ARTEKA / Fascismo
La OTAN: la lavandería de uniformes nazis
En los albores de la Guerra Fría, la Alianza Atlántico Norte (OTAN) no solo se erigió como un simple baluarte militar anticomunista, sino también como un sofisticado entramado de rehabilitación de antiguos jerarcas nazis con las más siniestras ramificaciones operativas.
La OTAN: la lavandería de uniformes nazis

En los albores de la Guerra Fría, la Alianza Atlántico Norte (OTAN) no solo se erigió como un simple baluarte militar anticomunista, sino también como un sofisticado entramado de rehabilitación de antiguos jerarcas nazis con las más siniestras ramificaciones operativas.

Tras 1945, los Estados Unidos y sus aliados occidentales fijaron la lucha contra la URSS y el comunismo internacional como objetivo estratégico prioritario, integrando las estructuras de inteligencia y a los mandos militares del Tercer Reich en la naciente OTAN, convirtiendo la famosa “desnazificación” en una broma de mal gusto que hace palidecer las erróneas comparaciones democrático-liberales con la Transición española, que pretenden presentar la continuidad del aparato de Estado franquista como una singularidad española, mostrando a Alemania e Italia como “buenos ejemplos de depuración antifascista”. Nada más lejos de la realidad: una auténtica lavandería industrial de uniformes nazis permitió que oficiales implicados en crímenes de guerra se libraran del banquillo de los acusados y se sentaran en despachos de alto mando atlántico, ordenando atroces campañas terroristas contra el comunismo y la población europea durante de la Guerra Fría.

Figuras emblemáticas que habían sido cerebros de la inteligencia nazi contra los soviéticos encabezaron la Organización Gehlen, precursora del servicio de inteligencia alemán (BND), y las oscuras redes Stay Behind de la OTAN, financiadas por la CIA para efectuar sabotajes y atentados clandestinos. Un jefe de operaciones en el Estado Mayor de Hitler durante la invasión de Barbarroja contra la URSS culminó su trayectoria como presidente del Comité Militar de la OTAN entre 1961 y 1964. El que fuera la mano derecha del general nazi Erwin Rommel comandó las Fuerzas Terrestres Aliadas en Europa Central. Son tan solo tres figuras destacadas de una larga lista sobre la cual aún quedan muchas sombras por esclarecer.

CONTEXTO HISTÓRICO

La Segunda Guerra Mundial cerró en Europa en mayo de 1945, con las tropas del Ejército Rojo de los trabajadores y los campesinos entrando victoriosas en Berlín, la bandera de la URSS ondeando sobre el Reichstag y los mayores gerifaltes nazis suicidándose cobardemente en sus búnkers, mientras lanzaban a cientos de miles de alemanes a resistir en una batalla perdida. Sin embargo, el cierre de este capítulo trajo consigo una paradoja que definiría la Guerra Fría: mientras se procesaba ante las cámaras a un puñado de jerarcas nazis en Núremberg, Washington y sus aliados occidentales reclutaban silenciosamente a cientos de oficiales y científicos del Tercer Reich para sus servicios de inteligencia, ejércitos y proyectos de innovación militar. Esta “contradicción” no fue accidental, sino el resultado directo de la base anticomunista compartida que primó en todo momento sobre la “desnazificación”. Todos cabían en la guerra internacional anticomunista que se libraría a partir de entonces.

Todos cabían en la guerra internacional anticomunista que se libraría a partir de entonces

Operación Paperclip: el primer blanqueo sistemático

Apenas semanas antes de que Hitler se volara la tapa de los sesos, en plena batalla a muerte en Berlín, equipos comandados por la recién creada Agencia Conjunta de Objetivos de Inteligencia estadounidense (JIOA) ya rastreaban laboratorios y centros de investigación nazis para capturar científicos e ingenieros. Este programa, inicialmente bautizado como operación Overcast en julio de 1945 y rebautizado como operación Paperclip en noviembre del mismo año, fue el primer mecanismo de reciclaje masivo de cuadros técnicos nazis. Entre 1945 y 1955, más de 1.600 científicos alemanes, artífices de las mayores atrocidades que el ser humano pueda imaginar, junto con sus familias, fueron trasladados en secreto a la “tierra de las oportunidades”. ¡Y vaya si tuvieron oportunidades! Los expedientes de estos especialistas del mal tenían un clip metálico que clasificaba los archivos, objeto que sirvió de inspiración para bautizar la operación. Como muchos de estos “ángeles exterminadores” tenían registros incriminatorios comprometedores por crímenes de guerra, los estadounidenses los aprovecharon para practicar su doble juego: falsificaban antecedentes, borraban sentencias condenatorias ya dictadas y eliminaban pruebas de participación en proyectos bélicos nazis, trabajo esclavo o experimentos macabros. Así, cualquier sádico científico nazi que experimentó con humanos podía aspirar a una prometedora carrera en EE.UU. con el historial limpio, si se portaba bien con sus nuevos jefes. La Oficina de Servicios Estratégicos (OSS, precursora de la CIA formada en 1947) era la encargada de llevar los uniformes a la lavandería. El motivo inmediato era claro: evitar que el amplísimo conocimiento científico y militar nazi cayera en manos soviéticas en la carrera por la hegemonía tecnológica y militar que inauguraría la Guerra Fría.

La Organización Gehlen: la inteligencia nazi reconvertida en aliada

Si Paperclip sirvió para reclutar a científicos, la llamada Organización Gehlen (Gehlen Org) fue la estructura de inteligencia y espionaje que empleó a los cuadros militares y policiales nazis, que no fueron perseguidos, sino integrados y puestos en nómina de la infraestructura de inteligencia occidental. Constituían la experiencia y los contactos propicios que el Occidente capitalista necesitaba para librar su guerra contra la Unión Soviética.

La OTAN no se limitó a "fichar" a dirigentes VIP del aparato nazi, sino que sus estructuras militares y de inteligencia fundacionales en Europa eran directamente heredadas del Tercer Reich; simplemente cambiaron de nombre

Creada el 1 de abril de 1946 en la zona de Alemania ocupada por los estadounidenses, esta organización fue encabezada por Reinhard Gehlen, mayor general de la Wehrmacht y exjefe de la Fremde Heere Ost (Departamento de Inteligencia Militar Alemana sobre el Frente Oriental). Gehlen fue capturado brevemente por los estadounidenses en mayo de 1945 y, reconociendo su potencial como agente anticomunista, fue liberado y designado cabecilla de esta red.

La Organización Gehlen no fue un mero servicio de inteligencia, sino la prolongación orgánica de las redes nazis de espionaje contra la URSS, ahora bajo bandera estadounidense. Operaba desde Oberursel (1946) y posteriormente desde Pullach, bajo supervisión directa de Washington. Mantendría esta forma hasta 1956, cuando fue oficialmente transferida al Gobierno de Alemania Occidental y transformada en el Bundesnachrichtendienst (BND-Servicio Federal de Inteligencia), manteniendo al nazi Gehlen como cerebro de la organización.

Al inicio, se calcula que su estructura absorbió aproximadamente a 4.000 agentes de campo y 400 altos oficiales —muchos de ellos exmiembros de las SS, la Gestapo, el SD (Servicio de Seguridad del Reich) y la Wehrmacht (el ejército nazi)—, todos ellos responsables políticos y materiales de los crímenes genocidas ampliamente documentados. Esto demuestra que la OTAN no se limitó a “fichar” a dirigentes VIP del aparato nazi, sino que sus estructuras militares y de inteligencia fundacionales en Europa eran directamente heredadas del Tercer Reich; simplemente cambiaron de nombre.

La OTAN como legalización del anticomunismo nazi

Cuando la OTAN fue oficialmente creada el 4 de abril de 1949, la Alianza no funcionó como la “coalición defensiva democrática” que autoproclama su discurso oficial, sino como un proyecto explícitamente anticomunista comandado por los Estados Unidos. De hecho, las primeras decisiones institucionales muestran esta continuidad ideológica con el fascismo en el interior de la OTAN: aunque la España franquista no entró en un principio, fue absorbida como socio estratégico de primer orden, y Portugal, bajo la dictadura fascista de Salazar, fue miembro fundador. Grecia también compuso la Alianza durante la dictadura fascista de los Coroneles entre 1967 y 1973. Estos simples hechos históricos desmienten de cabo a rabo que la OTAN fuese una “alianza de democracias contra el totalitarismo”. Era un bloque de potencias capitalistas —tanto “democrático-liberales” como fascistas— contra la Unión Soviética y el comunismo internacional. Además, cabe recordar que fue precisamente esta alianza la que permitió sobrevivir a la dictadura fascista de Francisco Franco.

La formación de la OTAN coincidió estratégicamente con la consolidación de la organización terrorista CIA (1947) como brazo ejecutor de operaciones clandestinas. La agencia, ampliamente romantizada y blanqueada en el laboratorio de ficción ideológica de Hollywood, mantuvo relaciones íntimas con la Organización Gehlen, convertida en uno de sus principales activos operativos en Europa Central. De hecho, este vínculo fue orgánico: ambas instituciones compartían el mismo objetivo —contención de la URSS— e idénticos cuadros dirigentes nazis reciclados, que entraban con uniforme negro azabache de las SS y salían con el gris de la República Federal Alemana.

Cuando Alemania occidental se unió formalmente a la OTAN en 1955, los antiguos generales nazis no solo no fueron juzgados, sino que fueron ascendidos a puestos de mando supremo. Esa es la podrida base histórica y política genocida que se oculta detrás de la RFA que conocemos hoy en día, un Estado criptonazi que oculta su verdadero rostro

El anticomunismo fue, más que cualquier consideración “ética” o “legal”, la brújula que guió estas alianzas estratégicas democrático-fascistas, volviendo a demostrar históricamente que la “democracia” es siempre instrumental para preservar el capitalismo, nunca un objetivo en sí. Además, volvió a quedar demostrado que el anticomunismo es potencialmente aliado del fascismo o el fascismo en estado puro.

Previamente, los nazis ya habían dedicado recursos ingentes —la mayoría, de hecho— a combatir la Unión Soviética; sus servicios de inteligencia, sus oficiales de operaciones especiales, sus ejércitos y sus redes en Europa Oriental eran mucho más consistentes que en el lado occidental, donde no se resistieron a los estadounidenses y británicos con la misma ferocidad que a los soviéticos. Este aparato era exactamente lo que Washington necesitaba para su guerra contra el comunismo.

Queda claro, por tanto, que la OTAN no trajo ninguna ruptura con el fascismo, sino que lo integró de forma calculada en el nuevo orden internacional comandado por la arquitectura imperial angloamericana. Cuando Alemania occidental se unió formalmente a la OTAN en 1955, los antiguos generales nazis no solo no fueron juzgados, sino que fueron ascendidos a puestos de mando supremo. Esa es la podrida base histórica y política genocida que se oculta detrás de la República Federal Alemana que conocemos hoy en día, un Estado criptonazi que oculta su verdadero rostro detrás de monumentos a las víctimas del Holocausto y lágrimas de cocodrilo.

FIGURAS PRINCIPALES: DE GENERALES NAZIS A MANDOS “DEMOCŔATICOS” DE LA OTAN

“Algunos se acostaron franquistas y se despertaron demócratas”, dice con aguda ironía la sabiduría popular sobre la “Transición” en el Estado español. En Europa y en la OTAN sucedió algo similar: tras la absorción de las estructuras nazis por parte de los yanquis, los oficiales de alto rango del Tercer Reich no fueron simples “colaboradores periféricos”, sino que ascendieron directamente a posiciones de liderazgo en la OTAN, dejando entrever la magnitud del “blanqueo” del fascismo que se llevó a cabo. El historial criminal de miles de cuadros intermedios nazis fue directamente a la papelera de algún despacho en Washington, pero el pasado de algunos gerifaltes condecorados no pudo ser borrado tan fácilmente debido a su altísimo rango. Sin embargo, no fue un impedimento para que estos criminales, que nunca se disociaron de sus fechorías ni pagaron por ello, sirvieran en los puestos más importantes de la maquinaria de guerra contra el comunismo, y podemos imaginar quiénes serían los hombres de confianza a sus órdenes. He aquí los tres ejemplos más destacados de la desvergüenza neonazi atlantista:

Reinhard Gehlen: General de la Wehrmacht y jefe de la Fremde Heere Ost (FHO), el servicio de inteligencia militar nazi especializado en el espionaje contra el Ejército Rojo. Capturado por los estadounidenses en 1945, ofreció sus servicios antisoviéticos a sus captores, fundando la mencionada Organización Gehlen en 1946 con exagentes nazis de la Abwehr, el SD y la Gestapo. La red fue rebautizada como el BND alemán en 1956 y fue liderada por el propio Gehlen hasta 1968.

Adolf Heusinger: General y jefe de la sección de operaciones del Estado Mayor General de Hitler desde 1940. Participó activamente en la planificación de la Operación Barbarroja (invasión de la URSS en 1941) y resultó herido en el ataque contra Hitler del 20 de julio de 1944. Evitó la desnazificación completa y escaló en la Bundeswehr, llegando a ser inspector general de las Fuerzas Armadas de Alemania Occidental (1957-1961). Culminó su “democrática” carrera como presidente del Comité Militar de la OTAN (1961-1964), máximo órgano militar de la Alianza.

Hans Speidel: Coronel y jefe del Estado Mayor del mariscal Erwin Rommel en el frente occidental (1944), con un historial nazi intacto en planificación de importantes operaciones. Tras la guerra, se integró en la Bundeswehr como general y fue nombrado comandante supremo de las Fuerzas Aliadas Terrestres en Europa Central (AFCENT) de la OTAN en 1957, donde supervisó las defensas estratégicas contra un hipotético avance soviético.

Desde las sombras, veteranos de la República de Salò mussoliniana, neofascistas y mafiosos convertidos agentes a sueldo de la OTAN ejecutaron la “estrategia de la tensión”: atentados de falsa bandera atribuidos a la izquierda, como la masacre de Piazza Fontana o la bomba en la estación de Bolonia

REDES SECRETAS STAY BEHIND: LA ESPADA DE GLADIO SOBRE LA CLASE OBRERA EUROPEA

Los crímenes de guerra no fueron una cosa del pasado para esta banda de asesinos. La guinda del pastel de la lavandería de uniformes nazis en la OTAN se materializó en las llamadas redes clandestinas Stay Behind, popularmente conocidas como operación Gladio. Gladio fue en realidad la rama italiana de esta estructura secreta continental, cuyos sanguinarios atentados indiscriminados fueron especialmente feroces en el país europeo donde el Partido Comunista tenía mayor fuerza, lo que motivaría investigaciones posteriores.

Estos aparatos clandestinos operaron desde finales de los años 40 bajo la dirección de la CIA, el MI6 británico y los demás servicios aliados para actuar, en teoría, “tras una hipotética invasión soviética”. Sin embargo, su objetivo fue en realidad evitar que los partidos comunistas accedieran al poder. Para ello, emplearon milicias secretas, coordinadas por el Comité Clandestino Aliado (ACC) de la OTAN, reclutaron a nazis y fascistas en toda Europa occidental y los equiparon con barra libre de depósitos ocultos de explosivos, armas y municiones para cometer sabotajes y asesinatos, en el marco de una guerra no convencional contra el comunismo.

En Italia, el núcleo de Gladio integró a veteranos de la República de Salò mussoliniana, neofascistas y mafiosos financiados por la CIA. Desde las sombras, estos agentes a sueldo de la OTAN ejecutaron la “estrategia de la tensión”: atentados de falsa bandera atribuidos a la izquierda, como la masacre de Piazza Fontana (1969, 17 asesinados) o la bomba en la estación de Bolonia (1980, 85 asesinados). Creada bajo el mando del coronel de los servicios de inteligencia italianos (SISMI) Renzo Rocca, Gladio contaba con al menos 622 agentes activos, 14 centros de entrenamiento (incluida una base principal en Sardinia) y 139 depósitos clandestinos de armas detectados posteriormente. Sin embargo, se sospecha que eran muchos más en realidad, puesto que algunos estaban registrados con enumeraciones que ascendían hasta 667. Esta gigantesca máquina de guerra sucia también estuvo vinculada a intentos de golpe de Estado en Italia, así como con posteriores brotes de violencia fascista armada y desaparición de testigos, puesto que algunos pistoleros con prisas de actuar cuanto antes “contra los comunistas en casa” conocían la ubicación de los arsenales tras el desmantelamiento de las redes Stay Behind. Estos episodios han sido posteriormente documentados por investigaciones independientes.

El primer indicio público de la existencia de esta red en Italia emergió durante la captura y la ejecución del dirigente democristiano Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas. En sus comunicados del 18 de marzo al 9 de mayo de 1978, la organización comunista armada denunció la existencia de Gladio: afirmó haber hallado documentación en un piso franco del SISMI que detallaba “una estructura secreta NATO/CIA” para sabotajes anticomunistas. Incluía nombres de agentes y referencias a redes Stay Behind, pero los brigadistas perdieron parte de los documentos en redadas policiales y no fueron tomados en serio. Moro, al verse abandonado por los líderes de la Democracia Cristiana (DC) que se negaban a negociar su liberación con las Brigadas Rojas, reconoció ante sus captores la existencia de estas redes ocultas. En cartas manuscritas desde su cautiverio en via Montalcini (Roma), como la del 30 de marzo dirigida a Francesco Cossiga (ministro del Interior), aludió a “fuerzas ocultas” que saboteaban su política de apertura al PCI, implicando estructuras paramilitares financiadas por la CIA y la OTAN. Escribió más de 80 misivas (solo un tercio se publicaron inicialmente), donde confesó que tenía conocimiento de Gladio como ejército secreto para “resistir invasiones comunistas”, es decir, para el terrorismo de Estado. Las Brigadas Rojas intentaron activamente revelar la verdad ante la sociedad italiana, y llegaron a publicar extractos donde Moro señalaba directamente al Gobierno de Andreotti. Su ejecución el 9 de mayo eclipsó las confesiones, interpretadas entonces como “delirios de un prisionero”.

Sin embargo, cuando el juez Felice Casson investigó en 1984 la masacre de Peteano (1972), inicialmente atribuida a izquierdistas, se demostró que las Brigadas Rojas y Moro estaban en lo cierto: descubrieron archivos en el Palazzo Braschi (propiedad del SISMI) que confirmaban la existencia de Gladio como ejército secreto de la OTAN y la CIA, compuesto por un ejército de pistoleros fascistas, entre ellos el conocido Stefano Delle Chiaie. En 1990, debido a la presión judicial y el fin de la Guerra Fría, el primer ministro Giulio Andreotti admitió el 24 de octubre su existencia ante el Parlamento: “Gladio fue una estructura de información y respuesta frente a una invasión soviética, pero desviada para terrorismo interno”. Esto desencadenó investigaciones parlamentarias en Italia, Bélgica y Suiza, así como una resolución de “condena” del Parlamento Europeo (22/11/1990), sin efectos prácticos. Se reconoció oficialmente que detrás de masacres como la de Bolonia —donde decenas de italianos inocentes fueron asesinados a propósito— se encontraban neofascistas del NAR amparados por Gladio. Agentes del SISMI como Pietro Musumeci fueron señalados por desinformar sobre el caso, pero no se impusieron condenas.

En Alemania, el aparato federal reclutó a Albert Schnez, ex-Waffen-SS y oficial de las Fuerzas Especiales Hitler, quien en 1953 fundó el Bund Deutscher Jugend (BDJ), una milicia anticomunista de 6.000 hombres que entrenaba ataques terroristas bajo el paraguas de la OTAN. Este tipo de ataques “de baja intensidad” permanentes dirigidos contra las nuevas democracias populares de europa oriental empujarían a la URSS y a la República Democrática Alemana a construir el Muro de Contención Antifascista, más conocido como el Muro de Berlín. Estas redes enlazaban directamente a la Organización Gehlen /el BND con operaciones de la Stay Behind, compartiendo inteligencia nazi sobre la URSS para planes de “resistencia interna”.

La estrategia de la tensión, replicada a una escala menor con otros excolaboracionistas nazis en Francia, Bélgica y otros países, moldeó el panorama político europeo, desestabilizando Gobiernos y poniendo en el punto de mira a organizaciones comunistas, sirviendo además como pretexto para justificar el autoritarismo de Estado bajo la excusa de la “amenaza terrorista”; una “amenaza” creada artificialmente por ellos mismos.

El santuario español

La lavandería de la infantería nazi de la OTAN no solo operó en Alemania occidental e Italia. El Estado español —aunque no se integró oficialmente como miembro de la Alianza hasta 1982— jugó un papel muy especial. Es de sobra conocido que la España franquista actuó como principal santuario europeo para jerarcas nazis huidos. Esta estructura de protección estatal, orquestada por Franco y su régimen criminal, les daba refugio político, les proporcionaba protección y colaboración a las redes Stay Behind de la OTAN, sorteando incluso las escasas exigencias aliadas de extradición. Así, desde 1945, el Estado español se convirtió en el mayor refugio europeo para criminales nazis, estimándose en 40.000 los “exiliados alemanes” para 1947, muchos de ellos de alto rango.

Pero el Estado español no solo fue la alcantarilla perfecta para la jubilación de oro de las ratas nazis, sino que funcionó como una auténtica retaguardia para las redes "Stay Behind" españolas operativas

El régimen franquista, no alineado formalmente con los aliados pero ansioso por legitimarse con la Guerra Fría, rechazó sistemáticamente las extradiciones solicitadas. La Dirección General de Seguridad (DGS), bajo la dirección de ministros como Camilo Alonso Vega y Tomás Garicano, proporcionaba documentos de identidad falsos, pisos francos y pasaportes: el nazi belga León Degrelle obtuvo nacionalidad española en 1955 como “José León Ramírez Reina”; Otto Skorzeny, rescatador de Mussolini, residió desde 1950 en Madrid con permiso oficial hasta 1975. Otros como Ante Pavelić (ustaša croata), Karl Bömelburg (jefe de la Gestapo en Francia) y Paul Stauffer usaron el Hospital Penitenciario Eduardo Aunós de Madrid como escondite temporal, asesorados por falangistas como Narciso Perales y Clara Stauffer y con conocimiento de Serrano Súñer y del mismísimo Franco.

La red no era improvisada:la “ruta de las ratas” canalizaba a los nazis desde los Pirineos con la protección de la Brigada Político-Social —heredera de colaboraciones con la Gestapo entre 1940 y 41, donde figuras como Melitón Manzanas hicieron sus “prácticas”—. Franco atendió peticiones personales de nazis que lo auxiliaron en la Guerra Civil, integrándolos en el espionaje contra comunistas internos. Degrelle, desde Málaga, inspiró a neonazis y falangistas; Skorzeny expandió redes ideológicas en clubs madrileños.

Pero el Estado español no solo fue la alcantarilla perfecta para la jubilación de oro de las ratas nazis, sino que funcionó como una auténtica retaguardia para las redes Stay Behind españolas operativas, tales como la Quiebra de la Libertad Organizada (QLO) dirigida por el almirante Luis Carrero Blanco, que desde los 50 colaboró directamente con la Gladio portuguesa e italiana. Estas células entrenaban en bases militares y recibían armas de depósitos secretos. Fueron integradas en la “estrategia de la tensión” ibérica contra los movimientos obreros y de liberación nacional. Buena prueba de ello es que Delle Chiaie, el destacado agente italiano de la Gladio mencionado anteriormente, participó en la matanza de Montejurra (Nafarroa) en 1976 contra carlistas de izquierdas. Todo esto demuestra que para cuando el Estado español entró oficialmente en OTAN en 1982 ya había hecho muchos méritos al servicio del “mundo libre”, y el “mundo libre” le dejó sentarse en la mesa de los mayores de la Comunidad Europea.

LEGADO

El reciclaje sistemático de estructuras y cuadros nazis en la OTAN tras 1945 no constituyó un mero episodio histórico transitorio anecdótico, sino que representa la mismísima forma operativa y el fundamento ideológico real de una alianza concebida como lo que es: una herramienta de dominación capitalista permanente. Esta herencia persiste en la doctrina de confrontación belicista perpetua, donde la narrativa de “defensa democrática” encubre hechos similares en la actualidad. Evoca la misma lógica instrumental la promoción de neonazis en el Ejército ucraniano —como el batallón Azov, integrado en la 12ª brigada de la Guardia Nacional desde 2014— bajo el paraguas de la OTAN en la guerra del Donbass de 2014 y la guerra de Ucrania en 2022, aunque la “amenaza comunista” haya sido ya borrada del mapa. Mientras, la mafia corrupta que gobierna en Kiev recibe armamento estadounidense y europeo acompañado de fondos masivo de la UE-OTAN a base de empobrecer y endeudar a la clase obrera europea y mandar a los ucranianos al matadero, Washington y Bruselas saben de los símbolos nazis en los parches de las unidades oficiales, así como las fechorías que estos han cometido contra su propia población. Sin embargo, están invitados todos los que quieran “contener a Rusia”, que ha sido el objetivo estratégico prioritario de la OTAN hasta ahora. Esta doble moral del pasado y el presente vuelve a poner en cuestión la naturaleza “democrática” de la Alianza en su octava década de infame existencia.

Finalmente, recordamos un fragmento de texto de Pier Paolo Pasoloni, Yo sé los nombres…, donde el autor lanzó una de sus denuncias más valientes y visionarias de su tiempo: una acusación directa contra la clase que atentaba y atenta desde la sombra.

Yo sé los nombres

Escritos Corsarios, Pier Paolo Pasolini

Lo sé. Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes instaurada como sistema de protección del poder).

Sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969

[17 muertos y 88 heridos en un bombazo contra la Banca Nazionale dell' Agricoltura].

Sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y de Bolonia en los primeros meses de 1974. Sé los nombres del "vértice" que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los "desconocidos" autores materiales de los atentados más recientes.

Sé los nombres de quienes han manejado las dos fases distintas, incluso opuestas, de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).

Sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo lugar, de los coroneles griegos y la mafia), urdieron primero (aunque fracasaron miserablemente) una cruzada anticomunista para atajar el 68. (...)

Sé los nombres de quienes, entre misa y misa, dieron instrucciones y aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si acaso, la organización de un posible golpe de Estado), a jóvenes neofascistas, o más bien neonazis (para crear en concreto la tensión anticomunista), y por último, a criminales comunes, hasta este momento, y quizá para siempre, sin nombre (...)

Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como asesinos y sicarios. Sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados contra las instituciones y matanzas) que han cometido.

Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo indicios.

Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos a veces lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.

Todo eso forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Me parece difícil que mi "proyecto de novela" esté equivocado, es decir, que no tenga conexión con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo, además, que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé como intelectual y novelista. Porque la reconstrucción de la verdad acerca de lo ocurrido en Italia después de 1968 tampoco es tan difícil.

(...) Probablemente, los periodistas y los políticos también tienen pruebas o, por lo menos, indicios.

El problema es el siguiente: los periodistas y los políticos, aun teniendo pruebas y sin duda indicios, no dan nombres. ¿A quién corresponde, pues, dar esos nombres? Evidentemente, a quien no sólo tiene el valor suficiente, sino que, además, no está comprometido en la práctica con el poder y tampoco tiene, por definición, nada que perder: un intelectual.

De modo que un intelectual podría ser el más apropiado para dar a conocer esos nombres; pero no tiene pruebas ni indicios.

El poder y el mundo que, sin ser del poder, mantiene relaciones prácticas con el poder, por su propia configuración, han excluido a los intelectuales libres de la posibilidad de tener pruebas e indicios.

Podrían objetarme que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en ese mundo explícitamente político (del poder o sus aledaños), comprometerme con él y, por tanto, compartir el derecho a tener, con elevada probabilidad, pruebas e indicios.

Pero a esta objeción contestaría que no es posible, porque es justamente la repugnancia a entrar en ese mundo político lo que se identifica con mi posible atrevimiento intelectual de decir la verdad, es decir, de dar nombres.

(...) Al intelectual -profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana- se le encomienda una función falsamente elevada y noble, la de debatir los asuntos morales e ideológicos.

Si no cumple esta función se le considera un traidor, y de inmediato se alzan voces (como si estuvieran esperando el momento) contra la "traición de los intelectuales". Gritar contra la "traición de los intelectuales" es una coartada y una gratificación para los políticos y los servidores del poder.

Pero no existe sólo el poder; también existe una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan extensa y fuerte, que constituye un poder en sí misma: me refiero, naturalmente, al Partido Comunista Italiano.

Es evidente que en este momento la presencia de un gran partido como el Partido Comunista Italiano en la oposición es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas.

El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honrado en un país inmoral, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanista en un país consumista.

(...) Pero, precisamente, todo lo positivo que he dicho del Partido Comunista Italiano también constituye su aspecto relativamente negativo.

La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y la degeneración, el otro intacto y limpio, no propicia la paz ni el espíritu constructivo.

Además, entendida tal como la acabo de describir, creo que, objetivamente (como un país en el país), la oposición viene a ser otro poder, pero poder al fin y al cabo. Por consiguiente, los políticos de esa oposición no pueden dejar de comportarse, también ellos, como hombres de poder.

(...) Ahora bien, ¿por qué tampoco los políticos de la oposición, si tienen -como es probable- pruebas, o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, o sea, políticos, de los cómicos golpes y las espantosas matanzas de este año? Muy sencillo: no los dan en la medida en que distinguen -a diferencia de lo que haría un intelectual- entre verdad política y práctica política. Por tanto, naturalmente, ellos tampoco dan a conocer las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario. Ni se les pasa por la cabeza, como es normal, dada la situación objetiva de hecho.

(...) Sé muy bien que no es pertinente -en este momento concreto de la historia italiana- plantear públicamente una cuestión de confianza a toda la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero éstas son categorías de la política, no de la verdad política, a la que el impotente intelectual, cuando y como puede, debe servir. Pues bien, precisamente porque no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y los atentados (y no en vez de darlos), no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra toda la clase política italiana. Lo hago porque creo en la política, creo en los principios "formales" de la democracia, creo en el Parlamento y creo en los partidos. Naturalmente, desde mi visión particular, que es la de un comunista.

BiBLIOGRAFíA

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Richard Cottrell (2014), Gladio, NATO’s Dagger at the Heart of Europe.

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Gabriel Rockhill (2024), Las raíces nazis de la OTAN.

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