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Ha vuelto Sarrionandia. Ahora que las fronteras son más visibles que nunca, ha recorrido la distancia que separa a la Habana de Iurreta. Habrá quien se haya sorprendido, pero seguro que a los funcionarios que en 1985 trabajaban en la cárcel de Martutene esta nueva hazaña les ha parecido una niemiedad. De ahí me gustaría partir este artículo, de los funcionarios de la cárcel y del euskera, o, más concretamente, de lo que dijo Joseba Sarrionandia sobre los funcionarios de la cárcel y el euskera en su libro Kartzelako poemak (Poemas de la cárcel) publicado en 1992, porque tengo la intuición de que una interpretación distorsionada (o, al menos, obsoleta) de dos versos de aquel memorable poema Territorio librea se utiliza para fomentar una concepción errónea del euskera. Así dicen aquellos versos de Sarrionandia:

Euskara da gure territorio

                        libre bakarra.

(Sarrionandia, 1992)

 

Traducido: «El euskera es nuestro único territorio libre».

 

Cierta gente de la euskalgintza (sector activo que trabaja a favor del euskera) ha convertido estas palabras en eslogan. De hecho, esta afirmación es perfecta para reforzar la siguiente idea tan extendida en el mundo de la euskalgintza: el euskera es más que una lengua, una forma diferenciada de interpretar el mundo y vivir.

 

Me parece una idea extremadamente problemática. Decir que el euskera es una forma de interpretar el mundo es decir que existe un marco interpretativo común para entender los fenómenos percibidos, que es el mismo para todas las personas que sabemos euskera o tenemos el euskera como lengua materna, y para nadie más. Dicho de otro modo, esta idea sugiere que existe un marco interpretativo y, en general, una cosmovisión que corresponde al euskera. Y al decir que el euskera es una forma de vida se dice algo así como que ese mismo grupo de gente tiene un conjunto de patrones que es solo suyo, según el cual vive. Básicamente, que hay una cultura que es la de todo aquel que tiene una determinada relación con el euskera, y que solo pertenece a este grupo de personas y que la base de esa cultura es el propio euskera. La verdad es que no se decir a quién reconocen dicha forma de interpretar el mundo y de vivir los que defienden que el euskera es una forma de interpretar el mundo y de vivir. Creo que tampoco ellos tienen claro cuál es la relación con el euskera que está en la base de esa colectividad diferenciada.

 

La relación entre la lengua y la cosmovisión es una cuestión discutida, sobre todo, en la filosofía desde principios del siglo XX. Uno de los debates en esta materia ha girado en torno al determinismo lingüístico. Sin intención de entrar en aguas mayores, según el determinismo lingüístico o la versión dura de la hipótesis Sapir-Whorf, el lenguaje determina el pensamiento. En su obra La relación entre lenguaje y pensamiento y conducta habituales, Whorf (1956)[i] afirmó que lo que determina la concepción del mundo de un colectivo es su lengua. Lo que defiende la dura versión de la hipótesis Sapir-Whorf es que cada cultura se basa en su propia lengua y está determinada por ella y que el conjunto de experiencias y conocimientos que permiten los marcos de comprensión de dos culturas diferentes no son comparables entre sí. La lengua es la que determina la concepción del mundo de los individuos de una misma cultura y tiene una posición privilegiada frente al resto de elementos que la componen (Wright Carr, 2011)[ii]. Lo que quería señalar de esta hipótesis es la siguiente idea: la lengua es el elemento determinante de la cultura.

 

Un análisis materialista de la cultura exige privar a la lengua de esa posición privilegiada. Porque las costumbres, los modelos de socialización, la cosmovisión, las expresiones artísticas y todos los demás aspectos o campos de la vida, así como el lenguaje, están totalmente condicionados por el modelo de producción de esa sociedad. Es cierto que las lenguas tienen una estructura sintáctica y gramatical, no fija pero más estable, que sufre más difusamente la influencia de los cambios sociales, o al menos más paulatinamente; una estructura ósea, un esqueleto. Y sobre este esqueleto se encarna toda significación, toda semántica. Los significados de las palabras no son neutrales, no forman parte del esqueleto del lenguaje, están totalmente condicionados por los procesos sociales. En los significados de las palabras también se encarna el conflicto entre clases. No hay más que fijarse en las distintas acepciones en las que se emplean términos como revolución, democracia o patria. Véase el ejemplo de Bernie Sanders y del término Revolución recogido en esta misma gaceta junto a más contenido sobre este tema en concreto en el artículo «Hitzak eta esanahiak» (Palabras y significados) de Paul Beitia (2020)[iii].

Lo que yo quiero subrayar en la relación entre lengua y cultura es que la lengua no es el elemento determinante de la cultura. El elemento determinante de la cosmovisión general de un colectivo es el modelo productivo o, si se quiere, la forma social que de él se deriva. Aquí y ahora, en la sociedad capitalista, predominan las expresiones culturales de la cosmovisión capitalista, también entre las y los vascos, huelga decirlo. El modelo social que articula la producción y la circulación a nivel global impulsa y demanda una cultura global que perpetúe el modelo social. No hay más que fijarse en la homogeneización cultural que se ha producido en los países donde el capitalismo se estabilizó hace tiempo (centros imperialistas) para intuir que en la base de la cultura actual de estos países se halla el modelo social capitalista. Y es que la cultura, entendida como la forma de interpretar el mundo y vivir en él, cada vez es más parecida aquí y allá. No sé si cuando decimos que dos agricultores de hace 200 años, uno de la periferia de Buenos Aires y el otro de Tolosa, tenían distintas culturas estamos empleando la misma acepción del término «cultura» que cuando decimos que un proletario actual de la periferia de Buenos Aires y otro de Tolosa tienen distintas culturas. Claro que hay diferencias, pero cada vez son más anecdóticas. Al fin y al cabo, organizan sus vidas sobre la misma base: el trabajo asalariado. Puede que uno se entretenga bailando tango y el otro cantando bertsos, sus tiempos de ocio pueden diferir en cuanto a actividad (cada vez menos), pero no en cuanto a su fundamento: la reproducción para el siguiente turno de trabajo.

Por otro lado, existe otro patrón que se repite en cada territorio, el de las diferencias culturales en base a la posición de clase. En efecto, la posición que cada uno ocupa en el sistema productivo influye notablemente en el marco de comprensión y en los modelos de socialización de cada
individuo. Podemos hablar de bloques culturales divididos en base a posiciones de clase. Este también es un tema digno de un análisis más profundo de lo que puedo ofrecer y guarda una relación directa con el euskera. Trataré de dibujar algunas pinceladas sobre la relación entre el proceso de homogeneización, los distintos bloques culturales en función de la clase y el euskera. Para entender la influencia que ejerce la posición de clase en la cultura y entenderla junto con la homogeneización cultural, basta con fijarse en cómo a nivel internacional, en países que no hablan la misma lengua, se vierten las mismas expresiones artísticas espontáneas desde los mismos procesos o situaciones sociales. Aitor Bizkarra (2019) escribió en su artículo «Traparen euskal parodia» (La parodia vasta del trap)[iv] sobre la relación entre el proletariado y el trap. El trap es un fenómeno que ha florecido de entre las masas sociales más proletarizadas de los países del centro imperialista, desde los barrios más proletarios de EEUU hasta una Europa cada vez más proletarizada inmersa en una crisis económica que no puede superar.

Sin embargo, la lucha por el euskera no encuentra su lecho en los sectores más proletarizados; incluso el número de vascoparlantes es insignificante en los estratos más humildes de la sociedad. El euskera y la lucha euskaltzale tienen hoy sus raíces en las colectividades que conforman la clase media. Y la concepción del mundo de la comunidad en la que el euskera es la primera lengua, el modelo de vida de la comunidad de las y los euskaltzales está condicionado por los mismos patrones que condicionan el modelo de vida de las clases medias de los demás países, no por el propio euskera. Un claro ejemplo de ello es, por ejemplo, la adhesión de diversos agentes que trabajan en la «normalización» del euskera a la demanda para que el coloso audiovisual Netflix incorpore más contenidos en euskera. La petición es que los vascoparlantes que puedan permitirse pagar el acceso a Netflix tengan el mismo derecho que sus homólogos del resto de países a consumir el mismo contenido en su idioma. Digo el mismo contenido, porque lo que esta rama de la euskalgintza (acción a favor del euskera) activa exige a Netflix, es que el contenido homologado producido para un bloque cultural global en el seno del capitalismo, pueda ser consumido en la lengua local. Es decir, resulta que no solo el euskera no es el elemento determinante de la concepción del mundo y del modelo de vida de la comunidad vascoparlante, sino que lo que se reclama es todo lo contrario: el derecho a reproducir en euskera la concepción del mundo y el modelo de vida homologados del capitalismo.

 

Vuelvo al punto de partida. Aquel poema de Sarrionandia publicado en 1992 decía así[v]:

Funtzionarioak zelatan ditugu beti:

bazterretik jarraitzen digute patioan,

atzetik jarraitzen digute komunera,

aurretik jarraitzen digute bisitara,

ateko mirillatik zaintzen gaituzte zeldan

eta gure loa ere zelatatzen dute.

Ezin haiengandik alde egin ez patioan,

ez komunean, ez bisita

kabinan, ez zazpigarren loan.

Euskara da gure territorio

                        libre bakarra.

 

Euskaraz solasean hasiz gero

hara hor funtzionario bat berehala

ezkutuka gure ondora datorrela.

Ziur ez duela deus ulertzen,

baina bertan geratzen da zelatan,

espioi filmetako espioiaren moduan.

Dena dela, guk ez diogu euskarazko

lehen ikasgaia ere emanen.

Oharkabean bezala dio gutako batek:

'Emukatup tab kogaid erug naedlakezta

                        ae neztidnufnok nugud...'

 

El poema habla de que hagan lo que hagan los presos, los funcionarios los persiguen y los vigilan. Que el único territorio libre que tienen es el euskera. Que cada vez que empiezan a hablar en euskera, se acerca un funcionario, que seguramente no entenderá nada, pero vigila. Y ellos no le darán ninguna lección de euskera. Uno de ellos, invirtiendo el orden de las letras dentro de cada palabra dice: «Yah nu ojih ed atup sárted ed sortoson / a rev is ol somidnufnoc...».

 

El euskera era para Sarrionandia y compañía el único territorio libre de la vigilancia de los funcionarios de la prisión y no lo entregarían tan fácilmente. El euskera que vivió Sarrionandia antes de su entrada en prisión era una lengua de oposición en Hego Euskal Herria. Precisamente, estaba estrechamente ligado tanto a la lucha contra el franquismo, como al ambiente combativo que quedó tras el franquismo. La policía (nacional o Guardia Civil) era española; la televisión que criminalizaba a quienes apostaban tanto por el euskera como por un nueva modelo social era también española y en la comunidad vascoparlante el sentimiento de cohesión y el afán revolucionario basado en la oposición al régimen eran generalizados o al menos extendidos.

En la época en la que Sarrionandia estaba en prisión, dentro del marco teórico-político de algunos sectores de la euskalgintza y del MLNV, el retrato realizado por Sarrionandia de los funcionarios penitenciarios podía ser extrapolable a todo el territorio del euskera. Había una Euskal Herria con sed de revolución, perseguida política, militar y mediáticamente, pero tenía una lengua que no era la de la policía, ni de los militares, ni de la cadena de televisión estatal; la paliativa sensación de un territorio sin conquistar.

 

Ha vuelto Sarrionandia y no ha querido alimentar el espectáculo de los medios, pero ha dejado estas palabras en la entrevista concedida a un medio local del Duranguesado: «Soy de la época en la que Iurreta era Durango. No conocía la Ertzaintza, tampoco he visto ETB en directo, me asombra que haya tantas rotondas... Es todo muy diferente». No sé si todo es tan diferente, pero la policía autonómica española habla euskera, y los euskaltzales se llevan las manos a la cabeza porque la basura que se emite ETB1 tiene unos datos de audiencia nefastos, como si el problema fuera que nadie ve en euskera la basura homologada producida para la sociedad internacional. La reivindicación de Netflix en euskera desde el sector euskaltzale es un claro síntoma de que el euskera está plenamente integrado en la cosmovisión capitalista.

 

No tenemos ningún territorio libre. Y el Duranguesado está plagado de rotondas.


[i] Whorf, B. L. (1956). Language, thought, and reality; selected writings of Benjamin Lee Whorf. Editorea: Carroll, J. B. Cambridge.

[ii] Wright Carr, D. C. (2011). “La hipótesis Sapir-Whorf: una evaluación crítica”. Guanajuato: Universidad de Guanajuato.

[iii] Beitia, P. (2020). “Hitzak eta esanahiak”. Gedar.

[iv] Bizkarra, A. (2019). “Traparen euskal parodia”. Gedar.

[v] Sarrionandia, J. (1992). Kartzelako poemak. Zarautz: Susa

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