La industrialización llegó a Gasteiz a mediados del siglo XX; así, mediante este proceso de industrialización, cientos de empresas, mayoritariamente provenientes de Bizkaia y Gipuzkoa (Areitio SA, Cincor SL, Beiztegui Hermanos, Esmaltaciones San Ignacio, Cegasa…) se instalaron en aquella ciudad que hasta entonces había sido una ciudad de curas y militares. El desarrollo industrial demandaba un mayor volumen de mano de obra; una demanda que la ciudadanía de la época no podía abastecer. Fue por eso que, por vías oficiales o informales (relaciones familiares, vecindad...), llegaron a la ciudad una gran cantidad de personas y, consecuentemente, se crearon nuevos barrios.
Según indica Aritza Sáenz del Castillo Velasco, a diferencia de lo ocurrido en Bizkaia, en Araba el crecimiento de la población no cambió de manera significativa la ratio entre mujeres y hombres: en 1950, las mujeres conformaban el 52% de la población de Gasteiz, y en 1975, el 50%. En el proceso migratorio de la población, la participación de las mujeres y los hombres fue bastante pareja, ya que ambos sectores de la población fueron atraídos por diferentes tipos de puestos de trabajo. En ciertas empresas, además, las mujeres trabajadoras constituían la mayoría de la plantilla. Ejemplo de ello son las empresas Areitio, Cincor y Heraclio Fournier.
En el caso de las mujeres, la mayoría provenía de pequeñas poblaciones de Araba, ya que en el medio rural estaba vigente el sistema de heredero único o mayorazgo —el hijo mayor recibía toda la herencia—. Debido a ello, fueron muchas las mujeres que tuvieron que buscar sus propios caminos para sacar sus vidas adelante. Sin embargo, la demanda de las fábricas y talleres también se expandió a otras comarcas tales como Extremadura (sobre todo Cáceres), Castilla y León (Salamanca, León, Zamora o Palencia), y en menor medida, Andalucía.
La incorporación de la mujer al mercado laboral chocaba con el pensamiento machista que prevalecía en la sociedad de la época. La Asociación Alavesa del Hogar, que estaba estrechamente relacionada con la Sección Femenina de la Falange, tenía fijado el siguiente objetivo en su labor: “queremos conseguir que la mujer no tenga que salir fuera de casa para trabajar y que se dedique ella misma a la educación de sus hijos”. Asimismo, el informe FOESSA de 1970 recoge que, aunque se aceptase que las mujeres solteras fueran trabajadoras asalariadas, no estaba bien visto que las mujeres casadas y con hijos trabajasen.
En 1970, aunque se aceptase que las mujeres solteras fueran trabajadoras asalariadas, no estaba bien visto que las mujeres casadas y con hijos trabajasen
Esa tendencia quedó reflejada en un trabajo de investigación que Cáritas Diocesanas llevó a cabo en 1965, donde se recogía la preocupación de las vecindades del Casco Viejo y del Ensanche ante el hecho de que las mujeres trabajasen, haciendo así eco al discurso oficial: la incorporación de la mujer al mercado laboral generaría la crisis de la familia tradicional y pondría en peligro el cuidado de los hijos y las hijas. Por el contrario, en los barrios Errekaleor y Abetxuko, la incorporación de la mujer al mercado laboral se consideró necesaria.
Debido a ello, era común que las mujeres dejaran su trabajo después de casarse —sobre todo cuando estaban “bien casadas”—, y que se dedicaran únicamente a las labores del hogar. Es por eso que la mayoría de las mujeres que trabajaban en fábricas eran jóvenes. Sáenz del Castillo expone que, según los datos de 1975, en Gasteiz el 53,3% de las mujeres de entre 14 y 24 años estaban en activo. A medida que la edad aumentaba, ese porcentaje se reducía considerablemente: solo el 13,8% de las mujeres de entre 35 y 44 años estaba en activo, y entre las de 45 y 54 años, el 16,9%. Además, ese mismo año, el 64% de las mujeres solteras estaban en el mercado laboral, frente al 11,4% de las mujeres casadas.
En la década de los 70, la inflación subió, y el coste de la vida se encareció considerablemente (en especial el precio de la vivienda). José Antonio Abasolo indica que al final de la década, en el 15% de las viviendas vivían más de dos personas en una sola habitación. En Abetxuko, por ejemplo, en cada vivienda vivían de media 6,4 personas. A pesar de la subida de la inflación, los salarios no aumentaron de manera proporcional, y, en consecuencia, muchas familias tenían más gastos que ingresos. En 1975, el cabeza de familia percibía 300.000 pesetas al año de media; 68.000 pesetas menos que las que se necesitaban para cubrir todos los gastos familiares.
Además, Abasolo recalca que los servicios públicos de aquella época eran muy deficientes. Armentia, Adurtza, Arana y Zaramaga no eran nada más que barrios dormitorio. A pesar de que se pusiesen en marcha planes de emergencia para escolarizar a los niños, los colegios no fueron suficiente. En lo que a la atención sanitaria se refiere, la atención primaria era caótica, y no tenía la capacidad de atender las necesidades de la ciudadanía.

Las huelgas de 1976 y la participación de las mujeres
Al comienzo de 1976, los trabajadores de las fábricas empezaron a organizarse. Al principio, centrando sus demandas en la subida salarial, pero, a medida que el tiempo avanzaba, fueron surgiendo nuevos debates y reivindicaciones. La organización de la lucha se concentró en asambleas abiertas, ya que creían que era la mejor manera para desarrollar la concienciación progresiva sobre los problemas y necesidades de la clase trabajadora, indica Carnicero Herreros.
Dicha concienciación fue especialmente importante en Gasteiz, donde la tradición luchadora era muy débil y la sindicalización no estaba muy desarrollada. A pesar de ello, sí que existían experiencias previas de luchas obreras, tales como las movilizaciones del personal de Michelín en 1972 o la prolongada huelga de Esmaltaciones San Ignacio en 1969. Como explica Abasolo, esa última huelga fue la primera vez en que el conflicto de la clase trabajadora se expandió más allá de la fábrica: las mujeres de los trabajadores tomaron el mercado del barrio Adurtza. La respuesta policial fue violenta: vaciaron el local a la fuerza e hirieron a varias personas.
La lucha de las fábricas
Como se ha mencionado previamente, en 1976 las plantillas de varias fábricas de la ciudad se empezaron a organizar en asambleas. En ese contexto, es especialmente destacable la lucha trabajadora de Areitio. El personal de la empresa encargada de fabricar cremalleras de metal y de nailon se organizó entorno a la revisión salarial, para demandar lo siguiente: que se regulase en el convenio la subida salarial en consonancia con el porcentaje relativo del encarecimiento de la vida. Es más, según se recoge en Informe Vitoria, en el escrito remitido a la dirección el 2 de enero solicitaban una subida salarial del 15%, teniendo en cuenta las estimaciones de las amas de casa y la cantidad de dinero necesaria para hacer la compra. Sin embargo, las mujeres trabajadoras no apoyaron esa demanda; ellas reivindicaron una subida lineal de 5.000 pesetas en el salario base. Ante la negativa de la dirección, el 22 de enero los trabajadores paralizaron la producción.

Ese día hicieron lo que se conoce como la culebra: fueron de un pabellón a otro, y a lo largo de su marcha se fueron sumaron tanto hombres como mujeres. Incluso cuando la empresa
propuso un aumento salarial del 19,01%, las mujeres trabajadoras mantuvieron firme su postura. Así, el 23 de enero se paralizó la fábrica al completo. La mayoría de hombres —sin contar algunos peones, mecánicos y trabajadores del taller—, sin embargo, siguieron trabajando.
El 7 de febrero, las mujeres de la asamblea de Areitio expusieron lo siguiente: “la mano de obra de las mujeres les sale más barata. Esto no deja de ser una explotación. A igual trabajo y rendimiento, el mismo salario. Pero vemos que no es así, sino que las diferencias son de 4.000 a 6.000 pesetas”
En Areitio las mujeres fueron quienes lideraron la lucha. Los hombres quedaron en un segundo plano. De entre todas las mujeres de la fábrica, solo 80 no participaron en la huelga. El comportamiento de la policía fue especialmente duro, ya que cargaron violentamente contra las personas que participaron en la huelga. A pesar de ello, las trabajadoras mantuvieron su demanda: una subida lineal de 5.000 pesetas, igual para todos y todas, y sin un solo despido. Así, el día 26 de enero, al mediodía, después de una asamblea que duró toda la mañana, cuando los trabajadores y trabajadoras se reunieron en la puerta de la fábrica a las 14:15, un autobús de las fuerzas policiales llegó al lugar y los agentes comenzaron a disparar contra los obreros.
En esta lucha también se produjo una toma de conciencia sobre el hecho de ser mujer. Las empleadas empezaron a darse cuenta de que, además ser parte de clase trabajadora, también sufrían una infravaloración sistemática y peores condiciones laborales por el mero hecho de ser mujeres. En la asamblea del 7 de febrero lo expusieron de manera clara: “La empresa empezó por tener más hombres que mujeres. Ahora somos muchas más las mujeres. Razón: la mano de obra de las mujeres les sale más barata. Esto no deja de ser una explotación. A igual trabajo y rendimiento, el mismo salario. Pero vemos que no es así, sino que las diferencias son de 4.000 a 6.000 pesetas”.
La brecha salarial no era, de ninguna manera, una realidad que solo afectaba a las trabajadoras de Areitio; al contrario, era una problemática presente en muchas otras fábricas de la ciudad con mujeres trabajadoras en sus plantillas (Cincor, Hijos de Orbea o Heraclio Fournier, entre otros). Fue especialmente en la década de los 70 cuando las relaciones salariales se volvieron más complejas. El estudio de Sáenz del Castillo reveló que no es que el género impusiera directamente una brecha salarial, sino que el género era lo que determinaba la función que cumpliría cada persona trabajadora. En consecuencia, trabajos como la fundición o los relativos al latón (que eran los que realizaban los hombres) tenían salarios más altos. Esa toma de conciencia fue fundamental para que las mujeres trabajadoras identificasen su situación y se empezaran a organizar para reivindicar la igualdad salarial.
La división sexual del trabajo y su reflejo directo en la jerarquía laboral no hicieron más que ahondar la brecha salarial entre hombres y mujeres. Las características de la persona trabajadora determinaban su retribución, y, entre esas características, fueron fundamentales el género y la estructura ideológica y cultural que sostenían ese desequilibro. Un ejemplo significativo de eso último es la Sección Económica del Sindicato Provincial del Metal de Araba, que acordó que el salario de las mujeres debía ser un 10% inferior al de los hombres, independientemente de las características del trabajo o de las cualificaciones.
Fue por eso que entre las reivindicaciones planteadas en 1970 se incluyó el aumento salarial lineal, como ocurrió en Areitio. En efecto, las subidas porcentuales incrementaban la brecha salarial, y, en consecuencia, se reforzaba la discriminación salarial contra las mujeres.
Además de la brecha salarial, las mujeres de Areitio también denunciaron el machismo. Estas fueron sus declaraciones: “Ellos pretenden cansarnos y confían en conseguirlo quizás porque les falta madurez pero, sobre todo, porque somos mujeres, con todo lo que esto ha significado en nuestra educación y aún hoy día significa. Para que veamos en qué concepto nos tienen, ahí tenéis lo que ha dicho la dirección: si hubieran entrado 100, las tendríamos ya todas, porque la materia gris de las mujeres las hace ir tras esas 100 chicas. Se ha equivocado la empresa. Creía que nos iba a dominar más fácilmente”.
Ese machismo no se limitó al comportamiento de los empresarios; también venía de parte de compañeros de trabajo. Zuriñe Rodríguez Laka, Itziar Mujika Chao y Nora Miralles Crespo exponen en su libro M3: Memoria que en aquella época se distinguían tres actitudes principales entre los hombres: aquellos que apoyaron la lucha, aquellos que fueron sacados de las fábricas a la fuerza y en contra de su voluntad, y aquellos que reunían información para la empresa y fomentaban que las mujeres en huelga volviesen a sus puestos de trabajo. Como resultado, entre las mujeres trabajadoras de Aretio se extendió la desconfianza hacia las intenciones de los hombres. A fin de cuentas, las subidas salariales que las empresas ofrecían eran aceptables para los hombres, pero insuficientes para las mujeres.
Tras analizar las demandas que las trabajadoras de Areitio realizaron a la empresa, es evidente que dichas demandas se formularon, en gran medida, para poner solución a los problemas que ellas tenían que afrontar. Entre otras cosas, presentaron las siguientes demandas: la posibilidad de conciliación entre el trabajo y la familia, la creación de una guardería en la fábrica —con la participación de las mujeres en su estructura organizativa—, el derecho a recibir el salario correspondiente al día cuando no acudían al trabajo por enfermedad, o la opción a solicitar la jornada intensiva. Es evidente que estas reivindicaciones reflejaban las inquietudes del día a día de las trabajadoras, más allá de meras demandas económicas. Sin embargo, la empresa rechazó todas las demandas. Cuando la huelga finalizó, aunque no consiguieron todas las demandas por las que lucharon, consiguieron que se aprobara una subida salarial lineal de 3.000 pesetas y el derecho a organizar asambleas periódicas dentro de la fábrica.
El caso de Areitio no fue el único, pero sí el más significativo. En la fábrica Esmaltaciones San Ignacio (donde una gran parte del personal eran mujeres), alrededor de 500 mujeres se sumaron a la huelga para terminar con la brecha salarial. Aunque ellas volvieron a sus puestos de trabajo, participaron de manera activa en las movilizaciones.

Asamblea de mujeres
A medida que las semanas avanzaban, surgió la necesidad de expandir la lucha más allá del ámbito laboral, ampliando el sujeto de lucha a la familia. Muchos trabajadores llevaban semanas sin percibir su salario, y la situación se estaba volviendo cada vez más insostenible, por lo que se propagó el temor de que si las mujeres de los trabajadores no participaban en la lucha de manera activa, podrían intentar detener la lucha por completo. Es decir, se temía que las mujeres presionarían a sus maridos que estaban en huelga para que la dejaran. En consecuencia, surgió la necesidad de organizar asambleas de mujeres. El libro Gasteiz, Vitoria: de la huelga a la matanza recoge todos los detalles ese proceso.
Surgió la necesidad de expandir la lucha más allá del ámbito laboral, ampliando el sujeto de lucha a la familia
Estas asambleas se empezaron a celebrar en las fábricas, bajo la dirección de las comisiones representativas, y su objetivo principal era ofrecer apoyo al personal trabajador que estaba en huelga. Sin embargo, y a medida que el tiempo avanzaba, se empezaron a organizar asambleas paralelas; es decir, espacios con mayor autonomía y que reunían a todas las mujeres. Esto permitió que dichas asambleas tomasen mayor capacidad de acción. Las conocidas como asambleas de mujeres de obreros en paro empezaron a reunirse dos veces por semana, y su labor fue esencial para expandir el conflicto más allá del ámbito laboral y llevarlo a otros sectores de la sociedad.
En esa segunda fase, la lucha se expandió a los barrios, a las guarderías, a los centros educativos, a los mercados y a otros espacios. Las mujeres empezaron a actuar por su propia iniciativa. Si bien es verdad que las asambleas inicialmente tenían un carácter informativo —para informar sobre la situación de la lucha de cada fábrica—, poco a poco se fue generando un proceso de concienciación entre las mujeres. Sus acciones pasaron a ser más que meras demostraciones de ayuda o apoyo moral a sus maridos, y se fueron curtiendo en contenido político y social propio.
Además, en estas asambleas participaban todo tipo de mujeres: amas de casa cuyos maridos estaban en huelga, trabajadoras de las fábricas, trabajadoras de otros ámbitos y sectores, viudas, etc. Esta diversidad fortaleció el proceso de politización y concienciación en estos espacios.
A medida que la lucha avanzaba, se desarrollaron dos conciencias principales. La primera de ellas fue la concienciasobre la doble explotación que padecían las mujeres: por un lado, la opresión que sufrían por ser mujeres en la sociedad capitalista; por otro, la cruda realidad de los barrios, donde estaban condenadas a vivir en duras condiciones vitales y a sufrir el encarecimiento de la vida, todo ello por pertenecer a la clase trabajadora. La segunda se fundamentó en la conclusión de que su actividad no podía ser pasiva: el apoyo no se tenía que limitar al apoyo moral; la manera más efectiva de ayudar era tomar acción de manera directa. Fue así como, a pesar de estar en una posición distinta a la de las personas trabajadoras de las fábricas, las mujeres se posicionaron en primera fila en las huelgas de 1976, cumpliendo una función esencial en ellas.
Las mujeres de la asamblea se dieron cuenta de que el apoyo no se tenía que limitar al apoyo moral; la manera más efectiva de ayudar era tomar acción de manera directa
En las conversaciones de las asambleas se dieron cuenta de que en la ciudad había muchas más problemáticas que las que se trataban en las asambleas de las fábricas: problemas en los barrios, la situación de la vivienda, las condiciones de las guarderías y centros educativos, las carencias del sistema sanitario, el funcionamiento de la seguridad social o los trabajos que se les asignaban a las mujeres en la sociedad de la época, entre otros.
Como resultado, la lucha no se limitó al aumento salarial o a la mejora de las condiciones laborales; también se abordaron otros temas. Por un lado, reflexionaron sobre la función que desempeñaba el sistema educativo, y llegaron a la conclusión de que su objetivo era crear sujetos fáciles de manipular, ya que no se enseñaba a desarrollar una actitud crítica. En sus propias palabras: “los niños aprenden geografía o historia como papagayos, negándoseles toda posibilidad de iniciativa”. También denunciaron los obstáculos que los hijos y las hijas de familias de clase trabajadora tenían que afrontar a la hora de acceder a la universidad: “Sólo los hijos de los ricos pueden estudiar”, por lo que decidieron dejar de pagar los gastos correspondientes al Ministerio de Educación y Ciencia.
Por otro lado, analizaron la situación de la sanidad. Señalaron que la única manera de recibir una atención de calidad era acudiendo a una clínica privada, y recalcaron que muchos niños y niñas fallecían a causa de la falta de asistencia sanitaria. Los datos publicados por El Correo Español el 22 de febrero revelan que cada pediatra solía tener que atender a 50 pacientes en una sola mañana. Eso deja en evidencia las graves carencias en la atención primaria de la época.
Otro de los temas sobre los que reflexionaron fue el de las guarderías. El cuidado de los hijos era uno de los mayores problemas de la época: eran muchas las mujeres que abandonaban su trabajo cuando se casaban o tenían hijos. Las medidas adoptadas no satisfacían las necesidades de la ciudad, y muchas familias no disponían de la capacidad económica para poder pagar una guardería privada. Ese problema se prolongaría a lo largo de los próximos años.
Por último, también se dieron cuenta de la función que cumplían los medios de comunicación. Denunciaron que se dedicaban más a la deformación que a la información. Teniendo todo eso en cuenta, durante las siguientes semanas se encargaron de difundir por las calles de la ciudad los pormenores de la lucha.
Gracias a esa toma de conciencia, las mujeres pudieron identificar los problemas que verdaderamente les afectaban, y se dieron cuenta de que tenían la capacidad de buscar solución a dichos problemas. Las asambleas, además, no eran meros espacios de debate; las mujeres participaron en las huelgas de manera activa, y llevaron a la práctica aquello que trataban en las asambleas. Durante esas semanas tuvieron una presencia constante en las calles a través de varias acciones y aportaciones a las huelgas.

Fueron tres las acciones más destacadas: la recolecta de dinero, las acciones contra los esquiroles y las marchas. Siendo conocedoras de la dureza de la huelga, y aun sabiendo que en las fábricas existían cajas de resistencia, llevaron a cabo recolectas de dinero en las calles y en los barrios. Recolectaban el dinero en huchas, para luego llevarlas a las cajas de resistencia. Entre otras cosas, vendieron pegatinas con el mensaje “solidaridad con los obreros en paro”. Asimismo, crearon una extensa red de apoyo: algunos bares ofrecían comidas de manera gratuita, llegaban alimentos de las zonas rurales de Araba, personas trabajadoras de otros territorios mandaban sus salarios diarios, etc.
En lo que a la lucha contra de los esquiroles se refiere, organizaron una respuesta firme señalando “a los obreros que cobraban como tal, pero que tenían mentalidad de patrón”. Fue así como, los martes y los jueves, cuando salían de las asambleas, las mujeres se dirigían a las fábricas donde había esquiroles, para gritarles. Aunque en las fábricas Forjas Alavesas y Gabilondo no hubo problemas, en Areitio la policía golpeo a las mujeres manifestantes. La violencia policial fue algo que tuvieron que sufrir a lo largo de todo el proceso, a pesar de ser mujeres; en algunos casos, incluso se cebaron aún más contra ellas por esa misma razón. Ese hecho fue también una de las razones por las que tomaron conciencia de su situación, ya que lo ocurrido en Areitio dejó clara cuál era la función de la policía (“nada conseguiríamos dialogando con los que nos masacran”).
En cuanto a las marchas, organizaron movilizaciones para denunciar la situación que 8.000 familias estaban viviendo, ya que consideraban que los medios de comunicación ocultaban la realidad de la clase trabajadora y sus familias. Se movilizaban cada jueves, ya que era día de mercado. Las movilizaciones tenían un elemento simbólico común: llevaban consigo bolsas vacías. El objetivo era claro: movilizarse en contra del encarecimiento de la vida, del congelamiento de los sueldos y la negativa a la negociación, y, a su vez, exigir que volvieran a contratar a las personas despedidas, que abrieran vías de negociación con la comisión representativa y que dejaran de lado las represalias. Sobre la violencia policial, María Teresa Pontone explica en el documental Unidos por un Sueño de Ricardo García que, en las marchas, al principio, las mujeres caminaban por una acera y los hombres por otra, con intención de protegerlas ante los ataques policiales.

Miles de mujeres tomaron las calles, desde las calles principales hasta la Diputación Foral, hasta el Gobierno Civil o hasta el Ayuntamiento, para luego dirigirse a ciertas fábricas (Forjas Alavesas, Gabilondo, Mevosa —la Mercedes de hoy en día— o Areitio). En Mevosa, por ejemplo, entregaron un escrito para mostrar su solidaridad con las personas que estaban en huelga.
Sin embargo, el 26 de febrero de 1976, la lucha de las mujeres tomó una dimensión especial. Aquel día miles de mujeres salieron a las calles con bolsas vacías. Es difícil determinar el número de participantes: en la asamblea de Areitio se dijo que se juntaron 1.000 personas; la coordinadora Fábricas en Lucha declaró que fueron 3.000, y el periódico El Correo Español publicó que fueron más de 1.000. En cualquier caso, miles de mujeres iniciaron la manifestación en la plaza Santa Bárbara —donde se hacía el mercado—, para luego dirigirse a la fábrica Aranzabal, para demandar que volviesen a contratar a las personas despedidas.
Esa marcha tomó una fuerza mayor de lo habitual debido a que la noche anterior la policía había detenido a una persona trabajadora de Areitio en una acción en contra de los esquiroles, según explica el libro Azterlanak. Ante ese hecho se consideró de vital importancia dar una respuesta en las calles. Se dirigieron al Gobierno Civil, y una delegación formada por 12 mujeres se reunió con el gobernador, con el objetivo de que liberaran a la persona detenida. El gobernador, en tono formalista y legalista, expresó que no tenía la competencia para responder a una solicitud de naturaleza sindical como era aquella que la delegación presentaba. Esa conversación hizo que nuevas movilizaciones tomaran lugar en la ciudad. En Adurtza, entre otros, se empleó gas lacrimógeno. Durante aquellos días no había una conversación en la ciudad que no tratara sobre la crítica situación laboral y sobre la lucha de las mujeres.
De todas formas, la solidaridad mostrada por las mujeres tenía otra motivación más oscura. María Teresa Ponton expone en el libro M3: Memoria que las mujeres tenían un especial interés en ganar aquella lucha, ya que, de lo contrario, “los maridos llegaban cabreados a casa” y, como consecuencia, terminaban “pagándolo con sus esposas”. Aquellas mujeres tan activas vivían el machismo en sus propias carnes: en las asambleas, las mandaban a cocinar sopa, y muchos hombres no las tomaban en serio. Sin embargo, eso no las acobardó, y siguieron en la primera línea de la lucha.
Los acontecimientos del 3 de marzo
Desde primera hora del día, varios grupos de mujeres se repartieron por la ciudad para pedir solidaridad en tiendas, bares y todo tipo de negocios. Otros grupos, con sus bolsas vacías en las manos, se dirigieron hacia el centro desde los barrios de Ali, Arana y Zaramaga. Para las doce del mediodía, todo Gasteiz estaba paralizado. A las cinco de la tarde, las mujeres, los hombres y los niños se dirigieron a la asamblea.
Las fuerzas policiales convirtieron el barrio de Zaramaga en un campo de guerra. De todas maneras, en vez de quedarse paralizadas por el miedo, muchas mujeres del barrio se dedicaron a atender a las personas que huían de la policía, heridas o en peligro ofreciéndoles agua, abriéndoles las puertas de casas y portales, y, en algunos casos, haciendo frente a la policía desde las ventanas.
El 26 de febrero de 1976, la lucha de las mujeres tomó una dimensión especial. Aquel día miles de mujeres salieron a las calles con bolsas vacías
Según indica Amparo Lasheras, también al día siguiente —el 4 de marzo—, las mujeres de Zaramaga expresaron de manera clara su enfado; sin ningún miedo, señalando y culpando a los policías que patrullaban la zona, a la voz de “asesinos”. La participación de las mujeres, además, no terminó ahí. Después de la huelga, varias mujeres siguieron en activo en la lucha a favor de los detenidos. Muchas de ellas viajaron a Madrid, con objetivo de compartir lo que habían aprendido a lo largo de todo el proceso y de reunirse con el fiscal del Tribunal del Orden Público para solicitar la absolución de las personas detenidas.
Aquel día quedó grabado para siempre en la memoria de la ciudadanía de Gasteiz. La trabajadora de Forjas Alavesas Pilar Barrera se prometió a sí misma que después de aquel 3 de marzo no volvería a trabajar nunca más en ese día. En sus palabras, “el tres de marzo no se trabaja, el tres de marzo se recuerda”.

Las consecuencias de la lucha
Los procesos de huelga de Gasteiz en 1976 demostraron de manera clara que las mujeres de clase trabajadora desempeñaron una función esencial tanto en la persistencia de las movilizaciones, como en la difusión de sus contenidos políticos y sociales. Si bien es cierto que en un principio se organizaron para mantener viva la llama de la lucha y para garantizar la supervivencia de las familias, el proceso mismo convirtió a esas mujeres en sujetos políticos activos, más allá del papel que hasta entonces estaba limitado al ámbito privado.
En una entrevista en HalaBedi Irratia, la trabajadora Maite Elizondo resumió así lo vivido en aquella época: “Después de esto nunca he vuelto a tener miedo, solo rabia”
Las asambleas de mujeres pusieron sobre la mesa temas que sobrepasaban la mejora de las condiciones laborales y abordaron problemas estructurales de la sociedad. Eso demuestra que, partiendo de una experiencia material, se llevó a cabo un profundo proceso de politización de las mujeres. Así lo explica Begoña Oleaga en el documental de Ricardo García: “de ser unas mujeres miedosas con una baja autoestima (…) se atrevían a salir, se subían en público en las asambleas (…) y esas mujeres cómo se fueron transformando en seres valientes, con una autoestima, diciendo: nosotras aquí tenemos cosas que decir y las vamos a decir”. Las mujeres analfabetas impartían clases de economía: cómo abaratar las comidas, cómo limpiar la casa sin comprar productos de limpieza... Amparo Lasheras también lo expone de manera similar: “¿Quiénes eran estas mujeres? Mayoritariamente amas de casa sin ninguna experiencia organizativa ni de lucha (…) y, sin embargo, esas mujeres, ante la lucha de sus compañeros, rompieron los valores inamovibles del franquismo, se organizaron y se unieron a la lucha, y el proceso las fue transformando”. Las mujeres se convirtieron en sujetos activos; sujetos que eran capaces de tomar decisiones y crear sus propias dinámicas organizativas.
Por otro lado, la dura represión policial no detuvo las movilizaciones; al contrario, en muchos casos se convirtió en un factor para fortalecer la conciencia política. Aun siendo conocedoras de la gravedad de la situación, tenían una fuerte convicción para seguir adelante con la lucha: “Esta lucha que estamos manteniendo es dura… pero luchamos por algo que es justo, y por eso merece la pena. No nos debemos dejar intimidar ni aplastar”, declaraban en la asamblea de Areitio. Para muchas mujeres, aquella experiencia fue la manera de perder el miedo y de concienciarse sobre su valor político; fue el punto de partida de un importante proceso personal y colectivo. En una entrevista en HalaBedi Irratia, la trabajadora Maite Elizondo resumió así lo vivido en aquella época: “Después de esto nunca he vuelto a tener miedo, solo rabia”.
De la misma manera, la clase trabajadora identificó de manera clara quiénes eran los responsables de la deplorable situación vivían: “Los culpables de la situación no éramos nosotros. La única y entera responsabilidad recae directamente sobre el patrón y sobre todo un Estado formado por capitalistas”. Esa concienciación abrió el camino para empezar a dar pasos hacia una organización de clase independiente. Aunque es verdad que aquella organización masiva no perduró en el tiempo, se crearon nuevas estructuras. Se puede concluir, por lo tanto, que la lucha llevada a cabo y la experiencia que se reunió a lo largo de todo el proceso no se extinguieron aquel día. Al contrario: partiendo de esa base, se dieron nuevos pasos en la organización de las mujeres trabajadoras. Quedó claro que aquel proceso de lucha abrió muchas vías futuras de acción.
Como se ha mencionado previamente, en aquella época el cuidado de hijos e hijas era uno de los principales problemas de las mujeres: si las mujeres trabajaban, ¿quién se encargaba de los niños? Siguiendo el ejemplo de la demanda que las trabajadoras de Areitio realizaron a la empresa en 1976, tres años después las trabajadoras de Heraclio Fournier se movilizaron por ese mismo motivo, dejando clara la voluntad de las mujeres para mantenerse en activo en el mercado laboral. Aunque, de todos modos, y como pasó en Areitio, la empresa no estimó su demanda.
Las luchas de Gasteiz de 1976 aceleraron la subjetivación política de las mujeres de clase trabajadora, y quedó claro que la participación de las mujeres trabajadoras es esencial en la lucha de clases
Por otro lado, las mujeres trabajadoras de Areitio y Orbegozo acudieron a los juzgados en 1977 para denunciar la brecha salarial. En Areitio se desestimó la solicitud; pero en el caso de Orbegozo, los juzgados dieron la razón a las trabajadoras, y consiguieron una subida salarial del 10%. En los años que siguieron al 1976 se dieron varias luchas de mujeres trabajadoras en Araba: en Laudio, en 1978, despidieron a 33 mujeres de la empresa Confecciones Lomas, por lo que se encerraron en la fábrica durante más de dos meses; un año más tarde, en Durilon, la mayoría de las personas que llevaron a cabo la huelga y el encierro fueron mujeres; en 1982, tras el despido de una persona trabajadora en una empresa textil de Abetxuko, alrededor de 40 mujeres se encerraron en la iglesia del barrio. Los mencionados no son más que algunos ejemplos publicados en El Correo Español, pero son un reflejo claro de que la lucha de las mujeres trabajadoras tuvo seguimiento tras los acontecimientos de 1976.

Dos años después de la huelga, en 1978, se celebró por primera vez en Gasteiz el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Según documentó Norte Exprés, alrededor de 400 mujeres de la ciudad llenaron el polideportivo del barrio de Adurtza. Allí retomaron las reivindicaciones principales que se formularon en 1976: la necesidad de guarderías, medidas a favor de la conciliación o la igualdad salarial, entre otras. Aquel evento reveló que la organización de las mujeres había dejado un legado en la ciudad. Un claro ejemplo de ello es la Asamblea de Mujeres de Álava, creada a finales de 1976, en la cual las mujeres que participaron en la lucha de principios de año se comprometieron a seguir organizadas. En el evento, además, participaron varias mujeres trabajadoras de diferentes fábricas (entre ellas las de Areitio y Esmaltaciones San Ignacio) y las representantes de las amas de casa de Arana y Zaramaga. Ese último sector también quiso demostrar que estaban empezando a coordinarse. Allí se declaró, entre otras cosas, que el 70% de las mujeres se dedicaban exclusivamente a las tareas del hogar, y que era de vital importancia que la mujer se incorporara al mercado laboral, como primer paso para convertirse en sujetos activos de la sociedad.
Los procesos de huelga de Gasteiz en 1976 demostraron de manera clara que las mujeres de clase trabajadora desempeñaron una función esencial tanto en la persistencia de las movilizaciones, como en la difusión de sus contenidos políticos y sociales. Si bien es cierto que en un principio se organizaron para mantener viva la llama de la lucha y para garantizar la supervivencia de las familias, el proceso mismo convirtió a esas mujeres en sujetos políticos activos, más allá del papel que hasta entonces estaba limitado al ámbito privado.
En resumen, las luchas de Gasteiz de 1976 aceleraron la subjetivación política de las mujeres de clase trabajadora, y quedó claro que la participación de las mujeres trabajadoras es esencial en la lucha de clases. Esas lecciones nos siguen siendo válidas a día de hoy, ya que, a pesar de que es cierto que la situación de las mujeres de clase trabajadora ha mejorado en algunos ámbitos, la opresión contra las mujeres sigue a la orden del día. Los datos de 2025 indican que la brecha salarial es del 17,09% a nivel estatal, y del 16,47% en la Comunidad Autónoma Vasca. También cabe mencionar que el 24,8% de las mujeres tienen ingresos inferiores al salario mínimo. Este problema radica, en gran medida, en las malas condiciones de trabajo de las mujeres; entre otras, la prevalencia de contratos de jornada parcial, las dificultades para la conciliación entre el trabajo y la familia, el verse obligadas a ocupar puestos de trabajo de menor categoría, o percibir salarios inferiores por trabajar en profesiones feminizadas. Si tomamos todo eso en cuenta, tanto la lucha como las reivindicaciones de 1976 son temas de gran actualidad.
“Nuestra lucha no ha acabado. Se nos abre un horizonte muy amplio y nosotras, igual que nuestros maridos tenemos el deber de cumplir el objetivo que nos hemos trazado: construir una sociedad distinta, libre y justa; para esto debemos empezar ya a crear las bases que faciliten este propósito”. Mujeres de obreros de fábricas en lucha. Marzo de 1976, en Gasteiz.