FOTOGRAFÍA / Elías Taño
2021/06/01

El debate sobre la libertad de expresión, reactivado al calor de los últimos casos de represión política, acostumbra a ser desarrollado como una posibilidad inmanente abstracta de la democracia burguesa. ¿Cuáles son sus límites? Se preguntan unos y otros, de derechas o izquierdas, siempre desde una perspectiva moralista e ideológica, en los que el límite es la libertad abstracta del ciudadano burgués libre.

Los límites de la libertad de expresión no se establecen, en cambio, según principios generales de la libertad humana, sino que emanan directamente de los límites del poder de clase, que no son subjetivos, sino que objetivos, y están estrictamente establecidos. Los límites de la libertad de expresión coinciden con los límites del poder burgués: no es nuestra labor redefinirlos, hacerlos más extensibles, sino que reconocerlos como límites efectivos del sistema, que determinan las posibilidades de su superación revolucionaria por el proletariado.

Los límites de la libertad de expresión coinciden con los límites del poder burgués: no es nuestra labor redefinirlos, hacerlos más extensibles, sino que reconocerlos como límites efectivos del sistema, que determinan las posibilidades de su superación revolucionaria por el proletariado

Es sabido que los tertulianos no son sino figuras de libre opinión que constituye la sociedad burguesa para simular una supuesta ciudadanía diversa sobre la que se sostiene el poder de la burguesía. No puede ser de otra manera. Bajo un poder erigido sobre la supuesta racionalidad de las relaciones de igualdad económica, sobre la supuesta libertad del individuo que no se halla sujeto a ningún tipo de dominación personal que no sea la subordinación a las leyes objetivas que operan para todos igual, la libertad de expresión es la bandera que representa la ideología acorde a esa realidad. Caso igual, y función idéntica, recae sobre el parlamento burgués, en el que todos sus miembros tienen absoluta inmunidad para expresarse, y en los que la diversidad de opinión y la confrontación dialéctica se hacen valer como elementos constituyentes de la ciudadanía libre y la democracia: libre de todo compromiso con la revolución, y con el deber moral de hacer mejor y más llevadera la miseria producto del sistema capitalista.

El caso de la detención de Pablo Hasél es clarificador, en ese sentido: ocultar su militancia y su compromiso político, para hacer caer el debate en si puede o no puede expresar sus ideas en canciones y mensajes en redes sociales. Al fin y al cabo, lo que se debate es si la burguesía, en el ejercicio de su dictadura, debiera tener compasión o no, con los pobres y excluidos; excluidos por principio de los aparatos de opinión institucionalizados, y carentes de todos los medios salvo los que residualmente, y bajo nuestra propia responsabilidad, podemos emplear. El debate mismo, organizado por el enemigo, es un ejercicio de autoridad y adoctrinamiento, en el que participan todos los representantes políticos de la política burguesa, sin excepción alguna, y cumple su cometido por el simple hecho de realizarse. El doble cometido ya señalado: simular la diversidad a imagen y semejanza del poder burgués, la diversidad que es útil a su forma de dominación, y ejercer ese mismo poder mediante sus representantes y expertos en adoctrinamiento; toda clase de opinadores a sueldo, sea en medios de comunicación, o en el parlamento.

El caso de la detención de Pablo Hasél es clarificador, en ese sentido: ocultar su militancia y su compromiso político, para hacer caer el debate en si puede o no puede expresar sus ideas en canciones y mensajes en redes sociales

Debemos recuperar, por lo tanto, el contenido político tras la libertad de expresión, entendida no como un límite quebrantable ni como un simple fallo de los gestores del sistema, que pudiera solventarse cambiando a esos mismos gestores por votación popular, sino que como un límite objetivo que determina, en el campo de la política, las condiciones para su superación revolucionaria. Solo en ese sentido podemos entender la política revolucionaria, esto es, en el sentido antagónico de la imposibilidad de conciliar los intereses de clase. Si hubiera una mínima opción de realizar tal conciliación, esa siempre implicaría la subordinación al poder existente, que se expresa ideológicamente en sus propias categorías. Eso mismo ocurre con la libertad de expresión, acotada por una forma de poder determinada, que pretende establecer lo posible y lo imposible para el sujeto jurídico burgués, esto es, el ciudadano o individuo abstracto.

Que para el proletariado revolucionario no hay libertad de expresión, es evidente. El caso es que no puede haberla. La expresión revolucionaria del proletariado tan solo puede hacerse valer contra la libertad de expresión de la burguesía. Es una cuestión de fuerza y de poder.

Eso no significa que no se pueda articular una lucha política en torno a la libertad de expresión. Es más, no podemos abandonar, por principio, ni un solo espacio, ni una sola lucha, para extender nuestra política. La posición señalada solo determina la cualidad de esa lucha, y su contenido estratégico, que no es positivo, en el sentido de realizar y expandir la libertad de expresión burguesa, sino que negativo, en el de superarla realmente junto a la superación del individuo jurídico libre.

Se trata de luchar por las libertades políticas, con el objetivo de construir un terreno favorable para articular la lucha del proletariado por el comunismo, y solo en una etapa específica en la que el proletariado carece de organización en Partido Comunista que posibilite su ofensiva contra las estructuras de poder de la burguesía. Esto es, las luchas por derechos y libertades jurídicas no pueden ser por hacer extensibles esos principios al conjunto de la sociedad burguesa, sino que han de ser medios para su propia superación.

Ese planteamiento es el opuesto frontal al que realiza la izquierda del capital, con su conjunto de partidos social-reformistas, que solo concibe el futuro, y solo puede expresarlo idealmente, mediante las categorías del poder burgués. Como ya es sabido, su función, la de la izquierda del capital, o mejor dicho, la función que se atribuye a sí misma esa izquierda, de manera abiertamente reconocida, es la de realizar los principios de la sociedad burguesa, aunque no los reconozca por ese nombre, o no sepa que son principios históricamente determinados por el modo de producción capitalista, que reflejan idealmente las relaciones sociales que lo fundamentan.

El medio político que dispone el social-reformismo para expresar su función histórica no es, por ello, la crítica al estado capitalista, al sistema jurídico o a la policía. No se trata de que una estructura esté determinada objetivamente por la producción capitalista; ya ni siquiera los individuos parecen ser producto necesario de ese mismo proceso. Se trata de la crítica al individuo, como individuo que se aleja constantemente del individuo ideal que proyecta la sociedad burguesa, y está tipificado en su propia acta de constitución. Ese individuo que comete excesos bien puede ser un directivo, un jefe de empresa, un policía o un gobierno determinado, a los cuales se les identifica como ejerciendo una función opuesta a la que justifica su existencia, como atentando contra los principios de su constitución, que no son otros que los principios de la sociedad burguesa transmutados en principios naturales de la humanidad.

El atentado a la libertad de expresión es para el social-reformismo una práctica constituida sobre ese alejamiento del individuo ideal que, para más lamentos, tiene como resultado ese mismo alejamiento, en la medida en que desdibuja los principios ideales de su existencia. La libertad de expresión que defienden todos los reformadores del capital es la misma libertad de expresión que permite a la burguesía ejercer su hegemonía en el terreno de la ideología. Es la libertad de expresión que reconoce la diversidad, y el derecho a que se exprese, tal y como ha sido producida por la sociedad capitalista. Es una libertad de expresión que pretende cancelar la contradicción que permita articular la política revolucionaria, una libertad de expresión para los opinadores sin compromiso y, mediante ella, la censura absoluta para el proletariado revolucionario, cuya práctica consiste en la abolición de la individualidad burguesa que es pilar del concepto burgués de libertad de expresión.

La libertad de expresión que defienden todos los reformadores del capital es la misma libertad de expresión que permite a la burguesía ejercer su hegemonía en el terreno de la ideología

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