En los últimos días hemos tenido conocimiento de otros dos profesores agresores.
El profesor de Irun soñaba con ser el sugar daddy de sus alumnas de entre 13 y 15 años, y a cambio de dinero o regalos, les proponía mantener relaciones sexuales. En clase les ponía pornografía, les hacía comentarios obscenos mediante Instagram. Parece ser que su seguimiento desde inspección comenzó ya en 2018, por "conducta inadecuada". La dirección puso el caso en manos de la Ertzaintza y he aquí que en la actualidad ya no existen las conversaciones que eran testimonio de las agresiones de entonces. El profesor, además, ha tenido la cara dura de presentarse como víctima de acoso e, incluso, se ha mostrado tan valiente como para amenazar e intimidar a las alumnas.
En Zizur Mayor, más de 40 mujeres fueron grabadas por otro profesor, 31 de ellas menores de edad. Utilizando la base de datos del centro, obtuvo los accesos a las redes sociales de las alumnas y tomó imágenes personales e íntimas de las mismas. Luego utilizó la inteligencia artificial para representar a las chicas desnudas.
Todo ello ha salido a la luz con noticias sobre procesos judiciales. En estos casos la realidad nos revienta en la cara, pero sabemos bien que no es nueva. Estas agresiones no han sido puntuales: en ambos casos se han prolongado a lo largo de los años. Además, la figura del profesor agresor se repite una y otra vez, curso tras curso y centro tras centro. Las agresiones machistas, la violencia contra las mujeres trabajadoras, la obscenidad, la impunidad de los agresores y su apoyo social son nuestro pan de cada día, también en la educación.
Aunque esto pueda provocar cierto alboroto, debemos tener claro que las agresiones y los agresores no nacen de la nada. La violencia machista no se perpetúa porque a algunas personas aisladas se les vaya la cabeza, sino porque toda una estructura lo permite. Lo vemos una y otra vez: las agresiones machistas al alumnado por parte del profesorado aprovechando su relación de poder son constantes, y las medidas contra los agresores no funcionan. Incluso, en muchos casos, ponen condiciones para que se repitan dichas agresiones: mirar hacia otro lado a pesar de saber que se han cometido; juntar al profesor agresor con el alumnado al que hace sentirse incómodo e indefenso y exigirle que pida "perdón", como resolución del conflicto; pedir a los alumnos que se mantengan en silencio y no levanten polémica, para no entorpecer una "investigación en marcha"; cuestionar la palabra del alumnado que informa de las agresiones; mantener el buen rollo o proteger socialmente a un profesor que se sabe que es un agresor; movilizar a otro centro a un profesor que ha cometido agresiones en un centro... No son asuntos que me esté inventando delante de la pantalla.
Si las instituciones burguesas tienen una función, es la de reproducir este modelo de sociedad. Para mantener el orden social tienen que reforzar el mensaje de que todo va bien y de que este sistema funciona, aunque para ello tengan que guardar bajo la alfombra infinidad de miserias (al menos en la medida en que sea posible). Por ello, no podemos confiar en los protocolos y medidas de protección de dichas instituciones. El silencio, la pasividad y las dinámicas de las instituciones burguesas son un cobijo para los agresores, y ponen condiciones para que quienes quieren cometer agresiones machistas una y otra vez puedan salir adelante. La violencia machista está sostenida por los engranajes de toda una estructura. Y para romper esos engranajes sólo podemos confiar en la organización y en la lucha.