‒ ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para hacerse con Groenlandia?
‒ Ya lo verán
[Rueda de prensa de Donald Trump en la Casa Blanca]
Durante los trece meses del segundo mandato de la presidencia de Trump hemos asistido a un fuerte aumento del autoritarismo: aumento del poder del Ejecutivo frente al Legislativo, concentración de funciones reguladoras y sancionadoras bajo el control directo del presidente, uso del aparato del Estado para castigar adversarios políticos, etc. Esta deriva autoritaria no se limita al territorio estadounidense. La política exterior trumpista ha supuesto una reconfiguración de las relaciones comerciales internacionales, la subordinación política y estratégica del resto de países occidentales a los intereses particulares estadounidenses; y la sucesión de intervenciones militares unilaterales. Aun pasando por encima de las reglas y convenciones internacionales democrático-liberales, sigue condicionando fuertemente las decisiones del resto de los estados miembros de la OTAN. De hecho, entendida la OTAN como pieza central del dispositivo institucional de la hegemonía estadounidense y de la gobernanza mundial, su actuación actual solo contribuye a socavar la credibilidad y la estabilidad de un orden internacional en descomposición.
LOS ORÍGENES DE LA HEGEMONÍA OCCIDENTAL
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los países occidentales ganadores se apresuraron por articular un orden internacional que estableciera las bases de la gobernanza mundial de posguerra. Así, se fijaron reglas estables sobre comercio, finanzas, seguridad y soberanía al tiempo que se crearon las organizaciones internacionales que aplicaran y controlaran esas reglas.
El plano económico se estableció a partir de tres grandes grupos de instituciones. En primer lugar, se instauró el sistema monetario de Bretton Woods, un conjunto de acuerdos por los que se fijaban las bases de las relaciones comerciales y financieras de las economías desarrolladas de la época y, de manera derivada, el Fondo Monetario Internacional. De esta forma se implantó la primacía total del dólar, puesto que la moneda estadounidense pasó a ser el activo de reserva y el medio con el que se realizaban la gran mayoría de los pagos internacionales.
En segundo lugar, el Plan Marshall supuso un importante desembolso con el que financiar la reconstrucción económica europea. Su propósito era claro: frenar la influencia de la Unión Soviética y el comunismo, alineando Europa occidental con los objetivos estratégicos estadounidenses. Las economías que recibían fondos estadounidenses del Plan Marshall se sometían a una fuerte condicionalidad y supervisión política estadounidense. En Francia y en Italia la ayuda se condicionó a la exclusión del Gobierno de los ministros pertenecientes a partidos comunistas. En Turquía y Grecia la ayuda económica sirvió para financiar las guerras contra las milicias respaldadas por el bloque soviético.
En tercer lugar, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) ‒que posteriormente pasaría a ser la Organización Mundial del Comercio‒ instauró las reglas internacionales de la compraventa de bienes y servicios con el objetivo de reducir aranceles, barreras comerciales y, así, ampliar el comercio internacional. En la práctica, el GATT sirvió para potenciar la capacidad exportadora de Estados Unidos, que contaba con el sector manufacturero más avanzado de la época. Así, el GATT sirvió para que la economía estadounidense obtuviese un gran mercado nuevo. Había conseguido reducir las barreras para poder vender mercancías en nuevos países a lo largo de los cinco continentes.

De esta manera, haciendo uso de su posición privilegiada en el ámbito internacional de posguerra, los Estados Unidos se apresuraron en implantar unas reglas que estabilizan y extienden el capitalismo occidental bajo hegemonía estadounidense. El resto de economías desarrolladas de la época se aferraron al nuevo orden, entendiendo que la estabilidad del capitalismo global dependía de la capacidad de los EE. UU., la potencia hegemónica, de imponer sus reglas en el panorama internacional. Así, muchos capitales nacionales aceptaron subordinarse al orden internacional de los Estados Unidos a cambio de su seguridad y certidumbre del orden democrático-liberal.
La política exterior trumpista ha supuesto una reconfiguración de las relaciones comerciales internacionales, la subordinación política y estratégica del resto de países occidentales a los intereses particulares estadounidenses
Pocos años después, en 1949, se crea la OTAN ‒que inicialmente cuenta con 10 países de Europa occidental, además de Canadá y los propios Estados Unidos‒ como alianza militar del bloque occidental. Su piedra angular, el artículo 5 del Tratado, establece que un ataque armado contra uno de sus miembros será considerado un ataque contra todos. De este modo, la OTAN institucionalizó el vínculo militar transatlántico y convirtió la seguridad europea en un asunto estructuralmente subordinado a la capacidad militar y nuclear de Estados Unidos. Al garantizar a las burguesías de Europa occidental una protección frente a la esfera soviética y frente a posibles amenazas internas revolucionarias, la alianza militar refuerza el bloque capitalista occidental y reduce los incentivos para que Europa desarrolle una autonomía estratégica propia. A cambio de la disuasión nuclear, del paraguas de seguridad y del acceso a la tecnología y al complejo militar-industrial norteamericano, los aliados europeos aceptan alinear su política exterior militar con los intereses globales de Washington.
Cabe destacar que, durante las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la capacidad económica estadounidense era enorme. La pugna por la hegemonía entre Unión Soviética y EE. UU. tenía un carácter político e ideológico, pero en ningún caso económico. Esa es la principal razón por la que el papel de la OTAN se limitó a ser una alianza militar defensiva aun durante las décadas de la Guerra Fría. La crisis del petróleo de 1973 trastocó completamente las economías de los EE. UU. y de Europa occidental, y supuso el fin del sistema monetario internacional de Bretton Woods. Tras estos cambios, junto con la caída del bloque soviético, la política exterior militar estadounidense y la OTAN adquirieron un papel mucho más relevante. La hegemonía estadounidense necesitaba, cada vez más, de intervenciones militares y extraeconómicas para sostener su poder. No es casualidad que las primeras intervenciones armadas de la OTAN ocurrieran a mediados de la década de los 90, muy poco después de la disolución de la URSS.

Además, el proceso de deslocalización productiva, la desindustrialización y la crisis de 2007, junto al surgimiento de China como un competidor económico de primer nivel, ahondaron profundamente el debilitamiento hegemónico estadounidense. Lejos de ser la primera potencia industrial ‒como en las dos décadas y media posteriores a la SGM‒, la capacidad productiva estadounidense ha profundizado en su declive durante los últimos años. Entendida dentro de este contexto, la política exterior de Trump supone un uso extremadamente explícito y unilateral de los mecanismos políticos y militares para evitar que el aparato estatal estadounidense ‒y su capital‒ pierda posiciones dentro del tablero de juego de la hegemonía mundial.
LA CRISIS DE GOBERNANZA
A los dos meses y medio de comenzar su segundo mandato presidencial, el 2 de abril de 2025, apodado como “Día de la Liberación”, Trump anunció la imposición de una nueva política arancelaria. Por una parte, estableció un arancel mundial base del 10% ‒es decir, un impuesto sobre la importación de todos los productos provenientes del resto de países del globo‒ y, por otra, aranceles adicionales específicos para unos 60 países basados en lo que la Administración consideraba prácticas comerciales injustas. Estos aranceles específicos llegaban a ser del 40-50% en el caso de los países en desarrollo del sudeste asiático y África. El anuncio de la orden marcó el inicio de una guerra comercial mundial y desencadenó un colapso del mercado bursátil. Evidentemente, esta decisión fue muy criticada en todo el mundo puesto que se tomó como arbitraria y que vulneraba un consenso político internacional que se muestra a favor de la libertad del comercio internacional. Además, muchos economistas se burlaron de la fórmula para calcular el porcentaje del arancel a asignar a cada país por lo descuidada y arbitraria que era. Cabe mencionar que si bien es cierto que los aranceles quedaron invalidados por el Tribunal Supremo estadounidense, la sentencia no desmantela el proteccionismo arancelario estadounidense, sino que lo reorienta y eleva la incertidumbre sobre las futuras políticas comerciales estadounidenses.
Haciendo uso de su posición privilegiada en el ámbito internacional de posguerra, los Estados Unidos se apresuraron en implantar unas reglas que estabilizan y extienden el capitalismo occidental bajo hegemonía estadounidense
Los aranceles del 2 de abril de 2025 se anunciaron como una medida para reparar el daño que la economía estadounidense estaría recibiendo del comercio internacional. Dado que, por una parte, todo el sistema de pagos internacionales está basado en el dólar y que, por otra parte, el dólar es la moneda de reserva dominante en el mundo, la moneda estadounidense estaría muy apreciada respecto a su valor normal. Si bien esto conlleva una gran ventaja para el Estado de EE. UU. a la hora de financiar su gasto, también hace que las exportaciones estadounidenses sean más caras y, por tanto, se demanden menos. Así, el Gobierno estadounidense argumenta que la fortaleza del dólar les supone un impedimento para comerciar con el resto del mundo. Efectivamente, la economía estadounidense tiene un considerable déficit comercial estructural ‒sus importaciones son permanentemente mayores que sus exportaciones‒ de unos 900.000 millones de dólares anuales; sin embargo, la principal causa de este fenómeno es la desindustrialización y la externalización de la mayor parte de la producción industrial a otro países con costes de producción más baratos como China o México. Por lo tanto, los aranceles no pueden ser una medida para aliviar ese déficit permanentemente. Más bien, el anuncio de los aranceles le permitió a Trump tener una poderosa arma de negociación: demostró que tiene el poder para cambiar las reglas del comercio internacional a su antojo y supeditó la bajada de los aranceles a condicionalidad política.
No obstante, las intervenciones de Trump en los últimos meses no se han limitado al ámbito político-económico; las intervenciones militares no han hecho más que sucederse. Tras atacar unilateralmente varios barcos venezolanos en el Caribe, a comienzos del año 2026 el ejército estadounidense entró militarmente en Venezuela, bombardeando puntos estratégicos del país y logrando capturar a su presidente Nicolás Maduro bajo la ridícula acusación de líder del narcotráfico. Esta intervención, realizada sin la aprobación ni el consentimiento del Congreso, tuvo un doble objetivo: hacerse con el control de las reservas de petróleo venezolano y mandar un claro mensaje con el que disciplinar al resto del mundo.

Trump consideró que el papel que había desempeñado en la elección de un nuevo líder para Venezuela era un modelo a seguir para Irán. La operación bautizada como “Epic Fury”, llevada a cabo en alianza con Israel buscó neutralizar la cúpula dirigente de Irán. Solamente el 28 de febrero, día del inicio de los ataques, más de 1330 civiles iraníes fueron asesinados. Sin embargo, la estrategia de Trump para Venezuela parece fracasar en Irán. Mientras que Estados Unidos promovió rápidamente un cambio de Gobierno en Venezuela que se alineara con sus intereses, Washington no tenía ningún sucesor preparado en Irán. Trump llegó a declarar que «la mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas». En cualquier caso, las consecuencias económicas de la guerra con Irán también han sido inmediatas y dramáticas: el precio mundial del petróleo se ha disparado a causa de la enorme disminución del comercio marítimo en el estrecho de Ormuz y el bombardeo por parte de Irán a las plantas de extracción y refinería de petróleo de los países de la península arábiga. Como consecuencia, productos como la gasolina, gas natural, electricidad, transporte, fertilizantes, alimentos o la producción industrial aumentarán su precio en el futuro próximo. En el momento en el que se escribe este texto el litro de gasolina roza los 2 euros y las previsiones dictan que seguirá en aumento. El gran capital estadounidense llega con reservas, control logístico y capacidad de fijar condiciones, convirtiendo la crisis de la producción petrolífera en una forma de obtener beneficios geopolíticos.
Las intervenciones de Trump en los últimos meses no se han limitado al ámbito político-económico; las intervenciones militares no han hecho más que sucederse
Por último, cabe mencionar el papel de Europa en el estado actual de los asuntos internacionales. Tras la pandemia, distintas voces destacadas dentro de la UE manifestaron la necesidad de autonomía militar europea respecto a los Estados Unidos. Sin embargo, el debate sobre la necesidad de la autonomía europea en materia militar se cerró por completo con el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania. Ahora, con Trump a la cabeza, los EE. UU. quieren hacerse con el control de Groenlandia , alegando que se trata de una cuestión de seguridad nacional. Mark Rutte, secretario general de la OTAN y firme defensor de la política militar trumpista, ha defendido en numerosas ocasiones las acciones del presidente estadounidense en relación con Groenlandia. En caso de no hacerse con su control, argumentan que China y Rusia podrían aprovechar la nueva ruta transpolar a través de los antiguos bloques de hielo y los recursos minerales que esconde el subsuelo marino del océano Ártico. No se trata de seguridad, sino de minerales críticos y recursos naturales. Asistimos, sin ningún tipo de pudor, a una manipulación explícita de las decisiones estratégicas y los instrumentos públicos en beneficio de intereses comerciales privados. La alianza entre oligarquía tecnológica y energética y el mandato presidencial de Trump se hizo evidente con el nombramiento de algunas de sus figuras destacadas para puestos dentro de la Administración. Los actores económicos y políticos cercanos al presidente consolidan y amplían su influencia.
Pero, al margen de los intereses partidistas por el control de los recursos del ártico, el conflicto con Groenlandia deja algunos interrogantes importantes. En caso de que Estados Unidos atacara Groenlandia, ¿implicaría la activación del artículo 5 de la OTAN, por el que se pondría en marcha la defensa colectiva del territorio atacado? Por su parte, aunque su postura haya sido cambiante desde 2016, Trump ha usado en varias ocasiones la amenaza de retirar a los EE. UU. de la OTAN como presión para que Europa aumente su gasto militar.
Resulta significativo que ningún líder político occidental haya sido capaz de mostrarse firmemente en contra del autoritarismo más burdo y el imperialismo más explícito del presidente estadounidense. Resulta igualmente abrumador la complicidad con la que asistimos a las manifestaciones extremas de la crisis civilizatoria del capital en Occidente. Toca prepararse.

ILUSTRACIONES
Kukriniksi (Кукрыниксы) fue un grupo de tres caricaturistas de la Unión Soviética. Su nombre es una combinación de los de los tres dibujantes: Nikolái Kupriyánov (Михаил Васильевич Куприянов), Porfiri Krílov (Порфирий Никитич Крылов) y Nikolái Sókolov (Николай Александрович Соколов) que se conocieron en la escuela de arte moscovita Vjutemás a principios de los años 20. Comenzaron a usar este nombre conjunto a partir de 1924. Ganaron fama a partir del ascenso del fascismo en Europa en los años 30 cuando, dibujando para Krokodil, revista satírica de Moscú, atacaron a los líderes fascistas europeos.