ARTEKA / Guerra
La guerra contemporánea y los límites de las guerras por delegación
Este artículo parte de una idea sencilla: la guerra es parte estructural del capitalismo, pero sus formas se transforman históricamente. Por tanto, el objetivo es comprender cómo se organiza esa confrontación, cuáles son sus principales expresiones y qué límites tiene el modelo de guerra contemporáneo.
La guerra contemporánea y los límites de las guerras por delegación

Los conflictos de los últimos años ‒desde Oriente Próximo hasta Europa del Este, del Sahel al Asia-Pacífico‒ y el estruendo cada vez más sonoro de los tambores de guerra han puesto de manifiesto el crecimiento de la tensión a nivel mundial. Sin embargo, esa confrontación no siempre se manifiesta de forma directa y visible: con frecuencia, se materializa a través de sanciones económicas, presión diplomática, ciberataques o conflictos por delegación. Por ello, la comprensión de la guerra contemporánea no puede reducirse a una perspectiva meramente militar.

Estos cambios no han sido fruto del azar. La reorganización de la economía mundial, el surgimiento de nuevas potencias y las crisis capitalistas han intensificado el imperialismo.

Este artículo parte de una idea sencilla: la guerra es parte estructural del capitalismo, pero sus formas se transforman históricamente. Por tanto, el objetivo es comprender cómo se organiza esa confrontación, cuáles son sus principales expresiones y qué límites tiene el modelo de guerra contemporáneo.

Las bases económicas del conflicto imperialista

Los primeros teóricos de la guerra capitalista la asociaban al caos y a la incertidumbre. Según Carl von Clausewitz, quien participó en las guerras napoleónicas, la guerra es el resultado de una tensión dinámica entre tres elementos: en primer lugar, la violencia ciega impulsada por las pasiones de los pueblos; en segundo lugar, el juego del azar y las probabilidades; y, en tercer lugar, la dirección política de los gobiernos. Esas tres dimensiones se mantienen en un desequilibrio constante, lo que confiere a la guerra su carácter caótico.

Detrás de esa apariencia caótica que adopta la guerra capitalista, sin embargo, no hay puro azar; al contrario, existen tendencias indispensables para la reproducción del orden capitalista en su búsqueda de rentabilidad. La apariencia caótica de la guerra no es, pues, más que un fenómeno superficial. Para comprender esto, es necesario acudir a las dinámicas internas del capital: resulta imprescindible examinar cómo se acumula, cómo se centraliza y cómo extiende sus tentáculos por todo el mundo.

En ese sentido, la guerra contemporánea no puede comprenderse al margen de las tendencias de concentración y centralización del capital, las cuales le son fundamentales: la primera hace referencia al crecimiento de las unidades productivas mediante la acumulación; la segunda, a la absorción de un capital por otro. Vladimir Lenin subrayó que la propia competencia impulsa la concentración de la producción y, con ella, la aparición de monopolios. Esto es, la lógica de la competencia genera unidades económicas gigantescas capaces de dominar sectores enteros.

Este proceso adopta formas concretas en la integración de capitales. Por un lado, mediante la integración horizontal, se fusionan empresas del mismo sector para controlar cuotas de mercado más amplias. Por otro lado, a través de la integración vertical, se adquiere el control de toda la cadena productiva, desde la extracción de materias primas hasta la distribución. De este modo, el capital tiende a concentrarse en escalas cada vez mayores.

Sin embargo, esa tendencia no se limita al ámbito empresarial y, además, genera transformaciones profundas. Según Nikolai Bukharin, la tendencia a la centralización del capital adquiere una importancia decisiva en la fase imperialista, ya que, bajo su influencia, los capitalistas dejan de ser agentes dispersos y se organizan en el seno de estructuras estatales, formando bloques de capital nacionales. De este modo, los procesos de concentración e integración a escala empresarial se reproducen a una escala mayor, dando lugar a un sistema de articulación y competencia entre economías nacionales enteras. En consecuencia, la economía mundial se reorganiza como un sistema de bloques de capital que compiten a través de los Estados. Esta tendencia, en su expresión más desarrollada, conlleva la disputa por el control de territorios y economías enteras, que se refleja en la competencia político-militar entre Estados.

En la misma línea, el capitalismo no puede comprenderse sin tener en cuenta la creciente coordinación entre los Estados y el gran capital. El capital financiero ‒la fusión entre el capital industrial y los bancos‒ no solo domina la economía, sino que se articula con un poder político. De este modo, el Estado se convierte en el organizador consciente de la economía, garantizando las condiciones para la acumulación, protegiendo sectores estratégicos y dirigiendo el desarrollo económico.

En consecuencia, los procesos de concentración y centralización del capital exigen inevitablemente una coordinación política más centralizada. La formación de los bloques de capital nacionales no es, pues, un fenómeno meramente económico: transforma el propio papel del Estado hasta convertirlo en la estructura fundamental de la organización general del capital. Es así como se desarrolla la relación orgánica entre el capital y el Estado.

En este sentido, los bancos ‒y en particular los bancos centrales‒ desempeñan una función fundamental. En la medida en que el capital financiero se apodera del control del crédito y de las inversiones, el banco central se convierte en la instancia suprema de coordinación de ese capital: regulando los flujos de capital, disciplinando a los agentes económicos y garantizando la estabilidad general del sistema. En esta línea, puede afirmarse que el banco central es el “cerebro financiero” del sistema.

Mediante la centralización de capital, los procesos de concentración e integración a escala empresarial se reproducen a una escala mayor, dando lugar a un sistema de articulación y competencia entre economías nacionales enteras. En consecuencia, la economía mundial se reorganiza como un sistema de bloques de capital que compiten a través de los Estados

La articulación entre el capital financiero, los Estados y los bancos centrales proporciona al imperialismo coherencia y unidad de acción, a pesar de los choques internos entre distintos intereses y fracciones. Esos bloques no son meras asociaciones de empresas; son estructuras complejas que articulan de forma integrada a los bancos, la industria y el aparato estatal. En consecuencia, no son los capitales aislados los que se enfrentan en la competencia internacional, sino estructuras político-económicas capaces de movilizar de manera coordinada su capacidad económica, financiera y militar. En ese sentido, tal como lo planteó Lenin, el imperialismo debe entenderse como la política del capital financiero: una forma de expansión y de competencia articulada a través del Estado, que estructura las relaciones de poder a escala mundial.

No obstante, el capital monopolista no solo transforma el papel del Estado o de los bancos, de hecho, también transforma el modo en que el capital se expande globalmente. La exportación de capital es uno de los rasgos más característicos del imperialismo. En esencia, el capital se desplaza hacia territorios con mayor rentabilidad, ya sea en forma de inversión, crédito o infraestructura.

La exportación de capital responde a una necesidad estructural. En las economías centrales, la acumulación masiva de capital y la saturación de los mercados provocan una caída de la rentabilidad. Esa presión empuja el capital hacia espacios que ofrecen mejores condiciones de valorización: territorios periféricos con fuerza de trabajo y recursos más baratos, menor regulación o mayor control político. La exportación de capital es, por tanto, la expresión directa de las contradicciones internas de la acumulación capitalista, un mecanismo de compensación temporal frente a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

La expansión del capital tiende a la apropiación de espacios no capitalistas y a la reconfiguración continua de los espacios ya capitalistas. De este modo, las relaciones de mercado se extienden a nuevas esferas y la lógica de valorización del capital abarca territorios cada vez más amplios.

Según Bukharin, la implantación del capital en otros territorios no solo permite abrir nuevos mercados y obtener beneficios; también provoca la integración forzosa de dichos territorios. La expansión del capital tiende a reorganizar la estructura de esas economías según sus propias necesidades. Es así como nacen las relaciones de dominación: generando economías dependientes de la demanda externa y sometiendo a los Estados a las finanzas internacionales mediante infraestructuras orientadas a la exportación. Lo que se presenta como progreso conlleva, en realidad, integración subordinada y dominación, incluida la anexión económica y política de los mercados nacionales.

Este proceso es la base de la globalización de la producción. En las cadenas de valor globales actuales, el diseño, la fabricación y el ensamblaje de mercancías se realizan en distintos países. La división internacional del trabajo se reorganiza en función de la rentabilidad, concentrando las actividades de alto valor en los centros imperialistas y desplazando los procesos de trabajo intensivo hacia la periferia. Según Arghiri Emmanuel, esa desigualdad estructural se reproduce también a través de las relaciones de intercambio internacional, mediante el intercambio desigual: las economías con trabajo más intensivo ‒generalmente las periféricas‒ no se apropian íntegramente del valor que generan.

La implantación del capital en otros territorios no solo permite abrir nuevos mercados y obtener beneficios; también provoca la integración forzosa de dichos territorios. La expansión del capital tiende a reorganizar la estructura de esas economías según sus propias necesidades

En consecuencia, la exportación de capital, como mecanismo fundamental del imperialismo, es el instrumento que garantiza la rentabilidad del capital del centro imperialista. Al mismo tiempo, expande y organiza la producción capitalista a escala global, ahondando en su desarrollo desigual.

A ello se suma que el desarrollo del capital financiero y su expansión internacional no hacen desaparecer la competencia, sino que la transforman. A medida que el capital se concentra y se articula con el Estado, la competencia deja de ser entre empresas aisladas para convertirse en una competencia entre bloques de capital organizados a escala estatal. En estas condiciones, la guerra aparece como la prolongación de esa competencia, por otros medios.

La exportación de capital, la necesidad ilimitada de expansión y la anexión de mercados llevan al imperialismo a su último extremo. En ese punto, la guerra no es una excepción, sino el mecanismo extremo para dar solución a esas contradicciones; ya que el capital financiero necesita reorganizar por la fuerza aquello que la competencia económica no puede resolver

Cuando cada bloque integra en su seno bancos, industria y aparatos de Estado, los choques por el control de mercados, los recursos, la fuerza de trabajo o las rutas estratégicas ya no pueden resolverse en el terreno meramente económico. La exportación de capital, la necesidad ilimitada de expansión y la anexión de mercados llevan al imperialismo a su último extremo. En ese punto, la guerra no es una excepción, sino el mecanismo extremo para dar solución a esas contradicciones; ya que el capital financiero
necesita reorganizar por la fuerza aquello que la competencia económica no puede resolver.

La propia internacionalización de la economía profundiza esas contradicciones, ya que cuanto más interconectadas estén las economías, más directo será el choque entre los intereses de las burguesías nacionales. La globalización de la producción y las finanzas, lejos de generar armonía, multiplica los focos de tensión: las cadenas de suministro, el acceso a las materias primas, el control tecnológico o el dominio de los mercados se convierten en los ejes de la competencia estratégica. De este modo, en lugar de hacer desaparecer las fronteras, la economía mundial las convierte en espacios de conflicto sólidos y estratégicos. Por todo ello, los Estados ‒que actúan como comité central de la burguesía‒ asumen un papel más activo, protegiendo el mercado interior mediante el proteccionismo y los aranceles, y promoviendo hacia el exterior la expansión económica y la apertura de nuevos mercados. La protección interior y la expansión exterior son las dos caras de un mismo proceso, tal y como subraya Bukharin.

Al mismo tiempo, se desarrollan instancias de poder supraestatales ‒organismos internacionales económicos, financieros, políticos y militares‒ que participan en la organización del orden mundial.

En consecuencia, el imperialismo combina integración económica y confrontación geopolítica. Los mismos procesos que articulan el mercado global generan, a su vez, la disputa por el control de ese mercado, a través de medios económicos, políticos y militares. Así, la guerra no es una excepción, sino una constante histórica arraigada en la fase imperialista del capitalismo.

Los mismos procesos que articulan el mercado global generan, a su vez, la disputa por el control de ese mercado, a través de medios económicos, políticos y militares. Así, la guerra no es una excepción, sino una constante histórica arraigada en la fase imperialista del capitalismo

Por lo tanto, la paz no es un estado duradero en el imperialismo. El conflicto no desaparece en los períodos sin guerra; al contrario, es la propia amenaza de la violencia la que lo contiene, y la acumulación de armamento, la preparación militar o la expansión estratégica son los mecanismos habituales para mantener ese estado de “paz” relativa. De este modo, la guerra no aparece solo cuando estalla el conflicto; está presente en toda la dinámica del sistema, de forma latente.

Además, incluso en tiempos de “paz”, las capacidades militares condicionan las relaciones económicas. Los acuerdos económicos, comerciales y financieros se construyen, en última instancia, sobre la correlación de fuerzas militares. Esa fuerza, además, se convierte en un activo para obtener o imponer acuerdos favorables.
En ese sentido, puede invertirse la idea planteada por Clausewitz: la guerra es la continuación de la política por otros medios y, al mismo tiempo, la propia política se organiza bajo la amenaza de esa guerra potencial. Así, queda de manifiesto que la economía, la política y la guerra son los tres momentos sucesivos de una misma unidad.

En la fase imperialista del capitalismo, la guerra es, pues, el modo expandido de reproducción del sistema. Las contradicciones de la acumulación del capital y las presiones sobre la rentabilidad generan una tensión estructural permanente, y en esas condiciones la guerra imperialista se convierte en la realidad persistente del capital financiero.

De hecho, la guerra es el mecanismo extremo de centralización del capital: grandes masas de capital desaparecen o son absorbidas, y los beneficios se concentran en manos de cada vez menos agentes. De este modo, lejos de ser funcional para todos los capitales, la guerra lo es especialmente para las fracciones de capital dominantes que refuerzan su posición hegemónica. Más allá de la pura destrucción, es el mecanismo mediante el cual el capital reorganiza violentamente sus condiciones de acumulación, redistribuyendo mercados, estableciendo nuevas jerarquías y abriendo espacios de valorización.

Para esclarecer la aparente contradicción entre el poder destructivo y la rentabilidad de la destrucción masiva de fuerzas productivas, es preciso analizar la producción militar y la función de valorización de la guerra.

En ese sentido, la industria armamentística es un sector fundamental en el imperialismo. En contextos de sobreacumulación, tiene la capacidad de absorber grandes masas de capital más allá de los límites directos del mercado civil, ya que el propio Estado es su principal cliente. A esto se le suma la función de la guerra y la reconstrucción posterior: la destrucción anula el valor del capital fijo y, al mismo tiempo, abre nuevos ciclos de inversión en infraestructuras, energía o el ámbito financiero. Por tanto, la guerra y la reconstrucción no son fenómenos opuestos, sino momentos complementarios de la acumulación capitalista.

Los mecanismos del imperialismo

Esas bases materiales no se limitan a una mera abstracción; sino que se expresan en la actividad política y económica cotidiana. Los choques entre capitales no solo se producen en el plano de la producción o los mercados, sino que también se desarrollan a través de presiones económicas, financieras y políticas, reorganizando continuamente las relaciones de poder.

Para comenzar, el conflicto económico extendido es una de las principales expresiones de esa confrontación. Las sanciones económicas, los aranceles, los bloqueos comerciales y financieros o el control de recursos estratégicos son instrumentos sistemáticos del capital. Las sanciones contra Rusia en el contexto de la guerra de Ucrania, o las restricciones impuestas por Estados Unidos a la exportación de tecnología avanzada a China son intentos de redistribuir el control de las cadenas de valor globales. La limitación del acceso al sistema financiero ‒como la exclusión del sistema SWIFT‒ o el uso de la hegemonía del dólar como instrumento de presión demuestran que la competencia económica es una confrontación directa arraigada en las relaciones de poder. De esta forma, la presión económica no reemplaza a la guerra, sino que actúa como su forma específica.

La guerra es la continuación de la política por otros medios y, al mismo tiempo, la propia política se organiza bajo la amenaza de esa guerra potencial. Así, queda de manifiesto que la economía, la política y la guerra son los tres momentos sucesivos de una misma unidad

Por otro lado, ese imperialismo se estructura a través de sistemas de alianzas. Mediante organismos como la OTAN, las potencias imperialistas institucionalizan su hegemonía, asegurando la alineación política y la integración económica y militar de los Estados subordinados. Tal y como ha quedado de manifiesto en la guerra de Ucrania, las alianzas son instrumentos para imponer intereses estratégicos. Del mismo modo, las alianzas que se articulan en torno a Estados Unidos en el Indo-Pacífico cumplen la función estratégica de atacar a China.

Por último, todos estos instrumentos funcionan bajo la amenaza permanente de la guerra. Los despliegues militares, las bases estratégicas y la presencia armada ‒en Europa del Este, en el mar de China Meridional o en Oriente Próximo‒ ejercen una presión directa. La fuerza militar es la condición general que estructura los acuerdos económicos, las relaciones comerciales y las alianzas políticas. Esa amenaza implícita condiciona las relaciones económicas y políticas.

No obstante, todas ellas son distintas expresiones de un único proceso: la economía, la política y la fuerza militar se articulan de manera unitaria, estructurando la reproducción del capital a escala mundial. Por tanto, la confrontación no solo se produce en el plano de los medios, sino que adopta formas históricas concretas, adaptándose a las condiciones materiales de cada momento. Por ello, en el contexto actual, el imperialismo no se manifiesta principalmente en confrontaciones directas y generalizadas, sino en formas más fragmentadas, indirectas y prolongadas, donde el conflicto global se desarrolla de forma descentralizada y en múltiples niveles.

Las formas contemporáneas de la guerra capitalista

Tal y como hemos visto en la sección anterior, el imperialismo se materializa a través de múltiples formas. Las formas de guerra actuales no alteran su esencia, sino que transforman su expresión histórica: se mantiene la misma lógica, pero se renuevan los medios, las escalas y los modos de articulación. En la fase actual del imperialismo, la confrontación militar directa y generalizada entre grandes potencias ‒como la del siglo XX‒ no predomina. No obstante, eso no significa que la guerra haya desaparecido, sino que, al contrario, su forma histórica se ha transformado. En la medida en que la confrontación directa entre bloques nucleares supone un coste político y material inasumible, la confrontación adopta formas más fragmentadas, indirectas y prolongadas. La competencia, no obstante, no decrece; mantiene su carácter estructural.

En ese contexto, la guerra por delegación se ha convertido en una de las formas predominantes. Los actores locales ‒Estados subordinados, milicias o ejércitos aliados‒ actúan como intermediarios del conflicto en lugar de enfrentarse directamente. De este modo, aunque el conflicto se descentralice, refleja la jerarquización y el centralismo del imperialismo: los territorios periféricos no son sujetos autónomos, sino territorios que se convierten en espacios de proyección donde el conflicto global se refleja de forma localizada.

En el caso de las guerras de Siria, Yemen o Libia, queda de manifiesto que distintos bloques alimentan el mismo conflicto, inyectando recursos económicos, militares y logísticos. En ese sentido, estos conflictos no son solo escenarios de confrontación geopolítica; son también nuevos espacios de valorización para el capital. David Harvey explica que estos procesos están vinculados a la acumulación por desposesión: en el contexto de guerra, se amplían las oportunidades para apropiarse y reorganizar tierras, recursos naturales e infraestructuras estratégicas, desarticulando con frecuencia las estructuras económicas y sociales locales. De esta forma, la confrontación no solo redefine las relaciones de poder, sino que también reorganiza violentamente las condiciones de valorización del capital.

También se sitúa en este contexto la expansión de las empresas de seguridad privadas. Estas empresas ‒que actúan como fuerzas armadas asalariadas‒ se convierten en un mecanismo para subcontratar la propia guerra. De esta manera, las potencias imperialistas pueden llevar a cabo la intervención militar de forma más flexible, reduciendo los costes políticos y eludiendo la responsabilidad directa. Además, con frecuencia resultan más baratas que mantener ejércitos regulares, al contar con estructuras más ligeras y menores compromisos institucionales. Al mismo tiempo, la propia violencia se convierte en un espacio de valorización, vinculando directamente la prolongación del conflicto y la destrucción con intereses económicos.

Esta forma tiene una consecuencia específica: la cronificación de la guerra. El objetivo ya no es lograr una victoria decisiva, sino debilitar continuamente al adversario y asegurar o bloquear posiciones estratégicas. Por ello, los conflictos se prolongan, ya que la inyección constante de recursos impide una resolución rápida. De este modo, la guerra deja de tener el carácter de un momento puntual, convirtiéndose en una condición permanente, que ahonda en la destrucción de regiones enteras, la desarticulación social y las situaciones de dependencia.

En los conflictos actuales, es cada vez más habitual que la confrontación se lleve a cabo mediante múltiples medios: ciberataques, campañas de desinformación, presión económica u operaciones encubiertas. Estos instrumentos no aparecen de forma aislada, sino que se articulan de manera coordinada, combinando la dimensión militar, económica, tecnológica e informativa. Así pues, el propio concepto de campo de batalla se amplía: ya no se limita a un espacio puramente militar, sino que se convierte en un ámbito que abarca a toda la sociedad, donde las infraestructuras críticas, los sistemas de comunicación o las redes financieras se convierten en terrenos de combate.

Aunque la guerra por delegación descentralice el conflicto, refleja la jerarquización y el centralismo del imperialismo: los territorios periféricos no son sujetos autónomos, sino territorios que se convierten en espacios de proyección donde el conflicto global se refleja de forma localizada

En ese contexto se sitúan conceptos como “guerra híbrida” o “zona gris”, que se han extendido en los últimos años. En términos generales, la llamada “guerra híbrida” designa el uso coordinado de distintas dimensiones ‒militar, económica, tecnológica e informativa‒ del conflicto, haciendo que la confrontación sea no lineal y continua. Sin embargo, a pesar de que estos términos se utilizan para designar dichos fenómenos, no crean ninguna realidad nueva: son la formulación ideológica de dinámicas ya existentes. De hecho, todos esos instrumentos son expresiones de la misma lógica que hemos descrito antes, es decir, formas de articular el imperialismo de distintas maneras.

Por ello, la idea de “zona gris” no debe entenderse como un espacio neutro entre la guerra y la paz. Al contrario, es una forma específica de conflicto en la que esa distinción se difumina y la confrontación se vuelve continua. Los ciberataques, las presiones financieras o las campañas de desinformación no reemplazan a la guerra: son la guerra misma, llevada a cabo mediante otros medios.

El desarrollo tecnológico refuerza estas tendencias, pero no altera su naturaleza. Los drones, las armas de precisión o las capacidades de intervención a distancia transforman los modos de proyectar la fuerza, permitiendo intervenciones más puntuales y políticamente “manejables” para las potencias hegemónicas. No obstante, esos “ costes menores” no son universales: en la medida en que son manejables para los centros imperialistas, generan destrucciones sociales y materiales más profundas en la periferia. La tecnología, por tanto, no neutraliza la guerra; agrava su desequilibrio.

La guerra contemporánea no es una ruptura respecto a las formas clásicas del conflicto, sino una forma adaptada a una fase en la que la confrontación se vuelve más difusa, prolongada e integrada en el funcionamiento cotidiano del sistema

En consecuencia, la guerra contemporánea no es una ruptura respecto a las formas clásicas del conflicto, sino una forma adaptada a una fase en la que la confrontación se vuelve más difusa, prolongada e integrada en el funcionamiento cotidiano del sistema. Los conflictos actuales, aunque adopten formas distintas, siguen la misma lógica. Sin embargo, esas formas ‒en especial las guerras por delegación y las confrontaciones híbridas‒ no son ni neutrales ni estables: en la medida en que sirven para exportar y gestionar tensiones, también generan y acumulan nuevas contradicciones, convirtiéndose en fuente de fricción. Por tanto, las formas de la guerra contemporánea hacen su dinámica más compleja e inestable, preparando las condiciones de choques que se harán más evidentes en fases posteriores.

Los límites de las guerras por delegación y la reconfiguración del conflicto

El desarrollo de la guerra mediante delegación no es una solución estable a las contradicciones del imperialismo, sino una forma específica y limitada de gestionarlas. Como hemos visto en los apartados anteriores, para el capital la guerra no es la excepción, sino un instrumento para reorganizar las condiciones de acumulación; y los imperialistas, para evitar la confrontación directa, canalizan con frecuencia esa competencia en formas indirectas. Sin embargo, esa forma tiene sus límites internos. Las guerras por delegación, en la medida en que “exportan” la confrontación, no pueden hacer desaparecer las propias contradicciones que las generan: al contrario, las desplazan, las acumulan y, finalmente, las agravan.

Según Gonzalo Fiore, estas formas de conflicto no apaciguan la tensión del sistema, sino que preparan los próximos ciclos de confrontación. Las guerras por delegación abren oportunidades para la acumulación de capital ‒destrucción, reconstrucción, control de recursos‒, pero al mismo tiempo generan fricciones. No son, por tanto, escenarios únicamente rentables; también generan costes, incertidumbre y pérdida de control.

Profundizando en esa perspectiva, estas fricciones se manifiestan en varios niveles. En primer lugar, en el nivel económico, los conflictos prolongados conllevan el agotamiento de recursos materiales, interrumpiendo las cadenas de suministro y haciendo tambalear la estabilidad de los mercados. En segundo lugar, en el nivel político, actuar por delegación exige la dependencia de aliados, aunque esta dependencia nunca es total. Los actores locales desarrollan intereses propios que no siempre coinciden con las estrategias de las potencias protectoras. En tercer lugar, en el nivel militar: a medida que los conflictos se prolongan, la capacidad de controlar la escalada se debilita y las dinámicas imprevistas cobran protagonismo.

De este modo, se pone de manifiesto la contradicción de las guerras por delegación. Por un lado, este tipo de guerra es necesario para las grandes potencias, para evitar la confrontación directa. Por otro lado, esa propia forma genera nuevas condiciones, cada vez más difíciles de controlar y que acumulan tensiones. No es, por tanto, un mecanismo de estabilidad, sino una forma de gestionar la inestabilidad.

La destrucción material abre procesos de reconstrucción en los que el capital financiero, a través del crédito y la deuda pública, ocupa posiciones dominantes. Al mismo tiempo, los conflictos prolongados crean condiciones para reorganizar el control de recursos estratégicos, abrir nuevos mercados y profundizar en las relaciones de dependencia. De esta manera, estas formas de guerra pueden resultar especialmente funcionales para determinadas fracciones de capital.

Asimismo, las fracciones de capital vinculadas a la industria militar obtienen también beneficios directos a través de los conflictos prolongados, que exigen una producción y suministro continuos de armamento. De este modo, cuando la guerra se desarrolla por delegación, no solo se gestiona una confrontación política y militar, sino que se activa un ciclo de producción, financiación y reconstrucción que se convierte en fuente de rentabilidad para determinados capitales.

Las colisiones surgidas en un conflicto periférico pueden fácilmente desbordarse más allá del marco local originario. En ese momento, el marco de la confrontación indirecta se estrecha y las potencias tienden a intervenir de forma cada vez más directa

No obstante, estos beneficios no son generalizados ni estables. Y es que no se trata de escenarios únicamente rentables, puesto que también generan costes, incertidumbre y pérdida de control. A medida que los conflictos se prolongan, el agotamiento de recursos, la autonomización de los aliados y las dificultades para controlar la escalada se agudizan, convirtiéndose en fuente de fricción para los propios bloques.

Los límites de las guerras por delegación quedan al descubierto cuando estas tensiones acumuladas provocan saltos cualitativos. Las colisiones surgidas en un conflicto periférico pueden fácilmente desbordarse más allá del marco local originario: los ataques a infraestructuras estratégicas, las interrupciones del suministro energético o los incidentes que afectan directamente a los intereses de las grandes potencias aceleran las dinámicas de escalada. En ese momento, el marco de la confrontación indirecta se estrecha y las potencias tienden a intervenir de forma cada vez más directa. Esa tendencia no genera automáticamente una escalada directa, pero en ciertas condiciones, especialmente cuando la tensión se acumula, puede provocar saltos cualitativos.

El caso de la guerra de Ucrania ilustra con claridad esta dinámica. Durante años, el conflicto se gestionó por delegación. Sin embargo, la acumulación de tensiones económicas, militares y políticas superó ese marco. Tras años de muertos en el Donbass, la intervención directa de Estados Unidos y la Unión Europea no supuso una ruptura. Cuando la guerra por delegación resultó insuficiente para garantizar los intereses estratégicos en juego, la fase anterior tuvo continuación bajo otras condiciones.

Pueden observarse tendencias similares en otros escenarios, donde los mecanismos indirectos se articulan cada vez más con intervenciones más directas. Esto demuestra que la guerra por delegación no es una fase final estable, sino una forma de transición que tiende a incrementar la intensidad y la escala del conflicto.

En consecuencia, en el imperialismo contemporáneo la guerra no es solo un fenómeno que se manifiesta en formas distintas, sino que son las propias tensiones entre esas formas las que impulsan la dinámica del sistema. Las guerras por delegación, en la medida en que generan oportunidades de rentabilidad, profundizan al mismo tiempo la confrontación entre los bloques. Por ello, no deben entenderse como mecanismos de estabilidad, sino como dispositivos que acumulan contradicciones, a través de los cuales se crean las condiciones para que el imperialismo transite
hacia nuevas fases. Estas formas de conflicto, al intentar desplazar la tensión del sistema, preparan los próximos ciclos de confrontación.