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Se ha hablado muchas veces de la Revolución de 1934. La mayoría conocen lo sucedido en Asturias, o como mucho el movimiento en Cataluña que proclamó el “Estado Catalán”, pero no es tan conocida la huella que ese intento de revolución dejó en el País Vasco. Y es que, tras Asturias fue Vasconia donde mayor importancia tuvieron los acontecimientos de la revolución obrera de 1934 (lo de Cataluña fue un movimiento de otro carácter, nacionalista o federalista, pese a que coincidió en el tiempo). Por tanto, creo que debemos dar unas pinceladas sobre ello, aunque otra labores que me han tenido ocupado me han impedido hacer un artículo tan completo como yo quería (sobre todo, en cuanto a la bibliografía). Por tanto, en este artículo hablaremos brevemente de las causas que llevaron a dicha revolución y de los acontecimientos ocurridos en el País Vasco.

Esta revuelta o intento revolucionario, según los planes, no se limitaba a Asturias, pretendieron llevarlo a cabo en todo el Estado español. Si sólo ocurrió en Asturias fue porque ahí si se dio la colaboración entre socialistas y anarquistas (también comunistas, pero estos entonces eran menos numerosos que las otras dos facciones). Un punto clave para que la revuelta no se extendiese a otros lugares fue ese: los anarquistas no se quisieron unir a una revuelta liderada por los socialistas (no soy yo quien debe repartir las culpar, pero tenemos que tener en cuenta que el antagonismo desarrollado entre 1931-33 entre los socialistas que estaban en el Gobierno y los anarquistas era muy grande. Los socialistas tampoco se unieron a un intento de los anarquistas de diciembre de 1933, por tanto, la desconfianza entre ambas facciones era muy grande). Asturias fue el único sitio donde las “Alianzas Obreras”, que tuvieron el papel de órgano de la revolución, eran verdaderamente plurales y representativas de toda la clase obrera, y eso explica el éxito provisional que tuvo ahí la Revolución.

Por otra parte, algunos libros y autores explican que esta revuelta o intento revolucionario fue provocada por la entrada en el Gobierno de la CEDA; primera fuerza en las elecciones de 1933 –un partido con ciertos vínculos ideológicos con el fascismo; no debatiré esto hoy aquí, pero es cierto que la izquierda y parte de la población lo veía como “fascista”, y también algún dirigente de dicho partido-. Esto no fue del todo así, aunque ese hecho tuvo un valor propagandístico, o si se prefiere, fue el detonante. Sí es cierto que el miedo del proletariado al fascismo fue una de las causas para la revuelta. La CEDA tenía por modelo político a Engelbert Döllfuss, quien estableció un “Estado corporativo” o “dictadura a través dela democracia” en Austria, tras una dura represión contra los socialistas austriacos. Durante 1934, en la prensa y opinión pública españolas, a causa del aumento de influencia de la CEDA, la palabra “Austria” sonaba cada vez más. Por tanto, si bien es cierto que existía temor al fascismo, eso no quiere decir que la revuelta comenzase espontáneamente, estuvo preparada de antemano. Esto es, fue una acción ya planeada que se hizo coincidir con la entrada de la CEDA en el Gobierno.

Pero el “miedo al fascismo” no lo explica todo; ya que la revolución de 1934 no se hizo para “recuperar la verdadera esencia de la República” o en nombre de la pureza de los ideales republicanos. El sujeto de esa Revolución fueron los trabajadores en exclusiva. Los partidos republicanos burgueses no tuvieron ninguna participación; fue una revuelta proletaria, con objetivos proletarios (como bien probó el desarrollo de la Revolución). Por tanto, hubo también otras razones. Una de esas razones fue la política del Gobierno de Lerroux; que lesionó el poder de negociación de los obreros y sindicatos. Hay que tener en cuenta que durante el “bienio izquierdista” de 1931-33, la coalición entre azañistas y socialistas hizo una política económica muy conservadora, sobre todo en lo que a gasto público se refiere (no hubo grandes nacionalizaciones). Aun así, los obreros consiguieron un logro significativo con el establecimiento por ley de los Jurados Mixtos. Estos Jurados se establecieron en todas las empresas, teniendo los sindicatos gran presencia en ellos. Los Jurados tenían poder para aceptar o vetar sobre el horario, el calendario, el sueldo, etcétera; por tanto, los sindicatos consiguieron un gran poder de negociación mediante ellos. El nuevo Gobierno no disolvió los Jurados, pero los relegó al carácter de “órganos consultivos”, reduciendo así drásticamente el poder de negociación de los obreros (ello en un contexto de crisis económica). Y finalmente, tenemos la radicalización de la propia clase obrera. En 1931 sólo los anarquistas y comunistas se oponían a la “República burguesa”. Entre 1933 y 1934 esas tendencias se hicieron mayoritarias dentro del PSOE y la UGT, algo que evidenció el cambio de actitud del exministro de Trabajo Francisco Largo Caballero. Para resumir, entre los obreros se había extendido el sentimiento de que “esperábamos más de la República”.

Además, en el caso del País Vasco, tenemos una quinta razón; que no explica el la revuelta en sí, pero sí por qué esta tuvo más seguimiento en un lugar tan conservador entonces como Vasconia, que en otros lugares con mayor masa de izquierda. Debido al “movimiento de los Ayuntamientos” que se desarrolló en primavera y verano de 1934 (un movimiento para oponerse a una reforma fiscal del Gobierno, y mediante esa oposición defender el Concierto Económico, y así presionar para que entrase en vigor lo antes posible el Estatuto refrendado en 1933) el Gobierno destituyó de sus cargos a numerosos alcaldes de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya (todos nacionalistas o izquierdistas), y en protesta, todos los concejales de esas tendencias dimitieron. Estos ediles fueron sustituidos por ediles derechistas nombrados por los Gobernadores Civiles y ese proceder autoritario trajo un gran resentimiento contra el Gobierno. Por tanto, en Vasconia, la sensación, más que “Puede venir la dictadura” fue la de “ha llegado la dictadura”.

Como es sabido, Asturias fue el principal punto de la Revolución. Como hemos dicho, allí hubo una unión proletaria, entre diferentes organizaciones. Por otra parte, hubo otras razones para que la revuelta se extendiese allí: había cientos de obreros armados y bien entrenados. Además, Asturias ya había sido escenario de seis huelgas generales durante 1934, por tanto, los obreros de allí tenían gran experiencia. En Asturias la Revolución comenzó el día 5, en las cuencas mineras (Nalón y Caudal), tomando varios cuarteles de la Guardia Civil y la fábrica de armas de Trubia. Sin embargo, algunos errores de coordinación les impidieron tomar Oviedo, la capital fue tomada el día siguiente por los mineros liderados por Ramón González Peña, pero este atraso (o también este atraso), les impidió tomar los cuarteles militares de la ciudad. En cambio, en Gijón, los obreros no tuvieron suficientes armas para garantizar el control sobre la ciudad, y allí la huelga fue sobre todo pacífica.

La Revolución se extendió a casi toda Asturias. Se estableció el poder revolucionario, mediante Comités revolucionarios. Estos proclamaron el carácter socialista (no “republicano”) de la Revolución. Por otro lado, también armaron a fuerzas propias, las Guardias Rojas (quienes, en contra de lo afirmado por la propaganda, evitaron excesos y saqueos). Y sobre todo, para no repetir los errores de la Comuna de París, asaltaron también la sede del Banco de España. Acciones así muestran que el objeto era hacer la Revolución Socialista, no otro. Aunque seguramente por la corta duración del intento revolucionario, esta organización revolucionaria tuvo ciertas carencias: por ejemplo, no hubo una coordinación a nivel de todo Asturias, cada localidad tenía su propio Comité Revolucionario, sin un órgano superior. Prácticamente la única coordinación se dio en el terreno militar. Así, en cada localidad fue escenario de diversos modelos políticos (según la correlación dentro del Comité de turno), sobre todo en torno a los objetivos o en la decisión de expropiar propiedades (cuáles y cómo). Sobre la gestión política, debido a que en el tiempo que el poder revolucionario estaba en vigor hubo de combatir, el trabajo de distintos Comités Revolucionarios se centró sobre todo en hacer durar este poder y en dar servicios mínimos para el mantenimiento, como la gestión de los hospitales y el reparto de la comida. Ya hemos dicho que este intento revolucionario no duró mucho debido a la inmediata y contundente respuesta del Ejército: los militares entraron en Gijón el día 7 controlando la ciudad para el 10, en Oviedo el día 11 asegurando toda la ciudad para el 13 y el 15 los dirigentes mineros llamaron a rendir las armas, apagándose los últimos focos el día 18. Debido a esta corta cronología, fue muy difícil perfilar un modelo y pasar dela dispersión del poder, típico de las etapas iniciales de las revoluciones, a la concentración de poder.

Respecto al País Vasco, quienes estuvieron a la cabeza de la revuelta fueron los socialistas. Aquí la rebelión estuvo peor organizada que en Asturias, y el número de armas que disponían los revolucionarios tampoco era el suficiente para una revuelta que tenía objetivos de ese tipo. Por otra parte, la cooperación entre fuerzas obreras también era menor. Como declaró el comunista donostiarra Sebastián Zapirain: “el PSOE y la UGT organizaron el movimiento a su cuenta. Nosotros nos enteramos, pero no porque nos dijesen o porque contasen con nosotros. Nosotros les dijimos que un movimiento así debía estar mejor preparado. Ellos nos dijeron que iban a lanzarse, y que si nosotros queríamos podíamos unirnos, pero que ellos iban a dirigir el movimiento y que no iban a acordar nada con nosotros”. Además de los comunistas, la CNT también se unió a la huelga. Por otro lado, los militantes de los partidos republicanos de clase media (Izquierda Republicana, Acción Nacionalista Vasca) tuvieron un papel más tangencial. Finalmente, se ha especulado mucho sobre la participación de los nacionalistas. La dirección del PNV dejó claro que ellos no apoyaban el movimiento, pero ELA llamó a “no obstaculizar la huelga allí donde sea mayoritaria” y “mientras sea pacífica” (esto es, mientras que la huelga tuviese un carácter meramente huelguístico, no revolucionario). Es cierto que en algunos lugares, sobre todo en el sur de Guipúzcoa, los obreros de ELA tuvieron un papel activo, algo que luego diversas fuentes utilizaron para exagerar el papel de los nacionalistas. (Que ELA estaba desconectada del movimiento en general lo prueba que el sindicato nacionalista ordenase la vuelta al trabajo el 11 de octubre, mientras que los demás sindicatos lo hicieron el 12).

La revuelta tuvo en Vasconia un mayor peso en Guipúzcoa y Vizcaya, sobre todo en esta última. No es un secreto que estas dos provincias concentraban la mayor parte de la industria vasca y por tanto, la mayoría de las masas proletarias. El sindicato UGT tenía un gran peso en las dos provincias: unos 30.000 miembros en Vizcaya y 8.000 en Guipúzcoa. En Vizcaya, los primeros movimientos revolucionarios comenzaron en la noche que va del 4 al 5. El 5 de octubre se crea el Comité Revolucionario liderado por el socialista Paulino Gómez Beltrán, y los revolucionarios fueron capaces de establecer el control físico revolucionario sobre algunas zonas de la comarca de Bilbao. El 6 de octubre el Gobierno proclamó el Estado de guerra, entrando los militares en Bilbao. Hubo unos tiroteos en la ciudad, hasta que el día 8 los militares aseguraron el control de la ciudad. A partir de ese día la lucha se centró en la Margen Izquierda, donde hubo incidentes y combates entre el 8 y el 12 de octubre. Como hemos mencionado antes, el 12, viendo los sindicatos que la situación estaba perdida ordenaron la vuelta al trabajo. Aun así, en la Zona Minera algunos lugares seguían bajo control revolucionario: en el barrio Putxeta de Abanto-Zierbena las fuerzas del Gobierno no entraron hasta el día 14, después de bombardearla por el aire, y en el barrio Arboleda de Trapagarán entraron en una fecha tardía como el 17. Aunque el mayor foco revolucionario en Vizcaya fuese la comarca de Bilbao (sólo allí los revolucionarios pudieron establecer zonas bajo su control),en algunos otros pueblos, como Gernika, Bermeo y Ondarroa hubo movilizaciones huelguísticas, aunque sin desafiar el orden público.

Los problemas de organización fueron muchos más grandes en Guipúzcoa. Esto lo evidencia que hecho de que en Guipúzcoa no hubiese un plan único, esto es, que en algunos pueblos los obreros salieron a asaltar los edificios públicos o a tomar el poder (Eibar, Arrasate, Hernani), y en otros a hacer una mera huelga (en San Sebastián o en Pasaia, en esta última localidad la policía mató a seis obreros tras disparar a una manifestación pacífica), o incluso a intentar negociar con los patrones (como en el caso de Beasain). Pese a que la huelga en Guipúzcoa duró entre el 5 y el 12 de octubre, el “control físico del territorio” sólo se obtuvo en Eibar y en Arrasate durante unas horas del 5 de octubre. Las luchas dejaron siete muertos en Eibar y cuatro en Arrasate.

Precisamente fue en Arrasate donde ocurrieron los hechos más conocidos, sobre todo la muerte del empresario y jefe político carlista Marcelino Oreja. Se ha hablado mucho de esta muerte, y se han aliñado con ciertos datos fantasiosos, como que los obreros le pusieron hierba en la boca tras matarlo, haciendo referencia a lo que Oreja dijo supuestamente una vez en un mitin de Elorrio sobre los obreros: “¡que coman hierba!”. Para las derechas, esta muerte fue una prueba de la “revolución sangrienta y vengativa”. No podemos confirmar el extremo sobre si Oreja pronunció dicha frase (según Oktubre Taldea, el colectivo de historiadores locales de Arrasate, sí lo dijo, el historiador carlista local José María Uranga lo niega), pero sí podemos decir que su asesinato no fue planificado de antemano (sí lo fue su detención). A Oreja no lo detuvieron tanto por su filiación política como por la enemistad de clase, ya que era el mayor accionista de la fábrica Unión Cerrajera. Junto a Oreja detuvieron a Dagoberto Resusta, otro accionista de esa fábrica (y uno de los dirigentes en Guipúzcoa del Partido Republicano Radical de Lerroux, es decir, de otro partido diferente al de Oreja) y a Ricardo Azkoaga, ingeniero jefe. Los tres estuvieron cautivos en la Casa del Pueblo, hasta que las fuerzas de seguridad empezaron a desbordar a los revolucionarios en Arrasate y a acercarse a la Casa del Pueblo. Entonces, los revolucionarios decidieron sacar a los presos de la Casa del Pueblo, junto por la pared del frontón (una zona que entonces estaba llena de pequeñas huertas). Aprovechando un tiroteo que ocurrió en ese momento, Azkoaga trepó por el muro de una huerta y saltar al otro lado, mientras que Oreja y Resusta pretendieron seguirlo. Para cuando los revolucionarios se giraron, dispararon para impedir la fuga: uno de los tres, Azkoaga, ya estaba el otro lado, pero Oreja y Resusta acabaron muertos. Esto es, la causa fue el intento de evitar una fuga en el contexto de una detención, en medio de un tiroteo; no un asesinato o na “venganza” planificada de antemano.

La represión que siguió a la derrota del intento de revolución fue brutal. En el País Vasco hubo 52 murtos, la amplia mayoría a manos de las fuerzas de seguridad. En Vizcaya y Guipúzcoa hicieron 1.000 presos en cada una, siendo la mayoría de ellos juzgados (salieron a la calle con la amnistía que dio el Frente Popular tras vencer en las elecciones de 1936). En Asturias, el mayor centro de la revolución, las fuerzas burguesas mataron entre 1.000 y 1.500 trabajadores; los revolucionarios por su parte, mataron a unos 300militares y policías y a 50 civiles (es importante dar cifras, ya que la derecha mencionaba y menciona la “barbarie” de la revolución de 1934 para justificar el golpe de Estado de 1936). En todo el Estado entre 30.000 y 40.000 personas fueron encarceladas; esto explica por qué fue tan importante la reivindicación de la amnistía para la izquierda ante las elecciones de 1936. Por otra parte, cerraron las sedes de partidos y sindicatos –comenzaron a abrirse a finales de 1935-, y alcaldes y concejales de muchos Ayuntamientos de izquierdas fueron destituidos por el Gobierno.

A parte de lo dicho, la Revolución de 1934 tuvo otro efecto político. Por un lado, la “derechización de la derecha”, esto es, como “el ejército había sido quien había salvado a España”, la derecha volvió a ver (tras el fiasco de Sanjurjo en 1932) intervención del ejército como un instrumento político aceptable. Un ejemplo de esto son las reformas del ejército que hizo Gil Robles, jefe de la CEDA, tras hacerse cargo del Ministerio de Guerra en 1935, como por ejemplo, las promociones a puestos clave de los generales reaccionarios (un hecho no lo suficientemente mencionado en la historiografía). Por otra parte, respecto a la izquierda, el “peligro fascista” se vio más inminente que nunca, por tanto, surgió una corriente de solidaridad entre diversas facciones. Esto (junto a otras razoens que no explicaremos aquí) trajo la necesidad de crear el Frente Popular. Tenemos que mencionar que en el Estado español (y también en el País Vasco), los comunistas en 1934 ya establecieron una unidad de acción con los socialistas (modificaron la anterior línea muy agresiva con otras facciones de izquierda); antes del Congreso del Komintern de 1935; este hecho demuestra que las decisiones en el movimiento comunista no se tomaban desde un oscuro despacho en Moscú como vende la propaganda anticomunista, sino que la influencia de los factores locales y temporales también era tenida en cuenta.