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De Martí al PCC: historia del Partido Comunista de Cuba

Más que una simple sucesión de organizaciones, esa genealogía pretende expresar la continuidad política entre distintas etapas de la historia cubana.
De Martí al PCC: historia del Partido Comunista de Cuba

Un proceso histórico con tres antecedentes

El 3 de octubre de 1965, en el teatro Chaplin de La Habana, Fidel Castro presentó ante el público al Comité Central del recién constituido Partido Comunista de Cuba (PCC). Con aquel acto culminaba un proceso de unificación iniciado tras el triunfo de la Revolución cubana del 1 de enero de 1959, mediante el cual las principales fuerzas que habían combatido la dictadura de Fulgencio Batista –el Movimiento 26 de Julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo– confluyeron en una única organización política.

Sin embargo, limitar el origen del PCC a ese proceso supondría ignorar la propia interpretación histórica elaborada por el partido desde su fundación. Lejos de presentarse como una organización nacida exclusivamente de la Revolución de 1959, el PCC reivindica una continuidad política que remite a varias décadas atrás y que hunde sus raíces en tres experiencias fundamentales: el Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí para luchar contra el colonialismo; el primer Partido Comunista de Cuba, creado al calor de la Revolución de Octubre; y la propia Revolución cubana. Más que una simple sucesión de organizaciones, esa genealogía pretende expresar la continuidad política entre distintas etapas de la historia cubana.

El Partido Revolucionario Cubano

El Partido Revolucionario Cubano (PRC) fue fundado por José Martí en 1892 con el propósito de organizar la nueva guerra por la independencia de Cuba. Sin embargo, su función no se limitaba a preparar el levantamiento armado. Tal y como recogían las bases del partido, el PRC aspiraba a dotar al movimiento de una dirección política unificada y a sentar las bases de una futura república que no reprodujera las estructuras de dominación heredadas del régimen colonial. Más que un partido concebido para la competencia electoral, fue una organización creada para dirigir un proceso de liberación nacional.

Lejos de presentarse como una organización nacida exclusivamente de la Revolución cubana de 1959, el Partido Comunista de Cuba reivindica una continuidad política que remite a varias décadas atrás

Entre los colaboradores más estrechos de Martí se encontraba Carlos Baliño. Tabaquero de profesión y militante veterano, Baliño participó en la organización de los clubes que sostuvieron la actividad del Partido Revolucionario Cubano entre las comunidades de emigrantes asentadas, principalmente, en Estados Unidos. Su papel dentro del PRC fue el de un organizador y propagandista comprometido con el proyecto martiano, una trayectoria que adquiriría un significado histórico especial décadas más tarde.

La muerte de Martí en Dos Ríos, en mayo de 1895, no supuso la desaparición inmediata del Partido Revolucionario Cubano, que continuó desempeñando un papel fundamental en la coordinación política de la guerra de independencia hasta la derrota del dominio colonial español. Con la firma del Tratado de París de 1898 entre España y Estados Unidos, la organización dejó de existir. Sin embargo, la nueva etapa republicana estuvo marcada por la fuerte dependencia política y económica de Cuba con respecto a Estados Unidos, mientras el desarrollo de la industria y el crecimiento del movimiento obrero abrían nuevos escenarios de conflictividad.

Fue en ese contexto donde la trayectoria de Carlos Baliño adquirió una dimensión singular. Lejos de retirarse de la actividad política tras la desaparición del PRC, orientó progresivamente su militancia hacia el movimiento obrero y las ideas socialistas. Tres décadas después de haber participado junto a José Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano, volvería a desempeñar un papel decisivo en la creación de una nueva organización política, esta vez junto a Julio Antonio Mella: el primer Partido Comunista de Cuba.

El primer Partido Comunista de Cuba

Durante los primeros años de la República de 1902, comenzaron a confluir en Cuba distintos procesos que transformarían el panorama político de la isla. El crecimiento del movimiento obrero, la expansión del sindicalismo y la aparición de organizaciones socialistas coincidieron con el impacto internacional de la Revolución de Octubre, que convirtió el triunfo bolchevique en un referente para numerosos sectores revolucionarios latinoamericanos. En Cuba, esa influencia encontró terreno fértil entre la incipiente clase trabajadora, donde venía germinando una tradición de organización sindical y de difusión de las ideas socialistas.

La principal preocupación de la Internacional Comunista no era únicamente extender su influencia en América Latina, sino favorecer la constitución de partidos comunistas estables capaces de intervenir en un movimiento obrero

Al mismo tiempo, la Universidad de La Habana se convirtió en uno de los principales focos de renovación política e intelectual del país. Así, en 1922, Julio Antonio Mella impulsó la creación de la Federación Estudiantil Universitaria y, un año más tarde, promovió la Universidad Popular José Martí, una iniciativa que, más allá de su función educativa, constituyó un espacio de encuentro entre el movimiento estudiantil y las organizaciones obreras, favoreciendo la formación política de una nueva generación de militantes revolucionarios.

Mientras tanto, la Internacional Comunista seguía con creciente atención la evolución del movimiento obrero cubano. Desde comienzos de la década de 1920, el Secretariado Latinoamericano de la Komintern recibió informes sobre la situación política de la isla y mantuvo contactos con las agrupaciones comunistas que comenzaban a surgir en La Habana y otras ciudades. La principal preocupación de la Internacional Comunista no era únicamente extender su influencia en América Latina, sino favorecer la constitución de partidos comunistas estables capaces de intervenir en un movimiento obrero que, en el caso cubano, mostraba un fuerte componente tradeunionista, pero con escasez de cuadros y de vínculos con el campesinado. La correspondencia conservada refleja el interés por conocer la composición social de estos grupos, sus vínculos con las organizaciones obreras y su capacidad para constituirse en una auténtica sección de la Tercera Internacional.

Ese proceso nacional e internacional desembocó en el Congreso Nacional de las Agrupaciones Comunistas, celebrado en La Habana en 1925. Los delegados acordaron constituir el primer Partido Comunista de Cuba, unificando las distintas agrupaciones marxistas existentes en la isla. Carlos Baliño presidió la recepción de las credenciales de los delegados como reconocimiento a su larga trayectoria política, mientras que Julio Antonio Mella se convirtió en uno de los principales dirigentes de la nueva organización. El congreso eligió como primer secretario general a José Miguel Pérez y aprobó solicitar formalmente la incorporación del partido a la Internacional Comunista.

El nuevo partido nació en un contexto marcado por la creciente ofensiva represiva del Gobierno de Gerardo Machado y por la necesidad de consolidar una organización todavía reducida en número, escasamente implantada fuera de los principales núcleos urbanos y obligada a desenvolverse en condiciones de clandestinidad desde su fundación. La persecución alcanzó muy pronto a algunos de sus principales dirigentes, como Julio Antonio Mella o José Miguel Pérez, mientras el partido todavía trataba de afianzar su presencia.

La incorporación a la Komintern abrió, al mismo tiempo, un intenso intercambio político con el movimiento comunista internacional. La correspondencia de aquellos años muestra que las orientaciones generales de la Internacional no se aplicaban de forma mecánica, sino que eran abordadas a partir de los problemas específicos de la realidad cubana. Uno de ellos era la escasa implantación del partido entre el campesinado, una cuestión especialmente relevante dada la estructura económica del país y la conflictividad agraria creciente. La extensión del trabajo político al campo y la construcción de una alianza entre obreros y campesinos se convirtieron así en uno de los principales ejes de debate.

La cuestión no era únicamente la conveniencia de establecer acuerdos tácticos entre el Partido Comunista de Cuba y el Partido Nacionalista, sino cómo intervenir en un movimiento antimachadista cada vez más amplio sin renunciar a la independencia política

El ascenso de la movilización contra el régimen de Machado trasladó esas discusiones al terreno de la práctica política. Por un lado,
la relación con el Partido Nacionalista –de amplia composición campesina– se convirtió en uno de los principales objetos de discusión. La cuestión no era únicamente la conveniencia de establecer acuerdos tácticos, sino cómo intervenir en un movimiento antimachadista cada vez más amplio sin renunciar a la independencia política, especialmente cuando parte del nacionalismo contemplaba una salida apoyada por Estados Unidos. Por otro lado, la consolidación de la Confederación Nacional Obrera de Cuba, el impulso de sucesivas huelgas y la creciente presencia comunista en distintos conflictos laborales ampliaron la influencia del partido.

La crisis abierta al calor de la huelga general de 1930 puso a prueba esa estrategia. El Partido Comunista desempeñó un papel activo en estas movilizaciones obreras y en los paros de 1933 que contribuyeron decisivamente al derrumbe del régimen. Sin embargo, la caída de Machado no clausuró los debates abiertos durante aquellos años. Al contrario, la nueva coyuntura obligó a reconsiderar la política de alianzas, el papel del partido en un escenario de mayor apertura política y la adaptación de su estrategia a un contexto nacional e internacional en rápida transformación.

Del Partido Comunista al Partido Socialista Popular

Durante la década de 1930, el comunismo cubano entró en una nueva etapa. La caída de Gerardo Machado no dio paso al proceso revolucionario que muchos sectores esperaban, sino a un prolongado periodo de inestabilidad política en el que las Fuerzas Armadas, bajo el liderazgo creciente de Fulgencio Batista, adquirieron un peso decisivo en la vida pública. Al mismo tiempo, el ascenso del fascismo en Europa conllevó un cambio en la táctica y la estrategia de la Internacional Comunista. La Komintern, en el VII Congreso de 1935, situó en el centro la política de frentes populares, basada en la construcción de amplias alianzas con fuerzas democráticas contra el fascismo y la guerra.

En Cuba, el Partido Comunista fue abandonando progresivamente la clandestinidad y amplió su presencia en el movimiento sindical, donde desempeñó un papel destacado en la reorganización del movimiento obrero y en la constitución, en 1939, de la Confederación de Trabajadores de Cuba. La nueva coyuntura política, culminada con la Constitución de 1940, permitió, además, su incorporación a la vida legal y parlamentaria, un escenario muy distinto al de la década anterior.

Ese mismo proceso quedó reflejado en la propia evolución de la organización. En 1939, el partido adoptó la denominación de Unión Revolucionaria Comunista, en coherencia con la política de alianzas impulsada por la Internacional. Seis años después, en 1944, pasó a denominarse Partido Socialista Popular (PSP), nombre con el que desarrollaría su actividad durante el resto de la etapa republicana.

Durante los años cuarenta, el PSP consolidó una influencia notable en el movimiento sindical y mantuvo representación institucional, llegando incluso a colaborar puntualmente con los Gobiernos de Batista durante su primera etapa presidencial (1940-1944). Aquella estrategia sería objeto de intensos debates y críticas, especialmente dada la escasa valoración que inicialmente el PSP hizo de las posibilidades de la lucha guerrillera. Ahora bien, el golpe de Estado encabezado por Batista en 1952 puso fin al marco político en el que el Partido Socialista Popular había desarrollado su actividad legal durante más de una década y abrió un nuevo ciclo de confrontación que desembocaría en la Revolución de 1959.

La Revolución de 1959 y la convergencia de las organizaciones revolucionarias

El triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959 fue el resultado de la convergencia de organizaciones que habían se habían unido en el combate contra la dictadura de Batista desde trayectorias y estrategias políticas diferentes.

El Partido Socialista Popular, durante los primeros años posteriores al golpe de Estado de 1952, continuó considerando que la principal tarea pasaba por reorganizar el movimiento obrero y construir una amplia movilización popular contra la dictadura. Esa visión respondía tanto a su propia experiencia política durante las décadas anteriores como a una lectura de la situación cubana que consideraba todavía insuficientes las condiciones para una insurrección armada generalizada. Esa valoración comenzó a modificarse conforme avanzó el proceso y el Ejército Rebelde fue consolidando su posición política y militar.

Ese giro fue paulatino y no exento de fricciones. En diciembre de 1955, el Comité de Defensa de las Demandas Obreras sacó a unos 400.000 trabajadores azucareros a una huelga general que logró parte de sus reivindicaciones salariales y mostró la capacidad de movilización del PSP fuera del terreno estrictamente armado. En 1956, el partido proclamó la “línea de agosto”, que establecía como agotada la reivindicación de unas elecciones generales y, por primera vez, contemplaba abiertamente la insurrección popular como vía para derrocar a Batista. Aun así, la desconfianza mutua con el Movimiento 26 de Julio tardó en disiparse: el Che Guevara escribiría después que al PSP le había faltado visión sobre la posibilidad de tomar el poder. La colaboración se estrechó de forma definitiva en 1958, cuando militantes del PSP se integraron a las columnas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos, y se impulsó la creación del Frente Obrero Nacional Unido para coordinar la huelga general que acompañaría la caída de la dictadura.

El golpe de Estado encabezado por Batista en 1952 puso fin al marco político en el que el Partido Socialista Popular había desarrollado su actividad legal durante más de una década y abrió un nuevo ciclo de confrontación que desembocaría en la Revolución de 1959

Junto al PSP actuaban otras dos grandes organizaciones revolucionarias. El Movimiento 26 de Julio, dirigido por Fidel Castro, había articulado la lucha guerrillera en la Sierra Maestra con una extensa red clandestina en las ciudades. Por su parte, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, surgido del movimiento estudiantil universitario, había desarrollado una estrategia insurreccional propia.

El triunfo revolucionario no supuso la desaparición inmediata de esas organizaciones y su unificación. Durante los primeros años de la Revolución, el Movimiento 26 de Julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario continuaron existiendo como estructuras diferenciadas. Ahora bien, pronto emergería la visión de que la consolidación del nuevo poder exigía superar esa fragmentación y construir una única organización capaz de dirigir el proceso.

De las ORI al Partido Comunista de Cuba

El primer paso fue la creación en 1961 de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), concebidas como un instrumento para coordinar políticamente al Movimiento 26 de Julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Su constitución coincidió con un momento decisivo para la Revolución: la proclamación de su carácter socialista, la victoria de Playa Girón y el agravamiento del conflicto con Estados Unidos. Todo eso reforzó la necesidad de una dirección política unificada.

La integración, sin embargo, no estuvo exenta de dificultades. La persistencia de criterios de selección ligados a la procedencia de los militantes y las prácticas sectarias detectadas durante el funcionamiento de las ORI llevaron a impulsar una rectificación del proceso. Fruto de ello nació,
en 1962, el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), concebido como una etapa superior de la unificación y orientado a consolidar una organización cohesionada, basada en la trayectoria y los méritos revolucionarios de sus cuadros.

Tres años más tarde, el 3 de octubre de 1965, el PURSC adoptó definitivamente la denominación de Partido Comunista de Cuba durante el acto de presentación de su primer Comité Central. La lectura pública de la composición de este órgano, acompañada por la exposición de la trayectoria revolucionaria de cada uno de sus integrantes, pretendía simbolizar que la nueva dirección no respondía a un reparto entre las antiguas organizaciones, sino a la experiencia acumulada durante décadas de lucha.

El I Congreso del Partido Comunista de Cuba

Una década después de la constitución del Partido Comunista de Cuba, en 1975, La Habana acogió el I Congreso del PCC. Si la etapa anterior había estado marcada por la construcción de una organización política unificada, aquel primer congreso inauguró una fase distinta: la de la consolidación de la Revolución y la definición del partido como órgano de dirección. Esa concepción quedaría plasmada pocos meses después en la Constitución de 1976, que reconocía al PCC como “la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”.

Tras el triunfo revolucionario, emergió la visión de que la consolidación del nuevo poder exigía superar la fragmentación entre las distintas organizaciones y construir una única organización capaz de dirigir el proceso

Bajo ese nuevo marco, en tanto que fuerza dirigente, los principales debates pasaron a centrarse en los problemas que enfrentaba la construcción del socialismo. El Informe Central del I Congreso realizaba un balance crítico de los primeros años de la Revolución y situó en el centro de la discusión cuestiones como la planificación económica, el desarrollo industrial, la agricultura, la organización del trabajo o el funcionamiento del aparato estatal. Junto a ello, el Congreso aprobó la Plataforma Programática del Partido Comunista de Cuba y un amplio conjunto de resoluciones sobre organización política, educación, cultura, ciencia, defensa y relaciones internacionales; así, quedó definido el marco de actuación del partido para la etapa siguiente.

Además, ese proceso coincidió con la integración de Cuba en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), formalizada pocos años antes. Esta incorporación facilitó el acceso a financiación en condiciones favorables, cooperación científico-técnica, mercados estables y una planificación basada en la división internacional socialista del trabajo. De este modo, el I Congreso no solo consolidó el papel dirigente del partido, sino que ahondó en los retos políticos y económicos que tanto la sociedad como el Estado enfrentaban.

El II Congreso, celebrado en 1980, hizo balance del primer quinquenio de aplicación del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía y aprobó las directivas económicas hasta 1985, en un contexto de deterioro económico que el propio informe reconocía abiertamente. Seis años después, el III Congreso, en 1986, marcó un punto de inflexión: bajo el título de “rectificación de errores y tendencias negativas”, el partido hizo una autocrítica del quinquenio anterior en ámbitos como la producción, el ahorro de recursos y la disciplina laboral.

El IV Congreso y el comienzo del periodo especial

El IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en 1991, supuso uno de los mayores desafíos políticos afrontados por el PCC desde su constitución. El modelo definido durante la estabilización de la Revolución descansaba sobre un contexto internacional que estaba desapareciendo aceleradamente. La caída del campo socialista y, por ende, la desaparición del CAME significaron una serie de dificultades políticas y económicas de envergadura para la isla.

La ruptura de ese marco provocó una brusca caída del comercio exterior, la pérdida de suministros energéticos, financiación y cooperación técnica, así como una profunda contracción de la actividad económica. Además, cabe destacar el papel desempeñado por Estados Unidos, recrudeciendo el bloqueo contra la isla con el fin de desestabilizarla y aprobando leyes como la Ley Torricelli o la Ley Helms-Burton. Fue en ese contexto cuando comenzó el denominado “periodo especial”.

La concepción del Partido definida durante el I Congreso del PCC quedaría plasmada pocos meses después en la Constitución de 1976, que reconocía al PCC como “la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”

Frente a esa nueva realidad, el IV Congreso situó en el centro del debate la continuidad del proyecto socialista en condiciones de aislamiento
internacional, manteniendo el papel dirigente del partido al tiempo que se abría un proceso de adaptación económica. Las reformas aprobadas durante los años siguientes fueron presentadas como mecanismos para afrontar una coyuntura excepcional sin alterar los fundamentos políticos establecidos desde la Constitución de 1976. Desde entonces, buena parte de los congresos del PCC han girado en torno a ese mismo problema: cómo adaptar el modelo económico cubano a las transformaciones del contexto internacional preservando el papel dirigente del partido.

Del mismo modo, ante la pérdida de una referencialidad política internacional tan relevante, se plantea el papel que debieran desempeñar el PCC y Cuba frente al mundo. Ante esto, reconocieron una mayor responsabilidad del proceso cubano, y reafirmaron que su lucha no podía circunscribirse a sus propias necesidades, sino que, especialmente en este nuevo escenario, debían asumir un rol de referencialidad internacional.

El Partido Comunista de Cuba en la actualidad

La caída del campo socialista no modificó la posición que el Partido Comunista de Cuba ocupaba dentro del sistema político cubano, pero sí transformó profundamente el contexto en el que debía ejercerla. Desde la aprobación de la Constitución de 1976 –principio mantenido por la reforma constitucional de 2019–, el PCC continúa definiéndose como “la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”, función que ejerce orientando políticamente el conjunto del proceso.

Esa labor se articula a través de una extensa red de organizaciones de masas –la Central de Trabajadores de Cuba, los Comités de Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas, la Federación Estudiantil Universitaria o la Unión de Jóvenes Comunistas, entre otras– a través de las cuales el partido mantiene su presencia en los principales ámbitos de la vida política, social y productiva del país, forma nuevos cuadros y canaliza la participación organizada de distintos sectores de la población.

Estados Unidos desempeñó un papel decisivo en el empeoramiento de la situación cubana, recrudeciendo el bloqueo contra la isla con el fin de desestabilizarla y aprobando leyes como la Ley Torricelli o la Ley Helms-Burton

A esa continuidad institucional se ha sumado, en la última década y media, el relevo generacional en la dirección. En 2011, ya con Raúl Castro al frente de la Primera Secretaría, el VI Congreso aprobó los Lineamientos de la Política Económica y Social que abrieron la llamada “actualización del modelo económico cubano”. El VII Congreso, en 2016, dio continuidad a ese proceso con la aprobación de la Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano y un plan nacional de desarrollo hasta 2030. El relevo continuó en 2021, en el VIII Congreso –definido oficialmente como el “Congreso de la Continuidad Histórica”–, cuando Raúl Castro dejó la Primera Secretaría y esta fue asumida por Miguel Díaz-Canel, cerrando así el ciclo de dirigentes históricos de la Revolución de 1959 al frente del partido.

Convertida en uno de los pocos Estados que sobrevivieron a la caída del bloque socialista, Cuba –y, por ende, el PCC– pasó a ocupar una posición de referencia para numerosos partidos comunistas y movimientos antiimperialistas

A escala internacional, la caída del campo socialista obligó al PCC a asumir un papel más protagónico que el desempeñado durante la Guerra Fría: convertida en uno de los pocos Estados que sobrevivieron a la caída del bloque socialista, Cuba –y, por ende, el PCC– pasó a ocupar una posición de referencia para numerosos partidos comunistas y movimientos antiimperialistas. Desde entonces, la defensa de la continuidad de la Revolución cubana ha ido acompañada de una intensa actividad internacional, de vínculos bilaterales con organizaciones políticas y sociales de distintos continentes y de su participación en espacios como el Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros o el Foro de São Paulo. Igualmente, ha asumido el rol de seguir impulsando la celebración de foros, encuentros y eventos como el XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.

La historia del Partido Comunista de Cuba ni comenzó ni concluyó aquel 3 de octubre de 1965. Más de sesenta años después, sigue enfrentando desafíos muy distintos a los de sus primeras décadas –la actualización del modelo económico, el recrudecimiento del bloqueo estadounidense, un escenario internacional transformado–, pero sigue manteniendo la misma responsabilidad que se atribuyó desde su fundación: ser la fuerza política dirigente de la sociedad y el Estado cubano.