A toda consolidación y esclerotización de un determinado poder corresponde una creación más o menos artificiosa de un enemigo externo. Lo hemos visto, por ejemplo, en procesos revolucionarios que han fracaso o se han estancado, cuando han recurrido a la identificación del enemigo imperialista como medio para evadir la autocrítica de las contradicciones internas, en lugar de identificar a estas como elementos intrínsecamente unidos a la realidad imperialista, como manifestaciones internas de la misma.
Pero lo vemos, sobre todo, en los procesos reaccionarios de consolidación del poder capitalista de la burguesía que, entrado en crisis y descomposición, necesita construir un chivo expiatorio que permita unificar sus filas y afianzar su poder. El siglo XX se caracteriza por la polarización social en ese sentido, primero como polarización racial en el contexto de Guerra Mundial, y después como polarización política en la posguerra entre dos potencias que ya no antagonizaban en propuesta civilizatoría, sino que, en términos de poder y estabilidad mundial, ambas se erigían como elementos de contrapeso de un capitalismo global.
El siglo XX se caracteriza por la polarización social en ese sentido, primero como polarización racial en el contexto de Guerra Mundial, y después como polarización política en la posguerra entre dos potencias que ya no antagonizaban en propuesta civilizatoría
Son frecuentes, también en el seno de nuestra actividad política, los análisis sobre la función desintegradora que cumple el racismo en el seno de la clase obrera. Sin embargo, conviene incidir, además, en la función que cumple para unificar al sujeto capitalista, la burguesía y todos los estratos de clases acomodadas que pivotan en torno a ella. El racismo es, en la crisis capitalista contemporánea, una estrategia política, ideológica y cultural de la clase burguesa para constituir y afianzar su poder; no es un simple residuo del proceso social, es la manifestación consciente de ese proceso, su punta de lanza, que encuentra su fundamento social en la crisis capitalista del bloque imperialista europeo.
El racismo es, en la crisis capitalista contemporánea, una estrategia política, ideológica y cultural de la clase burguesa para constituir y afianzar su poder; no es un simple residuo del proceso social, es la manifestación consciente de ese proceso, su punta de lanza
La consolidación del sujeto reaccionario y fascista de la clase burguesa se fundamenta sobre la articulación de un enemigo externo. La crisis migratoria, el desplazamiento forzado de millones de seres humanos, no son considerados, consecuentemente, como problemas intrínsecos a la sociedad capitalista y a nuestra realidad social, sino que se entienden como exportaciones de países ajenos a la dinámica global del capital. Así, aunque en el mejor de los casos ciertos reaccionarios identifiquen la migración como problema capitalista, no lo hacen como problema inherente a su dinámica, sino como problema ajeno producido por los capitalistas para su propio beneficio. En ese sentido, la migración sería producida para interés del capital en el centro imperialista, y una posición anticapitalista significaría cerrar las puertas a las personas migrantes.
Ese análisis es, sin embargo, profundamente problemático. Más allá de que a determinados sectores de los capitalistas les interese importar mano de obra barata –que, como ya señalamos en un número anterior, ese es un a priori conflictivo y racista, pues se considera al migrante más barato por naturaleza y, por lo tanto, se descarta su integración en luchas sociales y políticas del centro imperialista–, no es ese el interés de todos –el excedente masivo de fuerza de trabajo supone un gasto ampliado para el capital–, ni puede ser considerado, por ello, un elemento esencial de la política burguesa y de su mundo ideológico y cultural. Muy al contrario, el interés de la burguesía es la consolidación de su poder económico, atrayendo para ello mano de obra barata de manera subordinada, y la consolidación de su poder político, constituyendo un sujeto cultural reaccionario que cumpla las veces de afianzar su poder en ambas esferas: la económica, porque permite abaratar el coste de la fuerza de trabajo, y la política, porque constituye un amplio sujeto social, integrando a grandes capas reaccionarias, que sirven como legitimación de su poder.
El interés de la burguesía es la consolidación de su poder económico, atrayendo para ello mano de obra barata de manera subordinada, y la consolidación de su poder político, constituyendo un sujeto cultural reaccionario que cumpla las veces de afianzar su poder
Así, el racismo, aunque disfrazado de política anticapitalista, cumple la función de consolidación de la sociedad capitalista, no solo de una manera negativa, esto es, destruyendo la unidad de clase del proletariado, sino también positivamente, ya que es el primer elemento consciente que posibilita la política burguesa como una política socialmente arraigada y de amplio poder social; es la punta de lanza de la reacción.
Para muestra, un botón: en el contexto de la IIª Guerra Mundial, contexto de crisis mundial, el “problema judío” era un tema que preocupaba a todas las potencias capitalistas europeas. La expulsión de judíos y las políticas racistas contra ellos se extendían por diversos países europeos. Los judíos eran, desde luego, a escala social, el chivo expiatorio que permitía a las diversas burguesías europeas afianzar su poder –así como a escala política lo sería el comunismo–. La unificación reaccionaria del sujeto burgués, aunque conflictivamente realizada mediante la guerra y la destrucción, tuvo como elemento fundamental el odio racial y el exterminio de los judíos, presente de manera consciente y preponderante en la estrategia política del nazismo. Si grandes capas de masas europeas apoyaron al nazismo, eso es, entre otras cosas, porque supo dar una respuesta a la crisis capitalista, cargando los problemas internos de cada una de las potencias sobre los hombros de los judíos que, según conveniencia, o eran tildados de capitalistas y grandes tenedores de dinero, o eran acusados de comunistas.
Más allá de ser un elemento contingente o atribuible a mentes enfermas, el exterminio de los judíos cumplía un papel subordinado al afianzamiento del poder de la burguesía, permitiendo legitimar socialmente al nazismo. Hoy, también, el racismo es un elemento que, incluso bajo las apariencias de anticapitalismo, permite a la burguesía no solo importar mano de obra, sino asegurar que esta sea barata y, además, azuzar la reacción aparentemente anticapitalista de la clase media que, con ello, no hace sino reforzar el poder de los capitalistas.
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