Noticias de despidos, cierres de fábricas y deslocalizaciones abundan los últimos meses por Europa donde el sector automovilístico escenifica a la perfección la crisis industrial que vive el viejo continente. Las decisiones empresariales que se tomen ahora en Alemania y Francia, determinarán la producción en el resto de Europa, inclusive en nuestro territorio. Dado que los procesos de cierres industriales muestran varios paralelismos, la automoción servirá como ejemplo para analizar la situación.
Con el 6% del empleo de la UE, produce el 8% del PIB, dejando entrever su alta productividad en comparación con otros sectores. Y esto permite obtener un flujo de dinero y unos niveles de exportación sin los cuales Europa entraría en un grave déficit comercial. Pero el declive de la industria del motor ya está desatado, profundizará aún más en el desmantelamiento del estado del bienestar y golpeará de lleno a la clase trabajadora.
El declive de la industria del motor ya está desatado, profundizará aún más en el desmantelamiento del estado del bienestar y golpeará de lleno a la clase trabajadora
No se van a desglosar aquí las razones por las que la producción de coches está yendo cuesta abajo y sin frenos en nuestro continente. Más bien se intentará hacer un breve análisis de los conductores y pasajeros que participan en dicha deriva, así como el papel clave de los distintos bloques sindicales en los procesos de cierre de fábricas. Para ello, se partirá directamente del caso paradigmático de este declive: Volkswagen.
EL CASO VOLKSWAGEN
Volkswagen, la empresa con mayor número de empleados de Alemania, representa a la perfección el contexto de gripado del motor europeo, donde las piezas del tablero de la lucha de clases se escenifican nítidamente con los últimos acontecimientos. En este conflicto, que marcará un antes y un después, participan tres principales sujetos que determinarán su futuro industrial: la burguesía comandada por el capital financiero, los sindicatos burocráticos hegemónicos, y el movimiento obrero.
En septiembre de 2024 la compañía amenazó con reducciones del salario del 10%, despidos masivos, eliminación de convenios colectivos y, por primera vez en 87 años, cierres de fábricas en Alemania. El swing del capital financiero amenazaba con mandar la producción del Golf a México, y, alegando una falta de competitividad, forzar despidos y cierres para aumentar los beneficios.
La primera respuesta obrera
Cuando trascendieron las amenazas de cierres, la respuesta de los trabajadores no se hizo esperar. La solidaridad de clase desbordaba las previsiones, y el aliento fraternal que llegaba desde todo el país dignificaba el estado de incertidumbre en que vivían los obreros. El apoyo se expandió rápidamente entre familiares y amigos de los entornos locales, pero también brotó entre los compañeros de otras empresas como Daimler (Mercedes), Thyssenkrupp o Siemens, ofreciendo ayuda y colaboración: “Nos comprometemos a realizar actividades solidarias. ¿Qué ayuda necesitáis?” comentaba un compañero de Daimler.
La conciencia de clase empezaba a emanar en las fábricas. El comité de empresa de Daimler Truck Wörth se solidarizaba: “Os atacan, pero nos atacan a todos. (…) ¡estamos dispuestos a hacer huelga en todo el país!”. Una trabajadora de Thyssenkrupp declaraba: “Nunca he vivido nada parecido al trato que estamos recibiendo ahora. Están pasando a la ofensiva contra nosotros; nosotros tenemos que hacer lo mismo”.
Los trabajadores de Volkswagen respondieron con numerosas iniciativas independientes, y el 2 de diciembre marcharon en una huelga de advertencia de hasta 100 mil obreros, como escenificación de la voluntad de luchar de la gente. Mientras tanto, se estaban produciendo las negociaciones entre la patronal y el comité de empresa a puerta cerrada, y la clase obrera quedó relegada a una posición de retaguardia en espera de lo que negociaran sus representantes.
La determinación burguesa
Pero la lógica burguesa es inflexible en la búsqueda de beneficios y el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo. Esto es ley en el capitalismo. Por consiguiente, también es inquebrantable la disciplina de la burguesía para sacar adelante las políticas necesarias que garanticen la máxima ganancia. Aun con sus distintas expresiones políticas y pugnas interburguesas, esta racionalidad acaba por imponerse.
El agente que representa esta unilateralidad en el caso de VW es el capital financiero internacional. El grupo automovilístico está participado al 32% por la sociedad de cartera Porsche SE, al 26% por grandes fondos de inversión y bancos, al 14% por el fondo soberano de inversión de Qatar, al 13% por accionistas privados, y al 12% por el estado de Baja Sajonia. Estos accionistas, sumados a una deuda rampante de la empresa vigilada por los celosos mercados financieros, velan activamente por la maximización de la ganancia día y noche, y en época de crisis imponen medidas de reestructuración para retomar la senda de los jugosos dividendos.
En ese sentido actuó el comité ejecutivo, verdugo de las directrices del capital financiero. A finales de diciembre acordó con los sindicatos la eliminación de 35.000 puestos de trabajo hasta 2030 – ¡eso sí, de manera “socialmente responsable”! –, la congelación de los sueldos durante 5 años –en un contexto de inflación–, la supresión de ciertas bonificaciones y de la paga de vacaciones de 1.200 euros, y la suspensión de la producción en dos plantas entre 2025 y 2027, sin perspectivas de retomarla. Esto implica eliminar en menos de 5 años más de 1 de cada 4 empleos y coches fabricados en la actualidad.
Todo esto no de una manera torpe y burda, sino fríamente calculada. Buscaban quebrantar la unión de los trabajadores ofreciendo mejoras en la salida a los empleados con mayor experiencia e implantación, para conseguir anularlos sindicalmente; aumentando la competencia entre las plantas productivas –y los obreros– para decidir la asignación productiva de nuevos modelos; e invisibilizando el futuro de todos los asalariados de las industrias proveedoras y auxiliares. Tal como declaraba un empleado, “en lugar de permanecer unidos en solidaridad, se está enfrentando a los trabajadores entre sí.”
Tal como declaraba un empleado, “en lugar de permanecer unidos en solidaridad, se está enfrentando a los trabajadores entre sí”
Mientras tanto, el cometido de los políticos profesionales, como gestores del capitalista colectivo que es el Estado, pasaba necesariamente por asegurar las condiciones de acumulación. Dichas condiciones debían garantizar tanto la reproducción del capital como la reproducción de la fuerza de trabajo en un ambiente de “paz social” que permitiera una acumulación sostenida. Las declaraciones de Scholz, primer ministro de Alemania, fueron cristalinas: “Siempre se trata de que todos permanezcamos juntos y nos mantengamos unidos a pesar de los tiempos difíciles, de que la colaboración social sea el modelo para ganar el futuro juntos, no unos contra otros, sino unos con otros”. De lo que se trataba era de minimizar la lucha obrera, y más aún estando a las puertas de unas elecciones generales. Por supuesto, según ellos, el acuerdo fue una excelente noticia.
La cogestión de la burocracia sindical
Pero un pacto es un acuerdo como mínimo entre dos partes, y la clase obrera organizada no estaba en la mesa de decisión. El otro firmante eran las altas esferas del sindicato IG Metall, el mayor sindicato de Alemania, con más de dos millones de afiliados.
El sistema alemán de cogestión (Mitbestimmung) implica que todas las empresas con más de 500 empleados cuenten con representantes de los trabajadores en el Consejo de Supervisión. Este organismo es responsable de supervisar las resoluciones de la junta directiva y de ratificar decisiones estratégicas importantes, como inversiones, cierres de plantas o despidos. El objetivo de la ley de cogestión es, en teoría, promover la cooperación entre trabajadores y empleadores, mejorar las relaciones laborales y reducir los conflictos industriales.
Las élites de IG Metall tomaron las riendas de la negociación y se sentaron con la directiva para alcanzar un acuerdo. En su firme oposición a los cierres de plantas y despidos forzosos propuestos por Volkswagen, firmaron lo que denominaron como "milagro navideño". Gracias a este acuerdo, dicen que no se clausurarán fábricas, solo se reducirá la producción de automóviles en un 30%, dejando el futuro de varias plantas en la más absoluta incertidumbre; y tampoco habrá despidos forzosos, únicamente se procederá a realizar 35 mil despidos “socialmente aceptables”. La gerencia estará desconsolada.
Sarcasmos aparte, los empleados se enteraron del acuerdo a través de la prensa. Los canales de información estaban rotos o habían sido clausurados, resultando en una representatividad completamente escindida: sin delegados, sin votaciones, sin supervisión alguna.
Tampoco fue fortuito que las negociaciones concluyeran un viernes 20 de diciembre, justo antes de las vacaciones navideñas, cuando la organización obrera queda en gran medida paralizada. Lo que está claro es que los partidos políticos y el capital financiero querían evitar a toda costa una huelga extensa de un núcleo central del proletariado industrial en plena campaña electoral. La respuesta obrera aún está por ver, pero la sensación inicial es de ambivalencia entre los empleados de VW, y de enfado entre los trabajadores de las empresas auxiliares.
Los partidos políticos y el capital financiero querían evitar a toda costa una huelga extensa de un núcleo central del proletariado industrial en plena campaña electoral
SINDICALISMO Y POLÍTICA: UNA RELACIÓN ESTRATÉGICA
El sindicalismo ha variado según la época, el territorio, el régimen político o el estado de desarrollo del capitalismo. La lucha obrera difiere –cuantitativa y cualitativamente– en tiempos de expansión capitalista, y en épocas de cierres, deslocalizaciones y resignación generalizada.
En este último contexto, la función política de la burocracia de IG Metall ha sido la de sellar el pacto interclasista: embellecer los mandatos del capital financiero evitando una explosión obrera. En el fondo, se ha aceptado la reducción de la producción, la deslocalización y la bajada generalizada de los salarios. Se podría decir que la obediencia ha sido comprada, pero, en realidad, cabría preguntarse a cambio de qué. El modelo alemán de cogestión ha facilitado así colaborar en las decisiones estratégicas del capital, desde una perspectiva defensiva y con intención manifiesta de reducir la confrontación.
La función política de la burocracia de IG Metall ha sido la de sellar el pacto interclasista
Una confrontación entre clases que se ha visto mitigada pero agudizada, a su vez, dentro de la clase obrera. Y es que las mejoras en las condiciones de salida ofrecidas a los trabajadores de Volkswagen, con el objetivo de reducir drásticamente la producción, implican precisamente dejar fuera de juego a todos los demás empleados de las empresas proveedoras, que se verán inevitablemente condenados a más despidos y cierres. Y no son precisamente pocos. Tal como se explicitó cuando cerró la Nissan en Barcelona, por cada asalariado de la Nissan había casi 10 empleados más afectados en las empresas de los alrededores. Los trabajadores tienen claro qué implica firmar los 35 mil despidos incentivados de VW y la disminución de la producción: “¿No es eso morir a plazos?” se preguntan. Y sentencian: “Lo mismo ocurrió con los mineros de la industria del carbón. Jubilaciones anticipadas (…) amargamente compradas.” Enunciados que tranquilamente podría haber pronunciado Santa en la película “Los lunes al sol” y llevarnos de vuelta a la época de cierres de la reconversión industrial.
Pero sobre todo parece que se ha estrangulado todo potencial de respuesta y organización obrera. Esto es intrínseco al modelo hegemónico sindical imperante: se prioriza la negociación a la confrontación. La lucha solo es funcional en cuanto que mejora las posiciones en la mesa negociadora; solo se activa parcialmente y de manera controlada antes de la negociación. La estructura organizativa del sindicato incorpora estos principios quietistas, y anquilosa toda organización independiente: se destruyen los canales de comunicación, se vacían de contenido los marcos locales, se elimina la democracia interna y se escinde el sindicato en dos, una dirección de burócratas y unas masas latentes. Las condiciones para la lucha son ahora peores que al inicio del conflicto, se puede decir que la élite sindical ha cumplido su cometido.
Esto es intrínseco al modelo hegemónico sindical imperante: se prioriza la negociación a la confrontación
Aun así, no solo se han aceptado cierres y despidos, ya que se rumorea que algunas fábricas de coches, como la de Karmann, podrían reconvertirse a la manufactura armamentística. Y es que el futuro productivo de Europa no depende exclusivamente de los bienes de consumo, intermedio y de capital. El aumento del gasto público militar está haciendo que sectores tradicionales viren hacia la producción armamentística: la industria es hoy, cada vez más, industria militar.
Una producción en la que los sindicatos mayoritarios tendrán mucho que decir en esta nueva –vieja– tesitura de guerra. Sin querer caer en burdos paralelismos, el 2 de agosto de 1914, sindicatos y patronal acordaron prohibir huelgas y cierres patronales, prorrogando los convenios colectivos y manteniendo en marcha la mismísima maquinaria de guerra. Los sindicatos fueron un agente clave para determinar a posteriori la postura bélica del SPD en la Primera Guerra Mundial, con una gran influencia sobre este último, ya que lo duplicaban en afiliación e ingresaban 50 veces más dinero. Se convirtieron en el sujeto cohesionador del pacto interclasista, ofreciendo a la socialdemocracia una posición renovada ante los grupos de trabajadores organizados. Y hoy, en plena escalada bélica, se pueden llegar a dar ciertos paralelismos.
La industria es hoy, cada vez más, industria militar
Esta escalada bélica y auge reaccionario está siendo aprovechado a su vez por nuevos –viejos– agentes para presentarse de nuevo en el panorama laboral: los sindicatos fascistas. Cuando la aristocracia obrera no es económicamente viable ni políticamente necesaria, la burguesía necesita encuadrar las crecientes masas industriales proletarizadas bajo una salida de la crisis autoritaria y neutralizar las opciones revolucionarias.
Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo un 12,9% de los votos en las elecciones generales de 2017, pero entre los trabajadores industriales el apoyo fue del 15%. Aunque por ahora no son un agente central en el ámbito laboral, el sindicato fascista Zentrum Automobil se ha expandido en varias plantas de Mercedes, BMW y Porsche, y ha alcanzado el 10% de la representación. En una primera fase manejaban un discurso contra la existencia misma de la lucha de clases, pero a partir de 2015 empezaron a usar un discurso populista de arriba-abajo: arriba, la cogestión de “sindicatos monopolistas”; abajo, los trabajadores de a pie, que terminan siendo ignorados. Culpabilizan a los “sindicatos comprados”, desvirtuando los conflictos laborales, designando a un nuevo chivo expiatorio y eliminando la lucha de clases de la ecuación. El objetivo último es claro: confundir de enemigo para apuntalar la sociedad de clases.
Intervienen también en el ámbito laboral con una retórica fascista más clásica: con un discurso contra las élites y la globalización, y señalando a los trabajadores migrantes y más vulnerables. Todo esto desde una óptica ultranacionalista y obrerista. Buscan así blanquear a la burguesía, criminalizando a los trabajadores más vulnerables y cerrando filas siempre a través de un anticomunismo rabioso que busca precisamente neutralizar toda opción revolucionaria que organice a la clase obrera de manera independiente. Así lo escenificaron, por ejemplo, un Primero de Mayo en la presentación de otro sindicato fascista denominado “ALARM!”, en el que un hombre con el azul del AfD y un sombrero que recordaba a los de la SA nazi pintaba sobre el rojo del movimiento obrero. A fin de cuentas, cambia la época y el lobo muda el pelo, pero no el vicio.
La independencia política del movimiento obrero
El movimiento obrero, aunque de forma atomizada y no coordinada, también responde con propuestas y acciones concretas; ya que, si bien la lógica de la disciplina burguesa es inquebrantable, las medidas no lo son, y al final siempre se resuelven en la arena política de la lucha de clases.
En varios canales, entrevistas y asambleas insisten los obreros en que existen condiciones apropiadas para ir a la huelga: Volkswagen cierra un 2024 con beneficios milmillonarios gracias a la producción de las propias plantas que se quieren clausurar, y una huelga en el grupo automovilístico podría fácilmente expandirse a lo largo de toda la cadena de suministros debido a los lazos productivos. Quedaría por ver si la burguesía podría resistir el embate de un colapso de los beneficios y una paralización industrial masiva en el contexto de una crisis institucional.
Junto a la huelga, principal instrumento sindical, resuenan otras alternativas como las ocupaciones de fábricas y la implicación solidaria de la esfera social. Algunos recuerdan la experiencia de Ford Bochum en el 2004, que, con la amenaza de cierre inminente sobre la mesa, respondieron con paralizaciones y ocupaciones temporales de la fábrica, consiguiendo que la planta siguiera produciendo 10 años más. Unas acciones que lograron sentar un precedente gracias a la lucha que impulsaron y controlaron los propios trabajadores. Así lo exigen hoy también los empleados: “Lucha con IG Metall, pero toma el control de la lucha bajo tus propias manos antes de que se estanque.”
Aunque lo que sin duda más se escucha son las llamadas a la unidad organizativa y de acción entre los trabajadores de distintas empresas, a la unidad de clase. La burguesía busca mejorar las condiciones de salida de los empleados de VW para asegurarse la reducción de la producción en el medio y largo plazo, y esto deja completamente desamparados a los cientos de miles de trabajadores de las empresas aledañas, dividiendo y enfrentando a los obreros. Por eso, en multinacionales suministradoras como ZF o Thyssenkrupp se llama directamente a una huelga sectorial en contra de los planes de reestructuración de Volkswagen.
Este tiene que ser el punto táctico fundamental del proletariado industrial organizado ante este tipo de cierres en cascada; no dejarse engañar por los cantos de sirena de la burguesía con unas mejores condiciones de salida de los trabajadores más asentados. Si la burguesía actúa de forma unitaria y coordinada, la única manera de hacerle frente es precisamente consolidando la unidad de la clase obrera, por lo que el despliegue táctico de toda organización revolucionaria debe fundamentarse en la coordinación y agrupación de todos los trabajadores afectados directa e indirectamente, asegurando los intereses comunes en el corto y largo plazo. Consolidar esta unidad de clase permite ganar posiciones para futuras luchas –que vendrán–, superar prácticas localistas, y desarrollar una percepción más amplia y estructural de los conflictos. En definitiva, establecer las bases para generar una conciencia de clase que trascienda lo puramente sindical.
El despliegue táctico de toda organización revolucionaria debe fundamentarse en la coordinación y agrupación de todos los trabajadores afectados
Una conciencia que debe derivar en una política actualizada en dos cuestiones prioritarias para dar respuesta a los procesos de cierre actuales. Por una parte, la organización internacional de los trabajadores ante los cierres y deslocalizaciones. Ya han aparecido los primeros casos de organización obrera internacional en empresas como Amazon o Ryanair, coordinando huelgas más allá de las fronteras estatales para ganar eficacia en la ejecución de la huelga. Aunque sea una tarea difícil, resulta de máxima prioridad, ya que es la única manera de enfrentarse a la escala organizativa actual de la burguesía.
Por otra parte, hay que actualizar la respuesta obrera ante la escalada bélica. Una coyuntura que no nos es del todo ajena y que está haciendo que la producción militar coja cada vez más relevancia en el sector. Es necesario fortalecer la práctica internacionalista, agudizando la lucha obrera contra todo tipo de expresión bélica, inclusive en la industria y la logística. “También el terreno de la contrarrevolución es revolucionario”, dice Marx. Mecanismos de lucha no nos faltan, ya lo demostró el siglo pasado.
Todas estas políticas, que acaban por trascender lo meramente sindical, solo se pueden llevar a cabo satisfactoriamente a través del partido comunista de masas. Un partido que requiere de un programa crítico que esté a la altura de toda la realidad, que conecte con el proletariado y que vincule sus intereses inmediatos a una visión general unificadora que garantice la independencia de clase. En un contexto en el que la crisis sistémica resquebraja la fuerza vinculante de la política de colaboración de clases, la lucha obrera se abrirá camino, pero es necesario mediar organizativamente la iniciativa espontánea. Nuestra única alternativa es comprometernos de lleno, con el paso corto y la mirada larga, para actualizar el modelo del partido comunista también en el ámbito laboral.
Todas estas políticas, que acaban por trascender lo meramente sindical, solo se pueden llevar a cabo satisfactoriamente a través del partido comunista de masas
BIBLIOGRAFÍA
Bosch Alessio, Constanza Daniela y Gaido, Daniel (2012). El marxismo y la burocracia sindical. La experiencia alemana (1898-1920).
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