ARTEKA / Represión
Formas de organización y lucha en las huelgas del invierno del 1976 en vitoria
Si queremos comprender esta experiencia histórica y aprender de ella hay que atender a los factores estructurales que la condicionaron, por un lado, y a los factores subjetivos de las clases sociales que se enfrentaron en aquella batalla, por otro.
Formas de organización y lucha en las huelgas del invierno del 1976 en vitoria
— ARGAZKIA Peru Agirresarobe Rivadeneyra
Como relatan los propios militantes que prepararon la Plataforma Reivindicativa Conjunta durante los meses previos al marzo de 1976, todas sus reivindicaciones económicas y, sobre todo, los medios para alcanzarlas eran perfectamente coherentes con el objetivo político de construir un poder independiente de la clase obrera.

El proceso de huelgas y luchas obreras del invierno del 76 en Vitoria suele ser recordado por la represión del día 3 de marzo; por el dolor y el orgullo de aquella clase obrera, por la rabia y la sed de justicia contra los autores y responsables de la infame matanza. Pero quien quiera entender los motivos que llevaron a la patronal y al Régimen a perpetrar dicha masacre debe comprender no solo el contexto general de la Transición y la crisis del franquismo, sino también las particularidades del movimiento obrero de Vitoria y el peligro real que este suponía para ellos. Por eso, en este texto, expondré las características de los medios organizativos y políticos de los que se dotó el proletariado en lucha y que llevaron al entonces ministro de Gobernación, Manuel Fraga, a afirmar que “aquello de Vitoria había que aplastarlo, porque estaba dirigido por dirigentes que manipulaban a la clase trabajadora y eran pequeños soviets que se estaban gestando y había que extinguirlos”.

1) Subida lineal de los salarios, igual para todos y todas, de 5.000 o 6.000 pesetas.

2) 40 o 42 horas de trabajo semanales, media hora para el bocadillo, un mes de vacaciones más puentes.

3) Jubilación a los 60 con pleno sueldo y 100% del sueldo en caso de baja por accidente o enfermedad.

Estos eran los puntos de la Plataforma Reivindicativa Conjunta (PRC), una herramienta que sirvió para unificar a gran parte de la clase trabajadora vitoriana en torno a unos objetivos comunes y que impulsó, durante el invierno del 75-76, el breve ciclo de lucha con mayor participación obrera en la historia de nuestra ciudad.

Como relatan los propios militantes que prepararon la PRC durante los meses previos, todas estas reivindicaciones económicas y, sobre todo, los medios para alcanzarlas eran perfectamente coherentes con el objetivo político de construir un poder independiente de la clase obrera. Proponer subidas salariales lineales frente a las porcentuales era una forma consciente de evitar el aumento de las diferencias salariales entre los trabajadores y, por lo tanto, evitar su fragmentación. Las demandas respecto al tiempo de descanso, las bajas o la jubilación iban dirigidas a combatir la alienación y la falta de tiempo libre provocadas por el pluriempleo o las horas extra, que privaban al proletariado del tiempo material y la energía necesarias para siquiera poder pensar en su emancipación.

Respecto a los medios de lucha que utilizaban los trabajadores, lo que mejor sintetiza la táctica del momento fue la consigna de “todo el poder de clase para la asamblea”

Respecto a los medios de lucha, lo que mejor sintetiza la táctica del momento fue la consigna de “todo el poder de clase para la asamblea”. Pero, ¿qué quería decir esto? No olvidemos que, en aquel momento y desde 1940, el sindicato único de trabajadores y empresarios, obligatorio y exclusivamente legítimo frente a la patronal y la institucionalidad franquista para negociar el precio de la explotación, era el sindicato vertical, oficialmente llamado Organización Sindical Española (OSE), que contaba con delegados o representantes de los trabajadores en todas las medianas y grandes empresas del Estado. Unos representantes propuestos directamente por la patronal, falsamente elegidos y sometidos a un estricto control político, que venían perdiendo legitimidad entre los obreros porque cumplían una función conciliadora entre las dos clases, cuando no una directamente represiva.

Es por eso que una reivindicación básica desde el principio del ciclo de huelgas fue la dimisión o destitución de los delegados de la OSE y la elección en asamblea, mediante voto a mano alzada y sin participación de los patronos, de los representantes legítimos de los trabajadores, que compondrían la comisión representativa (CR). Estos representantes eran revocables en todo momento y cumplían diversas funciones: dinamización y organización de las asambleas, desarrollo de propuestas de lucha, coordinación con el resto de las fábricas, cuestiones logísticas, gestión de la caja de resistencia, redacción de los comunicados, así como la función de negociar con los empresarios. En ésta última cuestión, así como en todas las cuestiones importantes, era fundamental que estos representantes fueran fieles portavoces de las decisiones que se habían discutido y votado previamente en la asamblea.

Una reivindicación básica desde el principio del ciclo de huelgas fue la dimisión o destitución de los delegados de la Organización Sindical Española y la elección en asamblea, mediante voto a mano alzada y sin participación de los patronos, de los representantes legítimos de los trabajadores, que compondrían la comisión representativa

¿Cuánta gente componía las CCRR, y de qué modo? El número de representantes era proporcional al tamaño de la fábrica: desde 20-30 representantes en las fábricas muy grandes, hasta 3 o 4 en los talleres más pequeños. Además, también se tenía en cuenta que todas las secciones de la fábrica estuvieran representadas en la CR: línea de producción, mantenimiento, logística, administración… Era necesario que la asamblea de fábrica representara a todos los sectores de la fábrica para evitar el esquirolaje o la defensa de intereses particulares.

La asamblea de fábrica era, por lo tanto, el núcleo organizativo básico del poder de la clase trabajadora, y la Comisión Representativa su dirección consciente. Lejos de limitarse a ser asambleas informativas, las asambleas de trabajadores diarias eran el espacio incuestionable de discusión y decisión, y cumplían, de este modo, un papel de órgano concienciador de la clase obrera. Así entendían la democracia obrera: las decisiones que se tomaban en asamblea por mayoría debían ser acatadas por todos y no se permitían las actitudes individuales de sus miembros, y mucho menos de las CCRR.

Frente al voto secreto que la patronal y el sindicato vertical habían inculcado siempre a los trabajadores, el voto a mano alzada se consideró el método realmente libre de decisión obrera. Se convirtió en la forma de superar colectivamente el miedo y los chantajes, en la forma de defender los verdaderos intereses de clase que venían representados por los sectores más combativos de la fábrica. El voto secreto, lejos de ser libre, representaba al sector más atrasado de la clase, al que seguía sometido al dominio y el terror de la patronal, el Estado, la Policía y los medios de comunicación del Régimen. Por eso, esta cuestión, junto con la de defender a la CR como el único interlocutor válido para la negociación, se convirtió en uno de los elementos de debate clave durante las primeras asambleas. A su vez, se convirtió también en una línea roja indiscutible de la patronal.

Como hemos visto, la asamblea de fábrica constituía la institución más básica de aquella democracia obrera, pero era, a ojos de todos, insuficiente para lograr las metas que el movimiento obrero se había propuesto. En consecuencia, rápidamente se comenzaron a institucionalizar nuevos órganos de coordinación y dirección del conjunto de fábricas en huelga, así como otra serie de instituciones obreras que sirvieron para extender la lucha y la solidaridad a todos aquellos sectores del pueblo trabajador que no estaban directamente parados.

La Coordinadora de Comisiones Representativas era el marco directivo fundamental de la huelga, era el lugar donde se reunían los representantes de todas las fábricas en lucha, junto con los representantes de los llamados sectores populares. Era la cabeza del movimiento y entre sus funciones estaban: coordinar la situación de cada asamblea, centralizar todas las cuestiones logísticas, analizar el momento de la lucha y elaborar con todo ello las propuestas tácticas y los criterios de actuación que deberían seguir las asambleas.

Frente al voto secreto que la patronal y el sindicato vertical habían inculcado siempre a los trabajadores, el voto a mano alzada se consideró el método realmente libre de decisión obrera

Estas reuniones eran prácticamente diarias, igual que las de las asambleas de fábrica, lo que permitía que cada propuesta fuera aterrizada, debatida y votada por cada una de las asambleas, es decir, por el conjunto de los obreros en lucha, antes de ser ratificada. Las CCRR no tenían la potestad de tomar decisiones o emitir dictámenes sin antes haber pasado por el control de todos los huelguistas.

Otra herramienta imprescindible para mantener la unidad y cohesión del movimiento fue la Asamblea de Conjunto, que se celebraba dos veces por semana o en cualquier momento que las circunstancias lo exigieran. Mediante esta, se buscaba superar los intereses particulares de cada fábrica para dar centralidad a los llamados objetivos de clase. Esto es fundamental para entender el salto natural de unas reivindicaciones puramente económicas a un planteamiento conjunto de proclamas y criterios políticos: no negociar mientras haya detenidos o despedidos en cualquier empresa en lucha, otorgar solamente a las CCRR la potestad de negociar, denunciar conjuntamente la represión…

Debemos ser conscientes de las dimensiones de estas asambleas que se realizaron en distintas iglesias de la ciudad (Zaramaga, Aranbizkarra, Los Ángeles…), con una asistencia de entre 3.000 y 5.000 trabajadores. Eran más un lugar para la agitación que para el debate, que se daba en las asambleas particulares y las CCRR, y, en ese sentido, no es casualidad que las primeras manifestaciones hacia la Casa Sindical o el Gobierno Civil se iniciaran de una forma más o menos espontánea a la salida de la Asamblea de Conjunto.

Es ampliamente compartido por los protagonistas de aquella huelga que todo este modelo de democracia obrera que he descrito en los anteriores párrafos fue una de las claves para mantener fusionada a la vanguardia y la clase, elevando día a día, debate a debate, voto a voto, la conciencia de clase y el compromiso en la lucha de una clase obrera vitoriana que, en su inmensa mayoría, carecía de una experiencia sindical o militante previa, pero que al calor de la lucha entendió que patronal, Gobierno, Policía y medios de comunicación formaban un bloque contra sus intereses y que la clase obrera tenía que desarrollar, por lo tanto, sus propias armas para hacerles frente.

La asamblea de fábrica era el núcleo organizativo básico del poder de la clase trabajadora, y la Comisión Representativa su dirección consciente. Lejos de limitarse a ser asambleas informativas, las asambleas de trabajadores diarias eran el espacio incuestionable de discusión y decisión, y cumplían, de este modo, un papel de órgano concienciador de la clase obrera

Llegados a este punto, es importante entender que lo que ocurrió en Vitoria no hubiera sucedido de la misma forma ni con tanta radicalidad sin la existencia e insistencia de un pequeño grupo de varias decenas de militantes revolucionarios organizados entorno a la Coordinadora Obrera de Vitoria (COV), en la que estos participaban como individuos y no como delegados de sus respectivas organizaciones. La COV se creó a finales de 1974, como coordinación unitaria de los distintos organismos de clase (comités obreros, comisiones obreras y otros grupos autónomos de empresa) y de miembros de partidos u organizaciones clandestinas a la izquierda del PCE como la ORT, LCR-ETA VI, PTE o la OCA. Esta última, la Organización de Clase Anticapitalista, más que un partido u organización era una tendencia política consejista difusamente organizada, pero de gran importancia en todo el planteamiento asambleario de la huelga. No solo se oponían al sindicato vertical, sino a toda forma sindical que se redujera a lo meramente económico sin cuestionar la explotación de clase.

No está de sobra recordar que las CCOO de aquella época eran la organización obrera con mayor implantación del antifranquismo vasco y también estatal, pero que estaban muy lejos de ser el sindicato que conoceríamos después de la Transición. Estaban divididas en dos alas, la CONE (afín al PCE) y la CECO (compuesta por organizaciones de la llamada izquierda revolucionaria). Mientras en el Gran Bilbao, de mayor tradición obrera, la línea CONE era la predominante, la CECO tenía la hegemonía dentro de las comisiones en Nafarroa y Gipuzkoa, con un proletariado más joven y de reciente formación. También la CECO predominaba en Araba, de condiciones parecidas, pero las CCOO eran aquí ya de por sí mucho más minoritarias respecto al proletariado en general, algo que llevó a los diferentes grupos a aunar sus fuerzas en la COV y desarrollar la antes mencionada Plataforma Reivindicativa Conjunta.

Es ampliamente compartido por los protagonistas de aquella huelga que todo este modelo de democracia obrera fue una de las claves para mantener fusionada a la vanguardia y la clase, elevando día a día, debate a debate, voto a voto, la conciencia de clase y el compromiso en la lucha de una clase obrera vitoriana que, en su inmensa mayoría, carecía de una experiencia sindical o militante previa.

Mientras el PCE apostaba claramente por intervenir desde el sindicato vertical y los cauces establecidos, en Vitoria, así como en otras geografías, se dio un rápido consenso entre las vanguardias respecto a la opción contraria: había que deslegitimar a la OSE, exigir la dimisión de sus delegados oficiales y substituir su representación por las comisiones representativas elegidas en asamblea. Además, como explicó Jesus Fernández Naves, uno de los líderes más carismáticos del 3 de marzo, el aparato represivo existente impedía otra forma de organización. Si la lucha y las reivindicaciones se hubieran dado por parte de unos pocos dirigentes, estos hubieran sido rápidamente detenidos, terminándose ahí la lucha. En cambio, el modelo asambleario llevaba a un reparto colectivo de las responsabilidades, algo que frenaba relativamente la represión, ya que esta no podía darse de la misma forma contra el conjunto de la plantilla.

Es importante entender que lo que ocurrió en Vitoria no hubiera sucedido de la misma forma ni con tanta radicalidad sin la existencia e insistencia de un pequeño grupo de varias decenas de militantes revolucionarios organizados entorno a la Coordinadora Obrera de Vitoria (COV), en la que estos participaban como individuos y no como delegados de sus respectivas organizaciones.

Se puede afirmar, por lo tanto, que la forma asamblearia sirvió para la activación y la educación política del proletariado. Un proceso que, como siempre ocurre en la historia, no se dio de forma limpia ni sin contradicciones. No faltaron los militantes clandestinos que se consideraban los más aptos para dirigir la lucha, pero que no fueron elegidos en sus respectivas asambleas como representantes, mientras compañeros sin ninguna experiencia política previa destacaron enseguida como líderes naturales. También muchos protagonistas mencionan que el modelo de democracia obrera planteado sobre el papel no se respetó estrictamente en todo momento y hubo también decisiones tácticas de la dirección que, por agilidad o por miedo a que fueran rechazadas, no pasaron por todo el proceso habitual de decisión asamblearia. De la misma forma, también hubo acciones espontáneas, que respondieron más al instinto de clase frente a la represión que a cualquier tipo de planificación consciente.

El esquema hasta ahora presentado fue el núcleo de la lucha en las fábricas, pero si queremos entender el éxito absoluto de la huelga del 3 de marzo hay que atender a la institucionalidad obrera que se generó para asegurar la unidad de clase y la extensión de la lucha a todos los sectores obreros y del pueblo trabajador de la ciudad.

En este sentido, un activo fundamental para sostener la huelga y extender la solidaridad de clase fueron las asambleas de mujeres de obreros en paro. Estas, al principio, funcionaron como una sección de la propia asamblea de fábrica y cumplieron dos tareas principales: la lucha contra los esquiroles y la recaudación de bienes de primera necesidad y dinero para las cajas de resistencia. Al principio, hicieron labores más “diplomáticas”, como acudir a las casas de los esquiroles para tratar de convencer a las familias de la necesidad de que se unieran a la lucha, algo que funcionó en muchos casos. Sin embargo, en los casos en los que este primer intento no había dado frutos, fueron también las primeras en colocarse todas las mañanas en la puerta de la fábrica para desmoralizar mediante insultos y humillaciones a los esquiroles que entraban al tajo.

A medida que la organización obrera se expandía, también lo hicieron las asambleas de mujeres, hasta el punto de crear una asamblea conjunta propia que se reunía dos veces por semana y que ganó la capacidad de extender la solidaridad de una forma masiva a los barrios, las guarderías, los colegios, los mercados… Inventaron una forma muy ingeniosa de manifestarse y además sostener la lucha con las conocidas marchas de las bolsas vacías: cientos de mujeres y niños recorriendo los mercados y las calles comerciales de la ciudad, gritando consignas, repartiendo octavillas y explicando la situación de la lucha a la gente, mientras sus bolsas se llenaban gracias a las solidaridad de clase. La policía tenía serias dificultades para reprimir estas marchas, por la imagen que desprendían y la absoluta simpatía que recibían por parte de la población. Aun así, eso no libró a las mujeres obreras de la represión: muchas fueron detenidas, sufrieron amenazas, golpes y malos tratos en comisaría, muchas veces además con connotaciones sexuales y vejatorias.

A medida que el conflicto avanzaba, la solidaridad de clase impregnó cada aspecto cotidiano del día a día en los barrios obreros. Me contaba una vecina de Zaramaga que todos los portales del barrio y las propias puertas de muchas casas estaban siempre abiertas ya desde enero, para que los manifestantes pudieran huir, esconderse y recibir curas en caso de estar heridos. Muchas persianas del barrio estaban agujereadas por los bolazos de la policía, que apuntaban a las mujeres que gritaban o lanzaban todo tipo de objetos desde las ventanas: “en pocas semanas ya no quedaba ni una flor, ni una maceta en las ventanas de Zaramaga, porque se las lanzábamos a los grises”.

La forma asamblearia sirvió para la activación y la educación política del proletariado. Un proceso que, como siempre ocurre en la historia, no se dio de forma limpia ni sin contradicciones

Como vemos, la lucha rebasó muy pronto los límites de la fábrica y adoptó rápidamente un carácter territorial y de clase. Si bien es cierto que las asambleas de barrio, como tal, no se crearon hasta la preparación de la huelga general del 3 de marzo, una institución clave para preparar las anteriores dos huelgas generales fueron las asambleas conjuntas de obreros no parados. De esta forma, a los alrededor de 6.250 obreros que habían paralizado sus respectivas fábricas de forma permanente durante enero y febrero, se sumaron varios miles de trabajadores de distintos sectores en solidaridad, multiplicando los efectivos obreros en la calle en los días de lucha más importantes, así como en los días de preparación.

La lógica de esta asamblea conjunta de obreros no parados, en su inicio, era la extensión del conflicto, animando a todos los sectores trabajadores a plantear en asamblea sus propias reivindicaciones, generando un contexto de mayor presión contra el conjunto de la patronal. Aunque, en la práctica, los participantes de la asamblea y de las huelgas generales salieron principalmente en solidaridad con los obreros en huelga, por lo que la asamblea adoptó tres funciones: 1) generar condiciones para la huelga general; 2) superar las limitaciones de los piquetes informativos, y 3) buscar la participación del conjunto de las masas y fortalecer el desarrollo de la conciencia de clase.

Un activo fundamental para sostener la huelga y extender la solidaridad de clase fueron las asambleas de mujeres de obreros en paro

Algunos protagonistas del 3 de marzo valoraron la no generalización del conflicto como consecuencia de una falta de preparación, así como por una falta de militantes de vanguardia en esos núcleos de trabajo. Y es que en muchas empresas los trabajadores no llegaron a luchar directamente contra sus patronos y se limitaron a la solidaridad con los obreros parados, porque los empresarios, viendo la situación, se adelantaron a cualquier conflicto interno concediendo desde el primer momento lo que pedían los trabajadores. Al mismo tiempo que salían a solidarizarse en contra de la represión, por la readmisión de los despedidos y la libertad de los detenidos, se estaba rompiendo con un principio básico que las CCRR plantearon desde el principio: ninguna CR debía negociar mientras hubiera un solo despedido o detenido en cualquiera del resto de empresas.

Un colectivo que sí hizo suyo el principio de la generalización del conflicto fue el de los estudiantes, creando sus propias asambleas y reivindicaciones, convocando paros y huelgas. La represión de las direcciones no tardó en llegar y la lucha contra la represión y por la readmisión de los estudiantes expulsados y por las libertades políticas se convirtió rápidamente en su demanda principal. “Hoy estudiantes, mañana obreros”, proclamaban, y fueron también un activo importante durante las marchas obreras y, sobre todo, en los enfrentamientos con la policía.

Los memorialistas burgueses siempre han querido tildar todo el proceso de huelga como algo pacífico hasta la cruel represión del día 3, como si los obreros no hubieran descubierto y ejercido antes su legítimo derecho a la autodefensa. La represión fue, sin duda, el elemento radicalizador del conflicto, el factor principal para saltar de lo meramente económico a lo político y entender que lo que se estaba dando era una lucha entre dos poderes, clase contra clase. Si al principio del conflicto la mayoría de los obreros se preocuparon mucho de que las marchas de cada empresa fueran muy pacíficas y cívicas, a las tres semanas de lucha, cuando celebraron, a la salida de la asamblea de conjunto, su primera manifestación unitaria con 6.000 personas dirigiéndose hacia el Consejo de Empresarios, su modo de ver cambió radicalmente. La policía reprimió duramente la marcha, dejando una cifra de 50 heridos leves, tras un duro enfrentamiento en el que los huelguistas no dudaron en defenderse con aquello que tuvieran a su alcance.

A la prohibición de reunirse se le respondió haciendo asambleas, a la de manifestarse haciendo manifestaciones… La clase obrera fue conquistando los derechos políticos más básicos uno a uno, mediante su propia fuerza y unión, absorbiendo cada golpe recibido y convirtiéndolo en una mayor conciencia y organización de clase

La clase obrera entendió que la policía no estaba para defenderles, sino para atacarles cuando fuera necesario: antes de marzo, hubo entre 400 y 500 detenciones y decenas de despidos. Por eso, durante todo febrero se experimentaron distintos modos de burlar y combatir la represión policial: se levantaban barricadas, se combinaban las grandes marchas con manifestaciones más pequeñas para dividir los efectivos policiales o se interferían y grababan sus comunicaciones por radio (de ahí vienen las famosas grabaciones policiales del día tres). El Gobierno Civil, por su parte, no dudó en pedir refuerzos semanas antes del 3 de marzo, contando con los efectivos la Brigada Móvil procedentes de Valladolid. Se calcula que en la huelga del 3 de marzo desplegaron un dispositivo de 200-300 policías armados en toda la ciudad, unos 100-150 solo en los alrededores de la iglesia de San Francisco de Asís. También desempeñó una labor importante la Brigada de Información, chantajeando a muchos obreros para saber lo que se hablaba en las asambleas, aplicando la tortura, extendiendo bulos o comunicados falsos para desacreditar a los líderes obreros… En definitiva, la desmesurada violencia que aplicó el Estado de la mano de la patronal el día 3 de marzo, con un balance de cinco muertos y más de cien heridos de bala, así como decenas de heridos más a causa de la asfixia, los golpes y los atropellos, fueron el culmen de un ciclo represivo que se venía dando durante dos meses. La falta total de libertades políticas hacía que cada paso necesario que tenían que dar los obreros en su lucha supusiera un desafío contra la legalidad burguesa y obligará también al Régimen a responder. A la prohibición de reunirse se le respondió haciendo asambleas, a la de manifestarse haciendo manifestaciones… La clase obrera fue conquistando los derechos políticos más básicos uno a uno, mediante su propia fuerza y unión, absorbiendo cada golpe recibido y convirtiéndolo en una mayor conciencia y organización de clase. Así se crearon las condiciones para que la huelga del 3 de marzo fuera total. Para las 10 de la mañana todo comercio, bar, banco, oficina, colegio o taller estaban cerrados y prácticamente toda la clase obrera en la calle con dos consignas claras: “readmisión de los despedidos” y “queremos negociar”. El resto de la historia es ya conocida y son diversas también las lecturas políticas que se han hecho de aquella jornada y los días posteriores.

modo de conclusión, si queremos comprender esta experiencia histórica y aprender de ella hay que atender a los factores estructurales que la condicionaron, por un lado, y a los factores subjetivos de las clases sociales que se enfrentaron en aquella batalla, por otro. La coyuntura económica caracterizada por la inflación y la pobreza que se vivía en los barrios obreros de Vitoria, junto con la reciente muerte de Franco y uno de los contextos de mayor conflictividad política de nuestra historia, era el caldo de cultivo para que algo así sucediera. La intransigencia patronal, así como la falta total de libertades políticas y la represión determinaron asimismo la lucha. La relativa homogeneidad de condiciones y modo de vida de la clase trabajadora y las tendencias, nacidas del abandono y la necesidad, hacia la autoorganización y la solidaridad en las comunidades obreras son también factores a tener en cuenta. Pero puede que haya, más allá del contexto histórico concreto, algunos principios y mecanismos de los que conscientemente se dotó el proletariado, que hicieron posible que este emergiera como fuerza política independiente.