IKUSPUNTUA / Violencia machista

Más allá de abolir el derecho a voto de las mujeres

Hay noticias que han pasado casi desapercibidas, pero que son un anticipo de lo que puede estar por venir. En Estados Unidos, varias de las facciones más radicales del movimiento ultraconservador han propuesto eliminar el sufragio femenino e implantar un sistema de voto por unidad familiar, en el que la decisión final recaiga exclusivamente en el marido.

Lo más preocupante no es que exista una mayoría parlamentaria dispuesta a derogar la Decimonovena Enmienda, que hace más de un siglo reconoció legalmente el derecho al voto de las mujeres. La verdadera razón para preocuparse es que esta posibilidad ha dejado de ser patrimonio de los foros marginales de la ultraderecha para abrirse paso en plataformas mediáticas, espacios de debate e, incluso, en la cúpula política del Pentágono. 

La eliminación del sufragio femenino constituye un ataque directo contra las mujeres y se fundamenta en las ideas más repugnantes, profundamente machistas y fascistas de la ultraderecha.

Los grupos ultraconservadores y religiosos llevan años defendiendo la subordinación absoluta de las mujeres, considerándolas el «primer enemigo político» o reduciéndolas a meras «máquinas reproductoras». Estas ideas también han dado el salto a las redes sociales a través del fenómeno tradwife y de influencers misóginos, ya que, en parte, humillar y agredir a las mujeres les proporciona millones de visualizaciones y enormes beneficios económicos. De este modo, han normalizado la sumisión y la obediencia al marido como las principales virtudes femeninas. Un ejemplo de ello son las cada vez más numerosas «escuelas para esposas», espacios cuyo objetivo es enseñar a las mujeres a guardar silencio, pedir permiso y obedecer.

El caso Epstein puso de manifiesto que el mundo estaba en manos de oligarcas y gobernantes violadores y pedófilos; porque, para ellos, las mujeres trabajadoras no somos más que objetos que pueden utilizar y desechar a su antojo. Esa corrupción moral se ha reflejado claramente en las políticas que han impulsado: cuando han prohibido o restringido gravemente el aborto en 21 estados; cuando, en nombre de la familia tradicional, condenan a muchas mujeres a permanecer atrapadas en relaciones violentas; cuando las mujeres migrantes dejan de acudir a los centros de salud por miedo a ser detenidas por el ICE; o cuando niegan la propia existencia de las personas trans. Estas medidas forman parte de una agenda autoritaria que están aplicando sin ningún pudor: un Estado militarizado, la destrucción de los derechos sociales y políticos, políticas migratorias cada vez más duras y la criminalización del antifascismo en las calles y en las universidades.

La propuesta de retirar el derecho al voto a las mujeres es motivo de preocupación, y resulta aún más inquietante comprobar con nuestros propios ojos el modelo de sociedad que el capitalismo está construyendo en un contexto de crisis. El fascismo odia a las mujeres, pero siente un odio especial hacia las mujeres politizadas y organizadas. Precisamente porque pretende profundizar de manera brutal nuestra opresión, las mujeres comunistas debemos situarnos en la primera línea de la lucha contra el machismo y el fascismo.