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La carrera de magisterio me ha generado gran frustración en los tres años que llevo ahí. Trataré de dar algunas claves para razonar su frivolidad o su carácter superficial, aunque me reafirmo en la necesidad de estos estudios, entendiendo, en todo momento, que este texto no será un ataque directo contra figuras concretas (contra ningún profesor o asignatura), sino el reflejo de un problema estructural.

Los estudiantes de magisterio hemos tenido que escuchar más de una vez hemos que estudiamos el contenido que se enseña en Educación Primaria, y diría que a veces también he tenido esa sensación. Muchas veces, en vez de aprender la didáctica de la asignatura, solo trabajamos el contenido de esa materia y a menudo nos han infantilizado limitándonos a hacer ejercicios de ese nivel (sin ningún tipo de sentido pedagógico, y abordando de una manera abstracta y superficial los aprendizajes que se quieren trabajar, sin ningún objetivo de aplicarlos a la realidad ni de trabajarlos críticamente). Diría que la razón principal es la falta de investigación en torno a la educación, lo cual es reflejo de la falta de importancia que se le da a la educación en la sociedad capitalista de hoy día. Efectivamente, el único objetivo de la educación burguesa, siguiendo la ley de las ganancias, es educar a trabajadores que le son útiles y afables a la explotación y sociedad capitalista, sin poner ningún interés en el desarrollo o bienestar de las personas (así lo ponen de manifiesto también los problemas de salud mental que se han acentuado y generalizado en los últimos tiempos entre el alumnado).

Dentro de esa lógica capitalista, también me parece digno de mención el engaño de las prácticas. Nos las venden como «una posibilidad de situarse en una situación futura y aprender a partir de casos reales», maquillando la explotación que hay detrás, pues hacemos el mismo trabajo que haría un maestro o maestra auxiliar (que con los ratios existentes les resulta a menudo imprescindibles), pero sin sueldo. A eso hay que añadirle que solemos combinarlas con algún trabajo precarizado (para afrontar los gastos diarios) y que trae importantes limitaciones para organizarse (a consecuencia de la carga de trabajo que trae cumplir con la misma jornada de un maestro o maestra).

También tenemos asignaturas como «Bases de la Escuela Inclusiva» que nos venden como manifestaciones contrarias al capitalismo, que supuestamente se han creado para transmitir ciertos valores. Sin embargo, no se presentan las diferentes propuestas que puede haber en torno a ellas, sino que al hablar de igualdad de género, por ejemplo, se propone la opción institucional como única solución (por ejemplo, el 8 de marzo), obviando sistemáticamente las propuestas del resto de movimientos. Además, muchas veces los profesores ejercen su autoridad para menospreciar el trabajo de los movimientos estudiantiles, sin mostrar ningún tipo de interés por estos.

Y, junto falta de interés ante alternativas reales, hay que mencionar también el papel que juega la represión. Pues la represión tiene relación directa con educación, y podríamos encaminar la reproducción de esta en dos direcciones: por un lado, está la que recibimos en la propia universidad, y por otro lado, se encuentra el carácter autoritario de la figura que deberíamos desarrollar a través de nuestro proceso educativo.

Por un lado, si bien la importancia de la reflexión y la crítica en la universidad (al menos en la UPV) es algo que se nos ha venido insistiendo varias veces, estas pierden todo el sentido cuando es esta misma institución la que entra en contradicción con esa actitud que parece querer impulsar a través de sus conductas. En efecto, nos piden que seamos críticos con el sistema educativo, y cuando lo somos (además, en un proyecto coherente), criminalizan nuestra actividad. Un claro ejemplo de ello es la represión sistemática contra la Unión de Fuerzas Universitarias (UIB-Unibertsitate Indar Batasuna) creada con el objetivo de mejorar las condiciones tanto de los sectores obreros de los diferentes campus como de Ikasle Abertzaleak, que tiene como objetivo la escuela nacional vasca.

Al contrario, me gustaría recordar la aclaración sobre represión que escribió Mattin Aranburu en el número 26 de la revista Arteka titulada Moldear y Encajar: «hay que recordar que en la Educación Primaria se establecen unas bases ideológico-culturales para la represión que se va a dar en etapas posteriores, como la docilidad del alumnado y el reconocimiento de las figuras autoritarias. Esta etapa cumplirá, por lo tanto, en lo que se refiere a la represión, la función de establecer ciertas bases conductuales». Continuando con ello, tenemos que entender que la función que a menudo cumple el profesor es el de la figura autoritaria y, por tanto, el profesorado del futuro tenemos una responsabilidad entre manos: trabajar la capacidad crítica del alumnado y acompañarlo lo más cómodamente posible al facilitando su proceso de aprendizaje, obviando la intimidación.

Al fin y al cabo, la educación es sobre todo social, pues tiene el objetivo de insertar a las masas trabajadoras del futuro en el sistema capitalista. Por lo tanto, nosotros tenemos que utilizar la educación para concienciar a los alumnos de los errores de la sociedad actual, demostrándoles la necesidad de organizarse, dando un paso para pasar de una sociedad capitalista a una sociedad comunista. Así, la escuela asumirá la función de educar y organizar al alumnado en otra dirección, en función de los valores de solidaridad. Del mismo modo, los estudiantes de magisterio tendremos que ser críticos con lo que aprendemos (como se debería hacer en el resto de estudios), y tomar el compromiso real de transformar la educación más allá de la escuela.

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