FOTOGRAFÍA / Zoe Martikorena
2023/03/01

La construcción de identidades es un proceso social que se inicia en el momento en que un individuo es traído al mundo de los humanos, insertado en la sociedad. Es un proceso de identificación colectiva, en el que la relación con el resto, como fuerza de totalidad, determina al individuo dentro de unos márgenes establecidos. Esos márgenes son diversos y cambiantes según la propia historia de la humanidad y las relaciones de producción que la subyacen. Son también elásticos dentro de una etapa histórica determinada, y su determinación depende de diversos mecanismos de socialización. Entre ellos encontramos los institucionalizados, en la educación o la cultura de masas expresada en las tendencias políticas dominantes. Y es que la identidad colectiva y sus variables individuales son un constructo social más o menos consciente, no una expresión simple y absoluta de lo que algunos llaman, de manera errónea y revisionista, «materialidad».

Vemos ese error muy habitualmente en lo que concierne a la identidad de género. Según el punto de vista reaccionario, es idealismo hablar de tales identidades; pero para argumentarlo no tienen más remedio que recurrir a una identidad −soy materialista− basada en una burda simplificación biologicista del materialismo. Con eso ponen fin a toda discusión. ¿Pero acaso no es de ceguera antimaterialista obviar la existencia de grupos sociales con identidades diversas y hasta discrepantes?

Según el punto de vista reaccionario, es idealismo hablar de tales identidades; pero para argumentarlo no tienen más remedio que recurrir a una identidad −soy materialista− basada en una burda simplificación biologicista del materialismo

La identidad como elemento conflictivo a discusión surge en una realidad en la que el deber ser no se corresponde con el ser consciente, en una sociedad en la que el querer y el poder están constantemente en conflicto. La identidad es una crisis de disociación entre una función social establecida, y la concepción que se tiene de la misma. Esa disociación se da, de manera colectiva y generalizada, en una sociedad donde la sociabilidad y el proceso de socialización se han emancipado del individuo social para contraponérsele como totalidad autoritaria. Esto es, la crisis de identidad surge en una sociedad donde la practica social no se funda sobre la voluntad libre del individuo, sino que, al contrario, el individuo no es más que el apéndice de un sujeto «automático», un sujeto emancipado como totalidad incuestionable.

Para el fin que nos proponemos en el presente artículo (y en nuestra práctica política), el punto de partida ha de ser necesariamente este: la identidad de género es un constructo social y político. Y es que más allá de argumentos biologicistas, el ser mujer, hombre u de otro género distinto no son expresiones directas de nuestro cuerpo biológico. Incluso aquello que históricamente ha tenido un amplio consenso, como es identificar a una mujer con un sexo determinado, requiere explicar por qué ser mujer, esto es, identificarse como mujer, implica unas pautas sociales determinadas.

Más allá de argumentos biologicistas, el ser mujer, hombre u de otro género distinto no son expresiones directas de nuestro cuerpo biológico. Incluso aquello que históricamente ha tenido un amplio consenso, como es identificar a una mujer con un sexo determinado, requiere explicar por qué ser mujer, esto es, identificarse como mujer, implica unas pautas sociales determinadas

No podríamos realizar una crítica al feminismo en su propio terreno si no aceptáramos la posibilidad de construir a la mujer como género e identidad. Entre otras cosas porque si la identidad no fuera política, aceptaríamos, junto con el feminismo, que la identidad de la mujer está relacionada con la práctica política del feminismo, y no con la del comunismo. Esto es, si los mecanismos de identificación colectiva no fueran un constructo social, entonces la identidad sería absoluta e inamovible, y el cambio social una quimera. Asimismo, es cierto que la identificación individual puede parecer, en muchas ocasiones, totalmente asincrónica. Ahora bien, la propia crisis de identidad individual, que pueda conllevar identificaciones aparentemente ilógicas desde el punto de vista que dispone de un amplio consenso social, no es más que una expresión de una crisis colectiva mayor en la manera de construir identidades sociales.

De lo que se trata es de identificar los procesos de socialización de una identidad, en correspondencia con un estadio histórico determinado, esto es, con el desarrollo de las relaciones sociales de producción, pero en un entorno multilineal. Así, no podemos descartar la construcción de la identidad que se da en los centros educativos ni calificarla como una sobredeterminación ideológica; ni siquiera las políticas de reeducación o construcción de una nueva forma educativa son en sí mismas idealistas. Lo idealista es pretender educar en ciertas instituciones sociales (el género) que no se corresponden con las existentes.

Pero, sobre todo, nos interesa la construcción identitaria que se realiza mediante la política feminista. Esa construcción habitúa a darse como «políticas en defensa de la mujer» que, al igual que el resto de «políticas de defensa», tales como la defensa del trabajo asalariado o la defensa del migrante, en tanto que aceptación acrítica de una realidad de opresión, acaban por perpetuar al sujeto oprimido que dicen defender. Esto es, son políticas de defensa que en realidad defienden una identidad, que es expresión de una situación de opresión. Así, el orgullo de pertenecer a un grupo social oprimido acaba por significar querer seguir perteneciendo a ese grupo, pues es el que otorga identidad y sentido de pertenencia. Con ello se cierra el círculo de la identidad como crisis, pues la identificación social acaba por aceptar su subordinación como sujeto a una realidad superior, y nos dice que la verdadera crisis no es de identificación, sino que esta no es sino la expresión de una crisis social mayor, fundada sobre la contradicción de clase.

La identificación social acaba por aceptar su subordinación como sujeto a una realidad superior, y nos dice que la verdadera crisis no es de identificación, sino que esta no es sino la expresión de una crisis social mayor, fundada sobre la contradicción de clase

Así, la construcción de la mujer realizada por el feminismo en cuanto sujeto oprimido conlleva a su perpetuación como sujeto oprimido. Esto se ve claramente en sus políticas de defensa. Por ejemplo, una de esas políticas consiste en que un hombre no puede responder a una mujer. De esa manera se construye a la mujer no como una mujer empoderada e integrada en la sociedad, sino que como un objeto independiente de la vida social; que no se integra en sus luchas, sino que se organiza en un movimiento endogámico que se relaciona con el resto de la sociedad como una exterioridad en la forma de la crítica ideológica superpuesta, pero no como movimiento realmente emancipador. Y todo bajo la pretensión de estar protegiéndose de un peligro, eso sí, sin afrontarlo en ningún momento.

Al fin y al cabo, se busca un espacio seguro para la mujer, aceptado como un espacio protegido dentro de la sociedad capitalista, pero en ningún caso se llega a integrar a la mujer en la lucha social, la lucha de clases, por la construcción del comunismo. En definitiva, esa forma de socialización feminista se convierte en el medio de perpetuar los privilegios de las mujeres de clase media y de clase alta (burguesas), que construyen un espacio seguro para ejercer su dominación política sobre las mujeres proletarias, eso sí, emancipadas de «las garras comunistas de los hombres proletarios».

El resultado de las políticas de identidad, que buscan construir un «espacio seguro» para la identificación colectiva sin contradicción social que pueda rasgar esa identidad, es la perpetuación del estado de subordinación que da origen a la posibilidad de identificarse con tales identidades. Hablamos, por supuesto, de la identificación y exaltación de los sujetos oprimidos, que sirven de medio para que los estratos privilegiados desprovean a un grupo social determinado, en este caso a las mujeres proletarias, de las herramientas necesarias para su emancipación política y social. Cada vez que dicen defender a las mujeres de la racionalidad, que identifican con el hombre, lo que están diciendo es que la mujer es un sujeto irracional sin capacidad de hacer frente a la contradicción social ni de inmiscuirse en la lucha de clases. Es, evidentemente, una ofensiva de las privilegiadas sobre el conjunto de las mujeres proletarias.

NO HAY COMENTARIOS