Zigor Garro (Orereta, 1975) FOTOGRAFÍA / Arteka
2020/04/09

Trece años bajo llave, ocho “entre matorrales”. Apuros, aprietos y miedos innumerables, pero también respiros, horizontes y la aparición de los soportes más bellos. Pasos incontables; en la sombra, bajo la luz, solo, en grupo, ordenados, libres. Y en la base de todo eso, bombeando todo eso, una elección. Una decisión que ha ovillado toda la cadena de acontecimientos: la militancia política. Un violento paréntesis ha condicionado la vida del militante Zigor Garro (Orereta, 1975): la clandestinidad y la cárcel.

Para empezar, háblanos de Zigor. Cuéntanos cómo se inició en la militancia y qué le empujó a ello.

Nací en una familia obrera en 1974, cuatro días después de la muerte de Franco. Somos cuatro hermanos en total. A los ocho años, mi padre se refugió en el norte de Euskal Herria, y nosotros también tomamos el camino del exilio. GAL estaba vigente en esos años, entre 1984 y 1988. El refugiado Bixente Perurena Peru fue el primer compañero que dio cobijo a mi padre cuando huyó. Fue asesinado por los GAL en 1984. Eso a nosotros nos enseñó que el Estado no es una estructura para protegernos, sino para matarnos, y cambió de forma drástica mi trayectoria personal.

No diré que militar en una organización armada fue una elección natural. Es una decisión con dos componentes: el emocional y el racional. Y aunque las vivencias personales sean duras es una elección personal: sabes que te pueden detener y torturar y hasta matar, que puedes llegar a matarte… es una elección dura. Pero tomé esta decisión convencido de que era el camino para conseguir la libertad de nuestro pueblo y de que para proteger a nuestra comunidad era imprescindible pugnar al Estado el monopolio de la violencia. Para mí, había dos legitimidades enfrentadas: la de los Estados francés y español por un lado y la de nuestra comunidad por otro. Y yo opté por mi pueblo.

“No diré que militar en una organización armada fue una elección natural. Es una decisión con dos componentes: el emocional y el racional”

Eso me llevó a la clandestinidad en 1998. La Policía francesa me detuvo en 2006 junto a otros dos compañeros: Marina Bernado y Ekaitz Mendizabal. Me han tenido encerrado durante 13 años en cárceles francesas y ahora estoy en casa hasta acabar la pena de prisión.

En tu caso, por lo tanto, la clandestinidad y posteriormente la cárcel vinieron de la mano de la trayectoria militante. Sin embargo, ¿cuándo y cómo conoció la cárcel? ¿Cómo fue el primer contacto con la cárcel?

Yo conocí la cárcel en 1987, ya que al detener a mi padre la Policía francesa lo puso a disposición de la Policía española. Conocí la cárcel al hacer visitas a mi padre, y antes de eso conocí a la Policía, cuando entraron en casa y se llevaron a mi padre. Durante toda mi juventud la cárcel ha sido un símbolo de lucha para mí, y creo que así ha sido para toda una generación. La cárcel ha sido una fase que los militantes políticos hemos tenido que vivir y soportar, ha sido un símbolo de lo que suponía luchar, y nosotros lo veíamos como un símbolo de lucha.

Yo fui encarcelado el 3 de diciembre de 2006 en la cárcel de Fresnes, cerca de París. Es una prisión muy antigua, grande y terrorífica. En la película Divina comedia hay una frase, “perded vuestras esperanzas”. Vi ese lema al entrar ahí. Al mismo tiempo, yo venía de la clandestinidad; el paroxismo de la libertad es la clandestinidad, vives con tus reglas. La libertad total, sin embargo, no existe, porque siempre estamos ligados a la gente o a las situaciones, siempre tenemos cadenas. Pero la situación que más se acerca al estado de libertad es la lucha, la libertad está en la lucha. La clandestinidad es para mí la encarnación más cruda y viva de eso.

De hecho, entré en la cárcel con gran impulso. En el momento en que entras tu cuerpo está en la cárcel, pero tú no estás en la cárcel. Cuando vi mi cuerpo dentro de la celda el primer día, mi mente estaba fuera, en la clandestinidad. Tu cuerpo está cautivo y tu mente en ese paroxismo; el sufrimiento que provoca ese contraste es muy intenso. El margen de tiempo hasta llegar a tener tu mente dentro de la cárcel es muy largo, yo tardé años. Al principio, mi estado de ánimo era: “A mí no me encerraréis. No van a encerrar mi mente. Yo seré libre. Aunque esté en una celda seré libre y superaré esas paredes, de una manera u otra”.

“Tu cuerpo está cautivo y tu mente en ese paroxismo; el sufrimiento que provoca ese contraste es muy intenso”

Entonces, tratas de alimentar constantemente la relación con todo lo que tienes fuera, enviando cartas, imaginando, soñando. Yo entré a la cárcel por otro lado, en una lógica opuesta a su lógica institucional.

¿Cómo recuerdas los días que pasaste encerrado? ¿Cómo es la cárcel?

La cárcel de Fresnes es muy antigua y “muy cárcel” en cuanto a su estructura, atmósfera y arquitectura. Todo lo que hay ahí te dice, a gritos y de forma cruda, que estás en una cárcel. Son grandes las galerías, abiertas; y desde la planta inferior ves todos los pisos, todo el patio, unas 800 puertas, las interminables líneas de celdas en una perfecta simetría. Una colmena humana gigante. Mirando por la ventana también veía el edificio situado enfrente, con infinitas líneas de ventanas, y dentro de ellas los prisioneros en su día a día. Era duro, pero también bonito, la contemplación de todas aquellas vidas. Me hacían compañía, como los cuervos. Parece una tontería pero los cuervos me han hecho compañía durante toda mi prisión.

Las cárceles actuales son más asépticas, parecen más un hospital o una escuela. Hay una apariencia en eso, un engaño, que no puedo llevar. Como si quisieran conservar lo que te hacen soportar, para que no lo identifiques con claridad. El preso tiene televisión en su celda, ordenador, actividades. Han flexibilizado las condiciones, junto con la prórroga de las penas. Con la excusa de humanizarlo, lo han deshumanizado aún más.

¿Cuál es el orden o la lógica vigente en la cárcel y cómo funciona toda la maquinaria que está en marcha?

Yo creo que hay que ver la cárcel como una reproducción en miniatura del sistema capitalista. Como la clandestinidad es el paroxismo de la libertad, la cárcel es el paroxismo del sistema capitalista. En definitiva, el capitalismo necesita trabajadores sumisos y tiene medios para ello, sobre todo la escuela. Y la escuela y la cárcel están muy unidas: sometimiento a la autoridad, horarios, planificación, arbitrariedad, limpieza cerebral. La escuela es una institución para educar a los niños y convertirlos en obreros dóciles. La función social y política de la cárcel, en cambio, es amansar a los que no se han sucumbido lo suficiente y, sobre todo, encarnar la amenaza.

“Yo creo que hay que ver la cárcel como una reproducción en miniatura del sistema capitalista. Como la clandestinidad es el paroxismo de la libertad, la cárcel es el paroxismo del sistema capitalista”

Para demostrar que el hecho de no ser un trabajador productivo manso y no cumplir las normas tiene una serie de consecuencias, el sistema capitalista necesita un sistema penal, espectacular y real. Establecer todo eso es la función de la cárcel, no la reinserción. Es una gigantesca estructura de destrucción de seres humanos.

¿Qué es destruir a una persona? Destruir la subjetividad de esa persona. Para destruir la subjetividad hay que empezar por negar esa subjetividad, y eso es lo primero que hace la cárcel. Para eso te asigna un número, tienes carceleros y lo primero que hacen es desnudarte y lo segundo, “mandarte” a una celda como si fueras un paquete. Empiezas a cruzar los pasillos y llegas a la celda, y la cierran. Lo que vivirás a partir de ese momento es la negación constante de tu subjetividad.

No tienes derecho a nada; el único derecho que tienes es el derecho a estar encerrado. Lo que te quitan es, sobre todo, la alteridad. La alteridad es lo que define al ser humano: yo soy según las miradas de los demás, soy según las cosas que hago con las demás personas, soy según lo que peleo con los demás. Soy interacción, y si no soy interacción, no soy nada. Si no tengo caras a mi alrededor, si no tengo subjetividades que me recuerden lo que soy y lo acepten, poco a poco mi subjetividad se desvanece.

La cárcel es, pues, una lucha constante para recordar tu humanidad y para no perder tu subjetividad en esa expresión mínimamente vital. Lo más duro de la cárcel no son las penas físicas, sino el robo de esa subjetividad. El ser humano es un animal social, y al salir de su espacio natural, de su sociedad, de su familia y entrar en ese no-lugar de nadie, le imponen la pena más cruel de todas.

¿Qué mecanismos tiene la cárcel para establecer y ejecutar esa lógica?

El papel que juega la cárcel en la sociedad es el de cristalizar el castigo, y dentro de la cárcel tienen recursos para responder a la misma función, por ejemplo, las celdas de castigo. Se trata de celdas completamente vacías: hay muebles clavados, una cama, una mesita pequeña, un inodoro, y un lavabo. Te meten en ella para que durante 10-15 días estés solo contigo mismo; para que te coman el silencio y la soledad. Los carceleros ahí son especialmente crueles y hostiles.

Yo he conocido a menudo las celdas de castigo, sobre todo en Fresnes. En ella, la lógica que seguía el colectivo de presos políticos era la de negar la cárcel como institución. Nosotros lo negábamos como estructura punitiva, y entonces las confrontaciones eran numerosas. La mayoría de las veces íbamos a las celdas de castigo como protesta, porque si todos íbamos provocabamos un colapso. Era un mecanismo de presión eficaz, porque bloqueábamos el arma de sometimiento más importante, de modo que cuando llenábamos todas las celdas de castigo, no podían castigar a los demás presos que infringían las normas.

Entre la cárcel y los presos políticos vascos siempre ha habido una especie de equilibrio: nosotros reivindicando derechos -condiciones para las visitas, actividades, etcétera- y la cárcel tratando de neutralizar esa anomalía de reivindicaciones.

Es muy importante entender que cuando meten a una persona en la cárcel está sola y es muy vulnerable, y que pueden hacer con ella lo que quieran. Si no se plega a las reglas, la destruyen. Por ejemplo, pueden alejarla del lugar en el que vive, como se ha visto sistemáticamente en nuestro caso.

Teniendo en cuenta que el 99% de las personas presas son pobres, si alejas a una persona a 800 kilómetros del lugar en el que vive, sabes que esa persona no va a tener visitas. Y las visitas son el mínimo apoyo; los familiares y amigos te recuerdan quién eres, y que eres un ser querido. Si a alguien le niegas eso le haces mucho daño, y ese mecanismo se utiliza de forma indiscriminada para castigar a los presos rebeldes y para enseñar el ejemplo a los demás.

En esta negación violenta y sistemática de la subjetividad, ¿qué tipo de relaciones se construyen entre las personas presas en prisión?

Lo diré claramente: la cárcel no es un lugar para hacer amigos. Siendo el paroxismo del sistema capitalista lo que se impulsa y premia ahí es el individualismo. En la sociedad individualista el sistema nos hace adversarios unos a otros, y lo mismo ocurre en la cárcel. Por ejemplo, en la cárcel se premia denunciar a la persona que tienes al lado, y los centros penitenciarios están llenos de chivatos. Eso también es la cárcel: no puedes contarle nada a nadie en confianza.

Pero también es cierto que la solidaridad entre los presos es una realidad, tal y como existe dentro del sistema capitalista. Porque allí donde hay seres humanos hay solidaridad, y porque en los aprietos más difíciles, el ser humano es capaz de hacer tanto las peores cosas como las mejores cosas. Yo he conocido esa solidaridad en la cárcel, y no sólo con los miembros del colectivo de presos políticos; también con los presos sociales. Por ejemplo, ha ocurrido que nosotros acudamos a las ciegas de castigo y un preso social venga con nosotros para solidarizarse o porque considere legítima y necesaria la protesta.

“Porque allí donde hay seres humanos hay solidaridad, y porque en los aprietos más difíciles, el ser humano es capaz de hacer tanto las peores cosas como las mejores cosas”

En el caso del Colectivo de Presos Políticos Vascos, el hecho de que haya tantos miembros en las cárceles es lo que hace que al entrar en prisión tengas un colectivo, un apoyo. Por lo tanto, diría que yo no he conocido lo que es la cárcel. No sé qué es la cárcel, porque no sé qué es estar solo en la cárcel. Siempre he estado rodeado de compañeros.

De esta manera, la cárcel no puede hacer contigo lo que quiera, porque no estás solo y tienen que enfrentarse a todo el grupo. Esa es la mayor anomalía. Los presos políticos se unen por un ideal, por una filosofía; a esos presos los une una ética. Y ése es un modelo muy peligroso en la cárcel. Y es que el resto de presos también ven que al unirte, no pueden hacer contigo lo que quieran. Esa solidaridad, esa unión te recuerda constantemente lo que eres; te recuerda que eres militante político, que tienes fuerza, que tienes valores, que tienes cierta ética y cierta filosofía, que estás ahí porque eres luchador y que esa lucha es un elemento muy importante de tu ser, un componente muy importante de tu identidad. Y tu ser luchador lo puedes experimentar y practicar a diario, y lo haces. Y eso mantiene tu subjetividad, la práctica de la lucha.

Actualmente estás cumpliendo en casa la pena de prisión impuesta.

Todavía sigo preso, pero en casa. Evidentemente, no es lo mismo; al fin y al cabo, estar en la cárcel no es sólo estar encerrado en un sitio. Si tú te encierras en el baño de tu casa no estás preso. Por lo tanto, sigo preso de alguna manera, pero no estoy preso. Decir eso sería insultar a los que están presos en la cárcel. Ellos siguen sobreviviendo en una lucha, en un sufrimiento. Pero yo estoy viviendo, he recuperado mi entorno, mi familia, mis viejos y nuevos amigos, los gatos, el mar, los espacios abiertos. Me despierto y me encuentro delante de una ocasión profusa, no sé qué me viene. En la cárcel sí, cada día sabes lo que va a pasar. No hay sorpresas. Vives en una especie de paréntesis en tu vida.

Yo veo a gente todos los días. No sabemos de dónde le viene al ser humano el impulso para vivir, pero mi teoría es que la pasión por vivir nos viene de las demás personas, de los vínculos. En la cárcel esos lazos son tan escasos que te marchitas, del mismo modo que el árbol se marchita al negársele el agua y el sol.

A menudo se habla de la crueldad de una determinada política penitenciaria, impregnada de un clamor para cambiar la actual política penitenciaria. La cárcel, sin embargo, ¿se puede transformar? ¿O deberíamos hablar de abolición?

La cárcel debe ser abolida, sin ninguna duda. La cárcel no tiene ningún sentido “positivo”, es la simple cristalización del sistema capitalista. Es el conductor de los valores del sistema y debe ser derribado junto con el sistema. No vamos a destruir la cárcel sin destruir el sistema, eso es evidente.

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