En este artículo abordaremos la intervención de la OTAN sobre Libia en 2011. Antes de hablar sobre la intervención en sí misma, haremos un repaso histórico que explique la situación de la Libia de antes de 2011.
Como para la mayoría de los países africanos, la huella europea no es algo reciente en Libia, ya que la presencia colonial se remonta más allá de un siglo. En 1884, durante la Conferencia de Berlín en la que los imperios europeos acordaron el reparto de toda África, se “acordó” que Libia pasara a la esfera de influencia italiana. Los otomanos mantuvieron el control sobre el territorio libio hasta 1912, año en el que, aprovechando que los turcos estaban envueltos en las guerras de los Balcanes, los italianos, con el objetivo de aumentar su gloria imperial y nacional y valiéndose del declive en el que se encontraba el Imperio otomano, emprendieron la invasión del territorio. Los italianos subestimaron la capacidad militar de las tribus libias lideradas por los sanusíes (una especie de orden religiosa islámica), y no fue hasta después de dos guerras en 1911-1912 y 1915-1918 (en esta segunda ocasión con ayuda británica) cuando consiguieron asentar su poder de forma relativamente estable. Se calcula que en estas guerras murieron entre 20.000 y 30.000 libios, entre los combates y las ejecuciones —hay que tener en cuenta que en aquella época el total de la población libia no llegaba al millón de habitantes—.
En 1922, con la llegada al poder de Benito Mussolini y la instauración del fascismo en Italia, comenzó una etapa de durísima represión contra la resistencia libia. En esa etapa, que se extendió entre 1923 y 1934, se llevó a cabo un genocidio contra los libios con el objetivo de asegurar el control administrativo sobre la colonia norteafricana, siendo asesinadas entre 80.000 y 125.000 personas. Entre las víctimas estaba también Omar al Mukhtar, quien fuera el líder de la lucha anticolonial desde el inicio de la invasión italiana de 1912.
Con la llegada al poder de Benito Mussolini y la instauración del fascismo en Italia, comenzó una etapa de durísima represión contra la resistencia libia. En esa etapa, que se extendió entre 1923 y 1934, se llevó a cabo un genocidio contra los libios con el objetivo de asegurar el control administrativo sobre la colonia norteafricana
Durante toda la etapa de dominación colonial italiana a la que estuvo sometida Libia, desde 1912 hasta 1943, se calcula que el genocidio libio, conocido en árabe como “Shar”, se cobró la vida de entre 250.000 y 500.000 personas, 100.000 de las cuales murieron en campos de concentración. Un dato especialmente sorprendente es que, en la región de Cirenaica, al noreste, fue asesinada aproximadamente la mitad de la población.

En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, las últimas tropas nazis del Afrika Korps fueron expulsadas del norte de África por parte de las fuerzas británicas y se estableció un periodo de transición que culminaría con la creación del Reino de Libia en 1951 y con la coronación del rey Idris I, líder de la orden senusí.
Fue en ese periodo cuando se crearon las bases para la construcción del Estado libio. En 1951 se aprobó una constitución que daría al Estado la forma de una monarquía constitucional. No obstante, el rey Idris I reservó para sí mismo un gran control sobre el Parlamento y las fuerzas armadas, haciendo de la constitución una simple ilusión para dar una imagen democrática ante las potencias occidentales. De hecho, el Gobierno del rey Idris I fue muy prooccidental, manteniendo una buena relación tanto con británicos como estadounidenses. Fueron los británicos quienes, debido a la escasa capacidad del rey libio para crear una estructura burocrática en el país, prestaron asesores para el establecimiento de una base medianamente sólida sobre la que construir el Estado libio.
Esta debilidad del Estado y la escasez de funcionarios provocó que las tribus tuvieran un gran peso en las decisiones del país, hecho que se repitió en la Libia de Muhammar al Gadafi e incluso se mantiene hasta hoy en día.
El reino de Idris I también tendrá una gran influencia religiosa. La senusí fue una orden religiosa con gran poder que mezclaba religión, organización tribal y una identidad política conservadora. Fue en el área de la Cirenaica (este) donde esta orden tuvo mayor influencia, precisamente donde el régimen tenía mayor legitimidad entre la población (de hecho, el rey Idris era natural de esta región). El papel central de la región de Cirenaica causaría tensiones con las otras dos regiones que conformaban este Estado federal: Tripolitania y Fezán.

En 1959, se produjo en Cirenaica un acontecimiento que cambió para siempre la historia de Libia: el descubrimiento del primer yacimiento petrolífero. Antes del descubrimiento del petróleo, la economía libia estaba basada en una agricultura y ganadería pobres, y recibía grandes ayudas económicas por parte de los británicos y estadounidenses. Tras el descubrimiento, Libia se puso en el centro del mapa del Norte de África, con la llegada de compañías petroleras procedentes del Reino Unido y de los Estados Unidos para explotar este recurso tan preciado. Si bien el descubrimiento trajo consigo un enorme crecimiento económico y unos ingresos estatales masivos, las desigualdades regionales entre Cirenaica y las otras dos regiones —Tripolitania y Fezán— aumentaron todavía más, así como la corrupción política y las desigualdades sociales debido a la concentración de la riqueza en las élites políticas del país. Los descubrimientos de nuevos yacimientos petrolíferos continuarían durante las siguientes décadas, convirtiéndose Libia, junto a Nigeria, en uno de los dos principales productores de este recurso de todo el continente africano.
En 1959, se produjo en Cirenaica un acontecimiento que cambió para siempre la historia de Libia: el descubrimiento del primer yacimiento petrolífero
La corrupción y las desigualdades sociales serían un hecho crucial en el devenir político del país puesto que muchos oficiales jóvenes y estudiantes universitarios empezaron a ver el régimen monárquico como un sistema corrupto, extremadamente injusto y excesivamente dependiente de Occidente.
Libia no fue por ello una excepción del descontento que se expandió por los países árabes entre las décadas de 1950 y 1970. Muy al contrario, durante esas décadas el movimiento panarabista liderado por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser, así como el socialismo árabe (cuya máxima expresión fue el baazismo de Michel Aflaq y Salah Bitar), llegaron a su cénit en la región.
A finales de la década de los 60, la corrupción política del régimen, la pobreza extrema de la clase trabajadora, el envejecimiento del rey Idris y la influencia del nacionalismo y el socialismo árabe llevaron a que el 1 de septiembre de 1969 un grupo de oficiales jóvenes (los conocidos como “oficiales libres”) liderados por un Muammar al Gadafi dieran un golpe de Estado que acabaría con la debilitada monarquía de Idris I mientras este estaba de viaje en Turquía. Así nació la República Árabe Libia.

Los objetivos principales de aquel alzamiento fueron, inspirados en el nacionalismo y el socialismo árabe de la época, la independencia política y económica frente a Occidente —principalmente frente a los británicos y estadounidenses, que eran quienes habían subyugado el país durante el periodo de la monarquía— y la redistribución de la riqueza petrolera para acabar con la desigualdad social. Así, en la década de 1970, la Libia de Gadafi expulsó a los militares estadounidenses y británicos y cerró sus bases militares, lo que enfureció enormemente a Washington y Londres. En estos dos sucesos se encuentra el origen de esa enemistad entre la OTAN y Libia. La nacionalización del petróleo y la expulsión de las petroleras norteamericanas y británicas, unidas a un contexto de Guerra Fría en el que el control militar del mar Mediterráneo era crucial para asegurar el suministro de petróleo que llegaba desde las monarquías árabes del Golfo Pérsico a través del estrecho de Suez, convirtió a Libia en un elemento indeseado en la región para el imperialismo estadounidense y otanista.
La nacionalización del petróleo y la expulsión de las petroleras norteamericanas y británicas convirtió a Libia en un elemento indeseado en la región para el imperialismo estadounidense y otanista
El Gobierno de Gadafi supuso también un problema ideológico para el Occidente capitalista, debido a que sus reformas económicas y sociales podían suponer un ejemplo de país que, siguiendo el camino del panarabismo y el socialismo, podía conseguir una economía estable y beneficiosa para su clase trabajadora. De hecho, la propia Libia fue influenciada por el triunfo de esas dos ideologías en dos de sus países vecinos: Egipto (llegada al poder de Nasser en 1952) y Argelia (triunfo del FLN en 1962 y expulsión de Francia).
Esas reformas económicas y sociales se encaminaron a la nacionalización del petróleo, medida con la que se consiguió la prestación de una educación y sanidad gratuitas, proyectos de vivienda, construcción de una infraestructura de calidad, creación de un suministro de agua eficaz (logro especialmente relevante teniendo en cuenta que era un país semidesértico) y la redistribución de los ingresos petroleros entre la clase trabajadora.

En cuanto a la situación de las mujeres, Gadafi promovió la educación femenina de forma masiva, alejándose de los altísimos niveles de analfabetismo en los que se encontraba anteriormente; también permitió su acceso a la universidades y a oficios antes reservados únicamente a los hombres como medicina, derecho o ingenierías; fomentó una mayor participación en el trabajo (desempeñaron sobre todos cargos en la Administración pública, salud y educación); creó unidades militares femeninas y academias militares para mujeres; y redactó leyes que limitaban la poligamia y que exigían el consentimiento de la mujer en el matrimonio, acabando así con los matrimonios concertados. Gracias a estas medidas, en algunos aspectos, Libia llegó a tener uno de los niveles educativos femeninos más altos del norte de África.
Las reformas económicas y sociales impulsadas por el Gobierno de Gadafi se encaminaron a la nacionalización del petróleo y la redistribución de los ingresos petroleros entre la clase trabajadora
La influencia política de Muamar al-Gadafi no se limitó al norte de África, sino que apoyó diferentes causas que iban contra los intereses de Occidente y de la OTAN. Gadafi fue un ferviente antisionista y, por ello, la Gran Yamahiriya Libia apoyó activamente a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat contra el Estado sionista de Israel, financiando la OLP con los ingresos obtenidos de la venta del petróleo, ofreciendo entrenamiento militar y armas a la resistencia palestina y defendiendo a los palestinos en la Asamblea General de la ONU y otros foros internacionales. Libia se convirtió así durante los años 70 y 80, junto a la Siria baazista de Hafez al Assad, en uno de los países que más recursos destinó a la causa palestina.
En 1981, las tensiones libio-estadounidenses estallaron a modo de combate directo cuando, debido a la disputa de las aguas territoriales, Libia atacó sin éxito dos cazas F-14A de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.
Libia buscó otras formas de desestabilizar la Europa de la OTAN, armando, financiando y dando entrenamiento militar durante los años 80 al IRA Provisional en el norte de Irlanda, a ETA en Euskal Herria, a la Rote Armee Fraktion (RAF) en Alemania, al Frente de Liberación Nacional de Córcega (FLNC) y a las Brigatte Rosse italianas. Todo ello le granjeó la enemistad de los países europeos de la OTAN.
El 14 de abril 1986, el presidente estadounidense Ronald Reagan lanzó la operación El Dorado Canyon, una operación militar de tipo quirúrgico destinada a atacar objetivos clave del Estado libio. Si bien este enfrentamiento fue un triunfo militar para los Estados Unidos, devino en un fortalecimiento de la legitimidad del Gobierno libio ante su población y la radicalización de su postura antioccidental, postura que se mantuvo hasta principios de los 2000, ya que en 2003 empezó a normalizar las relaciones con Occidente.
En la década de los 2000, tras el fracaso definitivo del panarabismo, las sanciones económicas de Occidente y el creciente interés económico en África, Libia trató, por un lado, apaciguar a Occidente y, por otro lado, virar sus intereses al África subsahariana. Así nació la Unión Africana (de la que Gadafi fue presidente durante 2009), con el fin de crear unas instituciones más fuertes en el continente, fomentar la cooperación económica y desarrollar una política común. Todo ello se plasmó en ideas más ambiciosas tales como un Gobierno continental, un Ejército africano común, una moneda africana y un banco central africano. Para impulsar la independencia económica africana, el Gobierno de Gadafi invirtió miles de millones de dólares procedentes del petróleo libio en telecomunicaciones, bancos, hoteles, infraestructuras y compañías aéreas de África. Este tipo de acciones causaron gran recelo en los países europeos de la OTAN, ya que las veían como una afrenta al dominio neocolonial que mantenían sobre África. Eran sobre todo Francia, Reino Unido, Estados Unidos e Italia los países de la Alianza Atlántica que más veían peligrar sus intereses económicos, principalmente petrolíferos, gasísticos y de minerales.
Libia buscó formas de desestabilizar la Europa de la OTAN, armando, financiando y dando entrenamiento militar durante los años 80 al IRA Provisional en el norte de Irlanda, a ETA en Euskal Herria, a la Rote Armee Fraktion (RAF) en Alemania, al Frente de Liberación Nacional de Córcega (FLNC) y a las Brigatte Rosse italianas. Todo ello le granjeó la enemistad de los países europeos de la OTAN
Francia, que dominaba estrechamente a sus antiguas colonias en la denominada Françafrique —Franzáfrica— para la explotación de sus recursos por parte de sus empresas privadas en la zona noroeste del continente africano (el flujo neto de inversión acumulado entre 2000 y 2010 en África por parte de las empresas francesas fue de aproximadamente de 60 billones de dólares), Reino Unido, cuyas empresas privadas tenían miles de millones de libras invertidas en minería, petróleo y gas (el flujo de inversión directa únicamente en el año 2010 de las empresas británicas en África se valoraba en 7,8 billones de libras esterlinas, siendo de aproximadamente 45 billones entre el 2000 y el 2010), e Italia, cuya empresa ENI en el año 2010 era la empresa privada más importante de la bolsa italiana y que invirtió alrededor de 40 billones de dólares entre el año 2000 y el 2010 en el continente para explotar recursos petrolíferos y gasísticos en toda África. Por otro lado, las empresas estadounidenses tenían una inversión acumulada de entre 45 y 50 billones de dólares en la década de los 2000 en el continente. Las empresas privadas españolas tenían una inversión menor, pero con una cifra nada desdeñable de alrededor de 15 billones de dólares (si bien es cierto que esa cifra se centraba en países que estaban fuera de la órbita de influencia de Gadafi como Marruecos, Argelia, Túnez o Egipto).
Todos estos intereses económicos del capitalismo occidental llevaron a la OTAN, bajo el paraguas de los Estados Unidos y con el liderazgo de Barack Obama, a actuar en 2011 contra la Libia de Gadafi bajo la tan manida excusa de la democracia y la defensa de los derechos humanos (legitimado todo ello por la Primavera Árabe surgida en Túnez en diciembre de 2010 y que se extendió a Libia a principios de 2011).
El 15 de febrero de 2011 empezó la guerra civil entre los opositores del Consejo Nacional de Transición (CNT) y el Gobierno de Gadafi. Los opositores no tenían un proyecto común, sino que únicamente les unía la oposición a la Yamahiriya Libia de Gadafi. Entre los grupos opositores se encontraban grupos tan diversos como monárquicos que pedían la vuelta de los Senusí (anterior dinastía a la que pertenecía el rey Idris I) para darle la corona libia al pretendiente al trono Muhamad al Senussi; islamistas y salafistas que querían establecer un Gobierno reaccionario basado en la sharía; demócratas y liberales que tenían como referencia a las democracias occidentales y que estaban inspirados por los acontecimientos de Túnez y Egipto; y tribus del desierto que querían una mayor cuota de poder y autonomía. También desde el extranjero, muchos socialdemócratas exiliados que denunciaban el autoritarismo del Gobierno de Gadafi apoyaron las protestas. Todos tenían algo en común, eso sí: el apoyo al intervencionismo atlantista.
El 17 de marzo de 2011, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas lanzó la resolución 1973 para establecer una zona de exclusión aérea y que autorizaba a “tomar todas las medidas necesarias” en Libia para “proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenaza de ataques”. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó, con los votos a favor de diez de sus miembros, la resolución que abría la puerta a la aplicación de una zona de exclusión aérea sobre Libia. En aquella jornada votaron a favor los tres países que mayor inversión privada tenían en África: Francia, Reino Unido y Estados Unidos, así como, Líbano, Bosnia y Herzegovina, Colombia, Gabón, Nigeria, Portugal, y Sudáfrica; se abstuvieron Alemania, Brasil, China, India y Rusia. Ningún país se opuso.
Para impulsar la independencia económica africana, el Gobierno de Gadafi invirtió miles de millones de dólares procedentes del petróleo libio en telecomunicaciones, bancos, hoteles, infraestructuras y compañías aéreas de África. Este tipo de acciones causaron gran recelo en los países europeos de la OTAN
El 23 de febrero, a propuesta de Francia, se tomó la decisión de adoptar sanciones económicas contra Libia, propuesta que fue seguida por Suiza (que congeló las cuentas bancarias que la familia Gadafi tenía en el país), Reino Unido, Estados Unidos, Austria y España.
La operación de la OTAN y otros aliados prooccidentales de la región, entre los que se encontraban Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Jordania, comenzó el 20 de marzo con el ataque aéreo de Francia contra cuatro tanques del ejército libio en la zona de Bengasi. Estados Unidos, por su parte, preparó su flota frente a la costa libia. Un contingente formado por siete buques de guerra, entre los que se contaban los buques de asalto anfibio USS Keasarge y USS Ponce, el submarino USS Providence, el buque de mando USS Mount Whitney y los destructores USS Mason, USS Barry y USS Stout destinados al bloqueo naval y al bombardeo de enclaves gadafistas.
La intervención militar en la que participaron muy activamente británicos, franceses y estadounidenses fue una operación aprobada por la ONU puesta bajo el mando de la OTAN y que, aparte de los motivos antes mencionados, tuvo también como causa el hecho de que a principios de ese mes de marzo Gadafi amenazara con echar de Libia a las petroleras occidentales (que habían vuelto tras la relajación de las tensiones desde 2003) e invitara a empresas de Rusia, China e India a que invirtiesen en la producción de petróleo en su país (lo que ayuda a entender que Rusia, China, India, pero también Brasil, se abstuvieran de votar a favor de la resolución 1973 que legitimaba la intervención militar en suelo libio). John Pilger, periodista australiano, comparó la operación sobre Libia con la de Yugoslavia de 1999 en la que se emprendió la destrucción sistemática de aquel país.
Se crearon dos frentes claramente marcados entre las fuerzas leales a Gadafi y las fuerzas rebeldes. Los leales controlaban la zona oeste del país (Tripolitania); los rebeldes controlaban la zona de Cirenaica al este y también la ciudad de Misratah en la zona de Tripolitania. En esta guerra, las fuerzas de la OTAN cumplieron el papel de ser la fuerza aérea no oficial de los rebeldes que se alzaron contra Gadafi, apoyando el avance de sus tropas hacia el oeste desde Bengasi.

En cuanto a las operaciones, el primer mes de marzo fue de clara superioridad rebelde. Entre abril y julio, debido a la reorganización de las fuerzas gadafistas, se produjo un estancamiento en el frente, aunque los rebeldes consiguieron controlar por completo la ciudad de Misratah, asediada por los lealistas. Si bien en el lado de los rebeldes había trifulcas entre las diferentes facciones que componían sus fuerzas, en agosto consiguieron tomar Trípoli, la capital de los leales a Gadafi. Así, debido a la clara superioridad aérea que les otorgaba la OTAN, consiguieron avanzar casi sin pausa hasta octubre, tomando definitivamente los últimos núcleos de resistencia de los gadafistas: Sirte y Beni Walid. En ese último ataque sobre la ciudad de Sirte se produjo uno de los peores resultados de los bombardeos de la OTAN sobre la población civil que dejó el saldo 354 civiles muertos, al haber descargado sus bombas sobre un bloque de viviendas y un hotel.
El 20 de octubre, al final de la batalla de Sirte, Muamar al Gadafi fue capturado por los rebeldes y brutalmente asesinado por ellos al de pocas horas. Su hijo Moatassem Billal al Gadafi fue también capturado y ejecutado en el lugar de su captura. Famosas fueron las palabras de la que en aquel momento era de la secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, quien tras enterarse de la captura y asesinato de Gadafi y, parafraseando la histórica frase de Julio César, dijo en una entrevista entre carcajadas: “We came. We saw. He died” (llegamos, vimos, murió).
España, que en aquel momento estaba gobernada por el presidente del PSOE José Luis Rodríguez Zapatero, aparte del apoyo a la resolución 1973 y a las sanciones económicas, también contribuyó al esfuerzo de guerra contra Libia. Cuatro aviones F-18 Hornet y buques de guerra fueron movilizados para bombardear y bloquear navalmente el país norteafricano. La aviación dirigida por el JEMAD (jefe de Estado Mayor de la Defensa) José Julio Rodríguez Fernández se encargó de controlar y patrullar el espacio aéreo como parte del esfuerzo bélico en la coalición de la OTAN. Años después, en 2015, Rodríguez Fernández sería propuesto como “futurible” ministro de Defensa en la campaña de Podemos y, en 2020, fue nombrado director del Gabinete del vicepresidente del segundo del Gobierno, Pablo Iglesias Turrión.
El final de la guerra supuso una fuerte crisis económica a causa de la caída de la producción petrolera, la destrucción de gran parte de la infraestructura del Estado y la pérdida de poder estatal. Así mismo, se produjo una crisis migratoria hacia Europa, convirtiéndose Libia en el principal punto de salida de personas migrantes hacia el Mediterráneo. Surgieron redes de tráfico de personas y mercados de esclavos que traficaban con personas de origen subsahariano (la esclavitud fue abolida en 1952 en Libia). Grupos yihadistas como Ansar al-Sharia (filial de Al Qaeda en el Magreb) o el Estado Islámico crecieron y se expandieron sin control debido al vacío de poder, llegando estos últimos incluso a controlar la ciudad de Sirte entre 2015 y 2016, cuando el yihadismo era inexistente durante la época de Gadafi. La situación de la mujer ha ido a peor debido al aumento de la inseguridad y de las desigualdades, especialmente en las zonas donde los grupos yihadistas tienen mayor influencia, ya que las mujeres se enfrentan al peligro de violación, asesinato o secuestro para ser vendidas como esclavas sexuales (principalmente el desierto del Sáhara por su conexión con el Sahel, por donde los yihadistas se mueven libremente).

Así pues, la caída del Gobierno de Gadafi, lejos de traer estabilidad política, creó una situación de caos que se mantiene hasta el día de hoy. Si bien se intentó instaurar un nuevo sistema político mediado por el Consejo Nacional de Transición (nombre con el que se autodenominaban las fuerzas rebeldes), menos de un año después, en agosto de 2012, y debido a la falta de instituciones fuertes, ese consejo fue disuelto para dar paso al Congreso General de la Nación. Esta institución entró en crisis nuevamente en agosto de 2014, cuando, tras la derrota en las elecciones de ese mismo año, los islamistas (afiliados a los Hermanos Musulmanes) se negaron a ceder sus escaños, iniciándose así la Segunda Guerra Civil Libia. Esta guerra que duró desde 2014 hasta el 2020 concluyó con una caótica paz que partió el país en dos.
Al oeste, en Trípoli, quedó el Gobierno reconocido por la ONU y que actualmente es liderado por Abdul Hamid Dbeibeh, quien asumió el cargo en 2021. Si bien la ONU le encomendó la tarea de tratar de unificar el país mediante la celebración de elecciones, aún no se han celebrado, e internamente su mandato ha sido cuestionado por el Parlamento, enfrentándose también a multitud de protestas. Al este, con capital en Bengasi, está el líder militar Jalifa Haftar, quien controla la mayor parte del país y la mayor cantidad de la producción petrolífera.
Los apoyos internacionales a cada una de esas facciones no siguen un patrón unificado dentro de los países de la OTAN, lo que resulta en una situación compleja de comprender. Dbeibhe es apoyado por Turquía, Italia, Catar, España, Reino Unido y Estados Unidos. Haftar es apoyado por Francia, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Rusia (curiosamente, Rusia y Francia, que están enfrentados en Ucrania, en el caso libio apoyan el mismo bando).
La OTAN, organización creada para combatir el comunismo soviético, sigue medrando 34 años después de la caída de la URSS, extendiendo su influencia hacia el este de Europa, pero también en el Magreb, a través de la firma de tratados de cooperación militar con Marruecos, Egipto, Túnez y Mauritania para mantener el control sobre la región
Los intereses detrás de esto son enemistades regionales en el caso de Turquía y Catar contra los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, cuestiones sobre el control migratorio en el caso de Italia, y el aumento de la influencia geopolítica en el Mediterráneo y el acceso a recursos estratégicos como oro, fosfatos, uranio, petróleo y gas natural por parte de Rusia.
Si bien en el momento de la guerra el 75%-85% de los libios apoyaban la intervención de la OTAN, con el paso de los años, la opinión ha cambiado considerablemente debido a la situación caótica en la que se encuentra el país desde 2011 (situación similar a la que se dio durante la Guerra de Irak del 2003). La opinión de los libios cambia dependiendo de la región. Si bien en Cirenaica (en su capital Bengasi fue donde empezó la rebelión) siguen siendo más favorables a la intervención de la Alianza Atlántica, en Tripolitania (oeste) se arrepienten de haber apoyado la intervención y sienten nostalgia por la estabilidad que le otorgaba al país el Gobierno de Gadafi.
Situación actual de Libia
La situación de caos surgida tras la intervención de la OTAN en 2011 en Libia, lejos de arreglarse, plantea una situación similar a la del Irak que fue invadido por los Estados Unidos en 2003: desGobierno, pobreza extrema, inseguridad y yihadismo descontrolado. Este, sin embargo, es el resultado de las invasiones que la OTAN y Estados Unidos han protagonizado en todas sus operaciones; véase el caso de Yugoslavia (1999), Siria (2014-2026), Afganistán (2001-2021) o Somalia (1992-1995).
La OTAN, organización creada para combatir el comunismo soviético, sigue medrando 34 años después de la caída de la URSS, extendiendo su influencia hacia el este de Europa, pero también en el Magreb, a través de la firma de tratados de cooperación militar con Marruecos, Egipto, Túnez y Mauritania (todos ellos forman parte de la Mediterranean League) para mantener el control sobre la región. En Asia occidental, Jordania, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y, por supuesto, Israel también forman parte de la red de aliados de la OTAN, denominada Global Partnership, que, liderada por Estados Unidos, tiene ahora mismo como mayor objetivo el sometimiento de la República Islámica de Irán, debido a la afrenta que este país supone por su antagonismo político con Estados Unidos e Israel y por su compromiso inalterable desde 1979 con el antisionismo y la defensa de la causa palestina.