FOTOGRAFÍA / Zoe Martikorena
Joanex Artola
2025/12/03

El mundo se está polarizando. Las portadas de los periódicos están llenas de guerras, genocidios, sanciones económicas, etc. La crisis está aquí y ha venido para quedarse. La oligarquía occidental rezuma impotencia, ya que ni es capaz de dirigir la economía capitalista, ni de mantener el mundo bajo su control, y trata de dominar todo lo que se le escapa de las manos. Como se puede apreciar, dicho intento no se plantea en términos emancipadores, sino todo lo contrario. Esta dirección contraria es el fascismo, y como bien sabemos, es el reflejo de la cara más violenta del sistema capitalista.

El contexto para alimentar esos discursos no viene de la nada. Cuando la época llega a una situación extrema, también lo hacen los discursos: la reacción se radicaliza y el fascismo, con letra pequeña pero incesablemente, toma cada vez más espacio en la esfera pública. No es casualidad que cada vez estén más normalizados los comentarios contra los inmigrantes, planteamientos que ponen en duda la cuestión del machismo o pensamientos como que la pobreza no es un problema estructural, sino una “falta de inversión” personal. Todos los mencionados son elementos que dan pie, discurso y legitimación a un bloque fascista ya organizado.

Sin embargo, todo esto no se puede entender sin poner los elementos en una interacción dinámica: cuando se juntan el empeoramiento de las condiciones de vida de la juventud, la crisis institucional, la desilusión política generalizada y la simplicidad de los mensajes reaccionarios, surge el cóctel perfecto para que la reacción se pueda arraigar.

El programa político de la oligarquía occidental es una apuesta a favor del programa fascista. Dicho de otra forma, la política que impulsa la oligarquía de Occidente favorece al fascismo: económicamente, reflejado en el imperialismo salvaje; y políticamente, en el viraje autoritario. La elección a favor del programa fascista es consecuencia del colapso del bloque imperialista hegemónico.

Por un lado, hay que situar el marco general en la crisis histórica del sistema capitalista. Ya son varias décadas que el capital no es capaz de mantener su proceso de valorización. Es decir, no es capaz de abrir un nuevo ciclo de acumulación fiable. En consecuencia, la clase media se está proletarizando; sus capas se están empobreciendo y su nivel de vida integral está empeorando. De hecho, el capital no tiene recursos económicos suficientes para mantener la sociedad burguesa tal y como la conocemos hoy en día: la sanidad, el transporte y las prestaciones públicas son algunos ejemplos. Estamos hablando de la desaparición del estado de bienestar. La oligarquía está deshaciendo, o al menos, precarizando, poco a poco, toda institución que no resulte rentable. En ese contexto, en vez de ser un movimiento rompedor, la socialdemocracia está aceptando y aplicando las políticas de la oligarquía, disminuyendo así el apego que durante años ha existido entre la juventud hacia la socialdemocracia. Todo esto ha acarreado la despolitización y el alejamiento de muchos ante la política profesional. El proceso de despolitización juvenil de los últimos años se ve reflejado en las elecciones, donde los datos de participación de la juventud trabajadora son muy bajos.

Aunque el fascismo, aprovechándose de la despolitización y la incertidumbre de los jóvenes trabajadores, haga propuestas aparentemente radicales, no tiene ninguna herramienta para articularlas de forma colectiva y consciente con las condiciones sociales e ideológicas actuales,. He ahí la función histórica de la despolitización: desarticular el sujeto de clase y aislar al individuo, caracterizando como personales y psicológicos los problemas que son consecuencia de la crisis estructural capitalista. La despolitización no es pasiva; al contrario, es activa y tiene como objetivo esconder el antagonismo de clase. Como decía Marx: la clase dominante no solo tiene el control de la producción, también controla la producción de la conciencia.

La interpretación oficial que dinamiza la élite política y económica sobre la realidad ‒el discurso de la seguridad, el mito meritocrático de la competitividad, la criminalización del feminismo o la demonización de la migración‒ da una respuesta falsa y tóxica a la desorientación diaria que vive la juventud trabajadora

A su vez, la interpretación oficial que dinamiza la élite política y económica sobre la realidad ‒el discurso de la seguridad, el mito meritocrático de la competitividad, la criminalización del feminismo o la demonización de la migración‒ da una respuesta falsa y tóxica a la desorientación diaria que vive la juventud trabajadora. Así es como funciona la hegemonía ultraderechista: pone las condiciones para que los problemas sistémicos de las personas sean considerados como problemas individuales, y así, la reacción autoritaria se presenta como una opción “natural”.

Así es como funciona la hegemonía ultraderechista: pone las condiciones para que los problemas sistémicos de las personas sean considerados como problemas individuales, y así, la reacción autoritaria se presenta como una opción “natural”

Por otro lado, las propuestas de los partidos burgueses de izquierda para hacer frente a la crisis capitalista han fracasado. El intento de mantener el estado de bienestar ha fallado y muchas políticas llevadas a cabo por gobiernos de izquierda han resultado en el empobrecimiento de las amplias capas del proletariado; la clase trabajadora hemos perdido una gran parte de nuestro poder adquisitivo.

Centraremos nuestra reflexión política en ese contexto. Es importante hablar partiendo de la teoría de la crisis y del marco de desmantelamiento del bloque occidental capitalista e imperialista, situando la reacción y las contratendencias dentro, ya que existe una lectura errónea que identifica el carácter cruel de políticos profesionales o de la élite como causante de varios desastres sociales ‒aunque los oligarcas demuestren también crueldad e incluso psicopatía. Lo único que busca esta lectura es intentar convencer a la gente de que se puede cambiar la realidad social capitalista a través de las reformas institucionales de los políticos. Es decir, que si en vez de poner a Trump como presidente, hubiesen puesto a Kamala Harris, los problemas se solucionarían. No es nada nuevo, pero la lectura socialdemócrata actualizada no sirve para entender el funcionamiento de las cosas. En resumen, hoy por hoy tenemos que hablar de la crisis capitalista para poder hablar del auge del fascismo, no nos podemos limitar a la política institucional.

La juventud, y sobre todo, la juventud trabajadora somos huérfanos en este momento histórico: nos encontramos sin referencias políticas revolucionarias y emancipadoras, y, además, la política burguesa de izquierdas ha fracasado. Por si fuera poco, los grupos fascistas han empezado a organizarse, y alguno que otro con eficacia. Cuando la situación es confusa, cuando no hay referentes políticos, las condiciones dan pie a que los grupos fascistas se revindiquen como populares, como organizaciones de masas. Y en esa política e ideología sin rumbo, los grupos fascistas han conseguido funcionar con el apoyo de grandes plataformas electorales como VOX, desarrollando mientras tanto programas retrógrados y reaccionarios. Una gran cantidad de jóvenes ha empezado a trabajar organizativamente e ideológicamente con estos grupos.

En ese sentido, hay dos recursos ideológicos principales que utiliza el fascismo para atraer a la juventud: por una parte, presentan como problemas individuales todos y cada uno de los problemas fundamentalmente económicos y sociales. Ejemplo de ello es el elogio a la filosofía estoica, entre otros. “Si tu vida es miserable, es tu culpa” es el lema que utilizan los fascistas para esconder las miserias que crea el capitalismo. “Si no tienes trabajo, es porque no te has esforzado lo suficiente”, y pensamientos parecidos son los que ponen en el punto de mira a la clase trabajadora, ya que el fascismo tiene siempre en el punto de mira al más pobre, al que es expulsado de la dinámica social. No sorprende a nadie que los nuevos fascistas hayan comprado los mantras más grandes del liberalismo, ya que, al fin y al cabo, comparten el mismo marco ideológico, aunque quieran demostrar lo contrario.

El fascismo es también excluyente, siendo el nacionalismo que predica totalmente supremacista. Reivindica el supremacismo nacionalista, yendo en contra de mucha gente que pertenece a esa nación, sobre todo contra los trabajadores migrantes y las organizaciones revolucionarias. Busca, en todo momento, la enemistad entre gente de la misma nación. Así, favorece comportamientos que refuerzan el supremacismo; coloca su cultura y su modelo social por encima de cualquier otro, y ataca directamente a quienes no sean parte de ello. Varios ejemplos claros son los ataques callejeros contra las personas migrantes, los comunistas o del colectivo LGTB.

Por otro lado, toma centralidad la doctrina del irracionalismo. Utilizan filosofía irracional para hacer política. Filosofía irracional refiriéndose a la lógica, los argumentos y las conductas, al igual que a la premisa filosófica que la fundamenta, que utilizan para atraer la juventud a grupos fascistas. Todo lo mencionado tiene como objetivo quitarle racionalidad a cualquier discusión política sistemáticamente, haciendo uso de falacias ad hominem, sensacionalismo o mentiras. De la misma manera, recurren a plataformas digitales de la oligarquía para impulsar la irracionalidad. Como ejemplo, desde que X o Twitter pertenece a Elon Musk, no existe lugar para la discusión racional, la red social se ha llenado, en su totalidad, de bulos y mensajes de odio.

Los fascistas utilizan una filosofía irracional para hacer política. (...) Esto tiene como objetivo quitarle racionalidad a cualquier discusión política sistemáticamente, haciendo uso de falacias "ad hominem", sensacionalismo o mentiras

Esta irracionalidad se lleva a cabo, principalmente, mediante el comportamiento que toman los fascistas en discusiones políticas: basado en mentiras, idealismo y humo. No analizan la realidad y son populistas, en el mal sentido de la palabra. Por ejemplo, cuando acusan a los migrantes de ser los causantes de la falta de seguridad y piden el cierre de las fronteras, siendo estas propuestas inviables, no buscan dar solución a un problema concreto, sino difundir odio y sensacionalismo. Al fin y al cabo, no se responsabilizan de lo que dicen, ya que no tienen ninguna capacidad ni compromiso para asumir las consecuencias. He ahí la gran diferencia entre ellos y nosotros: nosotros nos comprometemos con la verdad, y no usamos bulos y mentiras para difundir nuestras tesis políticas; los fascistas, en cambio, sí, ya que no se responsabilizan ni asumen las consecuencias.

Hasta ahora, hemos caracterizado el fascismo como fenómeno, pero es importante, igual incluso más importante que hablar sobre el fenómeno en sí, hablar sobre la estrategia para hacerle frente. En ese sentido, vemos que se pueden desarrollar dos formas de organización antifascista: antifascismo institucional o antifascismo militante o de calle.

El antifascismo institucional ‒aunque se presente como el gran defensor de la democracia‒ ha convertido la lucha antifascista en una caricatura simple y despolitizada, en un mero moralismo burocrático usado para mantener el sistema intacto

Por una parte, el antifascismo institucional ‒aunque se presente como el gran defensor de la democracia‒ ha convertido la lucha antifascista en una caricatura simple y despolitizada, en un mero moralismo burocrático usado para mantener el sistema intacto. El Estado burgués, queriendo esconder su raíz autoritaria, define el fascismo como un problema estético, cultural o coyuntural, y nunca refleja cuáles son, en realidad, las bases materiales del fenómeno: el fascismo es una parte orgánica de la crisis histórica del capital y del programa político de la oligarquía.

El Estado burgués, queriendo esconder su raíz autoritaria, define el fascismo como un problema estético, cultural o coyuntural, y nunca refleja cuáles son, en realidad, las bases materiales del fenómeno: el fascismo es una parte orgánica de la crisis histórica del capital y del programa político de la oligarquía

Por eso, vemos que el antifascismo institucional cumple dos funciones: por un lado, desmovilizar a la juventud y a la clase trabajadora, dejando el antifascismo en manos de los “profesionales” y limitándolo a ámbitos legales y técnicos; por otro lado, criminalizar cualquier forma de lucha real y radical, igualando el fascismo y el antifascismo militante, presentándolos como “dos extremos peligrosos”,  y neutralizando así la lucha anticapitalista. Su discurso es falso: presenta el fascismo como un “problema de odio” o “consecuencia de la falta de tolerancia”, y así lo entienden, dejando de lado que es un producto histórico de la lucha de clases y una reacción política directa del Capital. De esa forma, para mantener su posición burocrática, el antifascismo institucional pide a la juventud que sea referente y no caiga en provocaciones, entre otros, para poder eliminar cualquier movilización autónoma u organización comunista. Mientras dice revelarse contra el fascismo, blanquea el orden político y social del capital: quiere convertir el autoritarismo en “seguridad democrática”, la expansión del estado policial en “defensa antifascista” y la represión en “una medida para proteger a la sociedad”.

Es indispensable que el antifascismo militante se convierta entre la juventud trabajadora en una tendencia política y cultural hegemónica en el contexto histórico actual. Para ello, debemos articular varias capacidades.

Para poder hegemonizar el antifascismo, desde el punto de vista cultural, es necesario que haya una organización y un discurso independiente entre la juventud, donde el fascismo no se presente solamente como “ultraderecha” o como un “peligro para la democracia”, sino como un proyecto político coordinado del Capital: un mecanismo histórico para el control social, para agilizar el proceso de proletarización y para anular la organización del proletariado. En ese sentido, las organizaciones comunistas de la juventud trabajadora, y la juventud trabajadora en general, somos una fuerza decisiva para poder educar a las nuevas generaciones en contra del fascismo, precisamente, para poder tener valores y comportamientos antifascistas consecuentes. Mientras la socialdemocracia quiere a la juventud como mera espectadora para ganar votos, los miembros de las organizaciones comunistas debemos estar en primera fila y tenemos que luchar contra el fascismo en todo tipo de espacios: en las calles, en las redes, en los institutos, en las universidades…

Es por eso que el antifascismo no puede ser únicamente una respuesta defensiva: tiene que convertirse en un proyecto político ofensivo y emancipador entre la juventud. A su vez, cabe señalar que es necesario introducir el antifascismo militante dentro de la lucha anticapitalista, ya que al fascismo hay que hacerle frente tanto ideológicamente como culturalmente. Eso implica, inevitablemente, erradicar el modelo social que sostiene y financia el fascismo.

El antifascismo no puede ser únicamente una respuesta defensiva: tiene que convertirse en un proyecto político ofensivo y emancipador entre la juventud

La tarea de la juventud trabajadora no es solamente hacerle frente al fascismo, sino que también tenemos que organizarnos para hacerle frente al orden social capitalista. El antifascismo debe servirnos como herramienta para reactivar la juventud como sujeto político, para poder actualizar la estructura de la organización comunista, activar luchas en barrios y lugares de trabajo, y sobre todo, para poder hacer del antifascismo y el comunismo una tendencia político-cultural hegemónica.

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