La presencia de la guerra ha sido un asunto cíclico en el siglo XX, y parece que vuelve a serlo en el XXI. Buscar las razones detrás de ella en políticas diplomáticas o acontecimientos fortuitos equivale a entender la Historia como una suerte de concatenación de decisiones puntuales dependientes únicamente de las voluntades de sus portadores. Por ello, es deber de los marxistas detenerse a analizar la literatura socialista acerca de la guerra para comprender las verdaderas causas estructurales, sus consecuencias y, sobre todo, las tareas que hemos de emprender los comunistas ante ellas. Este artículo se va a centrar en dicha temática, partiendo de la segunda mitad del siglo XIX y finalizando en la constitución de la III Internacional. Siendo consciente del grado de circunscripción del tema, creo que el período a tratar abarca unos debates muy importantes y pertinentes sobre el imperialismo y la guerra de los que poder extraer conclusiones aplicables a nuestros días.
ORÍGENES DE LA CONCEPCIÓN MARXISTA DE LA GUERRA
Remontándonos a la época de Marx y Engels, estos consideraban que la guerra era un fenómeno a analizar por medio del materialismo histórico, desde el cual la guerra se concebía como la continuación de la política de la clase dominante por otros medios, los violentos, como subrayaba Clausewitz. Partiendo de la comprensión del Estado como un ente no neutro que representa los intereses de la clase dominante, las guerras entre naciones, así como las civiles, no son más que la defensa armada de los intereses de las clases dominantes. Sin embargo, no actuaron de forma pacifista contra ella, pues en ocasiones esas guerras podían representar la génesis de una nueva sociedad burguesa progresista, donde el desarrollo del proletariado sería un avance histórico. Como dijera Marx en El Capital, “la violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”. Es por ello que distinguieron entre guerras progresistas y reaccionarias, legitimando unas y rechazando otras.
Partiendo de la comprensión del Estado como un ente no neutro que representa los intereses de la clase dominante, las guerras entre naciones, así como las civiles, no son más que la defensa armada de los intereses de las clases dominantes
Una de las dos contiendas que fueron objeto de estudio de Marx y Engels fue la guerra civil americana. Este conflicto representó una disputa inevitable entre dos modos de producción opuestos, como lo eran el trabajo asalariado y el trabajo esclavo. La posición de ambos, que se tradujo en activismo contra las intenciones del Reino Unido de participar en ella, se basó en la defensa del norte como exponente de la liberación de los esclavos sureños y el surgimiento de una clase proletaria amplia capaz de emanciparse a sí misma.
La guerra franco-prusiana supuso otro ejemplo de su pragmatismo revolucionario ante la guerra. La posición inicial legitimó la guerra para hacer frente a Napoleón III, que suponía un obstáculo a la unificación alemana y, así, a su conformación nacional y desarrollo capitalista. Su derrota supondría un avance histórico frente al feudalismo europeo sostenido principalmente por el zarismo ruso. Sin embargo, la posición cambió completamente con la rendición de Napoleón y la proclamación de la República, pues el carácter de la guerra tornó conquistador, particularmente de Alsacia y Lorena, cuestión que fue contundentemente criticada por Marx, Engels y el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán. Vista la dirección de la guerra, hicieron llamamiento a la unidad de obreros franceses y alemanes contra el conflicto, advirtiendo que esa guerra serviría como leña para futuros y más sangrientos enfrentamientos.
Es precisamente en este cambio discursivo respecto a la guerra donde se pueden intuir los primeros apuntes sobre el desarrollo monopolista del capitalismo que posteriormente definirían con precisión Lenin y Hilferding. Aunque Marx no hable en esos términos, esa especie de compulsión a la conquista de países con intereses económicos sería un prólogo a lo que sucedería en la época del imperialismo más profundo.
La experiencia francesa y la posterior instauración de la Comuna de París condujeron a Marx a una observación que sería crucial para el posterior desarrollo leninista de la guerra. La guerra entre naciones demostró ser una herramienta de las clases dominantes para postergar la guerra civil, prescindiendo del patriotismo tan rápido como se encendía el conflicto social entre clases. A fin de cuentas, los señores de la espada, la tierra y el capital se unirían contra el obrero si este amenazara el orden capitalista.
En este contexto de retorno bélico europeo, se comenzó a trazar una hoja de ruta en la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Uno de los puntos clave de su manifiesto inaugural fue el impulso a la formación teórica de la clase obrera en la política de los Gobiernos para hacer frente a la diplomacia, y más aún a la dirigida a estrechar lazos con la autocracia zarista. Además, promovieron a las secciones de la AIT a exhortar a los obreros a evitar guerras que fueran la antesala de futuras sangrías obreras.
La guerra entre naciones demostró ser una herramienta de las clases dominantes para postergar la guerra civil, prescindiendo del patriotismo tan rápido como se encendía el conflicto social entre clases
Como vemos, aunque pragmáticos en sus planteamientos, Marx y Engels siempre primaron la búsqueda del desarrollo del proletariado como clase. Todos estos hechos serán utilizados por oportunistas para justificar la guerra imperialista anacrónicamente, por ejemplo, centrándose en la crítica constante de Marx contra el Gobierno zarista para justificar el defensismo alemán en una guerra puramente imperialista. No obstante, esto sería duramente rebatido por Lenin en el inicio del siglo XX.

Alexánder Deineka. 'Como derribado' (1943)
LOS INICIOS DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL: PRIMEROS POSICIONAMIENTOS ANTIBÉLICOS
En un texto escrito en 1887, Engels expuso de manera brillante el vaticinio de lo que sería la Primera Guerra Mundial. Con una gran precisión, previó que de ocho a diez millones de trabajadores perderían la vida por una guerra que anunciaban los crecientes cuerpos militares de los Estados europeos. Sin embargo, no lo expuso como un desarrollo inevitable de la historia que mantendría el sistema constante: auguró igualmente los corolarios revolucionarios posteriores a ella. Esta predicción, que hay que mencionar es muy precisa en todas las determinaciones de la cita original, nos deja entrever la posición socialista del momento, que estimaba muy (quizá demasiado) cercano el colapso del sistema capitalista.
Pero, paralelamente a las posiciones de Marx y Engels sobre la guerra, en las postrimerías del siglo XIX se fue desarrollando una posición ortodoxa del movimiento socialista internacional, plasmada en las relativamente frecuentes declaraciones de la II Internacional Socialista mediante sus congresos y conferencias. En este apartado, me parece pertinente mencionar las aportaciones de ciertos congresos que comenzaron a trazar ciertos pilares de la posición socialista ante la guerra hasta que fuera traicionada en 1914.
Durante su segundo congreso de 1891 en Bruselas, la Internacional Socialista identificó la explotación del hombre por el hombre bajo el sistema capitalista como la causa primigenia del militarismo que tanto crecía en Europa. En consecuencia, deslegitimó cualquier pretensión de paz en la que no subyaciera una intención de terminar con el sistema que reproducía las fuentes económicas del mal
Durante su segundo congreso de 1891 en Bruselas, la Internacional Socialista identificó la explotación del hombre por el hombre bajo el sistema capitalista como la causa primigenia del militarismo que tanto crecía en Europa. En consecuencia, deslegitimó cualquier pretensión de paz en la que no subyaciera una intención de terminar con el sistema que reproducía las fuentes económicas del mal. Esta base se cristalizó en una de las primeras exigencias de la Internacional respecto a la guerra en el tercer congreso de 1893 en Zúrich, donde se exigió a los partidos obreros votar en contra de los créditos militares. Hay que decir, sin embargo, que la II Internacional funcionaba más como un faro ideológico que como un mando jerárquico, lo que limitó la efectividad de sus decisiones.
La evolución de la posición se vio ligeramente alterada en el cuarto congreso de 1896, en Londres, donde las exigencias prácticas previas se transformaron en máximas que apuntaban a una dirección discursiva más que real de la institución. En este caso, se reclamó la eliminación de los ejércitos permanentes en favor de milicias ciudadanas, así como la instauración de tribunales internacionales de arbitraje. Asimismo, estas exigencias atestiguan la creencia del colapso capitalista a corto plazo. Por último, cabe mencionar la adopción en Londres de una firme posición en contra del colonialismo. No obstante, este principio sufriría una profunda degeneración y fractura teórica, espoleado por la crítica revisionista articulada primariamente por Bernstein.
EL INICIO DEL NUEVO SIGLO Y LA CARACTERIZACIÓN DEL IMPERIALISMO
La nueva época abierta en los albores del siglo XX, marcada por la irrupción de la crítica revisionista en lo ideológico, fue caracterizada en lo material por un desarrollo cada vez mayor de las contradicciones del sistema imperial, que llegaba a su apogeo en todos los sentidos. Durante esta época, el desarrollo monopolista del capital, así como la rápida integración del capital financiero y los desproporcionados gastos militares en el sistema internacional transformaron la caracterización de la guerra. Esta perdió rápidamente el cariz decimonónico de guerra progresista para transformarse en una suerte de choque de rapiña entre una multitud de potencias imperialistas dispuestas a llegar a las últimas consecuencias con tal de ampliar su influencia económica.
Para Lenin, la significación del imperialismo se traducía entonces en la repartición del mundo y, sobre todo, de su fuerza de trabajo entre las potencias imperialistas. No se trataba únicamente de mandar, sino de explotar fuerza de trabajo colonial de la que poder extraer ingentes cantidades de plusvalía
Este profundo cambio de paradigma obligó a actualizar el análisis sobre el belicismo en general, y más particularmente sobre el imperialismo que le subyacía. Aunque no se deba confundir belicismo con imperialismo, pues la identificación tautológica entre ambas nos llevaría a no poder catalogar como imperialistas ciertas actitudes contemporáneas, fue completamente necesario elaborar una teoría sobre el imperialismo. Sin ella, no se podría haber comprendido la guerra como un necesario grado de desarrollo dialéctico del capitalismo monopolista. No obstante, esta formulación no sería tan sencilla, viéndose principalmente Lenin enfrentado tanto a las visiones dogmáticas del pasado como a las teorías utópicas en el oportunismo socialista.
Lenin partiría del punto de inicio metodológicamente aceptado por Marx y Engels: la formulación de Carl Von Clausewitz, según la cual la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. Así, defendería que la guerra imperialista cristalizaba los intereses de las clases dominantes de las distintas naciones que la secundaban, y que difería mucho de las guerras progresistas acontecidas en el lapso histórico de 1789 a 1871. Mientras estas representaban el derrocamiento del feudalismo y la liberación nacional, aquellas no representaban más que las necesidades del capital de expandirse por el mundo. El capitalismo, que tiempo atrás había protagonizado un papel progresista en la lucha contra el orden feudal y la creación del proletariado, se había convertido en un modo de producción reaccionario que, al desarrollar sus fuerzas productivas hasta ciertos límites, imponía una cruda disyuntiva: padecer décadas o incluso siglos de opresión por el mantenimiento artificial de un sistema otrora revolucionario, o superarlo mediante la revolución socialista.
La teoría del imperialismo de Lenin se basaba en la observación empírica del desarrollo del capitalismo. La lógica de la acumulación y la ley del valor condujeron a la creación de monopolios y oligarquías fundamentadas en el capital financiero. Estas formaciones económicas, cada vez más abarcantes, no podían reproducirse con la mera exportación de mercancías, sino que necesitaban exportar capital como relación social de producción. Esta necesidad precipitó la formación de asociaciones capitalistas monopolistas internacionales y culminó en la repartición del mundo de la mano de un control político y militar, necesario para mantener la explotación económica.

Andréi Gorski. 'Perdido en combate. 1946' (1962)
Para Lenin, la significación del imperialismo se traducía entonces en la repartición del mundo y, sobre todo, de su fuerza de trabajo entre las potencias imperialistas. No se trataba únicamente de mandar, sino de explotar fuerza de trabajo colonial de la que poder extraer ingentes cantidades de plusvalía.
Pese a la extensa literatura sobre el imperialismo surgida en aquellos años, es interesante mencionar una teoría en concreto, por el peso de su autor, así como por la inteligente función que cumplió para poder legitimar su posterior postura política. Se trata del ultraimperialismo de Kautsky. Según esta teoría, el entrelazamiento de capitales financieros tendería a unificar el capital mundial, organizando la producción racional y duraderamente. De esta manera, toda carrera armamentística perdería su efectividad, pues no sería más que un obstáculo al desarrollo de un hipotético gran cártel internacional. No obstante, esta lógica ignoraba el crecimiento desigual de países y ramas productivas, que conlleva constantemente una relación de poder susceptible de ser defendida mediante las armas. De esta manera, Kautsky sería señalado por Lenin como un oportunista político con la única intención de renunciar a la táctica revolucionaria a corto plazo.
Descrita la guerra como un momento inevitable del imperialismo desarrollado, no tenía sentido hablar de guerra “defensiva” o “progresista”, ni de la “defensa de la patria”, como sí lo tenía décadas atrás. Estas reivindicaciones, más allá de un anacronismo histórico, eran un arma ideológica dirigida a ganarse a las clases populares, y constituiría el principal argumento de las burguesías nacionales al principio, y de los socialistas de la II Internacional después, en los inicios de la guerra.
Aun así, dicha profundidad teórica vino después de las posturas prácticas ante la guerra, que vieron la luz en las distintas resoluciones de los congresos internacionales. Ya en el V Congreso de París, en 1900, Rosa Luxemburgo presentó una resolución declarando la obligación de oponerse al militarismo y de votar sistemáticamente contra los créditos de guerra. Sin embargo, el salto cualitativo esencial se dio en el VII Congreso de Stuttgart, en 1907, donde además de destacar ejemplos sindicales mediante los cuales se consiguió aliviar la tensión internacional, se introdujo una de las enmiendas más importantes hasta la fecha, que sería adoptada unánimemente. Lenin, Rosa Luxemburgo y Yuli Mártov reivindicaron que, en caso de que la guerra estallara a pesar de los esfuerzos pacifistas, era obligación inexcusable de la clase obrera intervenir para ponerle fin de inmediato y aprovechar la profunda crisis económica y política para agitar a las masas y precipitar la caída definitiva de la dominación capitalista.
Esta postura fue desarrollada y ratificada en Copenhague en 1910 y sobre todo en el congreso extraordinario de Basilea en 1912, convocado a consecuencia de la alta tensión en los Balcanes. Esta profética resolución, que describió el tablero imperialista a la perfección, advirtió del efecto catalizador que supondría la intromisión de las grandes potencias europeas. Resulta crucial destacar que este congreso defendió unánimemente la paz, y nunca utilizó los términos de guerra defensiva o defensa de la patria. Al contrario, subrayaba que se trataba de una guerra por los beneficios y que sería un auténtico crimen de los trabajadores dispararse entre ellos. En su lugar, se repetía la premisa de organizarse para precipitar la caída del capitalismo.
LA BANCARROTA DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL Y LOS ORÍGENES DE LA TERCERA
odas las posiciones antibelicistas cayeron en el olvido en 1914. La mayoría de los partidos socialdemócratas (exceptuando el bolchevique, el serbio y algunos actores minoritarios), comenzando por el alemán, votaron a favor de los créditos militares y se efectuó así la mayor traición al discurso socialista, y también a la clase trabajadora. Millones de trabajadores morirían en la guerra más sangrienta nunca vista, apoyada entonces por los supuestos partidos de la Revolución, que, huelga decir, estaban ya ampliamente contaminados por el revisionismo y el oportunismo. Se unían así a sus burguesías nacionales “en defensa de la patria”. Sin embargo, este no era un viraje que se pudiera producir sin explicación, y esta había que encontrarla en las colonias. La superexplotación efectuada en ellas permitía absorber ingentes masas de plusvalor con la que alimentar con migajas a las aristocracias obreras, que fueron principalmente el escudo de tal giro discursivo. Lenin se referiría a este sector como los “lugartenientes obreros de la clase capitalista”.
Resulta crucial destacar que en el congreso de Basilea de 1912 se defendió unánimemente la paz, y nunca utilizó los términos de guerra defensiva o defensa de la patria. Al contrario, subrayaba que se trataba de una guerra por los beneficios y que sería un auténtico crimen de los trabajadores dispararse entre ellos. En su lugar, se repetía la premisa de organizarse para precipitar la caída del capitalismo
Ante este desolador panorama internacional, donde incluso figuras de la talla de Kautsky votaron a favor de los créditos, el ala revolucionaria del marxismo, encabezada por Lenin y los bolcheviques junto a grupos minoritarios, comenzó la tarea de revertir la situación, buscando soluciones concretas a la nueva realidad material e ideológica. La bancarrota había comenzado mucho antes, con la consolidación del oportunismo y la integración de los partidos socialistas en el sistema capitalista. Aquel agosto fue simplemente la gota que colmó el vaso.
El primer paso político se dio en la Conferencia de Zimmerwald, en septiembre de 1915. La significación de este encuentro se encontraba en rehusar la estrategia socialista que subordinaba las perspectivas de la revolución social a la victoria de un bloque de naciones sobre otro. Sin embargo, sería un error concebir Zimmerwald como el nacimiento de un movimiento rupturista ampliamente homogeneizado en sus tesis. Nada más lejos de la realidad.
En preparación de la conferencia, Lenin escribió junto a Zinoviev El Socialismo y la Guerra, donde expondrían los aspectos más relevantes en contra de la guerra imperialista. En primer lugar, señalaron que los marxistas no son pacifistas. La comprensión de la guerra como la continuación de la política por otros medios conllevaba a comprenderla también como una herramienta para la clase obrera, a la que debía recurrir llegado el momento. Exponía así que los revolucionarios no están a favor de la guerra imperialista, pero sí de las guerras entre la burguesía y el proletariado, guerras de liberación nacional (como entendía el caso serbio, aunque lo supeditase a razones imperialistas) o guerras contra el imperialismo en general. Así, se sembraban unas previas tesis basadas en todo lo expuesto hasta el momento en los anteriores congresos.
La comprensión de la guerra como la continuación de la política por otros medios conllevaba a comprenderla también como una herramienta para la clase obrera, a la que debía recurrir llegado el momento
La Conferencia de Zimmerwald, donde acudieron 38 socialistas de 11 países distintos, se dividió en 3 grupos. Todos ellos, eso sí, contrarios a la posición belicista predominante. La derecha, ampliamente mayoritaria, se constituía por un pensamiento profundamente pacifista y antibélico, pero contrario a la separación permanente con los socialchovinistas. Una de sus condiciones sine qua non para participar era precisamente esta última, que llevó a puntos de tensión en varias ocasiones. La izquierda, por el contrario, minoritaria y representada entre otros por Lenin y los bolcheviques, proponía la denuncia de los socialistas que habían apoyado la guerra. Además, eran proclives a la creación de una nueva Internacional, tema que fue madurando en Kienthal. El centro, decisivo en el equilibrio final, se inclinó en ocasiones a la derecha, reduciendo la posición revolucionaria de la izquierda a avances parciales. A largo plazo, esta izquierda Zimmerwaldiana sería el contrapeso de la II Internacional, integrando a bolcheviques, espartaquistas, tribunistas y otros grupos minoritarios.
En realidad, las posiciones expuestas en Zimmerwald eran teóricamente y prácticamente incompatibles. Mientras una parte proponía reinstaurar las relaciones internacionales para dotar al movimiento socialista de un peso mediador en la contienda imperialista, la otra veía eso como un deber del pasado al que ya no tenía sentido aspirar. Para esta otra mitad, la tarea a realizar sería la famosa exigencia de “transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria”. Esta sería la premisa que tanto defendería Lenin y que fue el pilar central del borrador expuesto por él y Karl Radek. No obstante, como se puede intuir con lo mencionado, la resolución final fue ambigua y poco vinculante. Entre otras cosas, se bloqueó la exigencia de que los diputados socialistas votaran en contra de los créditos de guerra bajo amenaza de abandono por parte de los delegados alemanes.
Por su parte, Kienthal, celebrada en abril de 1916, no fue más que un posicionamiento tímidamente más a la izquierda de lo resuelto en Zimmerwald, dado el empeoramiento de las condiciones de la clase obrera a consecuencia de la guerra. Formaron parte 43 delegados, y la izquierda tuvo un apoyo de doce delegados frente a los ocho de Zimmerwald.

Evséi Moiséienko. 'Victoria' (1972)
LA REVOLUCIÓN RUSA Y EL TÁCTICO CAMBIO RETÓRICO
Lenin llegaría del exilio en Suiza una vez efectuada la Revolución de Febrero, el 3 de abril de 1917. Ese mismo mes escribiría las Tesis de Abril, en las que, entre otras muchas cosas, trataría el tema de la guerra. A la hora de hablar sobre el Gobierno provisional, se negó rotundamente a apoyarlo, ya que este Gobierno provisional quería continuar en la guerra imperialista, al estilo de los partidos europeos. Sin embargo, el Gobierno provisional no sería el único objeto de crítica de las tesis, pues también se referiría en ellas a la “bancarrota de la Internacional Zimmerwaldiana”. Al no haber roto con el socialchovinismo desde el inicio, y al estar formada en su mayoría por elementos kautskyanos, el grupo de Zimmerwald y Kienthal seguía atado a la Internacional Socialista. Ante estos factores, las tareas eran cada vez más claras: criticar el poco compromiso antibelicista y hacer llamamiento a una cercana Tercera Internacional.
Su regreso a Rusia alteraría también los términos tácticos referentes a qué hacer en cada país. Los bolcheviques se pusieron en contacto con las masas obreras y campesinas, y la opinión respecto a la guerra hizo necesario reformular la retórica del Partido. Las reivindicaciones de los años precedentes, definidas por la derrota del Gobierno nacional como paso preferible, como mal menor, para el desarrollo de la guerra civil, habían de ser moldeadas a la situación rusa.
Llegados a este punto, es indispensable retroceder en el tiempo y hablar del desarrollo táctico del término “derrotismo revolucionario”, así como de la conversión de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. El derrotismo revolucionario, que comenzó a utilizarse en la guerra ruso-japonesa de 1904, pasaría a ser un elemento fundamental en la narrativa estratégica de Lenin a partir de 1914, por muy cambiante que fuera su significado. Sin embargo, algo constante en él fue que frente a “fomentar la derrota de cada Gobierno nacional en la guerra” se imponía la premisa de “convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria”. No tendría sentido esperar la derrota de cada Gobierno si ello no servía para catalizar una revolución nacional que diera el paso de superar el modo de producción capitalista.
En pocas palabras, el derrotismo revolucionario no era tanto desear la victoria del enemigo como fomentar la agitación revolucionaria en el país, independientemente de los efectos en la contienda bélica. Mientras los Gobiernos socialistas buscaban la paz interna para aumentar su eficiencia bélica, el derrotismo revolucionario planteaba la agitación revolucionaria sin fijarse en sus consecuencias externas.
Aun así, es innegable que Lenin fue desarrollando el concepto y adaptándolo a las desastrosas condiciones materiales generadas por la guerra. En 1904-1905, lo emplea al estilo de Marx, celebrando en parte la caída de Port Arthur, argumentando que sería un momento clave para la caída de la autocracia zarista. En 1914, la dirección sería fomentar el combate contra el chovinismo y la caída del Gobierno ruso al principio, y de todos los Gobiernos imperialistas después. Sin embargo, este enfoque estaba dirigido a los cuadros y a la vanguardia socialista. Era necesario afianzar principios y cerrar filas en una lucha ideológica. Pese a que esperar la derrota del Gobierno nacional no fuera lo más popular entre las masas, la tarea principal era fomentar la ruptura de la Segunda Internacional y crear la alternativa que propondría realmente una superación del sistema capitalista internacional.
Hasta la caída del zarismo, Lenin haría uso del derrotismo revolucionario como tesis contra la autocracia. El mal menor para los revolucionarios
sería la caída del zarismo. Pero esto no daba a la posición imperialista alemana un carácter legítimo, pues la misión de los alemanes no debía ser únicamente acabar con el zarismo, sino organizarse contra su propia clase dominante.
Volviendo al año de la revolución, todo cambiaría en febrero de 1917, año en el que Lenin dejaría de emplear tal retórica derrotista a consecuencia del cambio en la situación rusa. Sin embargo, el alejarse del derrotismo revolucionario no conllevó acercarse al defensismo. De hecho, en la Carta de Despedida a los Obreros Suizos, Lenin recalca que si el Gobierno provisional quisiera continuar con la guerra imperialista, ellos serían sus resueltos adversarios, y se posicionarían en contra de la “defensa de la patria”, como efectivamente sucedería. El distanciamiento discursivo respecto al derrotismo no se trató tanto de una superación teórica de la tesis, como de un intento de conectar más con unas masas que mostraban un “defensismo honesto” de la revolución que habían llevado a cabo.
Para entender esto último, es imprescindible tener en cuenta la posición de los trabajadores y campesinos ante la revolución que les libró del zarismo. No querían perder lo conquistado y una fórmula “derrotista”, por muy acertada que fuera en lo teórico, no encajaba en lo práctico. Mientras las clases dominantes defendían un defensismo chovinista basado en los axiomas imperialistas, las masas expresaban un “defensismo honesto” basado en la defensa de la revolución.
El derrotismo revolucionario no era tanto desear la victoria del enemigo como fomentar la agitación revolucionaria en el país, independientemente de los efectos en la contienda bélica
Es aquí donde la táctica cambió. La nueva tarea era explicar pacientemente a las masas que la paz que buscaban no se encontraría de la mano de un Gobierno burgués. La única paz alcanzable vendría de la toma de poder obrero del Estado y de la conformación de un Gobierno verdaderamente revolucionario. El Putsch de Kornilov, de hecho, fue una buena muestra de la verdad detrás de ello. Lenin aclararía más adelante que los bolcheviques fueron derrotistas hasta el fin del zarismo, pero que lo dejaron de ser con Lvov y el Gobierno provisional. Sin embargo, dice igualmente que las dos posturas fueron correctas: para solidificar principios primero, para ganarse a las masas después.
Tras la toma del poder en octubre, sin embargo, el defensismo se volvió legítimo. La primera tarea estaba hecha, y el siguiente paso era defender la revolución frente a la intervención imperial. Esta vez sí, la guerra en defensa del Estado soviético pasó a ser una guerra progresista, justa y revolucionaria. El abandono de la guerra mediante el tratado de Brest-Litovsk en 1918, impregnado de cuestiones tácticas referentes a la previsión revolucionaria alemana y otros tantos factores, fue el inicio de la defensa de la revolución bolchevique dentro del propio territorio soviético. Asimismo, la creación de la Tercera Internacional en 1919 y sus consiguientes discusiones internas desarrollarían este debate envuelto en una polémica principalmente entre trotskistas y estalinistas, orbitando en torno a conceptos como el derrotismo revolucionario, el campismo o la revolución permanente, temas que no alcanza este artículo.

Nikolái Prisekin. 'Tiempos difíciles' (1984)
ÚLTIMAS CONCLUSIONES
En definitiva, la concepción marxista de la guerra evolucionó de una lectura progresista de las guerras burguesas del siglo XIX a una comprensión totalmente imperialista de las acontecidas en el siglo XX. Este giro, como hemos comprobado, se comenzó a dar en el análisis marxiano de la guerra franco-prusiana, y se desarrollaría posteriormente de la mano de la formulación del imperialismo como fase superior del capitalismo.
Mientras las clases dominantes defendían un defensismo chovinista basado en los axiomas imperialistas, las masas expresaban un “defensismo honesto” basado en la defensa de la revolución
La bancarrota chovinista de la Segunda Internacional, sustentada en una aristocracia obrera que se alimentaba de migajas extraídas de las colonias, hizo necesaria la tarea de crear una nueva Internacional limpia de tales elementos, y a esa creación acompañó la premisa, siempre presente, de transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Sin embargo, las particularidades tácticas se tuvieron siempre en cuenta y los bolcheviques no dudaron en cambiar de retórica, o incluso de táctica política, cuando la revolución así lo exigía. De esta manera, partiendo del estudio de la situación concreta, hicieron frente a una guerra imperialista, una guerra con elementos muy identificables en las que hoy nos rodean.
Pese a las polémicas que puedan rodear ciertas cuestiones concretas, es evidente que desde el leninismo la clave siempre ha residido en identificar la naturaleza imperialista de la guerra. Ello, con el fin de poder trazar el camino que ha de seguir el proletariado no solo para acabar con una guerra en particular, sino para buscar una paz duradera que deja de ser utópica únicamente en un sistema íntegramente socialista que actúe con base en el bienestar social y no en la extracción de plusvalía.