IKUSPUNTUA / Ola reaccionaria
Irlanda vuelve a arder

Esta semana nos han llegado imágenes durísimas desde Belfast. Irlanda vuelve a estar en llamas, y todo apunta a que el detonante ha sido una agresión cometida por un refugiado sudanés. Todos sabemos que las situaciones de miseria, el abandono institucional o la exclusión social aumentan las posibilidades de que surjan conductas delictivas, antisociales y lumpen. Esa preocupación ha estado muy presente entre los irlandeses desde hace décadas, y han respondido a ella con firmeza. De acuerdo. Pero esa preocupación se ha abordado desde la necesidad de proteger a la comunidad y desde la responsabilidad con el proceso de liberación nacional. Un fascista, sin embargo, actúa de forma exactamente opuesta: utiliza determinadas conductas criminales o antisociales para señalar y condenar a comunidades enteras en beneficio de unas ideas supremacistas.

Aunque todavía no está claro qué motivó exactamente la agresión inicial, los fascistas han encontrado en ella una excusa perfecta para desatar una cacería racista. Han aprovechado la ocasión para promover una ola de violencia contra personas de origen africano y asiático, golpeando a quienes no son blancos, incendiando viviendas y propiedades y sembrando el miedo y la inseguridad. Aunque las imágenes de Belfast han dado la vuelta al mundo, también se han producido ataques y destrozos en Derry, Glengormley y otros muchos lugares.

Por la intensidad y la forma que ha adoptado la violencia, resulta inevitable establecer paralelismos con las imágenes de finales de los años sesenta. Quienes en su día se encargaban de mantener a la población católica en una situación de apartheid son los mismos que esta semana han protagonizado pogromos racistas. Son también quienes la semana pasada arremetieron contra las protestas en solidaridad con Palestina, quienes han atacado diversas mezquitas, quienes se esfuerzan por impedir que surja militancia revolucionaria en sus barrios y, con frecuencia, quienes introducen drogas en ellos. No es casualidad que los incidentes hayan tenido lugar en zonas controladas por la UDA, la UVF y organizaciones similares.

Educados en valores ultranacionalistas y supremacistas, profesan una ideología profundamente antiproletaria y se sienten legitimados para intentar imponer su control sobre las calles de acuerdo con su visión excluyente del mundo. Durante décadas, esa ha sido la única manera que han conocido de cumplir con el papel que se han asignado a sí mismos, y es precisamente así como han terminado convirtiéndose en la vanguardia del fascismo británico. Son una referencia evidente para los movimientos callejeros de extrema derecha, pero también un activo valioso para agitadores en redes sociales, partidos conservadores y determinados sectores empresariales. El conglomerado es amplio: Britain First, Patriotic Alternative, Reform UK, Traditional Unionist Voice, Tommy Robinson, Elon Musk y muchos otros.

Sin embargo, en una época en la que tanto los sujetos políticos como los conflictos y sus consecuencias han adquirido una dimensión cada vez más internacional, también en Irlanda ha cambiado el eje principal de la fractura étnica. La división que durante décadas se expresó en términos de protestantes y católicos tiende hoy a reformularse como una oposición entre occidentales y no occidentales. Y, en ese contexto, no son pocos los republicanos irlandeses que han comenzado a asumir postulados racistas. Lo ocurrido esta semana no constituye ninguna excepción. Desde hace años vienen acumulándose episodios que apuntan en la misma dirección, y hemos llegado a ver escenas que hace poco habrían parecido impensables: ¿quién habría imaginado que algún día veríamos ondear juntas la Union Jack y la bandera tricolor irlandesa? Sin embargo, eso es exactamente lo que ha sucedido en movilizaciones contra la inmigración.

Todo ello pone de manifiesto el choque entre las dos almas que conviven dentro del republicanismo irlandés, una tensión que no deja de agudizarse. La división en torno a esta cuestión es cada vez más profunda. La dominación nacional ejercida sobre Irlanda bajo formas semicoloniales convirtió durante generaciones a los irlandeses en ciudadanos de segunda categoría: privados de derechos, sometidos económica y políticamente a la potencia vecina, castigados por el hambre y empujados a la emigración. La experiencia histórica demostró con especial claridad que una de las principales formas de someter a la nación consistía en explotar a su clase trabajadora con una intensidad difícilmente comparable a la de otros lugares. Por eso, desde sus propios orígenes, el republicanismo irlandés desarrolló una marcada dimensión socialista e internacionalista, entendiendo que la liberación nacional y la emancipación social formaban parte de una misma lucha.

Sin embargo, quienes entienden la cuestión nacional como la mera conservación de una identidad supuestamente inmutable son hoy más influyentes que nunca, también en Irlanda. Y es difícil imaginar que esa deriva pueda conducir a otro lugar que no sea la derecha. Ahí reside una de las principales fracturas del republicanismo irlandés contemporáneo: en el abandono de quienes siempre fueron aliados para acabar compartiendo espacio político con quienes durante décadas fueron sus adversarios. No se trata de un fenómeno exclusivamente irlandés. En muchos otros países, los movimientos fascistas construyen alianzas marcadas por una profunda hipocresía, capaces de superar viejas enemistades siempre que se trate de señalar a un enemigo situado más abajo en la escala social.

La teoría del gran reemplazo y otras ideas racistas similares se están extendiendo con fuerza. Consciente de ello, el republicanismo oficial trata de mantener un difícil equilibrio entre sus distintas corrientes internas. Sinn Féin está adoptando una postura bastante ambigua tanto ante este tipo de acontecimientos como respecto a la cuestión migratoria, recurriendo con frecuencia a llamamientos en favor del orden y de la actuación policial. Son los grupos y movimientos situados más a la izquierda quienes han realizado las denuncias más claras contra el fascismo y quienes han organizado brigadas de apoyo para proteger a las personas más vulnerables. Gracias a su trabajo, las organizaciones y partidos ultranacionalistas han conseguido mantenerse hasta ahora en los márgenes de la política irlandesa (National Party, Nationhood Revival Coalition, Ireland First, Irish Freedom Party, entre otros). Sin embargo, la difusión de las ideas racistas es cada vez más amplia, y es posible que sus expresiones organizadas y políticas adquieran fuerza de un día para otro. Si ese riesgo resulta ya tan evidente en un pueblo con una tradición de lucha como la irlandesa, Euskal Herria tampoco está a salvo de él.