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«… y así como todo cambia que yo cambie no es extraño

La realidad cambia constantemente. A la luz de los actuales sucesos esto parece evidente, mas no por ello es una evidencia para todos. La historia corta el mar viento en popa a toda vela, vuela. Los resortes del capital ahogan cualquier impulso que trate de desembarazarse de sus pútridas entrañas. El movimiento socialista ha explicitado en repetidas ocasiones que la revolución es la única solución, pero ¿qué significa esto en la actualidad?

El programa revolucionario, que tiene a su base el presupuesto de la toma de poder, como única garantía para la libertad política real y universal (el fin de la explotación del ser humano por el ser humano), ha ido cambiando a medida que la historia avanzaba. La lucha de clases es un proceso complejo, en el que se enzarzan una multiplicidad de factores y elementos. En ese sentido, parece absurdo plantear o incluso defender que las fórmulas políticas tienen una vigencia suprahistórica, o, dicho de otra manera, que un planteamiento pueda mantenerse ajeno a la evolución de la historia, obviando la transformación de los factores que lo definen como acertado.

Toda iniciativa que tenga como objetivo incidir en la correlación de fuerzas que subyace a la sociedad capitalista debe realizar un análisis pormenorizado de aquello contra lo que trata de luchar día a día. Desarrollar un enfoque, buscar y golpear el eslabón más débil de la cadena. En ese proceso, y en la órbita del presupuesto general (mencionado más arriba), el descarte, el diseño y el desarrollo de hipótesis organizativas concretas representa un dolor de cabeza constante. Llamémoslo sensibilidad revolucionaria.

El pragmatismo posibilista, rebosante de orgullo y prepotencia, alega abanderar la opción más práctica, y por ende, más correcta. Al llevar al límite la máxima de moverse entre lo que es posible (o que por lo menos lo parece), no obstante, surge el riesgo de perderse en lo que en esencia es contrario a lo que se pretende conseguir. La polarización de la sociedad clasista, agudizada día a día, no deja lugar para las posiciones intermedias, exige a los diferentes agentes políticos posicionarse, y definir una práctica que permita el desarrollo de los presupuestos antagonistas (lo que no quita que sean muchos y variados los caminos que estos planteamientos puedan seguir, sólo subraya la obligatoriedad de hacerlo a través de un enfoque determinado). Asimismo, la transformación de los factores sociales vuelve obsoletas proclamas y líneas de trabajo que antaño parecían correctas.

De esa manera, la historia del movimiento revolucionario está entre otras cosas marcada por la preocupación de definir y desarrollar modos de existencia sujetos a los límites de su desarrollo, que en última instancia coinciden con los límites del desarrollo de su enemigo. Por ello, esta se ha materializado de maneras muy distintas a lo largo de la historia.

La reciente creación de los consejos socialistas vuelve a poner encima de la mesa entre otras cosas la posibilidad de discutir y reflexionar sobre este tema, estableciendo una conexión entre el presente y una tradición histórica que, pese a haber desaparecido del ideario de académicos, políticos e incluso del protagónico sentido común, trata de asomar el hocico de entre las ruinas de su recuerdo. Y yo, no pienso desaprovecharla.

El impulso revolucionario se caracteriza por la intención de desarrollar un proyecto de carácter universal, que barriendo las bases del viejo mundo, articule el sustrato de una sociedad que expanda el principio democrático a todos los ámbitos de la sociedad, repeliendo los mecanismos que excluyen a los desposeídos de una participación efectiva en esta, trascendiendo el estrecho horizonte de la democracia burguesa, una de las diversas formas que adopta la dictadura del capital. En el relato del camino hacia ese objetivo, la experiencia consejista representa sin duda alguna un hito, resultado y eslabón del desarrollo de una tradición forjada durante décadas, «“un episodio en la historia del partido, (…)” concreción de su idea de la “misión” de la clase trabajadora, que concentra en sí mismo “los intereses revolucionarios de la sociedad” para llevar a cabo “las tareas históricas que surgen automáticamente” de las condiciones generales de existencia de esa misma sociedad»[1].

En los años de la posguerra de la Primera Guerra Mundial, un contexto marcado por la desolación, la firmeza de ciertas hipótesis políticas representadas por agentes de diferente índole comenzará a fisurarse. Los horrores de la guerra, las más que dudosas posiciones que las piezas sobre el tablero adoptarán ante las circunstancias y el desarrollo de la revolución rusa, propiciarán un contexto de efervescencia y creatividad revolucionaria. Algunos sectores seguirán aferrándose a la ilusión de que una estrategia de lentos pasos y prudentes reformas desembocará inevitablemente en el indoloro establecimiento del socialismo, tratando de construir un puente entre lo que fue y lo que podría ser. Otros, en cambio, conscientes de que estaban viviendo una nueva etapa, comenzarán a aventurarse en la búsqueda de nuevas fórmulas políticas que traten de corresponder a las necesidades de la época, tratando recuperar elementos que durante décadas parecían haberse olvidado. La necesidad de repensar «el camino del poder» irá paulatinamente adoptando la forma de los consejos obreros en diversos lugares. Estos se apoyarán sobre una concepción que sostiene el carácter obligatorio de dar forma a la democracia, que no es otra cosa que desarrollar una forma política que en potencia apunte a la articulación efectiva de la universalidad, de toda la sociedad y sus necesidades.

La formación social capitalista, que avanza e impone unas leyes de existencia a la humanidad, se desarrolla y rige a partir de ciertos presupuestos excluyentes, lo que, como ya indicó Alain Arruti en el texto publicado en Gedar «Sobre la conciencia y la universalidad», la convierte en «instancia universal generadora de división, ámbito de la universalización esencialmente anti-universal»[2]. Esto, representa en última instancia el fracaso de la construcción de una formación social basada en la libertad, la igualdad y la fraternidad universal, voluntad recogida de manera detallada en la «Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano». En este contexto, los consejos tratan de recuperar ciertos presupuestos que para nada han estado ausentes en la tradición revolucionaria, estrechamente vinculada al programa republicano-democrático a lo largo de la historia, no solo a la hora de dar una forma general a la hipotética futura sociedad sin clases, sino a la hora de articular los medios que conduzcan a ese resultado. La noción de la revolución pivota del esquema golpista o gradualista a un esquema que parte del presupuesto de que sólo la organización autónoma de la clase trabajadora, sobre la base más amplia posible, podrá realizar «el reino de la libertad». Hablamos de un momento histórico en el que los partidos obreros tradicionales y sus sindicatos, además de mostrarse incapaces de adaptarse a los saltos de la historia, habían vuelto la espalda al movimiento revolucionario[3]. La clase trabajadora, en el marco posibilitado por esta nueva forma política, apunta hacia una nueva forma de entender la realidad. Trascendiendo el estrecho horizonte que la condición asalariada le impone al proletariado, los consejos proponen un nuevo criterio analítico para la comprensión de la sociedad clasista, así como de su superación ya que estos, representan la superación efectiva de las diferentes divisiones que se desarrollan a partir del caótico y fragmentado punto de vista capitalista. La organización unitaria de la clase revolucionaria, en núcleos que revindiquen y ejecuten el control sobre el territorio, trata de elevarse sobre el «estado de los ciudadanos», para avanzar en la realización de «el estado de los trabajadores», o estado socialista, estableciendo las bases que posibiliten el desarrollo del proceso revolucionario en las próximas décadas.


[1] «Marx y Engels y el concepto de partido». Monty Johnstone.

[2] «Sobre la conciencia y la universalidad». Alain Arruti.

[3] La llamada «Bancarrota de la II. Internacional», proceso que pese a encontrar su más distintiva manifestación en el posicionamiento de los partidos que la integran ante la I. G. Mundial, se desarrolla en diferentes planos.