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Te has rendido. Aunque quería huir de él, te ha atrapado y enfrente tienes al anuncio que te ha obligado a tragarte Youtube. Ahí está, en la marquesina de la villavesa que coges cada mañana. Ahí está, Santiago Abascal en el Hotel Tres Reyes de Iruña. Ha llegado el mismo espectáculo de cada cuatro años, con sus bestias atacándose entre ellas por el ansia de votos, para que al final todo siga igual. Ahí están, tú también te has enterado, aquí está la pre-campaña política de los partidos institucionales. En la tele, en las comidas familiares de los domingos, en las panaderías, en las redes, en los paneles publicitarios, en las casas, en las leyes de vivienda, en las leyes de educación, en los paneles «somos un equipo», «Uxue presidenta», «Laura Aznal bidean», listas, cabezas de listas, mítines, debates, plataformas populares, procesos que se reactivan por casualidad y el murmullo de la esquina de la barra del bar de tu barrio/pueblo/ciudad.

—No sé yo…¿no lo has escuchado? Hay unos cuantos jóvenes en el pueblo, que parece que no van votar… y bueno, igual llegaría el cambio que necesita nuestro pueblo… si se dejasen de tonterías y votaran… No digo que sea sólo culpa suya eh, pero a decir verdad, no estamos como para perder votos.

Quizá alguien que piense antes de hablar le responderá tímidamente que lo primero que se les debe a esos jóvenes que se han tomado su tiempo y su compromiso para llevar adelante su actividad política en el pueblo es el respeto. Quizá prefiera a alguien que no cuestione el mero hecho de votar y que satisface con su voto de cada cuatro años el deseo intermitente de mejorar el mundo, provocado por las pésimas condiciones materiales en las que vive. Pero el tiempo pasa y parece que los votos, más que un poder para cambiar el mundo, hacen de placebo de los deseos de los votantes, que probablemente votarán con toda su buena voluntad.

Imagínate un tiempo, un tiempo en el que tuvieras tiempo de imaginar otra cosa. Un paraje que va más allá del imaginario cercado por la política institucional.  Un peaje controlando los flujos de pensamientos y aspiraciones entre lo factible y lo impracticable determinado por una determinada cultura y un rumor en la esquina de la barra del bar de al lado.

—No sé yo… ¿no lo has oído? Dicen que hay un miles de personas que viven en condiciones materiales pésimas, al parecer la mayoría de la sociedad, que no se quejan, que no se reúnen y se organizan…, y bueno, tal vez el mundo que necesitamos llegaría si no nos conformáramos con votos, que sólo implican pequeños cambios en la reproducción de este mundo decadente, y nos pusiéramos a organizarnos para cambios reales; si desarrolláramos el poder de hacer posible lo imposible… no digo que sólo sea culpa suya eh, pero no estamos como para perder tiempo.

En el límite entre lo factible y lo imposible, un peaje en llamas. De repente, parajes nunca imaginados en imaginarios donde nos mostramos dispuestos a romper barreras, un tiempo en el que estamos a punto de quemar un viejo paraje y nos hemos dado cuenta de que no es el nuestro, que para cuando se da cuenta se nos quiere escapar. Una invitación para ti, a los senderos hacia un nuevo paraje. Piénsalo antes de que el tiempo se escape, y si decides que sí, únete y lucha, que te recibiremos con ganas.

Pero que sepas, que la nuestra en una campaña política eterna. Porque nuestro deseo por un nuevo mundo no entiende que sólo se pueda aparecer una vez cada cuatro años, es constante, pues tenemos que estar constantemente en las marquesinas, en las panaderías, en las comidas familiares de los domingos y en el murmullo de la esquina de la barra del bar de tu barrio/pueblo/ciudad. 

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