En invierno de 1976, el proletariado de Vitoria-Gasteiz levantó una gran ofensiva que cambiaría para siempre la historia del movimiento obrero vasco
El historiador Carlos Carnicero definió Vitoria-Gasteiz, en un libro escrito sobre el 3 de marzo, como “la ciudad donde nunca pasa nada”. Pero en el invierno de 1976, el proletariado levantó una gran ofensiva que cambiaría para siempre la historia del movimiento obrero vasco y condicionaría el rumbo de la Transición. En la capital alavesa, por una vez, ocurrió algo.
Antecedentes
Hasta mediados del siglo XX, Vitoria-Gasteiz era una ciudad pequeña. Además, tenía fama de conservadora, se decía que era una ciudad de “curas y militares”. Sin embargo, en la década de 1950, el desarrollismo franquista transformó de arriba abajo el paisaje económico y social de la ciudad. Este cambio económico provocó un rápido éxodo rural y la llegada de inmigrantes desde los pueblos de Álava, de territorios vecinos y desde la España rural. En 1970, el 58% de la población de Vitoria-Gasteiz había nacido fuera de la ciudad. Para acoger a los recién llegados fue necesario construir viviendas y surgieron nuevos barrios como Zaramaga, Arana, Abetxuko, Adurtza o Errekaleor. En ese contexto se creó un nuevo proletariado, en general muy joven y sin experiencia de lucha.
Aunque durante la Guerra Civil los franquistas se impusieron con facilidad, en la década de 1960 comenzó a germinar poco a poco la oposición antifranquista. Diferentes sectores sociales empezaron a organizarse, dando lugar a espacios de encuentro y socialización al margen de las estructuras de la dictadura. Por ejemplo, la Sociedad Manuel Iradier impulsó el renacimiento de la cultura vasca a través del montañismo y de las fiestas vascas en la cueva de Mairulegorreta. Del mismo modo, las asociaciones cristianas de apostolado obrero aprovecharon los resquicios legales del franquismo para reunir a los trabajadores en los centros de trabajo y en los barrios, con el fin de dar respuesta a sus necesidades. Entre otras iniciativas, fueron especialmente relevantes las impulsadas por el párroco Carlos Abaitua.
La oposición antifranquista en Álava era entonces más débil que en otros territorios de Hego Euskal Herria. Bizkaia y Gipuzkoa contaban con una tradición más larga tanto en el movimiento obrero como en el nacionalismo. En Navarra, por el contrario, aunque sociológicamente era más parecida a Álava, desde finales de los años sesenta se estaba tejiendo un movimiento obrero muy activo; de hecho, según los datos del Sindicato Vertical, en 1971 se situó entre las seis provincias más conflictivas del Estado.
Aun así, el proletariado alavés comenzó a dar algunos pasos. En 1969 hubo una huelga de un mes en la empresa Esmaltaciones San Ignacio. En ese primer paso del movimiento obrero se produjeron paros solidarios y colectas. El turno de Michelin llegó en 1972. Era la empresa más grande del territorio, con alrededor de 3.000 trabajadores. El conflicto se prolongó durante un mes, pero la empresa se impuso. No obstante, no fue una derrota total, ya que sirvió como aprendizaje para el movimiento obrero.

Del 20 de noviembre al 3 de marzo
El dictador murió el 20 de noviembre de 1975, pero no la dictadura. Aun así, el régimen se encontraba ya en una profunda crisis, desafiado por el movimiento obrero y la oposición. Aunque la represión era cada vez más dura, estaba perdiendo eficacia, e incluso el control de la calle estaba en cuestión. Por si fuera poco, la llamada crisis del petróleo golpeó de lleno a la economía española: la inflación y el desempleo crecieron de forma muy rápida. Tras la muerte del Generalísimo, el rey Juan Carlos y Carlos Arias Navarro encabezaron el primer Gobierno. Aunque prometieron cambios, no estaban dispuestos a emprender una verdadera democratización del Estado. En su lugar, pusieron en marcha un proyecto que combinaba reformas superficiales y represión, con el objetivo de mantener la esencia de un “franquismo sin Franco”.
El dictador murió el 20 de noviembre de 1975, pero no la dictadura. La represión era cada vez más dura, pero estaba perdiendo eficacia, e incluso el control de la calle estaba en cuestión
En ese contexto comenzó a gestarse la lucha del movimiento obrero en Vitoria-Gasteiz. En 1974, distintos sectores del movimiento obrero habían creado la Coordinadora Obrera de Vitoria (COV) como espacio unitario. En ella se reunieron militantes de sindicatos y partidos, personas sin afiliación y corrientes anticapitalistas y autónomas. El proletariado de Vitoria-Gasteiz era, en general, poco politizado y no participaba masivamente en las organizaciones de la oposición. Sin embargo, tras la muerte de Franco se abrió una ventana de oportunidad para el cambio y la vanguardia organizada fue ganando confianza.
La Coordinadora Obrera planteó en diciembre de 1975 una lista de reivindicaciones, lo que entonces se llamaba una “Plataforma Reivindicativa”. Frente a la inflación, el Gobierno había decretado la congelación salarial. Por ello, la principal exigencia fue una subida salarial general y lineal. Además, reclamaron la jubilación a los 60 años, el 100% de baja por enfermedad y el descanso en fines de semana. Esta plataforma unificó las luchas, ya que todas las empresas hicieron suyas esas reivindicaciones y, en cada centro de trabajo, añadieron sus propias demandas.
La primera fue Forjas Alavesas. A finales de diciembre presentaron a la dirección de la empresa reivindicaciones basadas en la plataforma de la COV. Comenzaron a celebrarse asambleas y se eligió una comisión de representantes entre los compañeros para poder negociar sin pasar por el control del Sindicato Vertical franquista. Al no recibir respuesta, a la vuelta de Navidad, el 8 de enero, iniciaron la huelga. Al día siguiente, los trabajadores de Mevosa también dejaron de trabajar. Esta era una de las fábricas más grandes de Vitoria-Gasteiz, con unos 2.000 empleados. Tras ellos, se sumaron muchas otras empresas.
En las semanas siguientes, el proletariado se sumergió en una dinámica de lucha intensa.
Las reivindicaciones iniciales eran de carácter económico, pero pronto la huelga adquirió un carácter político, en gran medida por la represión y también por el boicot al Sindicato Vertical. En lugar de negociar por las vías oficiales, en todos los centros de trabajo en lucha se celebraron asambleas para debatir el rumbo del conflicto y elegir comisiones representativas. Estos representantes debían rendir cuentas ante las asambleas y eran revocables. Además, negociar fuera del Sindicato Vertical era ilegal, por lo que muchos empresarios se negaron a negociar incluso por vías extraoficiales.
Al principio, la COV fue el motor de la lucha, pero a partir de cierto momento pasó a un segundo plano. Las movilizaciones eran dirigidas por las asambleas de trabajadores de las fábricas. Para coordinar todos los centros en lucha, los representantes de cada asamblea formaron una coordinadora: la Coordinadora de Comisiones Representativas (CCRR). Esta coordinadora, a su vez, organizó asambleas generales a nivel de ciudad. Estos espacios fomentaron la participación de los trabajadores y sirvieron para unificar y organizar la lucha. A través de la coordinadora y de las asambleas se reforzó el vínculo entre la vanguardia militante y las masas.

Poco a poco, el conflicto fue entrando en un callejón sin salida. Algunos empresarios rechazaron las reivindicaciones y comenzaron a despedir trabajadores. Los compañeros, sin embargo, acordaron no volver al trabajo hasta que todos fueran readmitidos, bajo el lema “todos o ninguno”. Del mismo modo, todas las asambleas acordaron no romper la unidad entre los trabajadores en lucha. No querían soluciones individuales y nadie volvería al trabajo de forma unilateral si la asamblea general no aprobaba una solución para todas las empresas.
A finales de enero decidieron sacar la lucha de las fábricas a la calle y comenzaron a realizar manifestaciones y a ocupar el espacio público. El 2 de febrero, unas 4.000 personas desfilaron por las calles de Vitoria-Gasteiz. La policía cargó violentamente contra ellos y disolvió la manifestación en el Portal de Arriaga.
Todas las asambleas acordaron no romper la unidad entre los trabajadores en lucha. No querían soluciones individuales y nadie volvería al trabajo de forma unilateral si la asamblea general no aprobaba una solución para todas las empresas
La represión fue en aumento. Se generalizaron las multas, las detenciones y la violencia contra los piquetes. Para denunciar esta represión, el 13 de febrero celebraron una asamblea general, que se convirtió en un encierro. Alrededor de mil personas decidieron pasar la noche en la iglesia de San Francisco. Desde allí convocaron una huelga general para el 16 de febrero.
En la víspera de la huelga, los trabajadores decidieron manifestarse. Vestidos con monos de trabajo, marcharon desde los polígonos industriales hasta el centro de la ciudad. Para sorpresa de la burguesía, los trabajadores de la periferia estaban llevando su lucha hasta el corazón de la ciudad. La primera huelga general, como se ha dicho, tuvo lugar el 16 de febrero. Hubo paros, manifestaciones y disturbios, pero la huelga no fue total. Se convocó otra para el 23 de febrero, pero esta segunda tuvo un seguimiento menor.
El poder en disputa
Según el historiador Jon Martinez Larrea, en aquellas primeras semanas de 1976 se produjo un choque entre dos modelos de poder o de democracia. Por un lado, estaba el Gobierno, que defendía una llamada “democracia autoritaria”. En pleno proceso de descomposición del franquismo, su legitimidad tenía un origen dictatorial, aunque era consciente de la necesidad de cambios. Hablaba de una democratización limitada y de reformas, pero mantenía la represión.
Frente a ello, los trabajadores vivieron directamente la experiencia de una “democracia proletaria”. Aquellas asambleas obreras mostraban la fuerza del movimiento obrero y reforzaban la idea de unidad. Tras cuarenta años de censura gris, se convirtieron en espacios de libre expresión. Fueron asambleas muy participativas que llevaron la dirección de la lucha. En aquellos días, uno de los lemas fue “todo el poder para las asambleas”. Las decisiones se tomaban por consenso o por votación. Los sectores contrarios a la huelga denunciaron que en aquellas asambleas se votaba a mano alzada, lo que, según ellos, condicionaba las decisiones por presión de grupo, y reclamaban el voto secreto. Los huelguistas, por el contrario, defendieron ese método como un modelo de democracia obrera.
Aquellas asambleas obreras mostraban la fuerza del movimiento obrero y reforzaban la idea de unidad. Tras cuarenta años de censura gris, se convirtieron en espacios de libre expresión
Esta dinámica impulsó la politización y organización de otros sectores de la clase trabajadora. Fue un proceso general de toma de conciencia. Por ejemplo, en los barrios también comenzaron a celebrarse asambleas, a través de las cuales se plantearon reivindicaciones sobre urbanismo y necesidades vecinales. Del mismo modo, estudiantes y trabajadores del sector bancario mostraron su solidaridad con los huelguistas y participaron en las movilizaciones.
En lo que respecta a las mujeres, la lucha asamblearia entre enero y marzo supuso un rápido proceso de empoderamiento. Tras cuarenta años de educación y cultura machista, comenzaron a participar en las asambleas. A través de ellas transgredieron el espacio cerrado del hogar y superaron valores y roles tradicionales. En algunos casos tuvieron que enfrentarse al desprecio y a los prejuicios de maridos o compañeros de trabajo. Con todo, reunieron el valor para hablar en público y muchas ocuparon el espacio público.

Fue especialmente destacable el desarrollo de las mujeres de la empresa Areitio. Allí la mayoría de la fuerza de trabajo era femenina. Frente a la pasividad de muchos hombres, las mujeres dinamizaron la asamblea y la lucha en la fábrica. Gracias a ello denunciaron la brecha salarial y las condiciones laborales devaluadas, así como la opresión añadida que sufrían las mujeres trabajadoras.
Las amas de casa también desempeñaron un papel ejemplar. A iniciativa de la CCRR, el 21 de enero organizaron una asamblea general de amas de casa. El objetivo era analizar cómo los bajos salarios y la huelga afectaban a las amas de casa y a las familias de los huelguistas. En la primera sesión muchas acudieron acompañadas por sus maridos, pero en las siguientes la asamblea fue desarrollándose y ganando autonomía en la lucha. Se organizaron para prolongar la huelga, por ejemplo, mediante colectas de dinero y alimentos. También realizaron movilizaciones propias, conocidas como las “marchas de las bolsas vacías”. El 12 de febrero, alrededor de 1.000 amas de casa recorrieron la ciudad con bolsas de la compra vacías para denunciar las penurias de los huelguistas y sus familias. Aunque no rompieron completamente el rol femenino impuesto por el franquismo, aprovecharon la huelga para dar el salto al espacio público y empoderarse.
La huelga y la masacre
Los dos primeros intentos de huelga general tuvieron menos éxito del esperado. Pero en el tercero, esta vez sí, el paro fue amplio y casi total. Michelin, la mayor fábrica de Vitoria-Gasteiz, no había participado hasta entonces, pero en al amanecer del 3 de marzo se sumó a la huelga. Además de las fábricas, muchos centros educativos y comercios cerraron. Desde primera hora salieron marchas y manifestaciones desde los polígonos hacia el centro. La policía cargó violentamente y se produjeron graves disturbios. Los manifestantes respondieron a las agresiones y a la violencia. Los agentes utilizaron armas de fuego y antes del mediodía varias personas resultaron heridas de bala.
Las fuerzas de seguridad se vieron desbordadas por la situación. A la hora de comer, la policía se retiró y la situación se calmó temporalmente. Sin embargo, para las cinco de la tarde estaba convocada una asamblea general en la iglesia de San Francisco de Zaramaga. Para entonces habían llegado policías de Burgos y Valladolid como refuerzo. Cuando llegó la hora, los alrededores de la iglesia estaban tomados. Dejaron que el templo se llenara de gente, pero cuando recibieron la orden del gobernador civil, desalojaron la iglesia por la fuerza. Lanzaron botes de humo al interior por las ventanas. Los huelguistas que se encontraban dentro, sin poder respirar, salieron en avalancha. Nada más pisar la calle, la policía los atacó con porras, pelotas y disparos. Como es sabido, allí mismo asesinaron a tres personas: Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente y Romualdo Barroso Chaparro. De los heridos, otros dos ‒ José Castillo García y Bienvenido Pereda‒ fallecieron en los días siguientes. El grito del proletariado fue silenciado a tiros y sangre. Los jefes policiales felicitaron por radio a los verdugos por el trabajo realizado: “hemos contribuido a la mayor paliza de la historia”.

Ante la agresión, la clase trabajadora respondió de manera ejemplar. Al día siguiente hubo huelga general en Navarra para denunciar los asesinatos. El 5 de marzo se celebró un multitudinario funeral cargado de tensión. La ciudad quedó profundamente conmocionada. El 8 de marzo hubo otra huelga general total, que paralizó las cuatro provincias de Hego Euskal Herria.
El grito del proletariado fue silenciado a tiros y sangre. Los jefes policiales felicitaron por radio a los verdugos por el trabajo realizado: “hemos contribuido a la mayor paliza de la historia”
La CCRR intentó dar continuidad a la lucha y convocó una huelga indefinida, pero tras la masacre el movimiento estaba exhausto. Además, la represión se intensificó. Decenas de personas fueron detenidas, entre ellas destacados líderes sindicales del movimiento obrero. Muchas otras tuvieron que esconderse para huir de la policía. El movimiento obrero quedó desarticulado. En la mayoría de las asambleas comenzó a hablarse de la vuelta al trabajo. En gran parte de los casos se decidió regresar en torno al 15 de marzo, de forma bastante desordenada.
Aun así, al volver, la situación interna en las fábricas era tensa. La experiencia de las asambleas seguía muy viva y los trabajadores se sentían empoderados frente a jefes y encargados. Aunque no se consiguió todo lo que se pedía en la plataforma, los empresarios se vieron obligados a aceptar las reivindicaciones económicas.
Consecuencias
El movimiento asambleario y unitario de Vitoria-Gasteiz supuso un serio desafío para el Gobierno, al enfrentar directamente su plan reformista con la democracia proletaria. Este modelo resultaba peligroso para el movimiento obrero vasco y español y podía extenderse a otros territorios. Por ello, la masacre del 3 de marzo no fue un exceso policial, sino la consecuencia de una orden política.
La represión tenía como objetivo cortar el movimiento de raíz y lanzar una advertencia al resto. Sirvió para acotar claramente los límites del proceso de cambio que se estaba poniendo en marcha en el Estado. Quisieron dejar claro qué se iba a aceptar y qué no. La intervención policial frustró aquella democracia proletaria emergente. Según el ministro Manuel Fraga, en Vitoria-Gasteiz se estaban creando “soviets”, y el Gobierno estaba dispuesto a hacer reformas, pero no a aceptar la subversión. Así lo expresaron a través de la prensa: “No se van a tolerar planteamientos anarquistas o utópicos. Que este triste ejemplo sirva de lección a todos los españoles en los próximos meses (…) El que no haya aprendido la lección de Vitoria él verá lo que hace”.
A partir de entonces, el proceso de cambio político quedó profundamente condicionado. Las huelgas de Vitoria-Gasteiz influyeron decisivamente en la Transición. Las iniciativas reformistas de Arias Navarro y Fraga fracasaron en gran medida gracias a los huelguistas. En junio, el presidente del Gobierno tuvo que dimitir y el rey nombró en su lugar a Adolfo Suárez. Se aceleró y facilitó la necesidad de llegar a acuerdos con la oposición moderada para restaurar el orden y reconstruir la situación. Con el nuevo presidente, el Gobierno se vio obligado a emprender el camino de la democratización, asumiendo el programa de la oposición, pero siempre sin una ruptura total. La oposición moderada aceptó el nuevo marco del Gobierno y buscó la legalización mediante la negociación. A partir de entonces, el movimiento obrero perdió protagonismo en el proceso de cambio.
Las movilizaciones entre enero y marzo dejaron una huella profunda en la ciudad. Vitoria-Gasteiz cambió para siempre. Desde entonces nunca volvió a ser aquella ciudad aburrida y conservadora. En los años siguientes, la memoria del movimiento obrero asambleario impregnó los movimientos sociales.