El galope de la caballería roja

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Egilea: Hedoi Etxarte


— Artículo publicado en la revista Arteka

Karl Marx, Friedrich Engels y Jenny von Westpahlen escribieron el Manifiesto del Partido Comunista en 1848. Si existe un íncipit famoso, ese es el del Manifiesto. Aquel que dice que hay un fantasma que recorre Europa y que todas las potencias confabulan en Santa Alianza contra el fantasma. Ahora que nos aproximamos al segundo centenario de la escritura del Manifiesto, la alianza anticomunista es, si cabe, más fuerte que entonces. Sin embargo, la argumentación contra el fantasma se ha ampliado: hoy en día, las entrañas anticomunistas se enfocan contra el espantapájaros de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Hoy no se destruye a quien querría marcharse del capitalismo o quien querría un capitalismo más humano mientras sea pequeño y frágil, pero cualquier pequeña reforma (como las encauzadas en la Venezuela chavista, por ejemplo) es atacada con dureza por el capital internacional.

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Como dice aquella canción del poeta Erich Weinert con letra de Hanns Eisler (al que los informes del macartismo bautizaron como el «Karl Marx de la música»):

Porque la embestida contra la Unión Soviética
es un ataque contra el corazón de la revolución
y ahora, la guerra que se expande pueblo a pueblo,
es una guerra contra ti, ¡proletario!


Analizar, comprender y discutir sobre la Revolución de Octubre y la historia de la URSS no significa no investigar sus fallas y errores. Bien al contrario. Los avances de la gente humilde, de la clase trabajadora, de los condenados de la tierra, se han hecho asomándose a los precipicios. Así llegaron también los de octubre, analizando con dureza a sus anteriores y con voluntad de trascender. Y así lo consiguieron, como en aquel poema que Gabriel Aresti escribió sobre Trotski, los bolcheviques «cumplieron con la obligación de todo revolucionario: hicieron la revolución. La revolución soviética.» La hicieron, y con consecuencias poco habituales: vencieron.

VIENTOS DEL ESTE

Se han hecho infinidad de lecturas sobre la Revolución de Octubre. Casi todas son lícitas. Hay largometrajes. Poemas. Novelas. Crónicas escritas en directo. Libros de historia partidarios. Libros de historia anticomunistas. Pero hay dos juicios que son prácticamente irrefutables.

Uno: La de octubre es, junto con otras tres, una de las revoluciones más reseñables de los últimos tres siglos, junto con la francesa (1789-1799), la americana (1775-1783) y la china (1927-1949).

Dos: La de octubre es (desde la Revolución francesa) la victoria política más importante en tiempo y espacio del movimiento obrero organizado. Lo es en el tiempo porque duró desde aquel 1917 hasta que cayó el Muro de Berlín en 1989. Y lo es en el espacio porque la Revolución de Octubre generó un patrón que posibilitó un sinfín de organizaciones revolucionarias. Muchos de ellos derrocaron poderes anteriores y llegarían a gobernar con proyectos socialistas o anticoloniales (China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte, Nicaragua).

PARTISANOS PROFESIONALES

A raíz del centenario de la Revolución de Octubre, el filósofo maoísta Alain Badiou recordó que «las revoluciones verdaderas siempre renacen revoluciones anteriores». Así pues, la de octubre renació la Comuna de París de 1871, la Convención de Robespierre, la revolución de esclavos de Haití, incluso las guerras campesinas alemanas del XVI. Las revoluciones retroceden en toda su genealogía. Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y quienes después formarían el Partido Comunista Alemán decidieron bautizarse, al abandonar la socialdemocracia, la banda de Espartaco. Aquel era un referente de hacía veintiún siglos. En cada ocasión que sucede una revolución despiertan, de nuevo, aquellos personajes que el pueblo llano ha tenido como referentes: Espartaco, Thomas Müntzer, Robespierre, Saint-Just, Toussaint Louverture, Louise Michel, Lissagaray, Lenin, Trotski, Alexandra Kollontai, Lunakharski, Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht, Clara Zetkin, Mao Tse-Tung, Ho Chi Minh, Che Guevara.

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Pero, vayamos al comienzo. En 1871, en la resaca reaccionaria de las revoluciones fracasadas de 1830 y 1848, los revolucionarios de París llevarán a cabo la primera revolución proletaria de la historia. Del 18 de marzo al 28 de mayo, a través de un sistema político sofisticado, el gentío castigado por la guerra, será dueña de si misma. Realizarán un ejercicio de autodeterminación primordial. Pero la reacción francesa, con apoyo de fuerzas extranjeras, vencerá a la Comuna y masacrará a los communards: 20.000 ejecuciones, 40.000 arrestos, miles de deportados. Para Marx aquel experimento será un ejemplo de la dictadura del proletariado: «El recuerdo de los mártires de la Comuna reside piadoso en el gran corazón de la clase trabajadora». Para Bacunin, la ausencia de Estado, será ejemplo de anarquismo. Pero para quienes lo vivieron y para cualquier posición histórico-política, la victoria de la Comuna fue breve y la masacre posterior tan sangrienta que todo sabía a derrota.

El leninismo fue una respuesta a aquella derrota. Como explica Badiou, para Lenin la cuestión no era poner en duda el valor de lo sucedido en los días de la Comuna. La cuestión era que sí, que había habido un ejercicio de organización y autodeterminación indiscutible. Pero que analizando los motivos de la derrota la cosa era bastante clara: además de alcanzar el poder, la revolución tiene que mantenerse si quiere desarrollar un proyecto. Y si aquel proyecto lo derribaron las armas de la reacción, se tendría que haber defendido con las armas de la revolución.

Y ese fue, en dos pasos, el motivo del éxito y la expansión de Lenin –y del leninismo después–: ¿cómo hace la guerra el enemigo? ¿Cómo tenemos que hacerla nosotros? Lenin estudió junto con Marx a Clausewitz. Estudió las guerras y guerrillas del silgo XVII y del XIX. Aunque la cuestión no era nueva. Marx y Engels ya sabían que la guerra revolucionaria no podía ser una revolución de barricadas como fueron las anteriores, entre otras, la de la Comuna de París. Así lo subrayaba también Engels en sus análisis militares. Así pues, en 1915 Lenin estudió Vom Kriege de Clausewitz. En su cuaderno, la Tetradka, recopiló citas en alemán y glosas en ruso. Y como el fascista Carl Schmitt mencionó con admiración en una conferencia que dio en Pamplona: Lenin inauguró un nuevo pacto entre el partisano y la filosofía. Para Lenin la cuestión partisana no solo era una cuestión militar, un aspecto de la estrategia bélica. Si la lucha de clases pretendía poner patas arriba el orden político y social entero y si pretendía construir uno nuevo, la cosa no era tener a miles de personas obedientes. El revolucionario profesional tenía que saber qué hacer en la guerra, qué hacer en la paz, cómo comportarse en una asamblea, cómo escribir un documento, cómo charlar con este o con aquella, cómo decidir sin tener contacto con sus superiores. El revolucionario profesional se guiaría con lo que recogía en las líneas de los periódicos, en informes o en asambleas del partido. Pero el revolucionario profesional era soberano allí donde estallaba la revolución: debía saber qué hacer de manera autónoma. Y aquello trajo «una fuerza explosiva sin precedentes».

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Contra la mayoría socialdemócrata de su época, Lenin reveló, junto con otros, que el cambio no vendría con la sucesión de elecciones. No solo por aquello de Rosa Luxemburgo de que reforma y revolución son proyectos de naturaleza distinta, sino porque los métodos de la revolución no pueden ser los de la reforma. En ese sentido, Lenin maduró la conciencia del partisano. Lo convirtió en figura imprescindible de la dirección del partido comunista en su «Der Partisanenkampf», en la revista rusa El proletario. Contra el objetivismo y el progresismo, Lenin argumentó que «sin revolucionarios profesionales» no habría revolución.

En la socialdemocracia anterior a 1917 era hegemónico pensar que las masas conseguirían la revolución por su cuenta. En los estados parlamentarios a través de victorias electorales, por ejemplo. Para Lenin la guerra partisana «era un modo de lucha ineludible», que debía emplearse sin dogmatismo, que debía desarrollarse a través de decisiones concretas sucesivas: en algunos casos de manera legal, en otros ilegal, con modos pacíficos o violentos, de manera regular o irregular. Por decirlo con una afirmación retórica: si el objetivo era la revolución comunista mundial, cualquier cosa a favor del objetivo era bueno y justo.

Por tanto, se puede decir con amor o con odio, esa cuestión afectiva no cuenta aquí, que el leninismo fue «un socialismo de cuartel»: fue un procedimiento político para dar, a través de una victoria militar, respuesta a la derrota militar de la Comuna. Y por eso tomó el leninismo su modo de hacer política de la guerra: tuvo manifiestos, tuvo vanguardia política, tuvo comisarios políticos, realizó purgas, tuvo cuadros y también líderes.

Ese fue el primer pasó de la expansión del leninismo: trajo un nuevo modo de hacer política, un modo que hasta ese entonces no tuvo el movimiento obrero. Y tras ello llegó la segunda consecuencia: la Revolución de Octubre, a diferencia de miles de empresas revolucionarias, venció. Llegó al poder tras la guerra civil. Y se convirtió en un acontecimiento con capacidad de prosperar. Y eso lo convirtió en imparable. Al igual que la épica decadente alaba la derrota, la épica revolucionaria (la de la escuela de Brecht) alaba la generación de condiciones para cambios profundos. Y por eso se expandió el leninismo a los cinco continentes. Y a todos los campos; a la política, por supuesto, pero también al arte, por ejemplo. Y los artistas empezaron a hacer lo que sus referentes políticos hacían: manifiestos, vanguardias, designar enemigos artísticos, realizar purgas, actualizar viejos manifiestos. Si el arte servía para cambiar el mundo, para nombrar y transformar el significado de las cosas, había que poner en marcha medios artísticos que tuvieran una vocación victoriosa.

Y al igual que todo esto permite poca discusión, también hay poco margen para poner en cuestión las razones por las que aquella victoria se fue marchitando, es decir: el militarismo (hacia el interior) y el burocratismo (porque tan imprescindible es la disciplina para los oprimidos, como lo es el debate y la crítica), 1937 fue uno de sus años trágicos.

Aquel camino que Lenin aprendiera de Clausewitz tuvo su desarrollo posterior en la estrategia de Mao Tse-Tung, y saco a millones de personas de la pobreza y la hambruna en el sureste asiático.

LABRANDO EL LARGO SURCO

Nadezhda Krupskaya, en su maravilloso Recuerdo de Lenin da dos destellos al inicio de la crónica. El primero de ellos relata la influencia del hermano mayor revolucionario en Lenin. Alexandr Ulianov era un zoólogo de renombre en su momento. En 1887 intentó matar al zar Alejandro III y lo ahorcaron por intento de homicidio. Lenin creía que aquel apasionado por los anélidos no era un revolucionario. Según Krupskaya la influencia del destino del hermano mayor en Lenin fue definitiva: aquel señor apasionado por la naturaleza realizó un acto revolucionario contra toda expectativa (el destino de Alexandr Ulianov era una suerte de personificación de la revolución soviética que llegaría cuarenta años después: en un lugar con unas condiciones impropias, sin que nadie lo esperara, se condicionó el desarrollo de la historia humana). Según Krupskaya, el final del Alexandr generó mucha reflexión en Vladimir, «enraizó su pensamiento, su voluntad de no perderse en frasecitas, renunció a la fascinación, es decir, le generó una gran rectitud a la hora de ver las cosas». En sus años iniciales como revolucionario Krupskaya resalta que Lenin tenía una relación privilegiada con los libros de filosofía («Por la noche solía leer libros de filosofía [...]: Hegel, Kant, materialistas frandeses y, cuando se cansaba, Pushkin, Lermontov, Nekrasov»). En fin, que para aclarar eso de «cómo se hizo» la Revolución, si tuviera que elegir un único libro, probablemente el de Krupskaya sea el más plástico de todos. Más que los Diez días que estremecieron al mundo de John Reed. Porque está claro que las revoluciones no tienen embarazos de diez días, que tienen partos complicados, y que, como relata Krupskaya, la Revolución de 1917 empezó en el siglo XIX.

Lo que los bolcheviques conseguirían tras la revolución de 1905 (qué decir tras la de 1917) fue sorprendente. Entre otras muchas cosas porque la hipótesis era que la revolución se desarrollaría en un país industrialmente avanzado y con un sistema parlamentario-capitalista donde hubiera un partido socialdemócrata fuerte. Y, por tanto, de haber un lugar donde debiera de haber comenzado, sería Alemania. O Europa occidental.

Pero una de las novedades que el leninismo trajo a la política revolucionaria fue la cuestión de la organización. Lukács resaltó que la vigencia del materialismo histórico era la revolución proletaria. Es decir, que la política revolucionaria tenía capacidad de anticipación: para alcanzar la revolución futura había que realizar acciones coordinadas. La labor del partido (pese a que los partidos comunistas mayoritarios de Europa occidental hicieran lo contrario tras la Segunda Guerra Mundial) era, partiendo de cada contexto material, imaginar la revolución, organizarla: ser capaz de leer el mapa, el territorio y la brújula. En esa labor las mujeres tuvieron un lugar central (además de la ya citada Krupskaya, hay que mencionar a Anna Boldireva, Anna Lietveiko, Vera Lebeveda, Inessa Armand o Alexandra Kollontai).

Es la Primera Guerra Mundial y casi todos los hombres activos de Rusia estaban en el frente. En febrero de 1917 los 30.000 trabajadores del metal de la factoría Putilov salieron a la calle para reclamar un aumento salarial. Los huelguistas se unieron a las mujeres que reclamaban alimentos. Unos días después, el 8 de marzo, eran ya 90.000 trabajadores y trabajadoras quienes descendieron desde el norte de Petrogrado hacia el centro de la ciudad. Era el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el inicio de la última fase pre-revolucionaria. A partir de ahí la huelga generaró cada vez más conciencia (aquel método que la socialdemocracia tenía por no revolucionario). Así comenzó la que se llamaría la Revolución de Febrero, la primera fase de la de Octubre.

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Pese a todo, semanas antes, en enero de 1917, en el duodécimo aniversario de la revolución de 1905, Lenin creía que la revolución sería «democrático-burguesa en lo social, pero proletaria en sus modos de lucha». Es decir, que se derrocaría la autocracia de los zares y la nobleza, pero que la burguesía capitalista seguiría en el poder, al menos hasta que en Europa prendiera la revolución. En cierta manera, el error perceptivo de la lectura bochevique fue también su acierto: la revolución burguesa-democrática se convirtió rápidamente en revolución proletaria. Pero no tuvo su equivalencia en Europa, fundamentalmente, porque la socialdemocracia alemana masacró la revolución que se dio, casi en cada ciudad de Alemania en 1918-1919. Y eso dejó sola a la URSS. No hubo efecto dominó y la Revolución china tardaría mucho en llegar. No fue posible la revolución en los países industrializados, entre otros motivos porque en Occidente, los herederos de Octubre no quisieron hacerla, ahora, los comunistas occidentales hacían suyas las estrategias y los marcos que defendía la socialdemocracia en 1917: tanto en la España de 1937 como en la de 1978, en la Francia post 1945 o en Portugal a partir de 1974.

PAZ, TIERRA Y PAN

Desde el final del XIX era evidente que dentro de la Segunda Internacional, en los partidos socialdemócratas había proyectos diferenciados. Rosa Luxemburgo se referiría a ello en 1899 como Reforma o revolución en su dura crítica al parlamentarismo. Otra de las tensiones internas de la socialdemocracia era la posición sobre la cuestión colonial y fue, precisamente, una cuestión ligada a lo colonial lo que trajo la escisión en las organizaciones obreras más grandes del momento: la Primera Guerra Mundial. En el seno de la socialdemocracia, la mayoría de organizaciones europeas pasaron de estar contra la guerra a aceptarla o permitirla, con el caso de la alemana y sus créditos de guerra.

La barbarie de la guerra no solo fue determinante en el Imperio ruso. La guerra se leyó en términos similares en el centro y el occidente europeo. Explicada por Georg Lukács o Ernst Bloch, por Jaroslav Hasek o Bertolt Brecht, lo salvaje de la guerra generó un trauma generacional –como testifican las artes plásticas y la literatura–. La cuestión no solo eran los muertos, la cuestión era que toda la sociedad iba al abismo y que, en definitiva, los trabajadores de distintos países se mataban los unos a los otros a la vez que se empobrecían. El conocido eslogan de los bolcheviques clamaba «Paz, tierra y pan». Y la reivindicación antibélica trajo consigo la liberación de pueblos y la reivindicación contra el imperialismo.

El impulso contra la masacre fue una de los lugares seminales de los bolcheviques. En plena Primera Guerra Mundial Trotsky denunció que en las trincheras se ahogaban «la salud, el confort, la higiene, el intercambio diario, las relaciones amistosas y, en definitiva, las reglas morales inquebrantables». Con la guerra se hundía lo mejor de la civilización. A finales de 1939 Molotov señaló que Francia e Inglaterra esperaban que el Tercer Reich luchara contra la URSS «generando una nueva masacre a gran escala, un nuevo holocausto de las naciones».

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En Europa occidental no había dudas: «era imprescindible terminar con aquella nauseabunda masacre que generaba el orden político-social y no podía haber objetivos intermedios; todo se regía en la contradicción capitalismo/socialismo, o en el eje burguesía/proletariado». Así lo esperaba Lenin también, que el imperialismo sería el inicio de la revolución socialista. Que el capitalismo era tan inaceptable que, tras él, se impondría «un orden social y económico superior».

El análisis y la denuncia de la guerra venía de lejos entre los bolcheviques. Así, Bujarin en 1911, en sus viajes a Europa y los EEUU, denunció que el Estado trabajaba sin cesar en pro de nuevas guerras. En occidente «todo ha sido ‘movilizado’ y ‘militarizado’». Y explicó que los objetivos de la guerra y del imperialismo arrastraban a la economía, la cultura, la moral, la religión e incluso «la medicina, la química y la bacteriología». Es decir, que la «enorme máquina técnica» se había convertido en la «enorme máquina de la muerte». Bujarin vería aquello que más tarde se llamó totalitarismo. Lo que el industrialismo trajo fue objeto de debate en el movimiento obrero, también entre los comunistas. Sin embargo, como en otros muchos debates, Domenico Losurdo explica que el movimiento obrero del Occidente industrializado se criticó el desarrollismo. En Oriente, sin embargo, se vio la aceleración tecnológica como el único modo de mejorar las condiciones de la gente corriente: salud, educación, alimentación, energía y todas las infraestructuras de transporte estaban por hacer.

LA DERROTA

Alain Badiou subraya en Hipótesis comunista que un texto político tiene que estar inserto en un proceso político. Sin embargo, un texto de filosofía política es todo lo contrario. Su objetivo es «fundar» la política, incluso «fundar» lo político. Como con el mito, la filosofía política establece reglas morales, inalienables, dirá que es «bueno» y dirá qué Estado es «bueno». Según Badiou, «la filosofía política de hoy en día es el sirviente erudito del capitalismo parlamentario».

Para analizar cualquier acontecimiento político, incluidos los acontecimientos históricos, no se pueden leer los procesos como mitos. Sucede lo mismo con la Revolución de Octubre. Como propone Badiou hay que analizar el campo de los posibles errores. Al igual que hicieron con 1871 quienes posibilitaron 1917, y al igual que lo venían haciendo en 1871 con las derrotas de 1848 y 1830.

Así cantaba Ernst Busch la melodía de Hanns Eisler con letra de Vladimir Mayakovski:

No importa
que erizando la corona,
el león británico ruja.
La comuna no será vencida.
¡Izquierda!
¡Izquierda!
¡Izquierda!

Pero sí. La Comuna fue vencida, como la URSS, como la Revolución cultural china. Y las derrotas han de analizarse.

EL COMUNISMO HOY, LA REVOLUCIÓN HOY

Jodi Dean escribe que hoy en día la revolución se menciona más como un problema que como una solución. Que, hoy en día, no se cree ya en la revolución. Que atendemos más a que no nos quiten lo que nos queda de dignidad en vez de luchar por que la dignidad sea un derecho universal. Que la emancipación igualitarista no vive sus mejores tiempos.

Según Dean, la única forma de poner de nuevo en el centro la revolución es a través de la formación del partido comunista. A falta de esa perspectiva política solo habrá capitalismo en el horizonte. De esta forma, la labor del partido es la anticipación, ha de trabajar «la convicción de que la revolución será materialmente posible». No solo como superación de situaciones concretas, sino creando orientaciones y potencias que hoy son negadas.

Como analizaría Lukács, la aportación principal de Lenin fue llevar a la práctica la teoría marxista. En esa labor la actualidad de la revolución era el marco y su hallazgo fue que la mediación entre teoría y práctica era la organización. Es decir, que el materialismo histórico no era una explicación del pasado, al contrario, tenía vínculos con el futuro, en la medida en que traía ese futuro al presente. Es ese futuro el que permite elegir hoy y decidir hoy. No es un futuro en sentido «pasado mañana», es un futuro en sentido «hoy».

Una de las variantes de Lenin, en contra del dogmatismo de la tradición socialdemócrata, fue que no era el partido quien hacía la revolución. Que la cosa no era movilizar a la masa como a un rebaño acrítico. El partido tenía que anticipar la revolución. Lenin decía que había que «seleccionar de forma exigente a los militantes del partido, a quienes tuvieran conciencia de clase proletaria y a quienes dieran todo su apoyo a todos los explotados en la sociedad capitalista».

La llama de Octubre se ahogó en Oriente. Aquella llama mejoró la vida de millones de personas en Occidente, a través del pacto entre capital y socialdemocracia a partir de 1945. Pero ese pacto en Occidente sería la derrota de la política revolucionaria. Buena ilustración de ello es lo que se ha venido llamando marxismo occidental, como a él suele referirse Losurdo. El marxismo occidental «se da por satisfecho con la crítica y encuentra en ella su razón de ser, sin plantearse el problema de formular alternativas viables y de construir un bloque histórico alternativo al dominante, es ilustración de la pedantería del deber ser; y cuando después se complace en la lejanía del poder, como condición de la propia pureza, encarna la figura del alma bella».

El mundo en el que la Revolución de Octubre se dio y el de hoy en día son bien distintos, entre otras cosas, porque Octubre sucedió. Y, sin embargo, cualquier organización debería tener en la memoria a Lenin de 1887: de día al lado de los que materialmente más pisoteados están y, de noche, leyendo filosofía para debatir en grupos de lectura. Contra las proclamas organización e imaginación.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah, Sobre la revolución, Alianza: Madrid 2019.

Badiou, Alain, L’Hypothèse communiste, Lignes: Paris 2009.

Badiou, Alain, Petrograd, Shanghai. Les deux révolutions du XXe siècle, La fabrique: Paris 2018.

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Dean, Jodi, Multitudes y partido, Katakrak: Pamplona 2017.

Groys, Boris, La posdata comunista, Cruce: Buenos Aires 2015.

Groys, Boris, Obra de arte total Stalin, Pretextos: Valencia 2008.

Kollontai, Alexandra, Catorce conferencias en la Universidad Sverolov de Leningrado (1921), -Cienflores: Buenos Aires 2014.

Krupskaia, Nadezhda, Recuerdo de Lenin, Fundación Federico Engels: Madrid 2015.

Losurdo, Domenico, El marxismo occidental. Cómo nació, cómo murió y cómo puede resucitar, Trotta: Madrid 2019.

Lukács, Georg, Lenin. A Study on the Unity of His Though, Verso: Londres 2009.

Rodríguez, Emmanuel, La política contra el Estado. Sobre la política de parte, Traficantes de Sueños: Madrid 2018.

Schmitt, Carl, Teoría del partisano. Acotación al concepto de lo político, Trotta: Madrid 2013.