Contribución a una política sanitaria socialista

2020ko uztailaren 7a

Egilea: Kolitza


La crisis sanitaria global a raíz de la COVID-19, causada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, ha puesto de manifiesto que ni la sociedad burguesa mundial, ni la economía capitalista que tiene a la base, están preparadas para hacer frente a problemas sanitarios extensos, globales ni novedosos, como es el caso de esta pandemia.

El impacto inicial de la enfermedad ya ha desbordado la red de sistemas sanitarios existentes, la organización burguesa de la medicina y la salud, en pocas semanas y en la mayoría de países avanzados, y ha dejado en evidencia la incapacidad del mercado privado de la salud, del mercado de las farmacéuticas y de la intervención estatal (y su sistema de sanidad pública) para ser efectivos como órganos directivos en este campo de actividad humana tan importante como es el de la salud y la medicina. Junto con ellos es el propio modelo capitalista y de rentabilidad económica el que ha quedado al descubierto, también en este ámbito (sanitario), como históricamente desfasado, caducado, incapaz de proporcionar a la población toda la potencia del avance técnico real. Ha sucedido lo que hace unos meses parecería imposible: un simple virus ha descuartizado el orden social burgués y ha puesto en jaque tanto al sistema sanitario capitalista como, más allá de él, a la mayoría de los sectores productivos, y lo ha hecho en unas pocas semanas.

En ese contexto, en la evidencia de que la estructura entera de la sanidad burguesa ha sido desbordada como principio social de organización de este ámbito del metabolismo social, podía haber sido un buen momento para socializar y politizar el subyacente problema de clase y su raíz económico social. Sin embargo, muchos partidos y grupos de «izquierda» han optado por señalar únicamente, de los tres elementos arriba enumerados, al mercado privado de la salud (o sanidad privada), y a la falta de inversión en el sistema de salud estatal (público) como factor clave, reivindicando la ampliación de la salud pública de control estatal burgués como solución. Dicho de otro modo, la solución sería para estos grupos ampliar a todo el espectro de gestión burguesa de la salud el modelo estatal, en detrimento de la gestión privada. Es decir: poner al mando de la sanidad al agente colectivo de la burguesía, al estado, en lugar de agentes particulares de la burguesía, como son las empresas del sector. Las farmacéuticas, por su parte, no se han visto cuestionadas para nada en el contexto de la pandemia. Antes bien, han visto subir indefectiblemente sus cotizaciones en bolsa. Es decir, dejar la gestión de la producción de medicamentos, de investigación de curas, de formación de los estándares de la medicina, etc. en manos de las farmacéuticas, no parece tener nada que ver con, por ejemplo, que no existan mayores medios o mayor capacidad de acción inmediata para hacer frente a la pandemia, tanto a nivel preventivo (plan de acción prediseñado, EPIs, etc) como a nivel inmunizador (desarrollo de vacunas de rango universal, etc.). No se ha marcado tampoco desde la izquierda reformista a los organismos sanitarios corruptos de la burguesía, como es la propia OMS, sino que se la utiliza constantemente como argumento de autoridad, como el organismo que nos dice lo que habría que hacer frente al estado, sin comprender que la OMS y los estados están del mismo bando: que los propios estados capitalistas, anticomunistas y antiproletarios son quienes financian la OMS. En concreto, Estados Unidos, Alemania o Reino unido, junto con algunas farmacéuticas e inversores poderosos como la familia Gates, son los valedores financieros de la OMS, tan utilizada como argumento de autoridad por la izquierda desorientada actual. Tampoco se señala por parte de estos grupos de izquierda progresista la evidencia de que todo el personal médico acude a trabajar por un salario que se paga con producción de plusvalor en otras esferas (se ha llegado incluso a caer en la contradicción de reivindicar una ampliación del sistema público estatal de salud, calificando con razón esta actividad de ‘necesaria’ en este contexto; mientras se revindica simultáneamente la paralización de la actividad productiva industrial, comercial, etc...) calificando esta actividad de ‘no esencial’, siendo esta actividad la base económica desde la cual la cual financia el estado capitalista su emisión de deuda para mantener entre otros los salarios de personal médico, los gastos de sanidad, etc. En una palabra, el modelo de sanidad pública que la izquierda tanto defiende, pero cuyos cimientos de explotación tanto detesta, en lugar de defender directamente la socialización del espacio sanitario. Y es que por activa y por pasiva la óptica reformista insiste en no ver que el sistema burgués es un todo interdependiente, y que no se puede estar todo el día pidiendo lo bueno y quitando lo malo, que eso es puro socialismo utópico y que ya fue desenmascarado hace 200 años. Que, si renuncias a la Revolución, a la estrategia de lucha por el poder, por destruir los aparatos de estado de la burguesía y constituir la dictadura revolucionaria del proletariado para mudar la forma histórica de la totalidad social, estás completamente condenado al rodillo aplastante de la lógica social de la valorización, hoy en fase destructiva.

En el modelo estatal burgués todas las actividades económicas, desde la sanidad hasta la automoción, están totalmente soldadas e interconectadas por la ley del valor y de la acumulación. En la sociedad burguesa, por muchos recursos técnicos que haya acumulado, no hay posibilidad de desatar todo el potencial técnico del grado de desarrollo histórico, y desde luego, no hay posibilidad de parar la producción ‘no esencial’, porque lo esencial es la producción misma. Sin la producción sobreviene la hecatombe. Sin lo esencial, sin la producción de plusvalor, no funciona nada, se derrumban todos los principios que mantienen la vida en esta sociedad: la sanidad, el salario, el derecho a la vivienda, el suministro de alimentos, los ahorros del banco, la maltrecha paz interimperialista, etc.

El planteamiento progresista del problema, hegemónico por el momento dentro de las filas de la clase trabajadora es, por lo tanto, muy deficiente en la práctica, y radicalmente falso ya en teoría. Tanto de cara a la comprensión de los nexos internos de la sociedad económica burguesa actual, como de cara a las posibles soluciones a los problemas que plantea, la reivindicación de una sanidad pública estatal bajo las órdenes directas del gobierno de turno (que en el caso del Estado español podría ser perfectamente un partido como VOX en la siguiente legislatura) no soluciona absolutamente nada. Si lo que pretendemos es solucionar, no ya el conjunto de graves problemas de sanidad globales (cáncer, sida, diabetes, tuberculosis, adicciones, asesinatos laborales, enfermedades mentales, polución masiva...), sino, aunque sólo sea el problema puntual de desbordamiento de hospitales en esta pandemia, y que no se repita en la siguiente, y lo pretendemos hacer eliminando la sanidad privada y reforzando la pública/estatal, estamos en un error manifiesto. A nadie le gusta que los ricos tengan privilegios, pero no olvidemos que es en los hospitales públicos donde la gente está muriendo tumbada en los pasillos. Es falso que mayor inversión en sanidad pública soluciona el problema. Vamos a verlo:

Dicho de forma breve, el complejo sistema de sanidad burguesa global integra como complementos la gestión privada y pública de la sanidad. El servicio sanitario de gestión privada, los seguros médicos etc. responden hoy a la división de la atención sanitaria entre por un lado burguesía y capas superiores de la clase trabajadora, que por nivel de renta pueden acceder a mayor calidad y rapidez en la atención; y proletariado y capas inferiores de la aristocracia obrera por otro lado, que tienen una sanidad para pobres (pública/estatal), que funciona a brocha gorda dejando sin tratar la mayoría de las afecciones leves y algunas graves. Ambos modelos externalizan parte de sus actividades a empresas privadas (limpieza, hostelería, televisión, etc.)

¿Qué implica la petición de aumento de gasto y de volumen en la sanidad pública, en un momento de ofensiva económica del capital financiero por destruir a la clase media? Pues simplemente (lo voy a decir en plan fuerte) implica plegarse a la política capitalista de los tiempos. La élite financiera global, con sus programas de flexibilización monetaria, de imprimir billetes y prestárselos entre ellos, ha dejado obsoleto el modelo de financiación estatal mediante tributación: y en semejante situación, la clase media pierde su sentido económico, que era ser la base tributaria de los estados (el sentido político lo perdió cuando desapareció la amenaza del proceso revolucionario consciente del proletariado). De manera que vivimos un proceso de destrucción global de las clases medias mediante una agresiva ingeniería financiera, que pasa desapercibida a la práctica totalidad de partidos reformistas, y contra la cual los sindicatos no pueden hacer nada (pues tiene a la base el diferencial de salario relativo, la revolución tecnológica y la separación del gobierno sobre el trabajo del proceso productivo inmediato. Esto quizá lo trate en otro texto futuro). De hecho, en una ofensiva sin precedentes del Capital Financiero contra todas las facciones de clase media, es lógico que uno de los fundamentos de la clase media, como las ayudas del estado a la sanidad privada o a la educación concertada para mantener una amplia clase media con privilegios se vengan a abajo. En sí, la reivindicación de una sanidad pública para pobres más amplia, de más gasto en sanidad pública, es la reivindicación, aunque no se quiera ver, de abaratamiento y de peor calidad, que el propio Capital en su más actualizada forma financiera está ya demandando: sanidad privada sólo para los más ricos. Probablemente, en este contexto de proletarización, aumentará la dotación general de la sanidad pública, pero porque aumentarán exponencialmente las personas que tiene que atender, ya que cada vez menos de ellas pueden permitirse un seguro médico, una mutua, etc. con el recorte de todas las modalidades de salario, con lo que en sí supone un ahorro al Capital. De tal manera que sí, habrá más recursos en general para la sanidad pública, pero menos recursos per cápita, es decir: mayor colapso y peor servicio. No hay escapatoria en los estados endeudados hasta las cejas y con poca productividad más que la Revolución Socialista y la Organización Socializada de toda la Producción, incluida la sanidad.

A mayor proletariado, es lógico que haya una mayor sanidad pública, y menos uso de la sanidad privada. Cuantitativamente mayor inversión en sanidad pública, pues existe un proletariado cuantitativamente mayor, y esto corre a cargo del estado, por supuesto, es decir, de la deuda que contrae y echa a las espaldas de las siguientes generaciones proletarias a través del mecanismo del pago de la deuda.

Lo que garantiza la calidad del servicio sanitario no es su publicidad/estatalidad, sino los objetivos, el contenido, en fin: el quién manda y el quién obedece al nivel de las cuestiones básicas, como en todos los campos de actividad económica. Y la sanidad pública es sanidad para pobres, de calidad bajísima, bajo el control y gobierno del capital a través del estado de los banqueros y los empresarios y sus partidos estructuralmente corruptos.

En este texto defiendo plantear la oposición y la lucha de clases del ámbito de la sanidad no como una apuesta por aumentar la inversión en una sanidad para pobres (pública de gestión estatal sustentada de medicamentos, investigación y recursos por el mercado) y disminuirla en una sanidad para ricos y clases medias (de gestión privada y de pago o copago); sino en la lucha de clases frente a todo el sistema de sanidad burguesa (que integra estatal y privada), por la construcción de un sistema de sanidad socialista, o socializada, que debemos impulsar como única alternativa real para los intereses del proletariado. Es decir: Sistema de sanidad bajo control de la burguesía y regido por las necesidades de acumulación de Capitales, o Sistema de sanidad bajo control democrático del proletariado, Universal, gratuito y de máxima calidad, o con el objetivo de producir la mejor calidad de vida posible, según el nivel de desarrollo técnico científico, para el total de la población mundial.

El texto analiza para ello las características más significativas del sistema de sanidad capitalista, para poder identificar bien cuáles son los núcleos problemáticos que hay que golpear y desprestigiar en el período de la lucha de clases que inauguran este gran confinamiento y esta crisis económica global que se va a desencadenar ya con total seguridad a partir del verano de 2020, cuando el mundo entre oficialmente en recesión al concatenar dos trimestres desastrosos.

1. CARACTERIZACIÓN GENERAL DEL ESPACIO SANITARIO CAPITALISTA GLOBAL

La característica política fundamental de todo el espacio sanitario burgués global como actividad que integra diversos procesos de trabajo, de conocimiento y de recursos técnicos, consiste en que está bajo el control directo y el gobierno de la alta burguesía, especialmente de la oligarquía financiera, tanto en empresas de gestión privada de la salud, como en la sanidad pública a través del estado; pasando por todas las empresas que externalizan otros servicios (limpieza, hostelería y servicios en hospitales) y la producción de complementos sanitarios (farmacéuticas, aparatos técnicos, etc.). No sólo eso, sino que prácticamente todas las instituciones sanitarias globales son organismos corruptos de propaganda y control biopolítico capitalista. Arrebatar a la burguesía el control de todo el proceso de trabajo que produce la salud de la población mundial es indispensable, de lo contrario el sistema de sanidad seguirá sirviendo a los intereses de una parte de la población, y no a los intereses de toda la humanidad.

Mientras está bajo el gobierno de la burguesía, los objetivos de cada institución sanitaria, los métodos de intervención, de tratamiento y de diagnóstico, la clasificación de las patologías, etc. serán decididas en última instancia por las necesidades de la clase dominante. En los centros privados orientados a la clase dominante, dominará la producción del bienestar, como parte de gasto del componente social de la ganancia; mientras que en los centros de sanidad para la mayoría de población, dominará la reproducción de la fuerza de trabajo como componente social del salario indirecto, y el hacer negocio privado como actividad productiva de plusvalor, sin que la producción del bienestar colectivo sea en ningún caso importante, sino un gasto improductivo, que por lo tanto no sucederá. Añadido a esto, una gran parte de la población mundial, por no ser productiva, seguirá sin tener asistencia sanitaria del menor tipo, como es el caso de múltiples estados del Sur Global, en África, América Latina y Asia-Pacífico.

Por otro lado, la burguesía domina también el discurso médico, las ciencias biológicas, y el orden de la verdad en este campo, tanto en lo que respecta a lo que se considera correcto e incorrecto en medicina, pasando por lo que se puede investigar o no (véase, por ejemplo, la prohibición de la OMS de publicar artículos de investigación sobre el impacto en la salud global de los residuos de la industria nuclear), priorizando inversiones en investigación según sus intereses y no los de la población general, y utilizando en todo momento un discurso médico totalmente intervenido como autoridad técnica para imponer decisiones políticas (tenemos un claro ejemplo de ello en la imposición de un estado de excepción y arresto domiciliario globales, siguiendo las recomendaciones sanitarias de instituciones capitalistas como la OMS, o ministerios de sanidad que están todos bajo control mafioso del propio Capital Financiero en general y las Farmacéuticas y multinacionales de la sanidad en particular). Es decir, que incluso el Capital está en parte bloqueando un potencial de mejora técnica investigadora del espacio sanitario global, porque directamente no es rentable en términos económicos.

En definitiva, la poderosa élite financiera global, y sus cuadros intermedios empresariales, controlan la totalidad del discurso y las prácticas médicas, en todos los campos de actividad, para sus propios intereses. El espacio sanitario mundial es propiedad de la burguesía. Una parte de ese poder productivo médico lo utiliza para su propio bienestar, otra parte como sector para producir ganancias (en el Estado español la sanidad supone el 13 por ciento del PIB), y otra parte como algo similar al servicio veterinario para mantener vivo a su ganado especial: el proletariado.

La producción y reproducción de la vida en la formación social burguesa es de vital importancia para nutrir al proceso de acumulación de valor. La valorización funciona consumiendo fuerza de trabajo en el proceso, por lo que le resulta necesario, por un lado, mantener operativa la fuerza de trabajo frente a accidentes, enfermedades, etc. que podrían inutilizarla y convertirla en un gasto improductivo: por otro lado, necesita mantener bajo control biopolítico y formar la nueva fuerza de trabajo desde el nacimiento, por eso controla también el proceso de crear vida nueva, y pone cuidado en ello. Además, supone un sector de acumulación propio, en la medida en que existe toda una industria privada que ofrece productos sanitarios de consumo, desde las farmacéuticas hasta todo tipo de asistencia médica de pago.

El sistema sanitario global forma y crea la fuerza de trabajo siempre respondiendo a las distintas necesidades de cada ciclo de acumulación del Capital, y por lo tanto, atendiendo a distintos criterios a la hora de distribuir la vida y la muerte, o las patologías a tratar y los tratamientos a aplicar, según las necesidades del Capital en cada coyuntura. El mismo sistema sanitario que mantenía en vida artificial hasta hace poco a gran parte de los pensionistas, por cumplir con funciones de mantenimiento del orden siendo sus pensiones un punto de apoyo de muchas familias, por suponer un depósito del Capital riesgo sus fondos de pensiones para las maniobras del Capital financiero, y por ser un grupo social de consumo de ciertas industrias como el turismo, o del comercio; ahora ese mismo sistema sanitario los deja morir porque en el nuevo cambio de ciclo ya no serán útiles, ni siquiera para la realización del capital, para la esfera del consumo.

2. ALGUNAS CARACTERÍSTICAS PARTICULARES DE LA SANIDAD PÚBLICA/ESTATAL BURGUESA

Si queremos entender el engranaje del espacio sanitario burgués, debemos tener claro a qué nos enfrentamos, dónde residen sus puntos de debilidad, dónde tenemos los focos de propaganda, de organización y de lucha, en orden sucesivo de proceso táctico, para dar la batalla las siguientes décadas. Sirva como contribución a ello el siguiente análisis de los puntos débiles, que podrían ser resueltos con la capacidad técnica actual en un sistema sanitario socializado.

  1. El sistema público de sanidad burguesa es un sistema colapsado por principio. No porque no haya recursos suficientes, sino porque la organización social capitalista es incapaz de proporcionarlos. La sanidad pública siempre está colapsada, en mayor o menor medida, porque no es prioritario gastar recursos económicos de estados estructuralmente deficitarios y gobernados por la deuda, para dar un servicio más rápido y de calidad a una población mayormente improductiva. Eso lastraría demasiado la tasa de valorización. Las mutuas, etc. se encargan de asegurar que el trabajador que tiene empleo esté lo menos posible de baja, y la sanidad pública sólo tiene que ocuparse de mantener en la medida de lo posible con vida y operativa a la fuerza de trabajo, o en su caso según el ciclo de acumulación, al ejército de consumidores que ayudan a que la mercancía llegue a realizar su valor mediante la venta. Una de las características fundamentales de toda sanidad pública estatal son las listas de espera y la saturación del número de pacientes por médico. ¿Alguien cree que esto puede cambiarse realmente sin arrebatar el poder social al Capital?

    Sobra decir que un sistema colapsado de antemano no tiene nada que hacer ante una emergencia global, como puede ser un ataque militar masivo, un desastre ecológico, o una pandemia. Lo estamos comprobando ahora mismo: la sanidad ya estaba colapsada de entrada, y el problema de la COVID-19 ha bloqueado muchos procesos y a mucha gente que estaba esperando para ser atendida por otras patologías, además de estar los hospitales colapsados ya desde el primer momento para atender a los afectados por el propio virus. Desde un punto de vista sanitario, la población trabajadora mundial está totalmente desprotegida ante este tipo de amenazas, y lo seguirá estando mientras la lógica capitalista rija la actividad sanitaria. Esta saturación sanitaria estructural sólo puede solucionarse con una Revolución Socialista Internacional.

  2. El modelo profesional médico y la formación de personal sanitario tiene una baja o nula formación humanista, salvo en estados de ensayo socialista agotado del ciclo revolucionario anterior, que han avanzado en elementos guía de una política socialista, como es el caso de Cuba. En una disciplina que exige una humanidad extrema como es la actividad sanitaria, en la que se trabaja con el sufrimiento y el dolor, la formación humanística y ética no debe ser una mera asignatura, sino el contenido central, la columna profesional del personal sanitario. La falta de sensibilidad médica hacia el paciente es fomentada por la forma misma de la medicina burguesa. El personal sanitario es formado para trabajar con tejidos, con órganos, con cuerpos, no con personas. En El Nacimiento de la Clínica, M. Foucault expone el proceso de formación de la medicina moderna como un proceso de mirada diagnóstica sobre tejidos, etc. en el que no existe dimensión humana. De ahí que la mayor parte de ese mismo personal actúe de forma totalitaria con los pacientes, en los que han aprendido a ver objetos a intervenir. No es necesario informar al detalle, ni permitir que los pacientes den su opinión sobre su tratamiento, ni ofrecer alternativas, ni poner especial interés en el diagnóstico en todos aquellos casos que no sean obvios (de hecho, actualmente los profesionales sanitarios están siendo devaluados a meros intermediarios entre el paciente y el código de diagnóstico establecido en sistemas informáticos, sin capacidad hermenéutica propia ni intención alguna de desarrollar el saber específico). Evidentemente siempre hay excepciones, pero el modelo de personal sanitario burgués más extendido es este, un mecánico de cuerpos, tanto por la formación nula en valores y humanismo que se recibe, como por la naturaleza del propio proceso de trabajo enajenante al que se incorporan, siempre bajo las órdenes de una burocracia médica/política sin escrúpulos. Es importante por lo tanto una política socialista en el campo de la medicina, es una actividad estratégica. El personal sanitario militante del comunismo debe formarse profesionalmente en la excelencia técnica y humana, una formación fomentada desde el Partido Comunista, y que sirva como herramienta ideológica y propagandística dentro del sistema sanitario capitalista, de referente humano que mejora las vidas de los que más lo necesitan, y más aún en el momento en que el proletariado tenga en sus manos el rumbo de la Historia y los recursos para demostrar la superioridad ética del socialismo.

  3. En cuanto al modelo de producción de medios, ya sean hospitales, maquinaria, material de diagnóstico o tratamiento, fármacos, etc. en la sanidad estatal burguesa es la rentabilidad económica de su uso la que prima a la hora de utilizar esta o aquella tecnología, herramienta, o procedimiento de diagnóstico.

    En cuanto al desarrollo de fármacos y su uso recomendado para tratamientos, lejos de primar el criterio puramente médico, es la probabilidad de ganancia de la industria y las farmacéuticas la que impone los criterios médicos. Por muy necesario que sea un medicamento o un medio técnico, si no hay ganancia, no se fabrica, y aunque no resulte necesario administrar cierto medicamento, es probable que se recomiende consumirlo por parte del médico de cabecera, así de simple. La escasez de mascarillas tiene una base objetiva en esto: no existía demanda, por lo que no se fabricaron ni mucho menos se almacenaron. Desde un punto de vista técnico sanitario, tener reservas de EPIS de este tipo ante una probabilidad real de pandemia, que ya se venía advirtiendo en diversos documentos e informes internacionales, era una necesidad indiscutible. Sin embargo, en el mercado capitalista no prima la necesidad técnica, sino la demanda de consumo efectiva. Sin demanda, no hay producción. Y aunque haya demanda, pero si los demandantes no pueden pagar, tampoco. Por ejemplo, eso es lo que sucede con la falta de abastecimiento de medicamentos básicos en grandes zonas del planeta donde millones de personas mueren al año por enfermedades de fácil tratamiento.

    En lo que respecta a hospitales y recursos, el espacio sanitario burgués es por naturaleza brutalmente segregacionista, y esencialmente basado en la competencia. Si no eres competitivo, no tienes recursos, y no tienes derechos, tampoco a la salud. Por ejemplo, la desigual distribución de camas hospitalarias por cada mil habitantes de un estado a otro. Por ejemplo, la desigual disposición de recursos, de material diagnóstico, por países, incluso por zonas dentro de los mismos países. Y no sólo segrega territorialmente entre centro y periferia capitalista: también lo hace y sobre todo, como decíamos antes, entre clases: la sanidad privada de la élite dispone de las tecnologías puntas, de los mejores profesionales y del mejor acceso a los recursos, mientras que el proletariado se ve obligado a convalecer en hospitales viejos y descacharrados, con material caducado y con recursos insuficientes, incluso en el centro financiero global y el país con mayor inversión del PIB en sanidad, que aunque parezca mentira son los Estados Unidos de América.

    A todo ello hay que añadir el rapto de medicamentos básicos a causa de las patentes farmacéuticas. También la falta de escrúpulos para envenenar a grandes poblaciones con medicamentos de dudosa calidad, y la ausencia parcial o total de investigación en materias de relevancia médica, como impactos de la contaminación nuclear, electromagnética, alimentaria, etc.

  4. El modelo de intervención general está basado en el tratamiento, y no en la prevención, por el simple motivo de que en la prevención no hay negocio. Si la gente enferma menos, las farmacéuticas ganan menos, es así de sencillo. Además, prevenir es más caro que aplicar un medicamento, especialmente cuando hablamos de población improductiva, que suele ser la que más necesita el sistema sanitario (enfermos crónicos, ancianas, discapacitados, etc.), ya que mantenerla sana exige una multidisciplinariedad y un uso de recursos muy alejado de los intereses de la clase dominante y su intención de gasto.

  5. El modelo de sistema sanitario burgués está parcial o totalmente separado del resto de procesos de producción. Por ejemplo: los espacios siempre son espacios especializados, fríos, deshumanizados y separados de la vida cotidiana (ambulatorios, hospitales). Además, son espacios abstractamente unitarios, que, por encima de todo criterio médico, reúnen todas las patologías y los procesos en un mismo centro: Por ejemplo, se trae a la vida, se da a luz en el mismo sitio donde se muere; se trata el cáncer a gente inmunodeprimida en el mismo espacio en que se tratan las enfermedades infecciosas como la COVID-19, lo cual resulta totalmente absurdo desde un punto de vista médico.

    Junto con esto, al separar la sanidad del proceso de vida y enclaustrarla en centros especializados, esta no está presente en el resto de ámbitos de la producción y la vida. Por ejemplo, no hay servicio de enfermería inmediato en la industria, en la construcción, etc. Si un obrero sufre un accidente, debe desplazarse al ambulatorio u hospital. No hay servicio de atención médica inmediata en escuelas, en universidades, en muchos barrios obreros con una media de edad avanzada, en instituciones de masas, etc. No se aplican los estudios de impacto de salud en otras industrias, en gestión de residuos, en niveles de contaminación, etc. Hay una ausencia de control médico del mercado de alimentos, de los materiales de vestido de la industria textil, de la seguridad en los procesos de trabajo, etc. En un sistema social realmente preocupado por la prevención y el tratamiento eficaz, la tecnología médica sería un complemento de todos los procesos sociales, no un ámbito separado de la vida, parcialmente ineficaz, sin autoridad real para determinar cómo deben ser el resto de procesos, y deshumanizado en su modo de proceder.

    Bajo mi punto de vista, en el proceso de articulación del Partido Comunista como organización de los poderes proletarios, la dimensión sanitaria debe estar enraizada en todos los ámbitos del partido, para reforzar todos los procesos proporcionando bienestar a la ofensiva militante revolucionaria. Esto debe servir como semilla de organización superior para aplicar en la dictadura revolucionaria del proletariado.

  6. El sistema de sanidad público/estatal capitalista se basa en la exclusión del bienestar y de un modelo de plenitud, centrándose en la lucha contra las enfermedades. Sólo la sanidad para ricos produce bienestar, la sanidad para pobres se destina a evitar la destrucción de la capacidad productiva. De tal manera que excluye de la gratuidad de ciertos servicios sanitarios esenciales, o lo que es lo mismo, excluye a todo el proletariado que no puede pagarlos de servicios esenciales como masajistas, fisioterapeutas, nutricionistas, medicina de cabecera realmente cercana y holística, e incluso odontología y todo un conjunto de especialistas. No hablemos ya del descanso, del derecho a una alimentación sin tóxicos, a la vivienda, a vivir sin estrés, a no ser socializados en un medio social que fomenta las adicciones, y un largo etcétera de factores sociales que deberían de ser de dominio sanitario primordial para producir un bienestar y una salud reales para la mayoría de la población.

    Podría extenderme más, pero considero suficiente como texto introductorio al gran problema social de la sanidad capitalista, visto desde un punto de vista que realmente proponga una solución real, que pasa indefectiblemente por arrebatar los mandos a la burguesía y socializar el proceso.