Los profesores y profesoras que trabajamos diariamente con niños, adolescentes y jóvenes nos hemos dado cuenta desde hace algún tiempo de que vemos que están expandiéndose ideas retrógradas. A muchas de nosotras nos preocupa la creciente presencia en nuestras aulas de ideas y comportamientos misóginos, homófobos, racistas y, en general, excluyentes. Es imposible mirar hacia otro lado. Sin embargo, quien quiera verlo se dará cuenta fácilmente de que este aumento no se está produciendo sólo entre los jóvenes, sino en el conjunto de la sociedad: acosadores religiosos que se concentran en clínicas de aborto, vecinos que ven con buenos ojos la actuación de empresas desahuciadoras por su odio irracional a los okupas; gente que difunde mensajes de odio contra migrantes o sin techo con la excusa de que están preocupados por la inseguridad... Sin llegar a ser tan extremos, los comentarios que huelen a reacción también son cada vez más en educación: los que estigmatizan al alumnado más vulnerable, los preocupados por el nivel de alumnos "autóctonos" a medida que crece el número de alumnos migrantes, los que agitan las banderas de la meritocracia y la experiencia... Con ello no pretendo restar importancia a la tendencia regresiva que se está imponiendo entre la juventud; al contrario, ampliar la perspectiva nos advierte de la dimensión del problema.
Algunos ven el auge de la reacción como una moda; consecuencia de que nuestros alumnos vean a influencers de extrema derecha o de que los más mayores se traguen las palabras de los tertulianos fascistas. ¡Ojalá yo también pensara que es una moda y que se va a marchar tal y como ha venido! Pero, desgraciadamente, no creo que el auge de la ultraderecha sea sólo una cuestión ideológica o cultural. La reacción tiene razones más profundas que no son tan superficiales y cambiantes, relacionadas con el contexto de crisis que vivimos y con la falta de conciencia de clase, que parece adormecida. Vivimos un desconcierto total; los que hasta ahora estaban medio cómodos, al ver empeorar sus condiciones de vida, temen al de debajo en lugar de mirar al que pisotea desde arriba. Naturalmente, este trastorno no nace de la nada; a la oligarquía le interesa totalmente llevar a cabo su programa de ofensiva, por lo que pone todos los medios para reforzar esta tendencia.
Además de las preguntas y la preocupación sincera por esta cuestión, en las aulas de profesores he escuchado en más ocasiones de las deseadas opiniones de otro tono: "los jóvenes no se mueven", "con esta generación la llevamos clara"... Son críticas que suelen hacerse desde la desesperación y que dejan toda la responsabilidad de la situación sobre los jóvenes. Que cada vez más jóvenes tengan ideas retrógradas es una cuestión que hay que tomarse con preocupación, claro. Pero, lejos de perder toda esperanza en esa generación, más vale que nos demos cuenta de que en estos tiempos de despolitización y desmovilización generalizada también hay muchos jóvenes que se han organizado para hacer frente a la ofensiva capitalista y al auge reaccionario. Están saliendo a la calle para hacer frente a las ideas fascistas y nos han llamado a acudir a una cita importante este mes: de la mano de GKS, nos han llamado a movilizarnos para combatir el fascismo y el autoritarismo estatal. Y la convocatoria también ha llegado a los centros educativos.
Las profesoras que estamos preocupadas por este panorama tan oscuro solemos preguntarnos, "¿qué más podríamos hacer para impedirlo?". Pues aquí tenemos la oportunidad. No dejemos toda la responsabilidad de la situación sobre los jóvenes ni el deber de combatir el auge del fascismo a cargo solo de la nueva generación. Es una buena noticia que los jóvenes tomen la iniciativa con total convencimiento y responsabilidad; a todos nos corresponde ahora responder a dicha convocatoria: facilitemos el camino a quienes están trabajando en esta tarea de máxima prioridad y urgencia, sea en la calle o sea en el centro escolar, y movilicémonos con ellas. El año nuevo suele ser el momento de pensar tanto en intenciones como en objetivos; yo le pido al 2026: unamos fuerzas frente al fascismo y frente al autoritarismo estatal; el 31 de enero y durante todo el año, demostremos que en Euskal Herria existe una fuerza unida dispuesta a combatir el fascismo.