ARTEKA / Pertur
50 años de la ponencia Otsagabia. Un diálogo entre: pertur y kas
El joven ideólogo de ETA (pm) Eduardo Moreno Bergaretxe “Pertur” dejó un valioso testamento político antes de su desaparición: la ponencia Otsagabia de la VII Asamblea de la organización y el documento Arnasa, la teoría leninista del partido revolucionario más desarrollada en Euskal Herria, posteriormente falseada y olvidada.
50 años de la ponencia Otsagabia. Un diálogo entre: pertur y kas

La Transición española fue un momento decisivo y contradictorio para Euskal Herria: no supuso un simple cierre del franquismo, sino una reconfiguración de la dominación política en un contexto de lucha de clases acelerada. En ese escenario, el joven ideólogo de ETA (pm) Eduardo Moreno Bergaretxe “Pertur” dejó un valioso testamento político antes de su desaparición: la ponencia Otsagabia de la VII Asamblea de la organización y el documento Arnasa, la teoría leninista del partido revolucionario más desarrollada en Euskal Herria, posteriormente falseada y olvidada.

PERTUR Y LA PONENCIA OTSAGABIA

Eduardo Moreno Bergaretxe “Pertur” fue un militante comunista y abertzale de ETA, activo durante la última etapa del franquismo y el principio de la Transición. Nacido en Donosti, comenzó su militancia en un entorno castigado por la represión franquista y una actividad política fraguada en la clandestinidad, participando primero en círculos marxistas y posteriormente en ETA. Su trayectoria se caracterizó por una preocupación constante sobre la relación entre nacionalismo, socialismo y acción armada, así como por la búsqueda de métodos organizativos más sólidos que los que ofrecían las formas organizativas dispersas de la época. Excompañeros lo describían como un perfil teórico y un “hombre de acción” por igual, con enorme influencia dentro de la organización armada.

En verano de 1976, al calor de las primeras discusiones abiertas en las dos ramas de ETA sobre la estrategia y los intentos de reunificación entre ambas, Pertur, como miembro de la Oficina Política de ETA (pm), presentó la primera de las tres partes de la ponencia Otsagabia en la VII Asamblea de la organización. Aunque la historiografía suele tomar la primera parte, íntegramente redactada por Pertur, como si fuera toda la ponencia Otsagabia, existe una segunda que tuvo que concebirse tomando como base sus aportaciones tras su desaparición física el 23 julio, y una tercera que fue obra de Javier Garayalde “Erreka”.

Pertur, con tan solo 25 años, presentó este planteamiento ante la militancia de ETA reunida en un contexto de máxima tensión política: la dictadura franquista mostraba ciertos signos de apertura, las movilizaciones de masas desbordaban la legalidad del Régimen, surgían nuevas instituciones legales y semilegales, representantes políticos de la oposición negociaban un eventual encaje institucional, la confrontación con el Estado seguía siendo intensa y los ruidos de sable no callaban en los cuarteles. En medio de estas aguas revueltas, la ponencia buscaba sintetizar una estrategia clara para un partido-movimiento adaptado a los nuevos y contradictorios tiempos, capaz de actuar tanto en la clandestinidad como en los espacios de legalidad parcial que se iban abriendo para dotar al movimiento de liberación nacional vasco (MLNV) y a las fuerzas obreras y abertzales de un proyecto coherente frente a la dispersión que vivían. La intervención de Pertur, por tanto, no fue un capricho teoricista: trataba de orientar a la militancia sobre cómo actuar en condiciones extremadamente difíciles y cambiantes, evitando errores y pasos en falso que podrían arruinar las fuerzas acumuladas en la lucha clandestina y de masas del tardofranquismo. En resumidas cuentas, estas eran las ideas principales del esquema de Pertur en Otsagabia, que desgranaremos a continuación.

Análisis de la coyuntura histórica: la Transición como momento histórico abierto y contradictorio

Pertur basó su propuesta estratégica en la lectura de la coyuntura histórica concreta: la Transición. El ideólogo donostiarra no negaba en ningún momento el carácter teledirigido y burgués de la Transición, pero la concebía como una coyuntura abierta, contradictoria, fruto directo de la lucha de clases y, por tanto, disputable. No entendía la Transición solo como una maniobra consumada de continuidad del franquismo y planteaba una visión mucho más dialéctica del proceso: la muerte de Franco no cerraba el conflicto, sino que lo desplazaba por necesidad histórica y presión de las masas hacia nuevas formas de dominación, donde se introducirían elementos políticos basados en el consenso, las libertades formales y las instituciones de la democracia burguesa, ante los cuales no cabía quedarse de espaldas.

El ideólogo de ETA (pm) Pertur advertía que lo que venía con la Transición no era una dictadura puramente continuista ni un fascismo encubierto, sino una democracia burguesa con muchos elementos heredados del franquismo y ciertas particularidades. Por tanto, la revolución pendiente en Euskal Herria no podía ser una revolución democrático-popular donde había que forzar una negociación con el Estado, sino una revolución proletaria

Existe un documento relativamente desconocido y probablemente más importante que la propia ponencia Otsagabia, donde Pertur, entre otras cuestiones estratégicas, expuso esta visión sobre la Transición de forma más desarrollada; hablamos del documento Arnasa, Material de debate para las mesas del reagrupamiento, el primer número de la serie publicada por Euskal Iraultzarako Alderdia-Partido para la Revolución Vasca (EIA) en 1976. Aquí expuso su visión con una clarividencia que iba más allá de la coyuntura inmediata y realizó una anticipación teórico-política importante. El ideólogo de ETA (pm) Pertur advertía que lo que venía con la Transición no era una dictadura puramente continuista ni un fascismo encubierto, sino una democracia burguesa con muchos elementos heredados del franquismo y ciertas particularidades. Por tanto, la revolución pendiente en Euskal Herria no podía ser una revolución democrático-popular donde había que forzar una negociación con el Estado, sino una revolución proletaria. En Arnasa, Pertur argumentaba que, al no existir un campesinado masivo, el bloque de clases populares estaba integrado casi en su totalidad por asalariados en proceso de proletarización, por lo que la única revolución pendiente era ya la socialista. Esta distinción no era menor ni académica: definía el horizonte estratégico y el tipo de organización que se requería para esta tarea.

Como consecuencia, el terreno de lucha también se ampliaba y cambiaba. Pertur insistía en que este tránsito no podía leerse ni como una victoria ni como una derrota definitiva. Era un impasse arrancado por la lucha popular pero, al mismo tiempo, instrumentalizado por la oligarquía y el Régimen para recomponer su poder de clase mermado por la resistencia antifranquista. De ahí su advertencia central: si los revolucionarios no intervenían con una estrategia adecuada en este nuevo escenario, otros lo harían en su lugar, canalizando la movilización hacia salidas moderadas, integradoras y, en última instancia, desmovilizadoras. Esa lectura tenía una consecuencia política y organizativa directa: el MLNV no podía limitarse a la lógica anterior de clandestinidad armada y acción-represión. Pertur insistía en que sindicatos, movimientos populares, elecciones e instituciones locales podían funcionar como campos de lucha fértiles para organizar a la clase trabajadora, elevar su conciencia y disputar la hegemonía por un proceso revolucionario.

La dinámica acción-represión había alcanzado su techo sin que desembocara en la esperada insurrección general y la caída del Régimen, que ya daba pasos hacia una reforma decisiva tras la muerte de Franco

Ahora bien, esa intervención no implicaba confiar en la democracia burguesa ni integrarse en ella. Al contrario, veía la participación en estos nuevos espacios sin perder la autonomía política ni abandonar el horizonte revolucionario. La clave estaba en utilizar las grietas del sistema para fortalecer la organización popular y mantener vivo el conflicto, evitando que la Transición se consolidara como un nuevo cierre histórico favorable a la burguesía. El verdadero mérito de Pertur en Otsagabia y Arnasa fue realizar un análisis más objetivo de los cambios que se estaban produciendo dentro el sistema de dominación al final del franquismo. Supieron leer que la Transición no era solo continuidad, sino también una mutación cualitativa del Régimen hacia formas de dominación más sofisticadas. Por el contrario, KAS/ETA (m), más apegada a las ambiciones populares inmediatas y con un cierto subjetivismo aguerrido, no lo veía así: tendía a igualar la represión y las formas autoritarias del Estado con el fascismo de manera automática y sostenía que no podía hablarse de democracia burguesa mientras no se aceptara la Alternativa KAS. Sin embargo, esta visión de KAS y los milis logró conectar con una insatisfacción real y amplia en las masas populares que los polimilis no habían previsto, y esto condicionó profundamente el desarrollo político posterior. El esbozo de los polimilis, con mayor flexibilidad táctica, abría a su vez la posibilidad de una asimilación institucional rápida –como analizaremos después con Euskal Iraultzarako Alderdia (EIA) y Euskadiko Ezkerra (EE)–. Pero, en cualquier caso, el curso de los acontecimientos no siguió exactamente lo que preveían ni unos ni otros.

El Partido de los Trabajadores Vascos: una necesidad estratégica

Con esta lectura de coyuntura, la propuesta que deslizaba Pertur en Otsagabia y Arnasa era la de crear un Partido de los Trabajadores Vascos, no como una mera hipótesis difusa a medio plazo ni como una opción entre otras, sino como una necesidad urgente que imponía una serie de tareas concretas. Esta necesidad se derivaba directamente del balance que Pertur hacía de la actuación de ETA en el franquismo y de la evolución política determinante de 1975-1976. El punto de partida era claro: ETA había cumplido con éxito parcial su primera tarea histórica, la de agudizar las contradicciones del régimen franquista y contribuir decisivamente a la politización y radicalización del Pueblo Trabajador Vasco. Sin embargo, esa misma práctica había mostrado un límite estructural: la dinámica acción-represión había alcanzado su techo sin que desembocara en la esperada insurrección general y la caída del Régimen, que ya daba pasos hacia una reforma decisiva tras la muerte de Franco.

En aquel contexto, Pertur señalaba desde la ponencia Otsagabia que ETA no estaba en condiciones de ejercer la dirección política del movimiento de masas. Formulaba sin ambigüedades que el prestigio político del MLNV crecía, las organizaciones de masas se expandían, pero que la gente no entraba en ETA en el ritmo esperado. No por desradicalización, sino porque amplios sectores de la clase obrera vasca querían participar de forma organizada, estable y pública en la lucha política, algo que una organización político-militar clandestina simplemente no podía ofrecer. La propuesta concreta era la separación organizativa entre la lucha política y la lucha armada. No se trataba de abandonar la violencia revolucionaria –Pertur era explícito al respecto–, sino de reconocer que la dirección política del proceso revolucionario no podía ejercerse desde una organización armada profesionalizada en una coyuntura de apertura democrático-burguesa. Por tanto, el partido que proponía Pertur debía ser una organización estrictamente política, destinada a ejercer la dirección política del proceso revolucionario vasco, mientras la lucha armada clandestina se mantenía como una dimensión necesaria para aquella coyuntura, pero externa al partido y adecuada a las nuevas condiciones. Esta separación no negaba el carácter político-militar del proceso en su conjunto, pero rompía con la identificación orgánica entre partido y aparato armado que había caracterizado a ETA hasta entonces, una reflexión que originalmente era obra de ETA (m) y que Pertur y los polimilis acabaron adoptando.

Sin embargo, el partido que Pertur planteaba, muy a pesar de los reformistas y la historiografía oficial, no era un partido electoral al uso. Era definido con enorme precisión como “partido revolucionario de la clase obrera. Vanguardia del Pueblo Trabajador Vasco. Independentista, en tanto que reconocía a Euskadi (entendido como los siete herrialdes) como marco nacional autónomo de la lucha de clases. Dotado de teoría, estrategia y línea política propias, todavía por elaborar colectivamente”. Allí aparecía un elemento central: Pertur consideraba que ETA no había representado de forma nítida los intereses de la clase obrera y que en su seno habían coexistido siempre posiciones de clase con influencias pequeñoburguesas. En consecuencia, Pertur proponía que el nuevo partido formulara de forma consciente y clara estos intereses objetivos de la clase trabajadora, algo que la práctica armada por sí sola no podía hacer.

A nivel organizativo, el partido no debía ser un aparato civil cerrado ni clandestino. Aunque ilegal en aquel momento, su carácter estrictamente político le permitiría tener estructuras menos rígidas, funcionamiento basado en taldes locales, reuniones, asambleas, y mayor capacidad de intervención cotidiana en conflictos concretos que entablara la clase obrera vasca en su día a día. Es decir, un partido preparado para la lucha política de masas contra el Capital, no solo para la guerrilla urbana clandestina contra el régimen franquista o el parlamentarismo.

El nuevo papel de la lucha armada

Para poder acometer estas tareas políticas en estos términos, el MLNV debía reubicar la posición y el papel de la lucha armada. El pensamiento de Pertur ha sido deformado sobre todo en este aspecto por parte de la prensa y el discurso oficial: el donostiarra no planteaba un abandono de la lucha armada –especialmente teniendo en cuenta la cuestión de los presos políticos, la sangrienta represión y el riesgo real de involución–, creía que las armas tendrían que cumplir una función radicalmente diferente en la nueva fase, tanto en su función, como en su posición y su intensidad. Pertur consideraba que la lucha armada tendría que desempeñar un papel instrumental y subordinado: sería un medio más, subordinado a la estrategia política general, y estaría siempre condicionada por su utilidad social y política concreta. Es decir, si una acción armada aislaba al movimiento, cerraba espacios políticos o dañaba la acumulación de fuerzas políticas, era contraproducente y debía descartarse, aunque fuera militarmente eficaz y causara bajas significativas al enemigo. La función principal que cumpliría sería, por tanto, la de presionar y proteger, no librar la guerra popular prolongada de desgaste que ETA (m) ponía sobre la mesa.

El horizonte que marcaba Otsagabia apuntaba a la reducción progresiva del protagonismo del accionar de un grupo militante armado clandestino profesional, pero cabe destacar que no hablaba en ningún momento de eliminar la lucha armada

Como ETA (pm) creía que la organización armada ya no debía ser el motor principal de transformación, le asignaba funciones disuasorias y auxiliares, tales como ejercer presión sobre el Estado para forzar aperturas y concesiones en libertades políticas y económicas, proveer de autodefensa al movimiento popular frente a la represión y aportar garantías de que el proceso político de apertura no pudiera ser fácilmente neutralizado o articulado de forma excluyente para las fuerzas revolucionarias y rupturistas. La táctica armada, por tanto, tendría que ser selectiva, contenida y sometida a un cálculo político minucioso, con acciones selectivas de baja intensidad que evitaran víctimas civiles y escaladas automáticas, acompasándose siempre con la estrategia política, no por la lógica interna autónoma de las campañas del aparato armado y los comandos.

Pertur consideraba que la acción armada debía acompañar al crecimiento del partido-movimiento, no competir con él por el protagonismo y condicionar su terreno. En ese sentido, cobraba centralidad el concepto del coste político de cada acción: debía evaluarse minuciosamente por su impacto en la opinión popular, las alianzas y la legitimidad del proyecto en general. Si el coste político de una acción armada superaba el beneficio estratégico, el dirigente deducía que la acción carecía de sentido, incluso si fuese justa desde el punto de vista de la ética revolucionaria.

El horizonte que marcaba Otsagabia apuntaba a la reducción progresiva del protagonismo del accionar de un grupo militante armado clandestino profesional, pero cabe destacar que no hablaba en ningún momento de eliminar la lucha armada, sino más bien de reducirla cuantitativamente y dotarla de un sentido estratégico distinto para que su papel fuera relegado progresivamente a medida que el partido-movimiento ganara fuerza para enfrentar al Estado en otros términos.

Cambios organizativos: desmilitarización parcial de las estructuras

La crítica de Pertur al militarismo interno no era abstracta ni moralista, sino un análisis material de los límites concretos que esa centralidad armada había impuesto a ETA. La espiral acción-represión, eficaz en una fase concreta del franquismo, había alcanzado su límite: desarticuló a la vanguardia revolucionaria cuando más necesitaba una dirección política estable, como lo demuestra la eliminación física de Pertur, Argala y otros tantos militantes. Pertur lamentaba que la centralidad armada había generado clandestinidad extrema, compartimentalización, rigidez jerárquica, decisiones en círculos reducidos e incluso desconfianzas entre compañeros; dinámicas antirrepresivas que se habían vuelto un obstáculo para una política de masas que iba en aumento. Una organización político-militar no podía asumir conflictos cotidianos, celebrar asambleas abiertas ni mantener estructuras visibles cuando la clase obrera buscaba participar de forma activa y abierta tras décadas de terror fascista.

La dirección de EIA elegida en su II Asamblea, en 1977, marcaría un cambio de rumbo notable en el partido, dejando atrás las tesis de Pertur y provocando que varios miembros abandonaran la formación, por lo que no se puede achacar la responsabilidad política de esta deriva ni a Pertur ni a los comunistas que militaron en ETA (pm)y la primera EIA

Visto esto, Pertur planteaba una reconversión política de ETA: reducir el peso del aparato armado en decisiones estratégicas y separar organizativamente dirección política de práctica militar. No para liquidar la lucha armada, sino para que dejara de determinarlo todo. El partido propuesto funcionaría con comités locales, asambleas y debate interno. Frente a una lógica de aparato clandestino militar, defendía un modelo de centralismo democrático con cohesión ideológica e iniciativa desde las bases. Advertía contra identificar radicalidad con acción armada, o disciplina con obediencia acrítica, y defendía que la dirección eficaz requería de elaboración colectiva, análisis constante de la situación y conciencia de masas. Lo que cuestionaba Pertur no era el aparato armado en sí, sino su papel y su capacidad para dirigir políticamente, porque tenía la certeza de que mantener ese desfase generaría una paradoja: prestigio simbólico de una organización que no estaba en posición de ejercer la dirección efectiva de una clase en lucha.

LA DISCONTINUIDAD DE EIA-EE

La ponencia Otsagabia se cristalizaría posteriormente en la creación de EIA, pero este proceso político sucedió una vez desaparecido Pertur, por lo que no se le puede achacar la responsabilidad política de esta experiencia, especialmente teniendo en cuenta que EIA rompió con el esquema de Otsagabia. Según precisaba el recientemente fallecido Francisco Letamendia “Ortzi” en la obra El no vasco a la reforma, concretamente en el apartado sobre el desarrollo histórico de la Izquierda Abertzale, la mayor parte del documento Arnasa salió del puño y letra de Pertur, sirviendo de base teórica para la creación de EIA, aunque el manifiesto final de Gallarta lo redactaran Gregorio López Irasuegi y el propio Ortzi. Por tanto, la primera EIA –la que aún no había virado al eurocomunismo– tenía una clara inspiración leninista bastante ortodoxa introducida por Pertur. La declaración expresaba rotundamente que EIA venía a ser “un partido obrero abertzale en el camino hacia la construcción del partido revolucionario de los trabajadores de Euskadi”. En Arnasa se matizaba además el concepto de revolución popular que manejaba el ideólogo polimili: en el contexto vasco, sin campesinado masivo, la revolución no podía ser una fase democrático-popular previa, como planteaban KAS y los milis, sino directamente socialista, dirigida por la clase obrera. Y se alertaba de que el paso de la dictadura a la democracia formal obligaba a aprovechar los cauces legales sin entregarse a ellos, vigilando el reformismo y potenciando órganos de poder popular.

Posteriormente, EIA rechazó el boicot a las elecciones de junio de 1977 que proponía KAS y abandonó el órgano colectivo, presentándose junto con Euskadiko Mugimendu Komunista (EMK) bajo la coalición Euskadiko Ezkerra, que obtuvo varios escaños para el Congreso y el Senado. Tras las elecciones, celebró su II Asamblea el 8 y 12 de octubre de 1977, donde se eligió el primer Comité Central, el Comité Ejecutivo y a un secretario general, Mario Onaindia, una de las caras más visibles de los encausados del Proceso de Burgos. Esta dirección de EIA marcaría un cambio de rumbo notable en el partido, dejando atrás las tesis de Pertur y provocando que varios miembros abandonaran la formación, por lo que no se puede achacar la responsabilidad política de esta deriva ni a Pertur ni a los comunistas que militaron en ETA (pm) y la primera EIA. Figuras como Gregorio López Irasuegi o Iñaki Maneros, provenientes del núcleo de presos de Burgos,
defendieron posiciones revolucionarias y fueron por ello marginados por la nueva dirección encabezada por Mario Onaindia, que contaba con el apoyo de Erreka (el otro ideólogo de Otsagabia). Ortzi, quien ensayó una instrumentalización parlamentaria de tipo leninista, se bajó pronto del barco y pasó a las filas de Herri Batasuna al percibir la deriva oportunista de la dirección de EIA.

Por tanto, como recuerda Dani Askunze en el artículo Lucha de clases en la izquierda abertzale en los años 70 (Arteka, nº 16), se puede apreciar que la asunción de las tesis comunistas dibujadas por Pertur era minoritaria en la dirección de EIA y no tenía correlación en unas bases atraídas mayormente por el prestigio de resistencia antifranquista de ETA. Entonces, como decía Askunze, no fue un exceso de comunismo lo que desvió a EIA, sino la falta de su aplicación. En definitiva, la temprana deriva reformista impidió comprobar qué habría sido de una EIA en clave revolucionaria.

Lo que podemos afirmar hoy por hoy es que mientras Pertur y los comunistas de ETA (pm) concebían el partido revolucionario como organizador de la lucha de masas y dinamizador del poder popular, EIA acabó desplazando rápidamente el centro de gravedad estratégico hacia el parlamentarismo, transitando del marxismo-leninismo al eurocomunismo y del eurocomunismo a la socialdemocracia pura y dura en el plano ideológico. Además, el partido terminó resolviendo la tensión político-militar mediante un carpetazo a la organización armada tras un pacto con el Estado español, no mediante su subordinación política. En este sentido, la evolución de EIA puede entenderse como una salida parcial, unilateral y reformista al problema que Pertur había formulado en términos revolucionarios, una diferencia estratégica significativa que ha sido ignorada sistemáticamente.

DIVERGENCIAS CON KAS/ETA (M)

El contraste entre el esquema estratégico de Otsagabia y el planteamiento posterior de KAS/ETA (m) es el punto en el que su propuesta aparece con mayor nitidez y, al mismo tiempo, donde se entiende mejor por qué resultó imposible una reunificación de las dos ramas del MLNV. Aquí tampoco se trataba de una diferencia de matices, sino de dos lógicas políticas incompatibles, tanto en la concepción del poder como en la articulación entre política, actividad armada y organización.

ETA (m), con José Miguel Beñaran “Argala” a la cabeza, se acercó a las tesis propartido revolucionario propuestas por Pertur

Sin embargo, conviene no presentar estos dos modelos como fotos fijas: tanto ETA (m) como ETA (pm) atravesaron procesos de evolución internos, llenos de contradicciones y redefiniciones, donde el debate entre ambas estrategias fue a su vez el resultado de un proceso. Pese a las divergencias iniciales que motivaron la escisión entre milis y polimilis, ETA político-militar fue modulando su modelo organizativo, acercándose parcialmente a las concepciones milis sobre la separación entre lucha armada y lucha de masas, asumiendo el concepto de desdoblamiento propuesto inicialmente por los milis. Estos, por su parte, asumieron temporalmente la apuesta de crear un partido revolucionario de la clase trabajadora vasca en los términos de Otsagabia y Arnasa: ETA (m), con José Miguel Beñaran “Argala” a la cabeza, se acercó a las tesis propartido revolucionario propuestas por Pertur, una evolución recogida entre los números 65 y 67 de la revista Zutik. Así, en la VII Asamblea de ETA (pm) de 1976 se alcanzó el punto de mayor cercanía entre ambas ramas, con la asistencia de Txomin Iturbe y Argala, que realizaron aportaciones al texto final. Las conclusiones de aquella asamblea fueron aplaudidas desde el Zutik 67 de la rama militar, y por un breve momento optimista incluso se vislumbró posible la reunificación de las dos ETA apostando por la formación de un partido revolucionario de los trabajadores. Como consecuencia, tanto los milis como los polimilis conformaron KAS en un principio, hasta que la dirección de ETA (pm) decidió abandonar la mesa tras las negociaciones con el Estado y la participación unilateral e incondicional de EIA en las elecciones, enterrando la unidad de la Izquierda Abertzale y frustrando la hipótesis del partido revolucionario.

Por tanto, se aprecia que la oposición entre ambas ramas no fue un punto de partida inmutable, sino el resultado de un proceso histórico complejo y cambiante que avanzaba rápidamente. El modelo de Pertur aparecía más nítido que el de los milis desde el principio, pero no tuvo un desarrollo político en la práctica. Las diferencias de fondo terminaron siendo insalvables: mientras los milis dotaban a la lucha armada de un carácter ofensivo, la concebían como vanguardia y establecían unas condiciones y unos objetivos muy delimitados para participar en las instituciones, los polimilis veían las armas como disuasorias y apostaban por aprovechar todos los espacios legales, una confrontación de ideas que plasmaron en los números 68 y 69 de Zutik.

La primera divergencia afectaba a la relación entre política y aparato armado. En el planteamiento de Pertur, lo que debe mandar es la política general. Como hemos visto, la lucha armada no desaparecía en el primer planteamiento de los polimilis, pero quedaba subordinada a una estrategia política más amplia, era evaluada en función de su utilidad concreta y de su coste político, y se concebía como reducible y reversible. El partido revolucionario que formulaba como hipótesis debía disponer de una autonomía real frente al aparato armado, precisamente para poder ejercer una dirección política eficaz en una coyuntura cambiante.

En KAS/ETA (m), por el contrario, el conjunto del MLNV giraba en torno a ETA, como ya se había plasmado en el Agiri fundacional de ETA militar de 1974 y se reafirmaría más adelante en el documento de fusión milis-berezis que consolidó su modelo en 1977, planteando que la lucha armada es “el único elemento verdaderamente inasimilable por la burguesía”. Por tanto, el aparato militar no era un instrumento más; era el instrumento, el eje vertebrador del proyecto. Es por ello que en la Izquierda Abertzale se han referido históricamente a ETA como erakundea (la organización), por mucho que el MLNV estuviera dotado de varias organizaciones. Lo político acompañaba, legitimaba y amplificaba lo militar, pero no lo dirigía. KAS funcionaba como un bloque estratégico cuya cohesión dependía, en última instancia, de la centralidad de la organización y de la fuerte disciplina que esta establecía. Esto no era un detalle organizativo menor, puesto que creían que el control del aparato armado sobre el resto del movimiento era la garantía para evitar desviaciones liquidacionistas.

Esta diferencia se expresaba con especial claridad en la concepción de la lucha armada. Pertur rompía explícitamente con la idea de la guerra popular prolongada o de una escalada automática como motor del proceso revolucionario. La violencia revolucionaria profesionalizada cumpliría las mencionadas funciones limitadas y se inscribía en un horizonte implícito de desactivación progresiva, condicionado por la evolución de la correlación de fuerzas y por el avance de la organización política revolucionaria de masas.

Para KAS/ETA (m), en cambio, como su base programática era interclasista y su objetivo estratégico una ruptura democrática, la lucha armada constituía el motor del conflicto, el único elemento que impedía la integración en el sistema y el garante último de que no se produjera una “traición”. Por tanto, aunque KAS/ETA (m) hablara de “acumulación de fuerzas” en todos los frentes, esta se encontraba al servicio de la estrategia armada, y renunciar a aquella centralidad equivalía, desde su perspectiva irreductible, a renunciar a ser un movimiento de liberación nacional. El Zutik 69 de 1978 formalizó este esquema, situando al frente revolucionario bajo dirección militar, una línea que también aparece en el documento de fusión milis-berezis y en la posterior formalización de KAS como bloque dirigente, cuyas tesis se recogen también en anexos de HASI ya en los años 80.

La incompatibilidad se ampliaba al terreno de la relación entre partido y movimiento. Pertur concebía el partido como un partido-movimiento basado en un centralismo democrático donde cabía cierta pluralidad revolucionaria, permeable socialmente, no monolítico y encargado de organizar, articular y potenciar el movimiento popular sin sustituirlo ni disciplinarlo en bloque. El pluralismo interno no era un problema que se debía erradicar –siempre que no adoptara la forma de tendencias organizadas–, sino una condición para una política viva y capaz de adaptarse a situaciones complejas. KAS/ETA (m), por el contrario, planteaba organizar el MLNV como un movimiento nacional-popular articulado en frentes especializados integrados en un bloque altamente disciplinado. En este esquema, el pluralismo interno aparecía como un riesgo de fragmentación o de desviación estratégica, mientras Pertur veía riqueza política y capacidad de corrección.

Pertur y los polimilis advertían de un riesgo muy concreto: si ETA mantenía una estrategia de alta intensidad, centralidad armada y rechazo total de la táctica institucional, acabaría aislada socialmente y atrapada en una dinámica militar represiva cada vez más cerrada

La lectura de la Transición termina de cerrar el choque entre ambas visiones. Para Pertur, recordamos, se trataba de un proceso abierto y profundamente contradictorio en el que coexistían avances parciales arrancados por la lucha, las tentativas de cierre autoritario y el riesgo de consolidar la dominación burguesa bajo nuevos términos. En ese contexto, Pertur y los polimilis veían un margen de disputa tanto dentro como fuera de las instituciones, y que el conflicto podía –y debía– reconfigurarse, no limitarse a escalar cuantitativamente. Para KAS/ETA (m), en cambio, la Transición era fundamentalmente una reforma controlada y cerrada, diseñada para integrar y neutralizar a la oposición y las fuerzas revolucionarias. Entrar en sus instituciones, desde su punto de vista, equivalía a legitimarlas y a caer en la trampa del Estado. Aquí se produjo el choque frontal: Pertur creía que se podía jugar en varios tableros a la vez sin renunciar al conflicto; KAS consideraba que esa era precisamente la estrategia del enemigo. Esta desconfianza hacia la participación institucional por parte de los milis quedó plasmada en los Zutik 68 (1977) y 69 (1978), donde criticaban abiertamente la participación electoral sin condiciones.

Pertur y los polimilis, por su parte, advertían de un riesgo muy concreto: si ETA mantenía una estrategia de alta intensidad, centralidad armada y rechazo total de la táctica institucional, acabaría aislada socialmente y atrapada en una dinámica militar represiva cada vez más cerrada. La propuesta de Pertur para el futuro de ETA no era una derrota encubierta, sino una salida estratégica a la lucha armada que permitiera evitar la marginalización del MLNV e impulsar una escalada política revolucionaria más amplia donde las armas pudieran cumplir un papel auxiliar, una línea trazada tanto en Arnasa como en la propia ponencia Otsagabia.

LA DOBLE RAZÓN PARCIAL Y LA TRAGEDIA POLÍTICA POSTERIOR

La imposibilidad de una síntesis entre el esquema perturiano y la arquitectura estratégica de KAS/ETA (m) no fue un accidente ni el resultado de errores personales o coyunturales. Fue la expresión de una doble razón parcial que, al no poder integrarse, acabó anulándose mutuamente. La tragedia política que podemos apreciar con el privilegio de la perspectiva histórica nace precisamente de que ambos aciertos parciales se desarrollaron en marcos estratégicos incompatibles.

Por un lado, la advertencia del riesgo de integración que KAS/ETA (m) realizó sobre la participación institucional fue acertada en cierta medida. En el Zutik 69 identificó que, a pesar de los intentos de ruptura revolucionaria por parte de distintas fuerzas, el proceso corría el riesgo de ser reconducido como una reforma controlada del franquismo, diseñada para garantizar la continuidad de los pilares fundamentales del poder: el sistema capitalista y la unidad territorial del Estado. La estructura de clases, la monarquía, el aparato judicial, las fuerzas represivas y “la unidad de España” permanecieron intactos, mientras la oposición era integrada progresivamente o neutralizada por medio de la represión. Desde esta perspectiva, las elecciones, las autonomías y la legalización de partidos no aparecían como conquistas neutrales. El Estado ofrecía la posibilidad envenenada de “hacer política” en su terreno a quienes aceptaran sus reglas, pero esa participación implicaba, casi inevitablemente, la absorción. Quien entraba sin una fuerza propia capaz de sostener el conflicto quedaba integrado y neutralizado. La historia posterior dio la razón a este diagnóstico en numerosos casos: amplios sectores de la izquierda han acabado reconvertidos en gestores del nuevo orden político o disueltos por irrelevancia.

En este punto concreto, Pertur se mostró más optimista respecto a la participación electoral de lo que la experiencia histórica terminó por demostrar a posteriori. Sin embargo, el propio Arnasa ya advertía de los peligros de la integración institucional si no iba acompañada de una fuerte organización de masas. Por ello, el optimismo de Pertur no era ingenuo: nunca confió plenamente en el proceso ni negó su carácter burgués, y la perspectiva tampoco era disparatada si se observa el momento histórico de empuje de masas y la crisis económica que se vivía en Euskal Herria en aquel momento. Además, se basaba en un análisis más ajustado de la mutación del Régimen. Su error relativo fue quizás subestimar la capacidad de absorción del nuevo marco democrático-burgués, mientras que el acierto relativo de KAS fue comprender y destacar que la participación institucional sin una correlación de fuerzas muy favorable podía ser una trampa, aunque esta visión respondiera a una concepción distinta de la acumulación de fuerzas. De hecho, el problema de KAS fue otro: su lectura de la Transición les impidió distinguir entre concesiones tácticas y capitulación estratégica, y les llevó a igualar cualquier forma de participación que desplazara la centralidad armada como si fuera una traición, lo que a la larga contribuyó a su aislamiento.

Para Pertur, como desarrolló en Arnasa, el régimen que emergía del franquismo herido sería una democracia burguesa con particularidades heredadas del fascismo. En consecuencia, la tarea revolucionaria no podía ser una “revolución democrática” –entendida como vía para completar las libertades formales o forzar una ruptura democrático-nacional–, sino una revolución socialista que superara el marco del Estado burgués. Para KAS/ETA (m), por el contrario, el Estado español no era una democracia burguesa al uso mientras no aceptara la alternativa KAS. Consideraban que había que lograr una ruptura democrática vía negociación forzada con el Estado utilizando la lucha armada como eje y el apoyo de masas como complemento. La independencia y la autodeterminación se concebían como un proceso previo a la revolución socialista, para la que no había una hoja de ruta estratégica definida. Todo esto implicaba concepciones opuestas del enemigo, del aliado potencial, del papel de las instituciones y del horizonte de la organización.

En ese sentido, donde el ideólogo polimili mostró una clarividencia excepcional fue en su análisis de los límites internos del esquema de KAS/ETA (m). Comprendió antes que muchos que la centralidad permanente de la lucha armada no era una garantía de radicalidad del programa, y que sería un factor de desgaste progresivo. Advirtió que, a partir de entonces, la violencia política llevada a cabo por los especialistas y convertida en eje estructurante del proyecto acabaría produciendo aislamiento social, reforzando la represión del Estado y generando una dinámica propia cada vez más desconectada de las masas. Ese diagnóstico no era una hipótesis nueva ni abstracta: esto ya puede encontrarse en clave de crítica interna en el documento de los presos de Burgos (1971), donde se reclamaba una dirección proletaria independiente. Pertur ya señalaba los efectos concretos de esta tendencia en marcha: el aparato armado terminaba dictando tiempos y ritmos, sustituyendo a la política general como instancia de decisión y bloqueando cualquier corrección estratégica. La lógica de la acción-represión se volvía un fin en sí mismo, dificultando la traducción de la fuerza social acumulada en avances políticos tangibles en el proceso revolucionario. Con el paso de los años, esta dinámica se confirmó: espiral del conflicto, pérdida progresiva de apoyos, creciente dificultad para convertir el apoyo social en logros estratégicos y arrinconamiento de ETA y el MLNV en su conjunto. En este sentido, el análisis de Pertur resulta casi profético.

La tragedia política reside en que ambos tenían su parte de razón, pero cada uno desde un marco que terminaba por excluir al otro. Si se aceptaba el diagnóstico de KAS, entrar en la Transición equivalía a integración y derrota. Si se aceptaba el diagnóstico de Pertur, mantener indefinidamente la centralidad armada conducía al aislamiento y al desgaste. La síntesis entre ambos aspectos exigía condiciones que no se dieron: una disciplina política real sobre el aparato armado, un movimiento más robusto y unido, y una correlación de fuerzas estatal e internacional menos cerrada.

Pertur comprendió antes que muchos que la centralidad permanente de la lucha armada no era una garantía de radicalidad del programa

Ante la imposibilidad de sostener esa tensión, las trayectorias acabaron resolviéndose de forma extrema: EIA-EE optó rápidamente por eliminar ETA (pm) y aceptar el marco institucional, al precio de liquidar el conflicto y el horizonte de ruptura revolucionaria. KAS y ETA (m) optaron por mantener el conflicto armado y rechazar el marco, preservando durante décadas su identidad y coherencia interna, pero pagando un coste humano, político y social enorme para terminar asumiendo un destino similar a sus compañeros de viaje. Pertur había propuesto habitar esa contradicción, no resolverla de manera inmediata, pero la historia demostró hasta qué punto era complicado sostener una estrategia que se negara tanto a la integración pasiva como a la militarización marginalizadora sin terminar rompiéndose. Esta es una discusión que no pertenece únicamente al pasado, a Pertur, a las diferentes ramas del MLNV y al disuelto movimiento comunista internacional; nos compete a todos los comunistas y todas las comunistas del presente y del futuro.

CONCLUSIONES Y LECCIONES

El largo medio siglo transcurrido desde la ponencia Otsagabia y la desaparición de Pertur hasta hoy constituye una de las experiencias políticas más densas, contradictorias e intensas de la izquierda revolucionaria en Europa occidental. Se trata de un ciclo político cerrado en falso, con una acumulación histórica de aciertos, errores, derrotas, sacrificios y aprendizajes que ningún proyecto comunista europeo serio puede permitirse ignorar. No es una secuencia de decisiones tácticas, sino un proceso histórico en el que se han puesto a prueba, hasta el límite, distintas respuestas al mismo problema de fondo: cómo mantener abierta una hipótesis revolucionaria en condiciones cambiantes y adversas. La principal lección de este periodo, por tanto, no es una receta cerrada, sino una advertencia abierta: no hay atajos estratégicos. Ni la militarización permanente ni la integración institucional garantizan la ruptura socialista ni la liberación nacional. La historia vasca reciente deja las siguientes lecciones con una claridad poco habitual:

1. Entender al Estado es condición necesaria, pero no suficiente

El Estado capitalista no es neutral, ni siquiera en su forma democrática: integra para desactivar, concede para estabilizar y reprime cuando lo considera necesario. La Transición, el autonomismo y la integración históricamente escalonada del MLNV lo confirman. Ningún “avance” institucional es irreversible, ninguna legalidad es garantía en sí misma, ninguna acumulación electoral sustituye a una correlación de fuerzas real y la ingenuidad institucional conduce a la socialdemocratización.

2. Entender al movimiento es tan importante como entender al Estado

Entender bien al Estado no basta para vencer. KAS intuyó y temió los mecanismos de integración, pero subestimó los efectos de la confrontación armada sostenida en contextos no insurreccionales. El conocimiento del enemigo, por sí solo, no garantiza la victoria si no va acompañado de una lectura correcta de las propias fuerzas y de su potencial de reproducción política a escala ampliada. La centralidad prolongada de la lucha armada de los especialistas, una vez agotada su función histórica inicial, terminó produciendo aislamiento, autorreferencialidad, sustitución de la política por la lógica del aparato militar y dificultad creciente para traducir el apoyo social acumulado en avances estratégicos. La radicalidad del programa político no se puede medir exclusivamente con el nivel de confrontación armada con el Estado, sino con la capacidad de organizar a las masas para la conquista del poder político para la construcción de una nueva sociedad.

3. No hay síntesis automática entre conflicto e institucionalidad

Uno de los grandes errores recurrentes ha sido pensar que existe una vía armoniosa de transición entre conflicto y apuesta institucional, pero la historia vasca del último siglo demuestra lo contrario. La institucionalización no es un terreno neutro ni reversible, ni siquiera cuando inicialmente se aborda desde posiciones radicales. La apuesta institucional, incluso “táctica” o “transitoria”, ha tendido a generar lógicas propias que tienen un riesgo real de acabar fagocitando el proyecto revolucionario.

4. Partido, movimiento y hegemonía: una cuestión por resolver

La ausencia de un partido comunista capaz de ejercer hegemonía social sostenida en la clase trabajadora atraviesa todo el periodo. ETA no podía; EIA-EE renunció; la Izquierda Abertzale también. Sin partido-movimiento no hay hipótesis revolucionaria viable, y ese partido no puede ser ni un aparato militarizado ni un partido electoralista. Esta fue una convicción valiosa que Pertur presentó de forma sistematizada.

5. La cuestión nacional no sustituye la lucha de clases, pero tampoco desaparece

La cuestión nacional en Euskal Herria ha sido históricamente un potente catalizador de lucha contra el Estado y el Capital, pero una estrategia interclasista nacionalista ha terminado finalmente bloqueando la resolución socialista a la opresión nacional. El concepto estratégico del MLNV de que “la lucha de clases en Euskal Herria adopta la forma de lucha de liberación nacional” no ha traído ni la independencia ni el socialismo, y, a menudo, ha servido para justificar el interclasismo. Por tanto, no hay proyecto revolucionario viable que ignore la cuestión nacional, pero tampoco hay liberación nacional al margen de una estrategia revolucionaria independiente e internacionalista.

6. El tiempo histórico importa: no repetir fórmulas agotadas

El contexto histórico nacional e internacional que permitió el auge del MLNV ya no existe, por lo que repetir sus formas sin sus condiciones de existencia no es fidelidad, sino un error estratégico. Entre el voluntarismo y el derrotismo existe un espacio estrecho, pero real: el de la reconstrucción paciente de la hipótesis revolucionaria. Porque el principal legado del último medio siglo de lucha de clases en Euskal Herria no es un modelo cerrado, sino una advertencia estratégica: hay que elaborar una visión rigurosa de la realidad histórica, tanto a la hora de caracterizar al poder del enemigo como al propio partido de la clase trabajadora que le va a hacer frente. La tarea pendiente de los comunistas es intentar fusionar ambas dimensiones en una estrategia coherente, sin atajos ni ilusiones. Esa tarea sigue pendiente.

“Arnasa, testimonio de ese palpitar de todo un pueblo que despierta del letargo de opresión y muerte, que lucha por su libertad, palpitar incontenible e imposible de ignorar, palpitar que es, en sí mismo, lo que llamamos revolución, que crece y se extiende y que anuncia la toma de los destinos de nuestra tierra y nuestra gente por sí mismos y la construcción de una sociedad vasca libre y sin clases por la que tantos de nuestros compañeros en lucha han vertido su sangre y agotado y desgastado sus vidas. Testimonio y contribución a esa revolución.”

Arnasa, material de debate para las mesas de
reagrupamiento (1976).