En la madrugada del 28 de febrero, las Fuerzas de Defensa israelíes atacaron más de 500 objetivos iraníes con más de 200 cazas y la ayuda de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Se trata de la mayor operación llevada a cabo en la historia de las Fuerzas Aéreas israelíes, y han muerto en ella numerosos altos cargos de la República Islámica de Irán. Entre ellos, como ya es sabido, se encuentra el líder supremo, Ali Khamenei, junto a su hija, su yerno y su nieto; pero también los jefes del Estado Mayor y de la Guardia Revolucionaria, entre otros. Además, en la misma operación, también se ha lanzado un misil a una escuela de la ciudad de Ninab y al menos 165 personas han sido asesinadas, la mayoría niñas.
Lo que ocurre ahora, tras este ataque imperialista, es una continua escalada militar entre potencias, la generalización de la inestabilidad en Oriente Próximo (si no directamente el estado de guerra), y las consecuencias económicas y políticas que todavía es demasiado pronto para medir, pero que sufrirá la clase obrera de aquí y de allá. Ahora Irán, aunque sea por su supervivencia, está obligado a mantener el órdago que le han echado y el riesgo de una guerra regional es el mayor de las últimas décadas.
El ataque iraní es un capítulo más de la actualizada doctrina imperialista de EEUU. En el continente americano están intentando conquistar por la fuerza lo que dicen que es su espacio vital, e Israel ha utilizado el mismo discurso para atacar a Irán, diciendo que es por su seguridad. A día de hoy no necesitan falsos relatos como el de las armas de destrucción masiva para justificar el ataque a un país: el argumento del narcotráfico en Venezuela o el del armamento nuclear en Irán no les ha durado ni un día. Además, en lugar de una larga invasión terrestre, la forma de someter a un país parece más una presión diplomática, económica y militar extrema; y cuando éstas no son suficientes para conseguir lo que el imperio quiere, intervenciones militares selectivas.
Aunque pueda parecer lo contrario, lo de EEUU es un nuevo imperialismo adaptado al orden en decadencia, y los diferentes ataques que venimos viendo en los últimos meses, como dice Rafael Poch, forman parte de una sola guerra; desde Ucrania, pasando por Venezuela y Cuba, hasta Irán. Uno de los principales objetivos puede ser obstaculizar militarmente la creciente hegemonía de China en el mundo.
Europa, por su parte, sigue siendo la correa de transmisión de EEUU e Israel. La UE y los diferentes Estados europeos establecen las bases materiales y culturales para poder llevar a cabo operaciones como la de Irán. El caso de Reino Unido, el aliado más fiel de EEUU en el viejo continente, es el más evidente. Y es que Starmer ha dicho públicamente que ha prestado sus bases militares para atacar Irán, y también es conocido el posicionamiento proisraelí de Alemania en Oriente Próximo. Y, en última instancia, ocurre lo mismo con Francia y España. La política internacional puede ser utilizada por los partidos para la competencia electoral nacional, pero mientras los Estados se unan a la UE y a la OTAN están condenados a la alianza estratégica liderada por EEUU y, en consecuencia, a los posicionamientos internacionales que marca.
Volviendo a Oriente Próximo, para los comunistas es una cuestión moral y política apoyar la resistencia al sionismo, porque el desarrollo de EEUU e Israel significa el terror absoluto para sus pueblos y la población en general. Es imprescindible que el eje del genocidio y la esclavitud tenga un contrapeso.
Lo que Occidente ofrece a todos aquellos que se rebelan contra su orden es la guerra y la destrucción masiva del país, tal como hicieron la última vez en Siria y como pretenden hacer ahora en Irán. Además, si la correlación de fuerzas les permite la limpieza étnica y el genocidio, ese será el siguiente paso en beneficio del delirio neonazi Gran Israel.
Aceptar su orden tampoco es una opción mucho mejor: no hay más que ver al régimen saudí, estrecho aliado de EEUU: un sistema político autoritario basado en la monarquía absoluta, que no permite ningún derecho político y aplica recortes humillantes basados en la Sharia para la dignidad de las personas y su libre desarrollo, y qué decir para las mujeres. En los países en los que los norteamericanos han intervenido directamente sólo han traído retroceso en las libertades y derechos de sus habitantes, entre ellos las mujeres. La evolución de Afganistán es obvia en este sentido.
En cuanto a Irán, han logrado construir una nueva identidad política y cultural hegemónica desde la revolución de 1979, basada en la oposición al proyecto imperialista occidental, y han expresado su apoyo a la resistencia palestina y su compromiso con la disolución del proyecto sionista, supremacista y genocida en acciones concretas. La caída del régimen iraní significa, en las condiciones actuales, al menos, el desarrollo de la tiranía bajo Israel y EEUU, del terror y de los genocidas, y no supondría ningún avance ni para la los sectores más vulnerables de la población iraní ni para la población de los países vecinos en general.
Denunciar el ataque imperialista contra Irán y expresar apoyo a su resistencia debe ser un añadido dentro de una hoja de ruta más amplia, que tenga como objetivo la construcción del único proyecto con potencialidad para combatir el orden mundial de Israel y EEUU, es decir, estructurar internacionalmente el socialismo. Por el contrario, la clase trabajadora del mundo está condenada a ser la muleta de los intereses propios que puedan tener las potencias de aquí o de allá, sin desarrollar una fuerza y representación propias.
En un mundo en el que la competencia geopolítica es un choque de intereses particulares entre países y distintos capitales, es necesario construir internacionalmente una referencia política que sea un freno para los proyectos imperialistas y fascistas occidentales, y también el portador de un nuevo proyecto civilizatorio que se oponga al capitalismo. Que actúe en sentido universalista más allá de la perspectiva particular o privada.
De hecho, en las últimas décadas ha quedado bien demostrado que es imprescindible la construcción de un nuevo eje que apueste por los intereses universales de la humanidad. Tras la caída del bloque socialista, Estados Unidos ha sido señor absoluto a lo largo del mundo sin oposición ni contrapeso real y ha cometido todo tipo de brutalidades. Construyamos un antiimperialismo y un antifascismo consecuente y radical; primero Partidos Comunistas que hagan frente en su totalidad al capitalismo creador de estos males, y después Estados Socialistas.