COLABORACIONES
Escribo este artículo con el objetivo de hacer aportaciones que faciliten trabajar el contenido de la huelga general , dando aclaraciones sobre temas directamente ligados a la vivienda y abordar las diferentes dudas que surgen especialmente en los centros de trabajo y militancia. Veo positivo esclarecer posturas sobre temas trascendentales coyunturales teniendo en cuenta los intentos varios de apropiación discursiva desde el inicio de los llamamientos a la huelga general, sin quitar la importancia que merece la cuestión central. Así pues, no me centraré tanto en el tema de la vivienda, ya trabajado desde el sindicato de vivienda socialista al que me adscribo al 100%, sino a aclarar la postura en el tratamiento de cuestiones influyentes y el posicionamiento sobre el nuevo ciclo de movilización. Abordar estas cuestiones da una explicación general a la cuestión de vivienda y a su vez ayuda a entender la reclamación de la huelga general como forma de movilización.
La vivienda está íntimamente relacionada con el terreno laboral, pero más allá de los programas generalistas sobre salarios, hay dos cuestiones que conviene remarcar: la precariedad laboral y los incumplimientos generalizados. Suelen quedar en segundo plano, en parte por la dificultad para llegar a los sectores perjudicados y movilizarlos, pero también por la apuesta concreta de hacer apuestas economicistas que no abracen la polémica. El primero de los conceptos, el salario, abordado constantemente por los sindicatos, pertenece a la lista de reivindicaciones previsibles, importante, pero insuficiente. Evidentemente la reivindicación de la subida salarial acorde al coste de la vida debe abordarse. Es más, mucho más allá de las reivindicaciones típicas del IPC deberíamos incluso poner en cuestión qué conceptos incluyen el índice de precios de consumo y qué conceptos quedan fuera. Es decir, los índices deberían vincularse a una lista de consumo de bienes y servicios básicos y reivindicar la subida salarial en base a eso. En todo caso es una demanda necesaria y actualmente las empresas no ceden a las subidas oportunas y mucho menos en proporción a la subida desorbitada del precio de la vivienda.
Sin embargo, no es el único de los problemas a la hora de abordar el día a día cómodamente. En la actualidad el trabajo precario generalizado contribuye a la desesperación de miles de obreros que se ven incapaces de completar unos sueldos ya de por sí limitantes. La temporalidad, la parcialidad involuntaria, el pluriempleo, los despidos fáciles, la subcontratación, etc. son el día a día de una situación que no viene dada sino buscada. Las empresas han encontrado nuevas fórmulas para hacer de este tipo de trabajo un patrón a seguir para buscar la sumisión del trabajador en cuanto a flexibilidad, vulnerabilidad y trabajo barato. Este espacio, normalmente rellenado con trabajadores migrantes y jóvenes, tiene el problema añadido del escaso amparo sindical a causa del carácter volátil del propio trabajo y la poca innovación e interés de algunos sindicatos.
Relacionado con este tema, me parece importante remarcar el tema de los incumplimientos empresariales, al que no se le presta especial atención pero contribuye a engordar todavía más la bola de austeridad y precariedad. A este respecto, varios conceptos son importantes. En primer lugar, los incumplimientos por parte de empresas y asesorías son generalizados y miles de euros se quedan por el camino de reclamaciones no realizadas. En segundo lugar, las reclamaciones oficiales raramente tienen consecuencias graves para la empresa más allá de la modificación exigida por la institución de turno. Y en tercer lugar, ni siquiera las resoluciones oficiales valen ya para modificar o reincidir en el incumplimiento.
Nos encontramos ante una situación en la que las empresas incumplen con total impunidad, sin consecuencias ni medios parar cortar la actuación. Hablo de consecuencias, refiriéndome a la cantidad de incumplimientos que se subsanan con la simple modificación o pequeñas multas; y hablo de medios, refiriéndome a las escasas, simbólicas e inaccesibles inspecciones de trabajo. Esto sin tener en cuenta el enorme coste que le puede suponer en tiempo y dinero a un obrero poner las reclamaciones. Estoy seguro de que alguien dirá que "ya será para menos", pero entonces me gustaría que me explicase lo siguiente: ¿cómo se explica que aparcar mal el coche sea más caro que no pagarle a un trabajador el sueldo correspondiente? ¿A qué destina el Estado sus esfuerzos? ¿Cuántos medios moviliza para cada cosa? La respuestas son evidentes, aquel ámbito encargado de la reproducción de toda la clase trabajadora, es aquel ámbito al que menos atención estatal se le presta. Vaya, que hay manga ancha para incumplir en materia laboral porque el chiringuito del Estado está montado por la burguesía. Es más, incluso el cuento chino de la separación de poderes, la igualdad y la representación queda en entredicho teniendo en cuenta que no hay lógica entre poder elegir representación, negociar leyes y luego no hacerlas cumplir.
Más allá del ámbito laboral, quiero hacer hincapié en el reparto del dinero público y la coyuntura actual. Estos factores determinantes se venden como limitaciones de una situación incontrolable pero en realidad son posiciones totalmente meditadas desde hace tiempo. En el plano internacional asistimos a uno de los periodos más inestables en décadas. Las guerras imperialistas en Oriente Medio, Ucrania o Sudamérica… (por mencionar los más evidentes) forman parte de una creciente rivalidad entre potencias por recursos, rutas comerciales, mercados y áreas de influencia. En este escenario los amos del tablero juegan a hundir la flota, y la clase trabajadora internacional lo paga con miseria o muerte. Esto se traduce en millones de personas que padecen la guerra de forma directa y otros tantos millones que padecemos sus consecuencias en forma de austeridad y ajustes de presupuesto. De hecho, no hay más que ver el aumento en gasto de defensa y seguridad del propio Estado español subiendo al 2% del PIB en 2025, o la subida aún más grande de otros países europeos. La realidad es que los Estados hacen una apuesta cada vez más seria por hacer política mediante la guerra y defender sus intereses burgueses mediante sus conejillos de indias. No contentos con ello y valiéndose de la desorientación política, parte de los sectores de la clase trabajadora parecen hacerse partícipes de los intereses estatales y se alinean directamente con su mayor enemigo. Caso es, la situación vivida con el estallido de la guerra de Ucrania en la que una explosión de solidaridad inundó amplias capas de nuestra sociedad.
Sobre las crisis humanitarias, es importante pararse a mencionar el tema de la inmigración y las sucesivas reacciones derivadas de la situación . El auge del fascismo no es casualidad, es una reacción mal calculada por parte de las clases medias nacionales, permitida desde las posturas estatalistas más progresistas y orquestada por las grandes oligarquías y su representación. Esta miopía política permite la proliferación de discursos que buscan culpables fáciles de encontrar y la competencia entre trabajadores sustituye los verdaderos factores. De ahí que, la composición de las clases medias nacionales sea un factor determinante en cuanto a los discursos que a posteriori puede llegar a alimentar. En este sentido, es fácil que surjan reacciones ante la pérdida de "privilegios" y la falta de un enfoque adecuado de clase. Esto pasa por marcar a los verdaderos responsables de la situación social actual (incluyendo temas como la vivienda, inmigración, prestaciones sociales etc.) y a su vez acertar en un discurso que no simplifique todo. Es decir, no vale con explicar los desencadenantes de inmigración explicando la división internacional del trabajo, obviando las explicaciones sobre la geopolítica o las consecuencias reales derivadas de la crisis. El contexto y la explicación son necesarios y el discurso encaminado al conjunto de la clase trabajadora, es tarea imprescindible para evitar las pugnas internas a nivel nacional e internacional.
Ahora bien, también es importante distinguirse del discurso antifascista de hacer campaña. Esto de apropiar, asimilar e intentar institucionalizar los discursos crecientes tampoco es nada nuevo. Lo hemos visto en Euskal Herria pero también a nivel europeo. Resulta que ahora es el progresismo el abanderado del antifascismo, de la lucha contra los desahucios o la defensa de las prestaciones sociales. Pues bien, parece que esta estrategia cada vez es menos creíble. De hecho estos discursos cuajan en la sociedad porque los partidos institucionales se presentan como la única alternativa al fascismo, los desahucios o la sanidad pública. Sin embargo, la realidad es bien diferente. Debemos situar estas pequeñas crisis dentro de una más grande y visualizar la verdadera ofensiva capitalista a gran escala, atacando de forma progresiva a las condiciones de la clase trabajadora. Es más, no habría explicación alguna a ciertas formas de gestión estatal o reparto del dinero público de corte progresista, de no ser por la incapacidad de lidiar con un guion ya marcado. En realidad, el empeoramiento de las condiciones de vida forma parte de la ofensiva capitalista que no depende exclusivamente de que gobierne la izquierda o la derecha. Aunque haya contradicciones, la socialdemocracia (o el progresismo actualmente) pretende conciliar capital y trabajo mediante la negociación y la redistribución parcial.
En ese equilibrio que se busca, quiero también mencionar la gran cantidad de dinero que se destina a proyectos innecesarios o instituciones baldías . Es más, quiero mencionarlo en contrapartida al discurso extendido del "jeta". Ahora resulta que "jeta" es el inmigrante que recibe el subsidio, el joven que okupa una casa, el chaval que manga en el Decatlhon o la currela que se pasa el año de baja. No me pondré a sacar argumentos de si está bien o mal cada una de las acciones nombradas, pero sí que tengo claro la "jeta" que tienen algunos y no se cuestiona. Las partidas de dinero público se destinan a instituciones como el senado, la monarquía, la UE o la guerra, y ahora resulta que el "jeta" es tu colega el del quinto ¡Por favor, no seamos tan cínicos! Cuando los chavales de las unis y sus profes dejen de irse de Erasmus con dinero público mientras la gente vive en la calle, entonces, hablaremos de quién es "jeta". Cuando dejen de financiar la educación concertada para encubrir racismo o proyectos sectarios mientras no hay acceso a la vivienda, entonces, hablaremos de quién es "jeta". Y más allá de la gestión del dinero público, o de analizar la forma en la que la clase trabajadora asume la carga tributaria, lo fundamental termina siendo el intento de conciliación de los intereses de clase sin cuestionar las relaciones económicas que los enfrentan.
En cuanto al ámbito político estatal y de Euskal Herria, se vienen presentando como avances históricos reformas que, en el mejor de los casos, amortiguan parcialmente el deterioro inevitable. De hecho, ciertos sectores de las clases medias nacionales conservan privilegios relativos, que según como vaya la cosa, podrían caer con todo el equipo. La responsabilidad que recae sobre la clase política, pasa por entender no solo el pacto entre izquierda y derecha (al estilo PNV y EH Bildu), sino también del programa interclasista que integran todos los partidos del bloque progresista (desde lo más escorado a la izquierda hasta el centrismo). Esa pretensión de querer conciliar intereses contrapuestos, acaba subordinando constantemente las necesidades de la clase trabajadora a la estabilidad económica, electoral e institucional. Las dificultades de acceso a la vivienda, la precariedad y la distancia entre lo prometido y las condiciones reales son cuestiones que afectan de forma más evidente a las generaciones más jóvenes, que canalizan el descontento enfocado en las agendas políticas de un progresismo no representativo. Con esto no pongo el foco en seguir abriendo brecha, sino en acertar con un discurso en el que empujemos para el conjunto de clase sin exclusión.
En la tradición política institucional actual, se nos ha invitado a conformarnos con lo mejor dentro de lo posible, es decir, con lo que las instituciones están dispuestas a conceder. Es la lógica del mal menor, donde no se procura superar las condiciones que producen nuestra miseria, sino gestionar sus consecuencias y convencernos de que cualquier alternativa sería peor. Eso que se dice de "tendrás que ir a votar porque si no, ya verás los que vengan" o "por lo menos vota en blanco porque si no, beneficia a los partidos mayoritarios". Pero en fin, tanto miedo a la derecha y resulta que, aparte de estar integrada dentro del "progresismo", no se hace ni mención de cambio a temas que desde la oposición tanto se criticaban (por ejemplo las jubilaciones). Tampoco hay cambios en las reformas planteadas, que tienen más de dar una imagen aceptable, que de cambios reales (por ejemplo la reforma laboral. Una da cal y otra de arena).
En este contexto político determinadas organizaciones han ejercido de verdaderos proxys sociales en los tiempos y programas de las demandas y formas de la movilización. Sin embargo, el ciclo de movilizaciones actual ha empezado a cuestionar los límites de esa vía y exige medidas que no encajan en los acuerdos políticos institucionales o los programas sindicales. De hecho, la movilización entorno a la vivienda ha sido la que ha auspiciado el llamamiento a la huelga general, desbordando en contenido y forma, a las organizaciones tradicionales. Siendo conscientes de que la huelga general se puede convertir en oportunismo político mediante una campaña al 29 de noviembre, es necesario marcar bien las distancias.
Sobre la huelga general en concreto, no podemos asistir en clave de una manifestación multitudinaria o jornada reivindicativa. Debemos enfocarla en clave del carácter productivo y vinculación a la totalidad. No puede reducirse a una movilización política desligada de todos los demás condicionantes. Quiero aclarar esta idea, ya que de alguna manera puede ser contradictoria en este contexto. Pero es precisamente el contexto, el que marca el carácter de la movilización.
En huelgas previas, hemos llegado a criticar el carácter sectorial o político. Es más, recomiendo la lectura de Huelga o movilización, he ahí la cuestión de Dani Askunze, la cual es aclaratoria sobre el ciclo de movilizaciones previo. Sin embargo, la coyuntura actual nos obliga a darle importancia al tema central de esta huelga y a su vez, no permitir que desde las organizaciones más oportunistas se adueñen de esta "facilidad" (reproduciendo una huelga al estilo del ciclo anterior). Es decir, aunque la punta de lanza para forzar la huelga general haya sido la vivienda y por eso debemos prestarle la importancia que merece, la movilización debe tener la importancia y el carácter que la define. Esto pasa, por confrontar los intereses de la clase trabajadora con los de la clase capitalista, haciendo visibles las contradicciones que atraviesan los centros de trabajo, los servicios públicos, la vivienda y el conjunto de la vida social.
El problema no es que una huelga introduzca reivindicaciones políticas, e incluso que la centralidad la ocupen proclamas políticas. El problema aparece, cuando esa dimensión queda supeditada a los intereses electorales o programáticos de los partidos. Es esta desvirtuación, la que amenaza con reproducirse en la movilización actual. Ante una demanda de huelga general que ha superado sus programas y discursos, las organizaciones tradicionales intentarán integrar el conflicto, apropiarse de sus reivindicaciones y moldear su desarrollo para evitar que choque con los límites de sus propias estrategias políticas.
Asistimos al surgimiento de un descontento, que apunta a la necesidad de construir una estrategia de clase más allá de la representación política institucional y del sindicalismo partidista. En esto las organizaciones no partidistas, deberían reflexionar en cómo adecuarse al nuevo paradigma político y hacer suyo el discurso. Es decir, hegemonizarse políticamente a la vez que el discurso y la movilización se hegemonizan y al mismo tiempo, romper con las posturas interclasistas que limitan el desarrollo coherente del conjunto. Esto pasa por comenzar a salir del espacio sindical-social histórico de confort y plegarse a las nuevas necesidades. Pero sobre todo, pasa por hacer una apuesta seria cuando aquellas demandas que vienen marcadas fuera del programa, obligan a movilizarse. Es decir, deben plegarse a las necesidades discursivas y hacer esfuerzos máximos para una huelga general que será determinante para el conjunto.
En conclusión, acudimos a un nuevo ciclo en el que unos decidirán alinearse con las posturas interclasistas y otros decidiremos vincularnos a la estrategia de clase. Desde esta perspectiva, la huelga general ya se ha propiciado desbordando los programas de las organizaciones tradicionales y ahora, deberemos darle continuidad desbordando la propia movilización y evitando la asimilación.