad del siglo XX, tales como la Unión Europea Occidental en 1954, la Comunidad Económica Europea y Euroatom en 1957, y la Asociación Europea de Libre Comercio en 1960, el aislamiento vivido durante aquellos años no se puede comparar, de ninguna manera, con el vivido la década anterior; así, a partir de 1953, volvió a reiniciarse el proceso de integración de la España franquista en las relaciones internacionales, siendo muestra de ello el concordato entre el Estado español y la Santa Sede y, por encima de todo, los Pactos de Madrid firmados con el Gobierno estadounidense en 1953.
“LA AMENAZA DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA”
En la década de los cuarenta, mientras la población sufría los peores efectos de la autarquía, y mientras la publicación de unos documentos encontrados en Berlín que dejaban en evidencia la estrecha relación entre Franco y el Eje aumentaban aún más el aislamiento, el Gobierno franquista construía una posición política que resultaría mucho más útil y rentable a Franco en el nuevo equilibrio de poderes nacido en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial: el anticomunismo. Esa estrategia política existía desde el inicio en el seno del franquismo; sin embargo, a partir de 1945, la utilidad de dicha estrategia aumentó notablemente en lo que se refería a las relaciones internacionales. La convicción anticomunista del franquismo era ideológica, pero también estratégica.
Las tensiones entre los Aliados comenzaron a hacerse más palpables antes del final de la guerra, y la situación se tensó aún más, ya que estaba en juego el control sobre las políticas de la Europa de la posguerra, había comenzado la puja armamentística y se temía el expansionismo soviético. Además, a los recelos suscitados en los años 1946-47 se le sumó la aparición de una nueva corriente en la política estadounidense claramente marcada por la Doctrina Truman de 1947, con una evidente traza anticomunista e intervencionista. Y así, sin un gran estallido inicial, casi como por las inercias del momento histórico, comenzó la Guerra Fría.
En este nuevo contexto, Franco maniobró con gran destreza: designó a un nuevo ministro de Asuntos Exteriores y aprobó el “Fuero de los Españoles”, norma que a duras penas podría definirse como la carta de derechos y libertades de la ciudadanía, así como la Ley del Referéndum. El objetivo, de alguna manera, era esconder, camuflar o descartar los elementos más fascistas (es decir, el falangismo) que convivían dentro del franquismo. Aunque el carácter puramente fascista del Régimen no desapareció, se redujo el poder que tenía dentro de la coalición franquista. De esta manera, otras características podían brillar más en el nuevo escenario, donde la condena del comunismo o la defensa del capitalismo podían hacer una mayor contribución a la supervivencia del franquismo.
En ese momento, las piezas del tablero comenzaron a moverse para facilitar un cambio en las políticas internacionales más favorable a la España franquista, siendo especialmente importante el rol que jugaron las fuerzas armadas estadounidenses, para permitir la entrada de la dictadura franquista en la línea de defensa que el presidente de EE. UU. pretendía organizar para hacer frente a la potencial amenaza soviética.
El punto de ruptura definitivo de las relaciones internacionales tras la Guerra Mundial lo marcó la división de Berlín y el desarrollo de la bomba atómica por parte de la URSS en 1949, a lo que debemos sumar la victoria de los comunistas ante Chiang Kai-shek en China. Las tensiones aumentaron todavía más al año siguiente, con el inicio de la Guerra de Corea, uno de los numerosos conflictos proxy de la Guerra Fría. Todo esto provocó un cambio en la percepción que las potencias occidentales guardaban de España. Fue en esta nueva situación cuando el presidente Truman viró su política, dando inicio a un proceso que culminaría en 1953, con la firma de los acuerdos militares entre España y Estados Unidos, bajo la presidencia de Eisenhower. Ese mismo año se firmó el Concordato con el Vaticano, y, en 1955, España fue aceptada en la ONU, llegando así el ocaso del aislamiento del Estado franquista.
Para el régimen de Franco, esas conquistas fueron victorias personales. Mientras que en 1945 se le recomendó a la población que simplemente soportara el aislamiento, ahora Franco se presentaba a sí mismo como pionero de la lucha global contra el comunismo, y sentía su imagen política totalmente reivindicada. Así, el 27 de marzo de 1939 Franco se unió al Pacto Antikomintern, para luchar contra la “amenaza de la Internacional Comunista”.
Para el régimen de Franco, la entrada en la ONU y los pactos con el Vaticano y EE. UU. fueron victorias personales. Mientras que en 1945 se le recomendó a la población que simplemente soportara el aislamiento, ahora Franco se presentaba a sí mismo como pionero de la lucha global contra el comunismo, y sentía su imagen política totalmente reivindicada
La Guerra Civil española dejó extensas secuelas en la política exterior del Régimen, cuyo final resultó beneficioso para el partido franquista, en cierta medida gracias a la política de no intervención establecida por el Reino Unido y otras potencias en 1936. Tras la contienda, España quiso participar en la Segunda Guerra Mundial, impulsada por su afinidad ideológica con el Eje, pero también movida por un claro oportunismo geopolítico. Sin embargo, esa estrecha alianza con el Eje comenzó a resquebrajarse a partir de 1944, cuando el conflicto mundial comenzó a inclinarse hacia el otro lado. En ese momento, el Régimen hizo otro viraje ideológico para tratar de capitalizar ese alejamiento y tratar de conseguir el favor de los Aliados. Esa estrategia no resultó del todo exitosa, y España fue castigada con sanciones diplomáticas y la exclusión de las instituciones internacionales. De todas maneras, la supervivencia del franquismo nunca estuvo realmente en peligro, gracias a una nueva forma de no intervención impulsada por el Reino Unido y Estados Unidos y respaldada por Francia ‒aunque con menor convencimiento‒, mientras que la URSS optaba por una abstención estratégica. El posterior inicio de la Guerra Fría permitió que la España franquista se integrara progresivamente en el Bloque Occidental. A pesar de que las democracias europeas mostraron desconfianzas, al final dicha integración se realizó por medio del pacto de defensa antisoviético firmado con Estados Unidos, y a una década desde la imposición del veto, el Estado franquista entró en la ONU.
La política de no intervención hizo posible la supervivencia del franquismo, de tal manera que consiguió fortalecerse dentro de las fronteras del Estado español, consiguiendo así apagar las últimas brasas de la resistencia armada de los maquis en la década de los 50
La política de no intervención hizo posible la supervivencia del franquismo, de tal manera que consiguió fortalecerse dentro de las fronteras del Estado español, consiguiendo así apagar las últimas brasas de la resistencia armada de los maquis en la década de los 50. Pero, al mismo tiempo, también permitió calmar los ánimos en el panorama internacional; así, con la llegada de un nuevo paradigma mundial, el régimen franquista volvió a adaptar su posición. Así se mostraba la consecuencia más permanente de la Guerra Civil: la persistencia y el refuerzo del régimen de Franco, casi cuarenta años después de su victoria.
BIENVENIDO, MISTER MARSHALL
La relación bilateral entre el Estado español y Estados Unidos durante la dictadura franquista se convirtió en el eje principal de la política exterior española a partir de los acuerdos de 1953, y se mantuvo de esa forma hasta el final del Régimen. En la base de dicha relación se encontraban los intereses de los dos países. Por un lado, tenemos el interés estratégico de Estados Unidos por establecer bases militares en la península ibérica. Los dirigentes franquistas aceptaron ese deseo a cambio de la legitimidad y respetabilidad internacional que les otorgaba el respaldo de la principal potencia occidental, respaldo especialmente importante en un momento en que el mundo había entrado de cabeza en el esquema bipolar de la Guerra Fría.
Aunque esa asociación fuese fundamentalmente beneficiosa para las dos partes, tenía como telón de fondo una relación totalmente desequilibrada entre el Estado español y Estados Unidos, ya que el primero era totalmente dependiente de los objetivos políticos, económicos y militares del segundo. Estados Unidos no intervino en ningún tipo de proceso para liberar a España del fascismo, al igual que tampoco respaldó a la Unión Soviética cuando esta puso encima de la mesa la opción de participar en la Guerra Civil. A pesar de presentarse como líder en la lucha contra el fascismo tras incorporarse tarde a la Guerra Mundial, no facilitó la obtención de ayuda económica. Aún así, cuando el conflicto entre norteamericanos y soviéticos comenzó a ser palpable, el Gobierno franquista vio en ese conflicto la oportunidad de mantenerse a flote, por medio de situar a Estados Unidos en el centro de su política exterior: los acuerdos con el Vaticano y la Casa Blanca en 1953 fueron la primera grieta en el aislamiento internacional, aislamiento que fue el único castigo real aplicado a la dictadura. Estados Unidos, por su parte, adoptó una postura pragmática, dando prioridad a los intereses estratégicos de establecer bases militares por encima de la responsabilidad ideológica que se le presupondría a una democracia liberal.
Los pactos de 1953, resultado de un complejo proceso de negociación, estuvieron compuestos por tres acuerdos ejecutivos públicos: uno de defensa, otro de ayuda para la defensa mutua, y un tercero de ayuda económica. Los acuerdos también incluían unos anexos secretos muy beneficiosos para Washington, ya que daban prácticamente libertad plena a Estados Unidos para utilizar las bases militares en caso “de evidente agresión comunista”, así como un estatuto jurídico privilegiado a sus empleados y exenciones fiscales, entre otros. A cambio, España recibiría una ayuda económica y militar mucho más reducida que la obtenida por otros países europeos a través del Plan Marshall. Esa ayuda estaba dirigida fundamentalmente a garantizar la eficacia de las bases militares, y no al desarrollo integral del país.
En las dos próximas décadas, el régimen franquista intentó en vano renegociar esa relación asimétrica, en busca de garantía de protección mutua, ayuda militar moderna y respaldo en la integración europea. Sin embargo, a la vista de su pequeño margen de maniobra y la prioridad absoluta de Washington para mantener el acceso continuo a las instalaciones militares, los avances fueron escasos. La presencia militar de Estados Unidos comenzó a despertar un antiamericanismo cada vez mayor entre ciertos sectores de la población, especialmente debido a incidentes como el ocurrido en Palomares en 1966, ya que unían a Estados Unidos con la defensa de la dictadura.
El impacto de esa relación también tuvo su reflejo en el ámbito social y cultural, ya que fue un factor de suma importancia dentro de la lógica propagandística de la Guerra Fría. Por ejemplo, se pusieron en marcha programas de intercambio educativo para que las élites españolas se formaran en Estados Unidos, o se promocionaba la llamada american way of life en la radio o en otros medios de comunicación, para lo que se prestaban espacios y frecuencias a las radios estadounidenses, lo que también funcionaba como agente de movilización, obstaculizando la emisión de las radios clandestinas.
La llegada de míster Marshall, aunque fuera con retraso respecto a otros países de Europa occidental, también tuvo su efecto en la España franquista. Esa relación diplomática, económica y militar fue siempre asimétrica y, por encima de todo, de conveniencia. Por un lado, sirvió para reforzar el régimen de Franco, y conllevó la pérdida de soberanía en manos del Gobierno estadounidense, alineando a la dictadura con el Bloque Occidental en el mundo bipolar de la Guerra Fría. La alianza trajo también elementos modernizadores, especialmente en la paralizada economía de la dictadura. No obstante, la población no vio a este “amigo americano” como garante de la democracia, sino como sostén de la dictadura, lo que causó un aumento del sentimiento antiamericano en los movimientos sociales del tardofranquismo.
Sea como fuere, aunque el Gobierno de Estados Unidos fue un apoyo para la dictadura, no la sostuvo cuando cayó. Consciente del carácter temporal del franquismo, vio esa relación como una “inversión de futuro”, como medio para trabar relaciones con los líderes del posfranquismo, con el objetivo último de garantizar la continuación de los intereses estratégicos que tenía en el Estado español tras la inevitable transición política.
Al fin de la autarquía y el aislamiento internacional le siguió un cambio de régimen, que maniobró para colocarse en la nueva situación internacional sin desprenderse de su carácter dictatorial
Al fin de la autarquía y el aislamiento internacional le siguió un cambio de régimen, que maniobró para colocarse en la nueva situación internacional sin desprenderse de su carácter dictatorial. Franco, dejando de lado a la facción falangista que lo había aupado al poder en la Guerra Civil, se acercó a los sectores tecnócratas que abrazaban el capitalismo en las siguientes décadas, con el objetivo de garantizar la supervivencia del Régimen a corto y largo plazo. Las décadas en las que la dictadura siguió extendiéndose y la herencia dejada por esta tras 1975 son testigo de la eficacia de esta estrategia.
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