ARTEKA / Gerra zibila

Dos ciudades

La Guerra Civil encarnó el presente de la guerra tanto en el sentido más mundano, el que corresponde a los Estados, como en el que enfrenta distintos mundos, el de la revolución y el de la contrarrevolución.
Dos ciudades

“Oh, pero vosotros, que filosofáis, deshonráis y criticáis todos los miedos,

hundid el pañuelo profundo en vuestra cara, porque ahora es el momento de

vuestras lágrimas”

―The Lonesome Death of Hattie Carroll, Bob Dylan. El texto que tienes entre manos trata sobre la Guerra Civil. De sus características propias, de sus adjetivos, actores, nombres y apellidos, que entrelazados conforman su relato. Un relato propio, que debe ser leído a la luz de una época, de un contexto, ya que no hay ninguna otra manera de entenderlo. Lo que sigue a esta introducción es ese relato, más concretamente, el de sus partes, aunque quizás no tanto de los protagonistas, sino de los participantes, así como lo que se esconde tras de sí.

Los movimientos de preguerra

Los principales agentes de la época comenzaron sus movimientos años antes del inicio de la Guerra Civil propiamente dicha. Si entendemos la Guerra Civil como conflicto que condensa una época, es lógico que identifiquemos antes una fase de conformación política, un proceso de equiparación política, con los estándares de la época. Este es un proceso que, por supuesto, se da de manera más o menos natural en cierta medida, pero existe una intencionalidad y una acción política que la respaldan en algunos casos. Las organizaciones políticas que materializan las corrientes políticas de la época mueven sus fichas a lo largo de los años que preceden a la Guerra Civil.

La Italia fascista empezó sus operaciones en territorio español desde el advenimiento de la Segunda República (a la que comparó con el Gobierno provisional de Kerenski). Se trató de una agenda orientada a bloquear el desarrollo de un proyecto político susceptible de alinearse con Francia y contrario a la expansión del proyecto fascista, en términos organizativos concretos, pero también ideológicos

La Italia fascista empezó sus operaciones en territorio español desde el advenimiento de la Segunda República (a la que comparó con el Gobierno provisional de Kerenski). Se trató de una agenda orientada a bloquear el desarrollo de un proyecto político susceptible de alinearse con Francia y contrario a la expansión del proyecto fascista, en términos organizativos concretos, pero también ideológicos. Una campaña de bloqueo y promoción política que se desplegó a distintos niveles: financiación a organizaciones (Falange Española, Renovación Española, carlistas, Unión Militar Española) y subversiones (la Sanjurjada y el mismo golpe de Estado); un aparato de inteligencia con inclinación conspirativa activa (que se tradujo en pactos concretos como el Pacto de Roma y los Contratos Romanos), y un aparato de infiltración diplomática y cultural (el Instituto Italiano de Cultura, la Societá Dante Alighieri y las Case d’Italia, entre otros). Una implicación diseñada ad hoc para proyectar una desestabilización del proyecto de la República en términos directa o explícitamente fascistas, que además propició (de la mano de tendencias histórico-políticas de la época) no solo la alianza italoespañola y el desarrollo de la tendencia fascista en España, sino la fascistización de toda la derecha española. La infiltración nazi fue más tímida durante estos años, aunque también se registran actividades de índole cultural o diplómatica y propagandísticas, así como de espionaje de la NSDAP/AO y la Gestapo a través de la creación de empresas tapadera como la Hans Hellerman y el Servicio de Control Portuario. Toda esta labor encajará con la tendencia política polarizante de la época, y dejará a su paso un poso de fascistización en la amplia derecha española.

Al otro lado de la balanza de la época, la Komintern también desarrolló una agenda política propia en el territorio, mas lo hizo de manera distinta y cambiante. Distinta en formas y en contenido, y cambiante al son del giro en materia de política exterior experimentado por la Komintern en la década de los 30 (de la política de clase contra clase, al frentepopulismo). Al nivel de la diplomacia blanda o trabajo cultural, nos encontramos con la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y los viajes organizados por dicha asociación y la embajada soviética. Las diferencias empiezan en la forma operativa, la manera de organizar la influencia soviética en el territorio, y es que a diferencia de los casos desarrollados en el párrafo anterior, la Komintern contaba con un modelo organizativo territorializado sobre el terreno: el Partido Comunista (que nació del impacto de la Revolución soviética y la misma Komintern). Un factor que proyecta su acción como agente territorial de una tendencia o proyecto internacional. Una Internacional que había enfriado sus pretensiones insurreccionales a raíz del aplastamiento del contexto revolucionario de posguerra, el aislamiento y la tenaza que sufría la URSS, y el auge del fascismo en Europa, y apostaba por la creación de frentes amplios que pusieran freno al avance de la reacción, concepto que encajaba a priori a la perfección con el contexto español. Esta iniciativa se complementó y realizó con la inversión de cuadros militantes (los “delegados”) encargados de supervisar y asesorar la actividad política, así como con los diferentes brazos del Partido (la estructura del PCE, el periódico y el Socorro Rojo Internacional).

La Internacional Comunista había enfriado sus pretensiones insurreccionales a raíz del aplastamiento del contexto revolucionario de posguerra, el aislamiento y la tenaza que sufría la URSS, y el auge del fascismo en Europa, y apostaba por la creación de frentes amplios que pusieran freno al avance de la reacción, concepto que encajaba "a priori" a la perfección con el contexto español

Aunque la intervención de preguerra no se limite a estos actores, dejaremos a las potencias occidentales para el capítulo que viene, no por poco significativas, sino simplemente porque encajan mejor con el contexto de preguerra. Mención honorífica para el Vaticano, pilar espiritual de la labor antirrepublicana, que aunque mantuvo una actitud tensa y cambiante como institución (interesada en el entendimiento con la República, pero amenazada en sus intereses espirituales y paradójicamente terrenales), tuvo un papel protagónico tanto directamente (a través de la labor política de la institución –Dilectissima Nobis– y de sus agentes), como indirectamente (revistiendo las formas políticas que conformarán el bando sublevado).

Contexto internacional y la Sociedad de Naciones, la interviniente no intervención

La acción de los distintos agentes implicados debe ser enmarcada en primer lugar en una especie de contextualización general, a partir de la cual las acciones concretas adquieren sentido, presas por lo demás de la superficialidad absurda.

La Guerra Civil española se enmarca en lo que se conoce como el periodo de entreguerras, que como su propio nombre indica comprende la etapa que transcurre entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Representa, asimismo, la continuación de las tendencias históricas que explotaron en la IGM, así como la antesala (en distintos sentidos) de la segunda. Esto la convierte en un cruce de muchos caminos, en el cruce de muchos agentes con sus respectivos intereses, que han de ser, en primer lugar, por lo menos presentados.

Al finalizar la IGM, el panorama político europeo quedó fragmentado en distintos sentidos. Se diseñó y ejecutó un plan general de paz, basado en los intereses de las potencias vencedoras, inscritos en los tratados. La supervisión de este plan queda en manos de la Sociedad de Naciones (aunque fuese a nivel virtual), la fachada institucional burocrática de las potencias vencedoras (aunque los EE. UU. no llegaron a participar por la negativa republicana a seguir mezclado en el barro europeo). No obstante, este ejercicio de escenificación de la paz y de la identidad de intereses no fue más que la forma que adoptó la democracia occidental en el periodo de entreguerras, la forma en la que sus manifestaciones particulares velaron por e hicieron valer sus intereses. Una herramienta política en manos del Imperio británico y el francés.

El Imperio británico actuó como se esperaba de él: puso en marcha una práctica política territorializada a través de la embajada y los consulados, y una red de espionaje dirigida al boicot (estrategia que culminó en la política de no intervención) y al derribo de la República fundada en la hostilidad a lo que era y lo que podía llegar a ser. En consonancia con una política económica restrictiva (bloqueo financiero y evasión de capitales) y la agencia del personaje Juan March (banquero mallorquín que se encuentra en el centro de la trama económica del golpe de Estado, instalado en Londres tras huir de España)

El Gobierno británico (National Goverment) representaba en la época la punta de lanza del anticomunismo conservador. Un Gobierno conformado por una escisión del Partido Laborista (National Labour), el ala derecha del Partido Liberal (National Liberals) y el Partido Conservador (Tories), controlado de facto por la mayoría y el empuje de los conservadores, para responder a la crítica coyuntura de la década de los 30. Un Gobierno conformado, por lo tanto, para hacer valer los intereses de la aristocracia y la oligarquía británicas, para restablecer el orden tanto en el Imperio como a nivel internacional. Cabe resaltar que tras liquidar la crisis imperialista (por supuesto, eventualmente) con la victoria de la IGM, las élites británicas tenían dos designios claros: conservar y restablecer su posición de fuerza en lo económico, frente o por encima del resto de potencias, y conservar y restablecer el orden en lo político, frente a las amenazas internas (movimientos en las colonias) y, sobre las demás cosas, la amenaza del comunismo internacional.

Y en esto llegó la Segunda República, forma política que encarnaba (también en sus contradicciones) el ser de la época. Y el Imperio actuó como se esperaba de él: puso en marcha una práctica política territorializada a través de la embajada y los consulados, y una red de espionaje dirigida al boicot (estrategia que culminó en la política de no intervención) y al derribo de la República fundada en la hostilidad a lo que era y lo que podía llegar a ser. En consonancia con una política económica restrictiva (bloqueo financiero y evasión de capitales) y la agencia del personaje Juan March (banquero mallorquín que se encuentra en el centro de la trama económica del golpe de Estado, instalado en Londres tras huir de España).

La situación de partida de Francia era algo distinta. La depresión tardó algo más en atraparla (por sus reservas de oro y una menor dependencia a las exportaciones), aunque llegó de todas formas, y aunque su primera respuesta se formuló a partir de un Gobierno de coalición entre socialistas y radicales, su fracaso resumió la decadencia que iba a desarrollarse a lo largo de los próximos años. El bloqueo gubernamental derivó en la génesis y el desarrollo de un espacio entre el Gobierno y las masas, un vacío político o crisis de representatividad (unido a la situación crítica que vivían los comunistas y los anarquistas en esa época), al que responde un auge de la reacción y la extrema derecha (las llamadas ligas, tales como L´Action Française, Les Croix-de-Feu, Le Francisme o Solidarité Française), que culmina en un intento de insurrección armada el 6 de febrero del 34. De su fracaso, y como reacción, se articuló en Francia el Gobierno del Front Populaire, una coalición formada a partir del Partido Socialista, los radicales y el Partido Comunista. Pese a la primera impresión que este elenco pueda sugerir, la realidad es que se trató de un Gobierno débil, chantajeado por el Gobierno británico y temeroso de la amenaza nazi y fascista, y por supuesto la amenaza revolucionaria. El desenlace se escribe solo. Aunque tuvo cierta incidencia en los años de preguerra (existía una especie de sintonía política entre ambos Gobiernos, aunque el país hizo también las veces de base de operaciones para los golpistas), su participación cualitativa comienza con el inicio de la Guerra Civil, igual que ocurre con su hermano de armas, el Reino Unido.

No porque la orientación de su política cambie significativamente, sino porque en política el tiempo, el momento, lo cambia todo radicalmente. La propuesta de las democracias occidentales para la Guerra Civil española fue el Acuerdo de No Intervención, enmarcado dentro de la estrategia de apaciguamiento general que estas potencias habían diseñado para el expansionismo alemán e italiano. Estas potencias prefirieron una guerra confinada y periférica a una nueva guerra que los incluyese. Un cálculo político que, además de desacertado en lo que a su lógica general se refiere, resultó catastrófico para la República española. 27 países firmaron el acuerdo de manera inmediata. Países entre los que resaltan las potencias promotoras (Reino Unido y Francia), Alemania e Italia, y la URSS (volveremos sobre esto algo más tarde). Huelga decir que además de ser una farsa evidente, ya que se documentó de sobra la participación (decisiva) que Alemania e Italia estaban teniendo en la contienda (desde antes de empezar la guerra), el acuerdo tuvo un efecto punitivo sobre todo para el Gobierno de la República. Hablamos de tal cruenta desfachatez, que puso a los alemanes e italianos a cargo del control naval del tramo de costa bajo control republicano (sic!), a la vez que impedía al Gobierno republicano comprar armas en el mercado ordinario. Hasta ahí la principal propuesta de las tan respetables democracias británica y francesa, por si a alguno le sorprende a estas alturas de la película. Pero es que la brillante y democrática actuación de los ingleses no se queda ahí. La intervención activa de Londres se traza desde el mismo golpe militar (planeado en Londres y realizado con la participación de agentes ingleses), hasta la victoria del bando nacional (de hecho, el Gobierno de Chamberlain reconoció la legitimidad y oficialidad del régimen franquista para el 27 de febrero del 39), y se desgrana en la denegación de recursos, el estrangulamiento financiero, el bloqueo naval a la flota republicana, el bloqueo de los puertos de Bilbo y Santander y en prestar servicios de inteligencia militar al bando nacional, entre otras acciones.

La respuesta de la Internacional Comunista

A pesar de que la URSS apostó en un primer momento por la no intervención, la Komintern movilizó sus recursos de manera casi inmediata. Su labor se desplegó en dos principales ejes: el propagandístico y el logístico.

Los aparatos comunicativos y de inteligencia de la Komintern se dispusieron de manera inmediata a las labores de recabar información, para proyectarla al mundo a través de distintos canales (teniendo en cuenta que contaba con una estructura de partidos y aparatos de comunicación propios). El objetivo de esta labor era la denuncia general (particularmente, el juego sucio de las potencias referenciadas), a la vez que proporcionar un marco explicativo general que desentrañara las tendencias de la época presentes en el conflicto. Aunque la labor de agitación y protesta llevada a cabo por cauces institucionales (en Reino Unido y Francia, por ejemplo) no sirvió para modificar las posturas de los respectivos Gobiernos, esta actividad tuvo un eco de gran escala tanto en el proletariado, como en una parte de la intelectualidad europea, eco que derivó posteriormente en diversas iniciativas de apoyo y, por supuesto, en la formación de las Brigadas Internacionales (que analizaremos con mayor detalle más adelante). Esta campaña se desarrolló principalmente a través de los distintos comités (como el Comité de Ayuda a las Víctimas del Fascismo Español o la Asociación de Intelectuales en Defensa de la Cultura), además del vasto despliegue de recursos comunicativos (carteles, exposiciones o producciones cinematográficas). Los militantes comunistas a lo largo y ancho de Europa se encargaron de plasmar esta realidad en las calles, desencadenando una movilización obrera de dimensiones hercúleas (huelgas, movilizaciones, etc.).

En el ámbito logístico, podríamos llegar a hablar incluso de la construcción de una especie de Estado paralelo. La República, una vez estalló la Guerra Civil, era tanto un Estado partido o en desintegración, como un Estado en guerra. Una parte de los distintos vacíos de esta nueva República se llenó a partir de la movilización de la sociedad en defensa de la misma. No obstante, esta movilización se encuadró en organizaciones concretas, entre las que se encontraban (no solo) las organizaciones de corte comunista. Además de eso el Socorro Rojo Internacional (antes mencionado) tuvo una gran importancia tanto en la retaguardia como en el frente, a la hora de aportar medios, infraestructura, personal y organización asistencial y médica (hospitales, redes de personal médico, casas infantiles, comedores populares y recogida de dinero y material).

Todo esto, complementado con la asignación de cuadros militantes que hicieron una gran aportación tanto a nivel político como militar, tanto en las estructuras oficiales como en las paralelas. Todo ello convirtió a la Komintern en un socio de vital importancia para la República, si no para ganar la guerra, por lo menos para poder llevarla a cabo.

La efectiva intervención de los Estados

Tras haber repasado la injerencia de algunos Estados en los años previos a la Guerra Civil, pasaremos ahora a ordenar la información relativa al periodo de la contienda. La Italia fascista ya estaba plenamente involucrada en el asunto español para el inicio de la guerra, pero, evidentemente, ese salto transformó cualitativamente su participación, tanto en forma como en intensidad. Alemania, pese a haber mantenido un perfil más bajo hasta ese momento, también entrará con saña al conflicto, así como la Portugal salazarista.

Aunque sea difícil hipotetizar acerca del desarrollo y desenlace del conflicto sin la participación de estos agentes, está claro que, a la luz de los acontecimientos, tuvieron un gran peso a la hora de inclinar la balanza, así como en la velocidad de dicha inclinación. Aunque una parte de ese mérito deba ser atribuido al papel del Reino Unido y Francia, no hay que dejar de lado la motivación propia y la seriedad con la que afrontaron su cometido a la hora de convertir la guerra en un escenario favorable al bando nacional y en un infierno para el bando contrario.

La ayuda de los italianos al bando nacional se desplegó a distintos niveles. El más impresionante y sonado es el militar (que, a su vez, se despliega tanto en armamento como en soldados), bien por su magnitud y su eficacia, bien por los sangrientos y desgarradores episodios que ocasionaron. La aportación de los italianos comprende 150 tanquetas ligeras, unas 2000 piezas de artillería, miles de vehículos de transporte, 750 aviones, destructores, y submarinos (que guardaron las costas del mediterráneo) a nivel de material de guerra, complementado con entre 75.000 y 80.000 efectivos sobre el terreno (organizados en el "Corpo Truppe Volontarie")

Las causas generales de esta participación han de buscarse, en primer lugar, en el contexto general o internacional. Hablamos de la época del auge y expansión del fascismo, en términos explícitos e implícitos, así como de la época de la revolución proletaria mundial. Hablamos de un periodo de guerra: guerra entre programas y proyectos, pero, sobre todo, guerra entre dos mundos. Aunque esta causa explique las líneas generales del asunto, cabe detenerse en las motivaciones específicas de estas potencias, ya que sirven para ensanchar el relato y explicar posteriores detalles.

El caso italiano se alinea casi a la perfección con estas líneas generales. El proyecto franquista encajaba con sus planes hegemonistas en el Mediterraneo, así como con el proyecto de una Europa como una constelación de regímenes fascistas o fascistizados (frente al modelo decadente de las democracias liberales). Por el contrario, un eje republicano y progresista francoespañol representaba un potencial riesgo para el despliegue de dicho proyecto. El caso alemán podría categorizarse como algo menos espiritual y político, más terrenal, aunque también combinara elementos económicos (fuente de materiales estratégicos destinados a la industria militar), geopolíticos (enfangar al Reino Unido y a Francia en un conflicto distractivo y pinzar a Francia de cara a un futuro conflicto con ella) y militares (campo de entrenamiento o de pruebas para las renovadas capacidades militares alemanas). La implicación italiana también tuvo algo de esto último. Portugal simplemente compartía las bases políticas del franquismo y, por ende, aborrecía y en cierta medida temía al proyecto de la República y sus potenciales proyecciones.

La ayuda de estos se desplegó a distintos niveles. El más impresionante y sonado es el militar (que, a su vez, se despliega tanto en armamento como en soldados), bien por su magnitud y su eficacia, bien por los sangrientos y desgarradores episodios que ocasionaron. La aportación de los italianos comprende 150 tanquetas ligeras, unas 2000 piezas de artillería, miles de vehículos de transporte, 750 aviones, destructores, y submarinos (que guardaron las costas del mediterráneo) a nivel de material de guerra, complementado con entre 75.000 y 80.000 efectivos sobre el terreno (organizados en el Corpo Truppe Volontarie). La aportación de los alemanes destaca en el campo de la aviación, en tanto que aportaron 600 aviones de última generación, además de cerca de 180 tanques ligeros y baterías de cañones. También aportaron entre 16.000 y 19.000 soldados, entre los que destaca la Legión Cóndor. La aportación de los portugueses fue algo más tímida. Entre 8.000 y 12.000 combatientes (viriatos), así como armamento ligero variado. Un despliegue de recursos que casa tanto con la superioridad militar del bando nacional, como choca con la inferioridad de los republicanos. A esto hay que añadirle, además, la organización de todos estos recursos respaldada por mandos militares, profesionales de guerra y todo tipo de especialistas empeñados en hacer de la muerte una ciencia y una profesión modernas (como se probó en la Guerra Civil y posteriormente se ensayaría en la IIGM en una escala mayor).

No obstante, el apoyo de estos Estados no se limitó a lo mencionado. A esto hay que sumarle una importante fuente de financiación y recursos. Se estima que ambos bandos gastaron una cantidad de dinero similar en la guerra, una suma entre 695 y 715 millones de dólares. Alemania e Italia invirtieron una cantidad similar a esa en financiar la contienda (mediante distintos mecanismos para la compensación de la deuda), a lo que hay que sumarle el crédito proveniente de las fuentes portuguesas y de empresas como Texaco y Shell, que también quisieron aportar su granito de arena (aparte de las aportaciones de distintos agentes en el extranjero, tales como Juan March o Alfonso XIII).

En tercer lugar, nos encontramos con el apoyo logístico. Todo un entramado de rutas y de infraestructura militar, de transporte y de inteligencia al servicio de los franquistas que lo hicieron más veloz, eficaz y, por lo tanto, letal.

El círculo lo cierra el simple dejar hacer. La posibilidad de acceder a suministros, armamento y soldados de manera continuada e ilimitada acrecentaron la diferencia existente entre los dos bandos.

Al otro lado nos encontramos con dos agentes, principalmente, aunque sin duda la URSS merece una gran parte del protagonismo. Por ponernos en contexto, la URSS se encontraba en pleno viraje en el ámbito de la política exterior. Una vez disuelta la oleada revolucionaria de posguerra, y de la mano de la táctica del frentepopulismo, la URSS tradujo su política exterior al contexto en el que se encontraba. Atenazada por los proyectos expansionistas que la acechaban izquierda y derecha (Alemania y Japón) y arrastrada por su aislamiento geopolítico y su debilidad relativa, decidió en un momento acordar la no intervención junto con el resto de las potencias. La hipótesis sobre la que descansaba esta decisión era la de un posible acercamiento a Francia y Reino Unido. No obstante, el carácter farsante y estéril de dicha iniciativa la llevaron a la intervención activa a partir de septiembre. Esta nueva posición se respaldaba en una nueva apuesta geopolítica (para acercarse a las potencias mencionadas proyectándose como un socio en el que confiar), una apuesta política (hacer frente al fascismo) y un elemento de presión (proveniente del proletariado internacional organizado). Se ponía en marcha la Operación X.

El desarrollo de la operación de apoyo es similar en sus niveles a la descrita en la primera parte de este capítulo. Armamento (648 aviones, 347 tanques, 60 blindados, 1.186 piezas de artillería, 340 morteros, 20.486 ametralladoras, 497.813 fusiles y muchos millones de cartuchos, proyectiles y bombas), aunque menor al aportado por los fascistas y de recepción más tardía e irregular, crédito (70 millones de dólares en el 38 y otros 50 que nunca terminaron de llegar) y efectivos (especialistas –unos 2000–, asesores militares, pilotos, carristas, técnicos y agentes de inteligencia).

Aunque el apoyo prestado languidezca frente al desarrollado anteriormente, hay una serie de factores que ayudan a situarlo de manera más concreta. A diferencia del bando nacional, el bando republicano sufría un bloqueo efectivo, articulado en lo jurídico y respaldado en lo geopolítico. La URSS respondió tarde y a medias, en gran medida debido a ese factor. Con todo, la URSS fue, además del mayor apoyo estatal de la República, un apoyo imprescindible, sin el que la República no hubiese podido aguantar el pulso durante los cuatro años que duró la contienda. Las labores militares, de inteligencia y de apoyo llevadas a cabo por los especialistas provenientes del Este fueron determinantes a la hora de articular el ejército popular, planificar la guerra, y entrenar a soldados y especialistas (en la guerra en el frente, así como en la guerra de guerrillas).

Para ir acabando con este apartado, cabe resaltar que el único otro Gobierno que apostó de manera activa por proteger y apoyar el bando republicano fue México, que también merece su mención honorífica, ahora sin ningún tipo de retintín. Aunque su ayuda fuese menor en cantidad, también resultó de gran importancia, bien como pantalla para la compra de armas burlando el estrangulamiento del Acuerdo, bien como país de acogida para los exiliados de la República.

El ejemplo heroico de solidaridad y universalidad: voluntarios y brigadistas

Llegamos al final de nuestra historia, al capítulo reservado a los miles de voluntarios que trascendieron sus fronteras nacionales y vitales para formar en la Guerra Civil, respondiendo con arrojo a su época. Alrededor de 40.000 voluntarios, procedentes de más de cincuenta países y de las más variadas trayectorias vitales y políticas y origen (aunque la mayoría fueron de origen obrero) arribaron a territorio español para empuñar las armas y hacer la guerra al fascismo.

Este cuerpo de voluntarios provenía en gran medida de la lucha contra el fascismo en sus respectivos países (los fascistas de Oswald Mosley en Inglaterra y sus análogos o similares en Francia) o del exilio impuesto por los distintos regímenes autoritarios de la época (como ocurría en el caso de algunos italianos, los alemanes, austriacos y polacos). También hubo una gran cantidad de judíos, empujados por la motivación de hacer frente al avance del fascismo en Europa. Comunistas, anarquistas, antifascistas de distinto cuño, internacionalistas. Todos ellos conformaron el elenco de voluntarios que se encuadraron en las estructuras militares y civiles del bando republicano. La propaganda desplegada por la Komintern tuvo una influencia decisiva a la hora de movilizarlos, más allá de sus motivaciones particulares. Barcelona se convirtió de manera inmediata en un centro de recepción de voluntarios en los primeros compases de la contienda.

Los voluntarios que se unieron a las filas republicanas provenía en gran medida de la lucha contra el fascismo en sus respectivos países (los fascistas de Oswald Mosley en Inglaterra y sus análogos o similares en Francia) o del exilio impuesto por los distintos regímenes autoritarios de la época (como ocurría en el caso de algunos italianos, los alemanes, austriacos y polacos). También hubo una gran cantidad de judíos, empujados por la motivación de hacer frente al avance del fascismo en Europa. Comunistas, anarquistas, antifascistas de distinto cuño, internacionalistas. Todos ellos conformaron el elenco de voluntarios que se encuadraron en las estructuras militares y civiles del bando republicano

Los voluntarios empezaron por nutrir las milicias populares para, a partir de agosto, dar el paso a la formación de milicias compuestas íntegramente por extranjeros. A finales de verano, la Internacional Comunista apostó por dar un
grado mayor de organización a este flujo de
voluntarios y, en septiembre, decidieron formular las Brigadas Internacionales, un modelo organizativo basado en el reclutamiento territorializado por países de personal con experiencia militar, dotándolo de esa manera de eficacia y una dimensión política con mayor proyección. Su composición continuó siendo igual de variada a pesar de que la capacidad de mando recayó sobre agentes de la Komintern.

Estos voluntarios cumplieron funciones de gran calado, no solo militares en el frente, sino también en la retaguardia, y su papel fue imprescindible en la defensa de la República (entendiendo la República como un símbolo en el que se encontraban los más distinguidos horizontes), más allá de episodios particulares de la guerra (que también los hubo). Fueron el sostén del esfuerzo del bando republicano en todas sus expresiones. Una heroica trayectoria que fue truncada por la presión del Comité de No Intervención meses antes del final de la Guerra Civil, aunque en muchos casos fue proseguida por sus integrantes durante la Segunda Guerra Mundial.

En la otra cara de la moneda, encontramos a los voluntarios profascistas, ratas católicas ultranacionalistas irlandesas, ratas fascistas francesas y portuguesas, ratas monárquicas belgas y ratas blancas, provenientes de la Guerra Civil rusa. Ratas de distinta procedencia, que encarnaban el otro bando de la gran cruzada que atravesaba la época.

Conclusión

La abismal diferencia de fuerzas entre ambos bandos inclinó, como todos sabemos, la balanza hacía el lado franquista. A una Guerra Civil plena de masacres, asesinatos y violencia política le siguieron cuarenta años de su prolongación, ahora en forma de régimen. Con la victoria de los franquistas se clausuró lo que acabó revelándose como el inmediato pasado de lo que sería la Segunda Guerra Mundial, que a su vez, fue el inmediato futuro de las tendencias históricas y los contrarios que acabaron confluyendo en el periodo de entreguerras. La Guerra Civil encarnó el presente de la guerra tanto en el sentido más mundano, el que corresponde a los Estados, como en el que enfrenta distintos mundos, el de la revolución y el de la contrarrevolución. Encarnó a su manera la crisis que atravesó este periodo, un periodo de entreguerras, que haríamos mejor en llamarla periodo de guerra. Hasta aquí el relato de los que tomaron parte, por lo menos de una parte de estos. Espero que sirva de algo.