FOTOGRAFÍA / Irene Salvoch
Euskal Herriko Etxebizitza Sindikatu Sozialista
@EtxeSindikatua
2023/09/02

Hubo un tiempo en el que exploradores franceses viajaban al Nuevo Mundo e intercambiaban con las gentes que allí encontraban opiniones sobre los contrastes de la organización social de unos y otros. Gabriel Sagard, un fraile recoleto, fue uno de los primeros misioneros en Nueva Francia, y en sus viajes conoció a los clanes hurones que habitaban el actual Ohio, Ontario y Michigan. Sagard quedó impresionado con estos pequeños clanes, que se confederaban en tribus independientes, construían viviendas estables y vestían ropajes que perturbaban la moral del recatado fraile. Pero, sobre todo, quedó impresionado al ver que sus descripciones del viejo continente Europeo, su cuna civilizatoria, generaron desaire entre los hurones. Sagard les describió París, sus calles adoquinadas, sus obras de ingeniería como puentes o casas de varios pisos; sin embargo, cuando les contó que había barrios en los que los mendigos se apelotonaban, que había miles de personas sin hogar que vagaban por las calles parisinas en busca de hospedaje, pudo ver la profunda desaprobación de los hurones. Tras escucharle, habían deliberado: la sociedad europea les resultó terrorífica, un verdadero fracaso civilizatorio. El fraile francés escribió en sus narraciones sobre estos encuentros, “se creen mejores que los franceses” sentenciaba, y estas palabras llegaron a manos de intelectuales europeos como Locke o Voltaire. Ambos grandes rentistas y ambos creadores de uno de los principios básicos del liberalismo: el Estado como defensor de la vida, la libertad y como no, la propiedad privada. 

Siglos más tarde vemos cómo esos mismos cuerpos se apelotonan en las calles de las ciudades americanas: Boston, Nueva York, Detroit… Sin embargo, nadie habla de una civilización fallida. No hay un “otro” que juzgue desde la exterioridad, porque no existe una exterioridad al sistema capitalista. Y todos, inmersos en este sistema de dominación, somos incapaces de siquiera sugerir que otra forma de organización social radicalmente diferente es posible. Puede que para algunos los zombis del fentanilo sean aterradores, o que, para otros, las miles de personas desahuciadas cada día por no poder pagar una vivienda sean un reproche moral que hacer a instituciones y propietarios. Pero nadie puede siquiera enunciar que la erradicación de esos problemas vendría de la mano de una vivienda completamente gratuita, garantizada de forma universal y con un nivel de calidad superior a la media actual. Así, los límites de una sociedad determinada, el capitalismo, se nos muestran como unos límites objetivos e insalvables.

Pasa también, y para el caso que nos ocupa, por la concreción de ese horizonte estratégico en los múltiples ámbitos de la vida, que hoy se nos presentan como problemáticas parciales

La tarea que debemos abordar para cambiar estas determinaciones es inmensa. Pasa por la reivindicación de un programa político radicalmente emancipador, que en nuestro caso se concretiza en la construcción de un Estado Socialista como garantía de una sociedad sin clases. Pasa también, y para el caso que nos ocupa, por la concreción de ese horizonte estratégico en los múltiples ámbitos de la vida, que hoy se nos presentan como problemáticas parciales. Debemos saber explicar qué implica un Estado Socialista en lo que respecta a la vivienda. Pero todo ello, no puede ser un mero cúmulo de ideas, por muy bien enunciadas que estén; de hecho, de poco les sirvió a los hurones su crítica a los franceses. El dominio colonial se impuso sobre su poesía política y con los siglos, la sociedad capitalista fue impregnando cada poro del territorio. La hegemonía de las ideas no se construye ideológicamente, sino que necesita de un fundamento de poder. Por ello, además de un programa político, se necesita de mediaciones organizativas. No puede entenderse nuestra propuesta de intervención en las luchas salariales a través del concepto político de “autodefensa socialista” sin prestar atención al principal objetivo estratégico que le conferimos a los destacamentos comunistas en la actualidad, que es la construcción del Partido Comunista de Masas. Además, todo ello nos impone unas tareas inmediatas, que debemos abordar desde la centralidad estratégica, pero que podemos concretizar en el ámbito de intervención de la vivienda: hablo de la reconstrucción de la independencia política del proletariado, que implica una profunda ruptura con todos aquellos agentes que han integrado al proletariado en sus programas políticos como un elemento subordinado. Implica también la urgencia de generar estructuras eficientes en la politización del proletariado y eficaces a la hora de desarrollar luchas por la mejora efectiva de sus condiciones de vida actuales. A continuación, trataré de ahondar en todos estos elementos. 

ESTADO SOCIALISTA PARA LA CONSECUCIÓN DE UNA VIVIENDA UNIVERSAL, GRATUITA Y DE CALIDAD

La vivienda es un medio básico de subsistencia y, por ello, toda sociedad tiene que garantizar a su población el acceso a una. La sociedad capitalista lo hace dentro de los límites marcados por la ley del valor que la rige, es decir, siendo la vivienda una mercancía que produce ganancia para la burguesía y desposesión para el proletariado. Lo que denominamos el “problema de la vivienda”, por lo tanto, es un problema derivado de los fundamentos del sistema capitalista. Si para acceder a una vivienda hay que tener dinero, la calidad de la vivienda y la posibilidad de tener una dependerán siempre de la clase social. 

La sociedad capitalista lo hace dentro de los límites marcados por la ley del valor que la rige, es decir, siendo la vivienda una mercancía que produce ganancia para la burguesía y desposesión para el proletariado

La erradicación efectiva de este problema sólo puede venir de la mano de la abolición de este sistema. La abolición del capitalismo, además, sólo puede darse en términos positivos mediante instauración de un nuevo sistema socialista, un sistema caracterizado por una vivienda universal, gratuita y de calidad. El desarrollo de las fuerzas productivas, por vez primera en la historia, nos permite hablar de la posibilidad de un nivel de vida de calidad garantizado de forma universal. Esta posibilidad no es algo abstracto o utópico; esta posibilidad está contenida, amordazada, entre las relaciones sociales capitalistas y debe ser desatada. Es decir, existen las condiciones de posibilidad sin precedentes para garantizar un bienestar social, siempre y cuando se haga bajo una organización racional planificada de las capacidades sociales y productivas. Mientras el Estado burgués, subordinado económica y políticamente al capital, organiza los recursos según las necesidades de la ganancia, un Estado Socialista desarrollaría las potencialidades de todos esos recursos poniéndolos al servicio de una nueva racionalidad. Un sistema de vivienda superior que permita una nueva planificación y centralización de las capacidades, de los conocimientos, de las herramientas, infraestructuras, tecnologías… en fin, de toda la riqueza material e inmaterial producida por la sociedad. 

Sin embargo, todo esto es inimaginable para la inmensa mayoría de la sociedad. No porque sea un programa ininteligible o porque resulte demasiado complejo para la capacidad intelectual del proletariado, sino porque no existe como posibilidad real y, por lo tanto, no existe culturalmente. Por ponerlo de forma clara: la idea de una vivienda gratuita no es una idea especialmente complicada, todo lo contrario, y, aun así, antes se nos ocurre que para solucionar los numerosos problemas de la vivienda deberíamos bajar algo el precio –y el debate estaría en cuánto bajarlo y a costa de qué– que la posibilidad de una vivienda completamente gratuita. Esta limitación es extensible a prácticamente todas las problemáticas sociales capitalistas y tiene relación directa con la derrota militar, política y cultural del comunismo en la segunda mitad del siglo XX. En consecuencia, la mayor parte de programas políticos que se postulan como solución al problema de la vivienda lo hacen desde un fingido pragmatismo. Todas las propuestas, por lo menos las políticamente relevantes, son propuestas de reformas concretas que deben darse dentro del marco del estado burgués y las relaciones sociales capitalistas –control de precios, suspensión temporal de los desahucios, despenalización de la ocupación, acceso al crédito etc.–. 

Sin embargo, la urgencia reformista, el pragmatismo sindical y la retórica del “menor de los males” tienen poco de realizables. En parte, por los límites impuestos por la propia crisis de acumulación capitalista y el contexto de ofensiva generalizada a las condiciones de vida del proletariado, que merman el margen de maniobra para gobiernos de cariz más progresista. Pero, sobre todo, porque son programas incapaces de erradicar por completo los problemas derivados de la sociedad de clases. Las políticas redistributivas de la socialdemocracia están lejos de llegar a su límite económico, incluso las consignas del espectro reformista actual distan mucho de lo que en su día podrían haber reivindicado los grandes partidos de la socialdemocracia europea. Para el problema de la vivienda, la propuesta reformista se parece más a una suerte de política caritativa para pobres; en nada altera la forma social de la propiedad privada, no pone en tela de juicio ni en lo más mínimo la diferencia en el acceso y la calidad de las viviendas según la posición de clase, no revierte los mecanismos de expulsión del proletariado de su vivienda y reduce ésta a un mero medio de subsistencia. Estos programas de clases medias simplemente asumen que las divisiones sociales son insalvables y defienden su posición particular en el podio capitalista, protegiendo a la pequeña propiedad frente al proceso de concentración de capitales. Para el resto, una gestión más amable de la miseria. Por todo ello, la propuesta socialdemócrata no puede ofrecer un programa político de emancipación universal, debido en parte, a los límites económicos impuestos por la formación social capitalista –más si cabe en su fase actual de ofensiva generalizada a los salarios–, pero, sobre todo, debido a los límites políticos de un programa derivado de la posición social de la clase media, que relega al proletariado a un papel subordinado. 

Frente a todo ello, debe desarrollarse, también en el ámbito de la vivienda, una propuesta política que pueda hacer efectivos los intereses universales del proletariado. En este sentido, el recientemente creado Sindicato Socialista de Vivienda de Euskal Herria puso sobre la mesa una propuesta política que merece ser atendida. Es significativo que la presentación de un Sindicato de Vivienda nacional se haga de la mano de la socialización de su propuesta política para la lucha por la vivienda. En primer lugar, porque se aleja de la tendencia presente en muchos movimientos sociales a unir fuerzas sobre bases poco explícitas, generalmente identitarias y a menudo, instrumentalizadas por otros movimientos políticos. Frente a esta inercia, se constituye una organización con unas bases políticas claras, diseñadas a partir de la experiencia y validadas colectivamente. En segundo lugar, porque no se trata de una propuesta política hecha exclusivamente desde el ámbito de la vivienda, sino desde una centralidad estratégica que el Movimiento Socialista está tratando de construir. En concreto, son los Consejos Socialistas los que tratan de responder a la pregunta de cómo podría la lucha por la vivienda servir a la reconstrucción política, económica y cultural del comunismo, y no al revés. Y esto no es algo baladí, ya que el ámbito parcial de la vivienda no puede resolver de qué forma podría superarse efectivamente el problema de la vivienda. 

Hay que destacar que la propuesta política que se presentó el pasado junio no es un programa de reformas concretas: ninguno de sus puntos puede aplicarse por completo en la sociedad capitalista, y, al mismo tiempo, todos sus puntos pueden desarrollarse de forma parcial mediante reformas o a través de la organización y centralización de recursos y capacidades. Por ejemplo, pueden forzarse medidas específicas para la paralización de ciertos desahucios, pero mientras exista la propiedad privada, siempre se ejecutarán desahucios. Por lo tanto, se trata de una herramienta para la guerra cultural, y una guía para la lucha diaria por la vivienda. Se trata de hacer comprensible, a través de lo concreto, las potencialidades de un Estado Socialista; de que la superación de cada problema se comprenda a través de la reorganización completa de la sociedad. Esta propuesta política consta de cuatro principales puntos: la abolición de la ganancia capitalista y la instauración de una vivienda gratuita; la garantía de una vivienda para todas las personas, de acceso plenamente universal; la extensión de una vivienda de calidad y la extensión de los derechos políticos del proletariado y de la militancia política en concreto. 

Una vivienda gratuita, a costa de asaltar la ganancia capitalista. Contra quienes postulan que el problema es sólo el alto precio, apostamos por abolir los alquileres, las hipotecas y la deuda, por acabar con la especulación y el rentismo, tanto de la burguesía como de la clase media rentista. Decimos basta al negocio de empresas y Estados con la vivienda social de miseria y reivindicamos la expropiación, por parte del proletariado organizado, de las viviendas de fondos buitre y bancos. Ellos deben vivir mucho peor para que un bienestar mayor pueda garantizarse de forma universal. Asaltar la ganancia implica también luchar contra el urbanismo capitalista y la segregación clasista del espacio que éste produce. Además de la gratuidad, reivindicamos que todas las personas tengan acceso a una vivienda. El acceso universal a los bienes necesarios para la vida acaba con la desposesión histórica del proletariado, contra quienes plantean contrapartidas, filtros o juicios morales sobre las personas pobres. Esto implica que nadie pueda ser expulsado de su vivienda, que no existan filtros racistas, burocráticos y económicos que limiten el acceso para aumentar la ganancia. Pero, además, para que la vivienda sea para todas las personas, debe ser un espacio seguro, libre de agresores, caseros y policía. Y finalmente, hablamos de la calidad de la vivienda. La calidad es fruto de siglos de esclavitud asalariada, de la enorme riqueza social producida bajo el dominio de la burguesía, finalmente expropiada a los expropiadores, organizada y distribuida socialmente. Contra quienes reivindican una vivienda digna para el proletariado y le legan la calidad a la burguesía. Esto implica luchar contra la pérdida de calidad de la vivienda, contra los cortes de suministros y en favor de un sistema de vivienda que no la reduzca a su mínima expresión. Un sistema socialista de vivienda que garantice no sólo un medio de subsistencia, sino un medio para el libre desarrollo personal y colectivo. 

AUTODEFENSA SOCIALISTA COMO APORTE A LA CONSTRUCCIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA

Esta propuesta no pretende ser un documento político que simplemente busque adhesiones a un nivel ideológico; el avance cultural del comunismo no se dará por el simple convencimiento, sino mediante la superioridad organizativa y política de la organización comunista. Por lo tanto, es la organización la que le da sentido a esta propuesta. Es ésta la que señala constantemente los límites de la reforma y aplica estas consignas para avanzar aún más en la construcción del Partido Comunista. Y es ésta la que articula todas las fuerzas obtenidas a lo largo de las diferentes luchas por la vivienda en pro de un programa y una estrategia unitarias. En definitiva, la organización comunista y su programa deben ser la garantía de que las luchas económicas no alimentan el estado burgués y, al contrario, se unen en una enorme fuerza de combate y sirvan a la reconstrucción organizativa, política y cultural del comunismo.

Las luchas económicas son necesarias por pura supervivencia y siempre van a estar ahí, constituyendo la forma más básica en la que se manifiesta la lucha de clases y el espacio más inmediato en el que se agrupa el proletariado. Sin embargo, hay diferentes formas de intervenir en las luchas económicas, y nosotros abogamos por una: la que permita acumular las fuerzas articuladas en estas luchas en torno al proyecto político del comunismo. Para ello, proponemos el concepto de “autodefensa socialista”, una práctica que incluye la necesaria defensa de las condiciones de vida y la lucha por la mejora y extensión de estas condiciones, pero que trata de integrar las fuerzas obtenidas en el proceso de construcción del Partido Comunista. Así, el fin último no pueden ser las mejoras económicas en sí mismas, nunca definitivas, sino mejorar la posición de poder del proletariado en las luchas a través del desarrollo de sus instituciones independientes.

La que permita acumular las fuerzas articuladas en estas luchas en torno al proyecto político del comunismo

Para ello, el terreno de las luchas económicas es un terreno para la guerra cultural. Mediante ellas se evidencian los límites de la política burguesa, se extiende la experiencia de la organización independiente, aumenta la confianza en la potencialidad de las capacidades propias… En cada una de estas luchas el sentido común debe avanzar un paso más: parar un desahucio tiene que dejar de reforzar la cosmovisión burguesa y debe ser un granito más en la dirección de un nuevo sentido común; un sentido común que rechace todo tipo de desahucio porque rechaza la obligación económica y política de pagar una vivienda, basada en el hecho de que unos tienen y otros no. Pero no estamos hablando sólo de movilizar opiniones o de cambiar sentidos comunes. La hegemonía de un proyecto no se construye ideológicamente, sino a través de su fuerza política. Por eso, todas estas luchas deben ir dirigidas hacia la creación de instituciones proletarias, es decir, se trata de que las luchas salariales puedan servir para alimentar el control progresivo de la organización independiente del proletariado sobre los procesos sociales. Debemos integrar cada mejora en una nueva organización de la sociedad; se trata de arrebatar el control –privado o estatal– de la burguesía sobre los procesos sociales e ir integrándolo bajo la dirección democrática del proletariado. Las instituciones proletarias, organizadas en todos los ámbitos de la vida, irán integrando dentro de sí y bajo una nueva disciplina social lo arrebatado a la ganancia capitalista. En definitiva, se trata de emplear las luchas económicas para generar espacios de politización del proletariado y para construir una base sólida de cuadros técnicos, capaces de gestionar el mayor número de procesos sociales en el momento en el que pueda imponerse un control efectivo sobre el territorio.

IMPLICACIONES ACTUALES 

Todo lo dicho hasta ahora tiene implicaciones que deben tenerse en cuenta inmediatamente. De forma preliminar enumero cuatro de las principales tareas que deberían abordarse desde los agentes que trabajan en la lucha por la vivienda desde una perspectiva revolucionaria: en primer lugar, debe afinarse el análisis sobre las limitaciones de las que la lucha por la vivienda y sus principales agentes han adolecido hasta ahora. Este análisis no puede limitarse a las limitaciones de las tácticas sindicales, más o menos acertadas en algunos casos, sino que debe ahondar en las deficiencias estratégicas que han permitido relegar a estas iniciativas a un papel de “movimiento social” instrumentalizable por ciertos partidos parlamentarios. En segundo lugar, este análisis crítico debe servir como preludio para un debate profundo y sincero sobre las cuestiones expuestas previamente. Urge articular espacios de debate estratégico sobre la base de estos principios irrenunciables: la necesidad de construir una sociedad sin clases y sin ningún tipo de opresión, y el apremio de hacerlo mediante la construcción de la independencia política del proletariado.

La independencia política del proletariado no debe entenderse como la organización de espacios exclusivos para el proletariado sociológico, sino, como se ha venido apuntando, como la reconstrucción ideológica y organizativa de los intereses universales del proletariado, es decir, del proletariado como sujeto político revolucionario. Esto tiene implicaciones, también en la lucha por la vivienda: implica desembarazarse de los lazos que se han establecido entre estos espacios y organizaciones socialdemócratas. Implica, sí, una ruptura política a todos los niveles con las políticas reformistas; una revisión del concepto “movimiento por la vivienda” que aúna intereses interclasistas y la apertura de un espacio político propio. 

Implica, sí, una ruptura política a todos los niveles con las políticas reformistas; una revisión del concepto “movimiento por la vivienda” que aúna intereses interclasistas y la apertura de un espacio político propio

Por último, este proceso debe ir acompañado del desarrollo de una táctica sindical efectiva y en consonancia con los objetivos y principios antes mencionados. Esto implica reevaluar las tácticas empleadas por los sindicatos de vivienda y otras organizaciones sindicales y reformistas: muchas de sus herramientas nos serán útiles y otras deberán sustituirse. Existe un cúmulo de conocimientos acumulados en la práctica sindical que nos es plenamente útil –mecanismos de presión, conocimiento del enemigo, medios de agitación y propaganda etc.– y otras formas de funcionamiento que entran en abierta contradicción con nuestra comprensión de la autodefensa socialista –la burocratización, la elección preferencial de conflictos con grandes propietarios, la proclamación de consignas y reivindicaciones que atentan contra la unidad de clase y privilegian los intereses de unos sobre otros etc.–. Todo ello debe conducirnos a refinar un modelo de lucha salarial efectiva que sirva a la organización política del proletariado revolucionario a la par que a la mejora de las condiciones de vida actuales.

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