FOTOGRAFÍA / Bilboko Postal zaharren irudiak
Julen Cambra
2023/07/04

El arquitecto Gehry, quien se convertiría en el diseñador del museo Guggenheim, denominó tough city la ciudad de Bilbao. La capital vizcaína era una ciudad dura, desapacible y contaminada en la década de los 80. En palabras de Eskorbuto:

Mirarás al cielo y verás 
una gran nube sucia. 
No lo pienses, no lo dudes.
Altos hornos de nuestra ciudad.
Mirarás las fachadas 
llenas de mierda, llenas de mierda. 
Desde Santurce a Bilbao, 
vengo por toda la orilla. 
Somos ratas en Vizcaya, 
somos ratas contaminadas.

En la década de los 80 la situación de la ciudad era lamentable. La industrialización transformó el Gran Bilbao, porque el florecimiento económico construyó astilleros, puertos, muchas fábricas y extensas minas. Pero ese florecimiento dejó una huella gris, oscura y contaminada. En los años que siguieron, el Gran Bilbao, y especialmente Bilbao, sufrió un cambio urbanístico impresionante. El punto de partida de esa transformación fue la crisis del petróleo de 1973, que golpeó duramente al Gran Bilbao.

LA CIUDAD SIN FUTURO

La Segunda Guerra Mundial fue sucedida en los países occidentales por una dinámica de crecimiento; no obstante, las guerras, entendidas como crisis, son fuerzas destructoras del capital que resultan un gran freno. Así, fueron muy grandes las dificultades para impulsar la recuperación económica en la posguerra, y eso, junto con la integración del Estado y de la economía que ya se había dado en tiempo de guerra, «motivó» la necesidad de los Estados de intervenir en la economía. Pero más allá de la injerencia de los Estados, en las próximas dos décadas, «fueron los elevados beneficios los que permitieron el lujo de una producción para el despilfarro y a partir de ella la transformación aparente del capitalismo en una “sociedad de la abundancia” o en una “sociedad de consumo”» en Occidente [1]. El ciclo económico posterior a la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por la tasa creciente de la ganancia, la subida del gasto estatal y el aumento de la emisión de crédito, entre otros. 

Esa fue la edad de oro del capitalismo, que duró hasta que se agotaron los motivos de la política económica keynesiana. De esta manera, durante años los economistas propusieron controlar la tasa de desempleo y la inflación mediante el gasto público del Estado, es decir, defendían que era posible equilibrar el número de parados y la subida de precios. De hecho, según el economista A.W. Philips, cuando los precios y los sueldos aumentan el desempleo disminuye, y, a la inversa, los sueldos y precios descendentes generan el aumento del desempleo. Por lo tanto, a través de la intervención del Estado, aumentando o disminuyendo la inflación, podía mantenerse el equilibrio entre los dos elementos, siempre que se hiciera con el objetivo de mantener el «crecimiento económico». 

La crisis del 1973 no sólo demostró que esas teorías sobre la relación entre el sueldo, la subida de precios y el desempleo «falsean la función real» de la inflación, sino también que éstas no se adecuaban a la realidad: la subida del precio del petróleo impulsó la inflación, y, asimismo, aumentó la tasa de desempleo. En ese contexto, establecer políticas inflacionistas para reducir la tasa de desempleo sólo empeoraría la situación, y, por eso, eran inútiles las medidas intervencionistas respecto a la inflación. Esa situación se denominó estanflación, que consiste en el intento de «intentar obtener a la fuerza incrementos del beneficio en condiciones desfavorables para la producción de plusvalía» [2] y, de ese modo, el estancamiento económico no puede detenerse mediante la subida de la inflación. Así pues, la crisis era estructural, y las políticas intervencionistas derivadas de la teoría keynesiana habían fallado. Además, se demostró que esas medidas están subordinadas a las contradicciones del sistema económico, luego no tenían capacidad para evitar la crisis económica. Al contrario, no hicieron más que retrasar la recesión económica. 

La crisis era estructural, y las políticas intervencionistas derivadas de la teoría keynesiana habían fallado. Además, se demostró que esas medidas están subordinadas a las contradicciones del sistema económico, luego no tenían capacidad para evitar la crisis económica

La crisis del petróleo de 1973 llegó al Gran Bilbao y lo golpeó fuertemente. La ciudad había vivido un gran crecimiento económico a lo largo de las décadas de los 50 y 60, y la tasa de ganancia de las empresas había aumentado significativamente entre los años 1960 y 1973 [3]. Pero la subida del precio del petróleo tuvo consecuencias terribles en la industria de la capital vizcaína y, al igual que en la economía internacional, la crisis era estructural. Ciertamente, la violenta subida del precio del petróleo redujo el margen de ganancia de las inversiones y las empresas impulsaron el aumento de precios para hacer frente a la pérdida de beneficios. Eso supuso una serie de consecuencias interrelacionadas, expuestas aquí brevemente [4]: al bajar las tasas de ganancia, las empresas redujeron las inversiones y la industria decreció, y, por tanto, también descendió la actividad de las empresas de transporte, pues el movimiento de mercancías y bienes se redujo; así, sucedió una bajada de los sueldos reales que redujo la demanda, que a su vez supuso la pérdida de la industria de los productos de consumo. 

La crisis fue el comienzo del declive del Bilbao industrial. Grandes zonas industriales habían sido construidas a orillas del Nervión, que se extendían desde Abandoibarra de Bilbao hasta la Margen Izquierda y Erandio. Esas ocupaban amplias hectáreas, que moldearon y distorsionaron el tejido urbano: la burguesía creó un espacio a su medida, construyendo extensos núcleos industriales. Los astilleros, las fábricas de siderurgia y los talleres químicos ocupaban esas zonas industriales, y, en consecuencia, la producción de la ciudad estaba muy especializada. Respecto a la industria de Hego Euskal Herria, los sectores principales eran la industria siderúrgica y la química –en 1969 el 59 % de la producción de Bizkaia eran productos de metal, y el 13 %, en cambio, químicos [5]. La producción tenía un bajo nivel de diversificación, y, por consiguiente, las ciudades como Bilbao –Hamburgo, Glasgow o Rotterdam– fueron muy sensibles tanto a la subida del precio del petróleo como a la competencia externa. 

Así, desde el golpe de la crisis y a partir de 1974, la tasa de ganancia disminuyó sin cesar hasta el año 1985. A lo largo de ese tiempo la demanda se redujo, y, por si fuera poco, la competitividad –que con la apertura de la economía del Estado se convirtió en global– aumentó. Además, mientras que en los países desarrollados que en la década de los 70 no se había extendido la competitividad se daba la «aceleración de los cambios tecnológicos» [6]; la economía vizcaína se basaba en una tecnología bastante estandarizada, y sumada la dificultad para impulsar la inversión y las innovaciones en tiempos de crisis –debido a los bajos beneficios– no tuvo capacidad para generar nuevas actividades productivas. Se estaba imponiendo la nueva división internacional del trabajo, en la que los países desarrollados eran impulsores de una industria basada en la tecnología punta o la máquina herramienta. Sin embargo, el Gran Bilbao tuvo grandes dificultades para adecuarse a la nueva división del trabajo. Por un lado, porque no podía hacerle frente a la competencia del este y, por otro lado, porque la falta de inversión y la tasa decreciente de ganancia ahogaron los intentos de remodelar la industria. 

Se estaba imponiendo la nueva división internacional del trabajo, en la que los países desarrollados eran impulsores de una industria basada en la tecnología punta o la máquina herramienta. Sin embargo, el Gran Bilbao tuvo grandes dificultades para adecuarse a la nueva división del trabajo

En ese sentido, es necesario remarcar la influencia que tuvieron los Pactos de la Moncloa de 1977 en la economía y en el rumbo del Gran Bilbao, así como en la normativa del mercado laboral. El principal objetivo económico a corto plazo que tenían los acuerdos era hacer frente a la inflación y aumentar la tasa de ganancia, impulsando la bajada de los sueldos reales. Además, esos acuerdos buscaban la apertura del Estado español, para dar fin al cierre internacional de la era franquista y, por otro lado, para adaptarse a la nueva división internacional del trabajo que hemos mencionado. Además de eso, el turismo tomaría un gran volumen en la economía española, respondiendo a la división del trabajo a nivel europeo. Por si fuera poco, cambiaron las condiciones del mercado de trabajo –se abarataron los despidos, los contratos parciales fueron permitidos… en pocas palabras, se redujo el coste de la mano de obra–, y a partir de 1982 se impulsaron políticas para la reconversión industrial, que fueron aplicadas a trabajadores como los del astillero Euskalduna –indemnizaciones, jubilaciones anticipadas, reducción de la cantidad de trabajadores, despidos, etcétera–. 

En ese contexto, durante los próximos años se activaron las conocidas luchas sindicales, como las protestas contra el cierre de las fábricas Euskalduna, Altos Hornos de Vizcaya o Explosivos Río Tinto. Además de esas movilizaciones, en la década de los 70 se llevaron a cabo muchas otras huelgas y protestas: el 5 de noviembre de 1977 ocho sindicatos se manifestaron contra el desempleo, así como contra los Pactos de la Moncloa; los trabajadores de Bizkaia organizaron una huelga general en apoyo a los trabajadores de Babcock Wilcox, y el 11 de diciembre de 1979, contra el Estatuto de los Trabajadores. Se sumaron la crisis y el cambio de régimen; el Gran Bilbao industrial y el final del franquismo coincidieron, y las luchas de los trabajadores llenaron las calles. 

Pero, aunque las luchas de los trabajadores hicieran frente a los despidos y al cierre de fábricas, en la década de los 80 se vaciaron y abandonaron diversas zonas industriales. El proceso de desindustrialización avanzó y, por lo tanto, la vieja industria dejó una ciudad gris, sucia, estropeada y marginada. Las fábricas, minas y astilleros sólo dejaron residuos y contaminación a orillas del Nervión, como cantó Eskorbuto: de Santurce a Bilbao, había una gran nube sucia y se veían las fachadas llenas de mierda. El paisaje decadente y sombrío era el reflejo de la realidad que vivían los punkis de Santurtzi, la expresión de la crudeza de las vidas de los jóvenes de la época. La cifra de jóvenes desempleados en la década de los 80 era impresionante. En la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) [7], la tasa de desempleo de los menores de 20 años subió del 18,6 % al 71 % entre 1976 y 1982, y la cifra de aquellos entre los 20-24 años, subió del 6,6 % al 43,7 % en el mismo periodo de tiempo [5]. Así, pese a no haber datos específicos de la tasa de desempleo de los jóvenes de la Margen Izquierda, podemos creer que la tasa sería aún mayor. Las zonas industriales y los puertos más grandes estaban en la Margen Izquierda y el nivel de diversificación económica era muy bajo en esos barrios obreros, es decir, la mayoría de los jóvenes de la comarca trabajaban en la industria. La frustración se establecía sobre la juventud. La crisis era profunda y el futuro en la ciudad industrial era más oscuro que el cielo. El estribillo del lema «No future» de los Sex Pistols se hacía eco en el Gran Bilbao: «¿dónde está el porvenir que forjaron nuestros viejos?» [8]. 

Aunque las luchas de los trabajadores hicieran frente a los despidos y al cierre de fábricas, en la década de los 80 se vaciaron y abandonaron diversas zonas industriales

El paisaje urbanístico del Gran Bilbao estaba dominado por las zonas industriales: en 1991, 158 zonas degradadas ocupaban 150 hectáreas en la capital y otras 300 hectáreas eran fábricas que estaban en proceso de cierre, la mayoría propiedad de la empresa siderúrgica Altos Hornos de Vizcaya. Además, amplias zonas alrededor de la ciudad –3.500 hectáreas– habían quedado afectadas por las explotaciones mineras. La situación no varió demasiado en los próximos años y a finales de la década de los 90 las fábricas y puertos al borde del derrumbe tomaban 330 hectáreas del Gran Bilbao. Esas zonas representaban el 72 % de las zonas industriales abandonadas de la CAV. La situación de la Margen Izquierda era deplorable: dos tercios de todo el terreno calificado de la comarca eran puertos, minas y zonas industriales deterioradas [9].

TOUGH CITY: CAPRICHOS DEL POSTMODERNISMO 

Esa ciudad estropeada fue denominada tough city por el arquitecto Gehry, quien diseñaría el proyecto más importante del cambio urbanístico de Bilbao: el museo Guggenheim. El edificio representó el modelo, símbolo y punto de inflexión de la transformación urbanística en 1977, año de su apertura. Sin embargo, los planes de renovación de la ciudad habían empezado antes. Las instituciones comenzaron a diseñar planes de renovación a finales de la década de los 80, de forma tardía en comparación con otras ciudades desindustrializadas (como Glasgow o Rotterdam). En 1988 se puso en marcha Perspectivas 2005, con el objetivo de impulsar la «revitalización económica» del Bilbao metropolitano [10]. El proyecto consideró especialmente necesaria la revitalización del espacio metropolitano para impulsar el crecimiento económico local y, para ello, a nivel institucional se puso en marcha el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), así como la plataforma público-privada Metropoli-30. Entre los miembros de la asociación podemos encontrar a las instituciones públicas, Petronor, Iberdrola, la UPV o El Correo. Además, la sociedad anónima Bilbao Ría 2000 se encargó de la nueva urbanización del entorno de la ría, poniendo en marcha diferentes proyectos: el tranvía, la Alhóndiga Bilbao, el Hotel Melia, las nuevas urbanizaciones de Abandoibarra, los puentes de la ría…

El plan PGOU estableció tres funciones: la producción, la vivienda y «la mejora de la calidad urbana y la capitalidad regional de la ciudad» [11]. Para ello, el primer paso fue renovar la infraestructura de transporte y en esa dirección comenzaron a construir el metro, en 1989. Fue el ejemplo de la nueva orientación urbanística y arquitectónica: un urbanismo basado en proyectos singulares, que tiene por objetivo cambiar la imagen de la ciudad y que está patrocinado por firmas famosas. La imagen hipertecnológica y futurista del proyecto, transparente y totalmente desarraigada, fue la huella del Bilbao del futuro. Junto con el metro, en el año 1995 comenzaron las obras del nuevo aeropuerto de Calatrava, que siguieron un patrón similar, pues el diseño priorizó la forma a la practicidad y la calidad, como todas las obras del arquitecto valenciano. El aeropuerto buscaba la apariencia de «higiene, sostenibilidad, ciencia y tecnología del siglo XXI» [12]. Del mismo modo, se derruyeron los puertos de Bilbao y se trasladaron a la Margen Izquierda, ya que resultaba importante liberar terreno. Con ese objetivo las instituciones públicas invirtieron 630 millones de euros entre 1989 y 2005 y vaciaron 10 hectáreas en total. A finales del milenio se dotó a la ciudad de nueva infraestructura y se establecieron las condiciones que permitirían la renovación urbanística de la zona de Abandoibarra. 

De esa manera, los proyectos de infraestructura anunciaron en los últimos años de la década de los 80 qué tendencia adoptaría el urbanismo que se generalizaría en Bilbao a partir de la década de los 90. Un urbanismo basado en proyectos: «el tratamiento fraccionario, por partes de ciudad, que había sucedido a las visiones holísticas, se extrema en tratamiento por elementos cada vez menores» [13] y, por tanto, se toma una tendencia que «rechaza la visión holística», es decir, que no pretende llevar a cabo planes globales o totalmente integrados [14]. 

Un urbanismo basado en proyectos: «el tratamiento fraccionario, por partes de ciudad, que había sucedido a las visiones holísticas, se extrema en tratamiento por elementos cada vez menores» y, por tanto, se toma una tendencia que «rechaza la visión holística», es decir, que no pretende llevar a cabo planes globales o totalmente integrados

El proyecto principal de ese nuevo urbanismo fue el museo Guggenheim, símbolo internacional de la ciudad. El proyecto del museo que lo puso en el mapa fue impulsado por el gobierno de la CAV en 1991, junto con la fundación Guggenheim y la Diputación Foral de Bizkaia. El Gobierno Vasco estaba en busca del macroproyecto que fuera capaz de convertirse en la marca de la transformación de la ciudad y de atraer al turismo. Así, el director de la fundación, Thomans Krens, encontró las instituciones que estarían dispuestas a financiar todo un nuevo museo; en total, se realizó una inversión de 144 millones de euros. Los trabajos empezaron en 1993 y el museo del arquitecto Gehry abrió en 1997. El gigante de titanio sigue los principios de la arquitectura blob y biomórfica: es un tipo de arquitectura caracterizado por formas orgánicas, círculos y curvas, formas florales –desde la vista cenital el museo tiene forma de rosa–, mosaicos, uso de metal y cristal y, en general, la imitación de la naturaleza. 

A pesar de distanciarse mucho de los objetivos de Gehry, el museo Guggenheim sigue esos principios de imitación de la naturaleza o de las formas orgánicas. Sin embargo, según el arquitecto, las curvas y los materiales del museo quieren imitar la forma de los astilleros y las fábricas. El titanio y la piedra caliza pretendían representar la imagen de tough city de Bilbao. Es decir, su objetivo era reflejar la dureza y la fealdad de la ciudad, junto con las consecuencias de la desindustrialización. Ese es el rasgo distintivo de la praxis de la arquitectura postmoderna: aunque se trata de dos edificios casi indistinguibles entre sí, en el Walt Disney Concert Hall de Los Ángeles la arquitectura de Gehry imita la naturaleza, mientras que en Bilbao parece representar las consecuencias de la desindustrialización. Los vínculos con la realidad y la historia de la ciudad se generan posteriormente a la creación de la obra, vendiendo sin ningún tipo de vergüenza el estilo hipertecnológico y desarraigado como arquitectura local modernizadora.

De todas maneras, el museo Guggenheim es una de las expresiones principales de la arquitectura deconstructivista. Ese estilo, caracterizado por la oposición a la racionalidad y la simetría, tomó fuerza en la década de 1980. Pero más allá de la forma y el estilo, Gehry representa una de las principales corrientes postmodernistas, que desarrollarían los arquitectos Zaha Hadid o Eisenman a partir del 1988 [15]. Son los arquitectos que realizaron la «proyección espacial» [16] de la sociedad postindustrial y de las teorías del fin de la historia. Rompen por completo con los objetivos urbanísticos modernos y funcionalistas: la arquitectura funcionalista es racional, eficaz, carece de ornamentos y lujos y pretende organizar la vida. El arquitecto modernista se consideraba a sí mismo «reformador social», la vanguardia del desarrollo. Sin embargo, el arquitecto Venturi –el primer impulsor de la arquitectura postmodernista, autor del libro Aprendiendo de Las Vegas (Learning from Las Vegas)– rechazó esa idea y declaró que «como actividad artística, la tarea de la arquitectura era la de representar aquello que veía y no empeñarse en transformarlo». En efecto, para Venturi la arquitectura es un lenguaje artístico y, para él, la esfera del arte se sitúa fuera de los procesos sociales. Es decir, era partidario del arte sin objetivo, de hacer arte por hacer arte. 

Por lo tanto, el deconstructivismo pretendía dejar de lado el proyecto moderno y deshacer las certezas e identidades de la modernidad. Para eso, negaba los conceptos universales y el pensamiento racional, constituyendo con esas críticas el reflejo del capitalismo fraccionador y polarizador, así como el de una época marcada por la ausencia de referentes. En consecuencia, la arquitectura deconstructivista pretendía reflejar la fragmentación y la incoherencia, ya que las categorías y verdades del pensamiento occidental se habían desvanecido. Es decir, este estilo busca ser el reflejo de la realidad, no como metáfora crítica, sino como pura imitación de lo existente. 

Este estilo busca ser el reflejo de la realidad, no como metáfora crítica, sino como pura imitación de lo existente

En los tiempos de la victoria del capitalismo y las teorías sobre el fin de la historia, el posmodernismo enterraba los proyectos que pretendían transformar la realidad. Así, la arquitectura no debía discutir «lo que la rodeaba» [17], es decir, la realidad social no era su responsabilidad. Y como el único objetivo era el desarrollo de la forma artística de la arquitectura, «era mejor entregarse a la forma artística de la arquitectura y encauzarla hacia los fines comerciales que la sociedad posindustrial perseguía. El consumo, y no la producción, debía ser el centro sobre el que se expresase la forma de la ciudad». De este modo, las obras monumentalistas de los mencionados arquitectos deconstructivistas suelen constituir espacios especiales que han sido construidos para la cultura o el consumo. Más que la utilidad o la belleza de los espacios de los deconstructivistas, para los políticos, instituciones, arquitectos y urbanistas lo subrayable es la imagen, la marca que introducen los edificios. Lo que se valora es la capacidad de «poner en el mapa» la ciudad, es decir, la capacidad de atraer turistas y abrir oportunidades para la especulación. Como ha admitido el propio Eisenman, los arquitectos deconstructivistas «han convertido la arquitectura en una superficie decorativa» y este estilo «adquiere una importancia creciente en la medida en que la arquitectura se presenta cada vez más a través de imágenes fáciles de consumir por parte de un público pasivo». 

Pero la aplicación de la arquitectura deconstructivista no debería sorprender a los arquitectos estadounidenses. Las ciudades que tuvieron que adaptarse a la nueva división internacional del trabajo y hacer frente a la desindustrialización recurrieron a esos arquitectos y, en general, el objetivo principal fue el cambio de imagen de la ciudad. La transformación urbanística de Bilbao no es una excepción, donde la construcción del museo Guggenheim y la red de metro marcaron un punto de inflexión. En los próximos años serían muchas las zonas transformadas y reconstruidas, siempre sostenidas por firmas famosas: el metro y el Museo de Bellas Artes de Norman Foster, el museo Guggenheim de Frank Gehry, el aeropuerto y el puente blanco de Calatrava, la nueva Ribera de Deusto de Zaha Hadid, ahora la isla…

Mientras las orillas del Nervión se convierten en un parque temático –con el astillero, el puente, incluso la grúa Carola–, la transformación milagrosa de la ciudad al principio no se extendió a los barrios industriales de la clase trabajadora. En general, aunque en la década de los 90 se construyeran diversos macroproyectos, estos se caracterizaron por un modelo fragmentado –según las tendencias urbanísticas de la década de los 80–, pero también eran fraccionadores o polarizadores: en los lugares donde podía llevarse a cabo el proceso de revalorización –Abandoibarra, por ejemplo– la inversión era enorme, pero los barrios no céntricos –Otxarkoaga, San Ignacio, Errekalde…– o la Margen Izquierda no recibieron ningún cambio significativo en esos años. En pocas palabras, la polarización de la ciudad aumentó, porque por mucho que la crisis golpeara más fuertemente los barrios industriales de la Margen Izquierda que la capital, fue la segunda quien recibió la mayor inversión. En los barrios obreros, el brillo del milagro quedo cubierta por la oscura tormenta de la crisis.

Mientras las orillas del Nervión se convierten en un parque temático –con el astillero, el puente, incluso la grúa Carola–, la transformación milagrosa de la ciudad al principio no se extendió a los barrios industriales de la clase trabajadora

BIBLIOGRAFÍA 

[1,2] Mattick, Paul (2012). Crisis & Teoría de la crisis

[3,4,5,6] Arizkun, Alejandro; Franco, Helena eta Etxebarria, Goio (2002). Euskal Herriko ekonomia eraldaketa sozioekonomikoa Europako batasuneko integrazio-prozesuan. 

[7] Expansión (2023). Datosmacro.com 

[8] Eskorbuto (1986). Cerebros Destruídos

[9,10,11,13] Rodriguez, Arantxa (2002). Reinventar la ciudad: milagros y espejismos de la revitalización urbana en Bilbao. 

[12] Larrea, Andeka eta Gamarra, Garikoitz (2008). Bilbao y su doble

[14] Terán, Fernando (1996). Evolución del Planteamiento Urbanístico (1846-1996)

[15] La exposición sobre la arquitectura deconstructivista se hizo en el museo de Arte Moderno de New York, en 1988. Fue el comienzo de la elaboración del estilo. 

[16,17] Agulles, Juanma (2014). La tentación del vacío. Ciudad y arquitectura posmoderna.

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